Crítica: Pecadores (Sinners)

Una fábula gótica sureña sobre trauma racial, apropiación cultural y el alma negociada entre riffs y colmillos.

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

junio 17, 2025

10:33 am

Cortesía Warner

Tras los universos épicos de Black Panther y Creed, Ryan Coogler regresa a un cine más íntimo, aunque no por ello menos ambicioso. Sinners, su proyecto más arriesgado hasta la fecha, es una cinta que atraviesa géneros (drama histórico, horror sobrenatural, western crepuscular, musical afro futurista) para construir un mito propio. Ambientada en el Mississippi profundo, la película transforma la clásica figura del vampiro en una poderosa alegoría sobre el racismo, la explotación cultural y el legado roto de los Estados Unidos. El resultado es tan excesivo como fascinante.

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En el centro del relato están Smoke y Stack, hermanos afroamericanos encarnados por Michael B. Jordan, en un doble rol que acentúa las tensiones entre sangre y lealtad, crimen y redención. Ellos, junto a su joven primo Sammie (interpretado con desparpajo y vulnerabilidad por Miles Caton), emprenden el sueño de abrir una cantina en un aserradero abandonado. Lo que parece un gesto de libertad económica pronto se transforma en ritual iniciático, cuando la música que tocan despierta viejos espectros que habitan el sur estadounidense.

El guion, también firmado por Coogler, es denso, lleno de referencias culturales y religiosas. La encrucijada mítica del blues (aquel cruce de caminos donde Robert Johnson habría vendido su alma) sirve de eje para una narrativa que no teme mezclar lo profano y lo sagrado. La cantina deviene iglesia, escenario y tumba. Y en su interior, los personajes se enfrentan tanto a criaturas nocturnas como a los fantasmas de su historia.

Aunque en su construcción visual la película remite a cintas como Blacula, Near Dark, Queen of the Damned, Crossroads, Get Out! o Ganja & Hess, lo que propone Coogler va más allá de una cita o guiño cinéfilo. Aquí, el vampirismo no es solo una amenaza sobrenatural: Es la forma que asume el racismo estructural. Son los sellos discográficos que saquean talento negro para lucrar, las iglesias que predican redención a cambio de sumisión, los imperios económicos que se alimentan del sufrimiento ajeno. Esa lectura política, por momentos explícita, por momentos metafórica, le da a la película un peso que desborda el relato de horror.

Rodada en celuloide de 65mm, con cámaras IMAX, la puesta en escena apuesta por la fisicidad del sudor, la tierra, la sangre y el humo. Cada encuadre está saturado de textura y color, con un juego de luces que remite al cine giallo, pero también al expresionismo afroamericano de artistas como Kerry James Marshall. El diseño de vestuario y los decorados construyen un universo cargado de contradicciones entre lo espiritual y lo carnal, lo ancestral y lo contemporáneo, lo local y lo global.

La música es, sin duda, uno de los pilares del filme. La banda sonora compuesta por Ludwig Göransson (colaborador habitual de Coogler) transita el gospel, el soul, el blues del Delta, la distorsión industrial y el funk, como si buscara condensar la historia misma de la música afroamericana. Hay momentos donde la imagen se pliega al sonido y viceversa. Una escena en la que Sammie, poseído por una suerte de trance espiritual, toca ante un público mitad humano mitad espectral, logra una intensidad emocional que remite tanto a The Song Remains the Same como a Beloved.

Sin embargo, Sinners no es una obra exenta de conflictos internos. Su ambición narrativa diluye en ocasiones el foco dramático. El relato oscila entre la travesía de los hermanos (con su conflicto de culpa y traición) y el despertar profético del joven Sammie. Esa indecisión genera cierta dispersión en el desarrollo, especialmente en una primera hora que, aunque atmosférica y absorbente, avanza con ritmo desigual. Cuando el horror vampírico se instala, lo hace con una fuerza visual deslumbrante, pero también con una lógica más cercana al espectáculo que a la introspección.

El elenco secundario ayuda a sostener la multiplicidad de tonos. Delroy Lindo, en clave de bluesman desencantado, aporta una sabiduría herida. Wunmi Mosaku, como Annie (una bruja culinaria con vínculos al vudú ancestral), aporta mística y humor. Jayme Lawson, Hailee Steinfeld y la pareja asiática encarnada por Li Jun Li y Yao enriquecen el universo con personajes que escapan a los arquetipos. Mención especial merece Buddy Guy, quien aparece en un breve cameo que es, en sí mismo, una bendición musical. Su solo final, seco y dolido, parece un susurro desde el más allá.

Sinners es una película imperfecta, a ratos sobrecargada, pero absolutamente singular. Es cine afroamericano que no se limita a representar, sino que reinventa. Una cinta que, desde el horror, se atreve a reescribir la historia y a exorcizarla. Ryan Coogler, aquí, no solo dirige una película sino que invoca un rito colectivo. Y aunque algunos de sus rezos se pierdan en el ruido, lo que permanece es una voz que quema.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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