La evolución del feminismo en el cine y la TV de habla hispana

Durante décadas, las narrativas feministas fueron empujadas a los márgenes. Hoy ocupan un lugar central en la industria audiovisual

Por VALENTINA VILLAMIL |

mayo 22, 2025

1:50 pm

María Luisa Bemberg en el rodaje de Camila.

Difusión

A lo largo de los años, el feminismo y las discusiones de género ocuparon un lugar periférico en el cine y la televisión de habla hispana. Sin embargo, estas temáticas han dejado de estar relegadas a personajes secundarios o tramas simbólicas para convertirse en ejes narrativos centrales, transformando la manera en que se construyen los relatos audiovisuales en España y América Latina.

Esta transformación responde a una serie de cambios sociales, políticos y culturales que han moldeado el imaginario colectivo desde mediados del siglo XX. En América Latina, los años de dictaduras militares y represión, especialmente entre los 60 y 80, limitaron la libertad de expresión y con ella cualquier posibilidad de incluir discursos disidentes en las artes, incluido el feminismo. El cine estaba atravesado por la censura y dominado por narrativas masculinas, donde las mujeres eran, en la mayoría de los casos, objeto de deseo o figuras subordinadas.

En España, la dictadura franquista, que tuvo lugar entre 1939 y 1975, impuso un modelo conservador de familia y moral que invisibilizó por completo cualquier cuestionamiento al orden patriarcal. No fue sino hasta la transición democrática que comenzaron a emerger voces críticas dentro del cine. Los primeros intentos de romper con los arquetipos femeninos impuestos por el régimen llegaron de la mano de cineastas como Pedro Almodóvar, quien a finales de los años 80 utilizó la exageración y el melodrama para dar visibilidad a mujeres marginadas, a figuras queer y a experiencias que antes no tenían lugar en pantalla. Mujeres al borde de un ataque de nervios de 1988, aunque no feminista en sentido estricto, abrió una puerta a la exploración de personajes femeninos intensos, contradictorios y emocionalmente complejos.

En paralelo, en Latinoamérica, directoras como María Luisa Bemberg en Argentina comenzaron a construir un cine donde las mujeres dejaban de ser un decorado narrativo y pasaban a tener un espacio un poco más protagónico. Camila de 1984, fue una obra pionera en este sentido. Ambientada en el siglo XIX, contaba una historia de amor prohibido, pero al mismo tiempo denunciaba la represión eclesiástica y patriarcal con una sensibilidad que rompía con el cine dominante de la época. Sin embargo, su trama aún estaba limitada por la recepción de una industria dominada por miradas masculinas.

El cambio comenzó a visibilizarse con mayor fuerza a partir de la década del 2000, cuando los movