Rara vez he sentido más FOMO (miedo a perderme algo) por una proyección cinematográfica que en el verano de 1984 en Londres. Mientras caminaba a casa desde la estación de metro de Brixton, casi fui arrollado por la multitud que salía del cine Ritzy tras una proyección —ya legendaria— de la recién estrenada Supergirl, reservada exclusivamente para mujeres. El público rebosaba euforia y alboroto, y aún estallaba en carcajadas mientras cruzaba la calle para asistir a una fiesta de baile para mujeres en el fabuloso club queer que por aquel entonces se llamaba The Fridge.
Si bien la película de superhéroes de Jeannot Swarc —que presentó a una encantadora Helen Slater como Kara Zor-El— había sido vapuleada por la crítica y se encaminaba a convertirse en un rotundo fracaso comercial, para este público (en el que “solo mujeres” era, por supuesto, un código para referirse a lesbianas) resultó divertidísima. Con el tiempo, la cinta se convertiría en un clásico dentro del espectro queer y más allá, apreciado por cualquiera con gusto por esas obras tan malas que terminan siendo buenas.
Supergirl
Conclusión: Más estupor que súper
Fecha de estreno: viernes 26 de junio
Elenco: Milly Alcock, Matthias Schoenaerts, Eve Ridley, David Krumholtz, Emily Beecham, David Corenswet, Jason Momoa
Director: Craig Gillespie
Guionista: Ana Nogueira
Clasificación: PG-13 (B)
Duración: 1 hora 47 minutos
Aunque se la considera un punto bajo dentro del universo de Superman dirigido por Richard Donner y protagonizado por Christopher Reeve, para muchos de nosotros Supergirl (1984) resultó perversamente disfrutable. Desde los efectos de dudosa calidad y la actuación desmesurada y exagerada de Faye Dunaway como Selena —una bruja obsesionada con el poder (basta con ver el tráiler original)— hasta la sublime Brenda Vaccaro en el papel de su asistente Bianca, quien daba largas caladas a sus cigarrillos Virginia Slims mientras probablemente intentaba contener los ojos en blanco. Por no hablar del irresistiblemente atractivo Hart Bochner en el papel del bombón en apuros.
Ojalá pudiera decir que disfruté —aunque fuera la mitad— del pesado intento de Craig Gillespie de resucitar a la prima de Superman como una heroína viable en su propia aventura interestelar. Por desgracia, no es así, a pesar de que la interpretación de carácter duro de Milly Alcock la convierte en una protagonista con un atractivo toque punk.
Lo mejor de la película —cuyo guion, obra de Ana Nogueira, carece de rasgos distintivos— son los flashbacks que muestran los últimos meses de Kara en lo que queda de su agonizante planeta natal, Krypton, o más concretamente en la colonia flotante Argo City, también abocada a la destrucción. Estas escenas poseen una carga emocional, pues vemos a una Kara adolescente resistiéndose a la decisión de sus padres (David Krumholtz y Emily Beecham) de enviarla a la Tierra, tal como su tío hizo con su primo Kal-El (David Corenswet) un par de décadas antes.
Esos flashbacks poseen la trágica grandeza de las pérdidas, tanto personales como colectivas, y te hacen desear que los cineastas hubieran optado de lleno por contar la historia de origen. Las escasas escenas de Alcock junto al Clark Kent/Superman de Corenswet también sugieren un enfoque que podría haber resultado más entretenido, al establecer una dinámica de hermano mayor y hermana menor con un potencial divertido y lleno de chispa.
La marcada diferencia entre los primos es que Kal-El fue criado desde la infancia temprana por unos padres adoptivos estadounidenses cariñosos, mientras que Kara ha asimilado la destrucción del único hogar que conoció —y la de sus padres junto con él—. Como señala Kara, Clark ve lo bueno en todos; ella ve la verdad.
Resulta decepcionante que todo ello se dosifique en fragmentos mientras Gillespie avanza a toda velocidad por una narrativa convencional —básicamente una mezcla de True Grit, John Wick y Mad Max: Fury Road—, acompañada de la habitual selección aleatoria de canciones preexistentes.
Basándose principalmente en la serie de cómics de DC de 2021 Supergirl: Woman of Tomorrow, la historia retoma la vida de Kara años después de su primera estancia en la Tierra, donde sus poderes se veían potenciados por el sol amarillo. Aunque Superman la insta mediante llamadas ocasionales a regresar a Metrópolis para ayudarle a combatir el crimen, Kara sigue ocupada lidiando con sus penas. Mitiga su dolor emborrachándose en bares de mala muerte y dejándose llevar por el público en conciertos en el planeta Holzherr —un guiño a Brittany Holzherr, editora sénior de DC en Woman of Tomorrow—, cuyo sol rojo anula sus poderes, permitiéndole experimentar la vulnerabilidad (y la embriaguez) de una mortal común de cabello rubio y desenfadado.
Uno de los primeros indicios de que la nueva Supergirl será un tostón carente de inspiración es la saturación de alienígenas viscosos y repugnantes: criaturas grotescas que parecen haber sido rechazadas en la cantina de Mos Eisley de la película original de Star Wars. En cuanto al diseño, resultan mucho más asquerosas que inquietantes o amenazadoras.
También en Holzherr, la familia Knoll —unos colonos humildes— se prepara para la incursión de Krem (Matthias Schoenaerts, quien luce más perforaciones faciales que Pinhead, de Hellraiser), líder de una banda de bandidos interplanetarios. Delilah Knoll (Emily Piggford) razona que, si le entregan a Krem las codiciadas espadas forjadas a mano en el taller de su esposo Elias (Ferdinand Kingsley), él se marchará. Sin embargo, Krem tiene otros planes y desata una violencia repentina; Ruthye (Eve Ridley), la hija de trece años de los Knoll, presencia el brutal asesinato de sus padres y de su hermano.
Armada con una preciada espada familiar que Krem y sus secuaces pasaron por alto, Ruthye recorre bares en busca de venganza, decidida a reinventarse como una joven guerrera. Ve en Kara a una mentora prometedora y, aunque la refugiada kryptoniana sumida en la embriaguez intenta quitársela de encima, Ruthye logra doblegar su resistencia. Cuando Krem huye en la nave de Kara —una carcacha oxidada que parece una autocaravana interplanetaria— y dispara a Krypto, el adorado perro de ella, con un tranquilizante letal que le causará una muerte agónica en tres días, Kara se une a Ruthye en su misión de venganza.
Las razones de Kara no son del todo altruistas, dado que Krem porta el único antídoto conocido para su propio dardo envenenado, lo que desencadena una carrera contrarreloj para salvar al perro. Cabe esperar que la doble motivación de Kara y Ruthye imprima cierto dinamismo a la narración, pero esta avanza con una lentitud sorprendente mientras se desplaza de un planeta sórdido a otro.
Las dos mujeres suben a un “autobús de agujero de gusano” repleto de todo tipo de bichos raros; frustran los planes de un trío de piratas espaciales sklarianas y sus drones araña robóticos; y son traicionadas por Bomar (Kadiff Kirwan) y Mareck (Thalissa Teixeira), la pareja aparentemente amable que regenta un local de ramen en Evely, una ciudad sin ley del devastado planeta Bilquis (estos nombres constituyen otro guiño interno de DC, en referencia a Bilquis Evely, la ilustradora de Woman of Tomorrow).
Resulta que Bomar y Mareck actuaban movidos por la desesperación, con la esperanza de recuperar a su hija Sarna (Asha Soetan), una de las “novias” secuestradas por los Bandidos para perpetuar su raza de matones exclusivamente masculina. Sin embargo, aunque la premisa sugiere algo similar a la Furiosa de Charlize Theron liberando a las mujeres destinadas a la procreación de Immortan Joe en Fury Road, el resultado no está a la altura: ni en cuanto a emoción ni en lo que respecta al subtexto feminista de mujeres con atuendos vaporosos reclamando el control sobre sus propios cuerpos.
Si bien los actores y sus dobles de acción ejecutan movimientos impresionantes y la banda sonora de electrónica industrial de Claudia Sarne mantiene el ritmo frenético de la acción, los numerosos enfrentamientos resultan mayormente genéricos —rara vez logran un impacto visceral— y los efectos visuales son totalmente convencionales.
Lo más parecido a la emoción que ofrece esta película —visualmente sosa— es la presentación de un divertido, aunque poco aprovechado, Jason Momoa en el papel de Lobo: un cazarrecompensas inmortal que parece un dios del heavy metal (o tal vez un miembro perdido de Kiss), que mastica un puro grueso y recorre el lugar a toda velocidad en su motocicleta voladora. “Mato por dinero, no por deporte”, le dice a Ruthye cuando ella intenta pedirle ayuda. Pero ya sabemos cómo terminan estas cosas.
En cambio, el Krem de Schoenaerts es una imagen en busca de un personaje: físicamente impactante, con el rostro tachonado y una larga trenza estilo mohicano, pero sin la complejidad suficiente para resultar interesante.
La película de Superman del año pasado dividió opiniones entre los seguidores más acérrimos, pero recaudó unos muy respetables 619 millones de dólares a nivel mundial, dando inicio a la nueva era de DC Studios bajo la dirección de James Gunn y Peter Safran con un comienzo prometedor. El filme poseía una chispa irreverente que resultaba refrescante, lo que impulsaba su dinamismo y daba vida a su gran corazón.
La caracterización combativa de Alcock —que matiza la dureza hastiada y el caos desordenado de Kara con un sentido de la justicia cada vez más firme— parecería ideal para continuar en esa misma línea. Sin embargo, Supergirl solo cobra vida de forma intermitente cuando revisita su doloroso pasado. Dada la trayectoria del director australiano Gillespie en películas sobre mujeres de espíritu indomable que desafían las normas —como I, Tonya y Cruella—, resulta llamativa la incapacidad de hallar profundidad emocional en el vínculo fraternal entre Kara y Ruthye.
Probablemente sea una opinión impopular, pero me pareció que la Supergirl de Sasha Calle en The Flash (2023) transmitía mayor profundidad, a pesar de que la película abusaba del fan service autorreferencial de DC.
Surge la sospecha de que la nueva película ha sido recortada en la sala de montaje, eliminando parte del hilo conductor. Resulta revelador que, mientras que en la entrega del año pasado Krypto se abalanzaba sobre Superman y lo cubría de besos babosos, esta película concluye en el apartamento de Clark en Metrópolis, donde el perro entra de un salto volador y luego, más o menos, desaparece de la escena sin siquiera acercarse a Clark.
La enorme expansión en Hollywood de la popularidad mundial de los cómics —ocurrida en las cuatro décadas transcurridas desde que la dulce e inocente Supergirl de Slater alzó el vuelo— hace prever que la nueva película superará fácilmente a su predecesora, la cual apenas alcanzó la decepcionante cifra de 14,3 millones de dólares. No obstante, a quienes siguen de cerca el DCU les convendría más esperar a que Gunn retome la dirección en la continuación de Superman prevista para el año que viene: Man of Tomorrow.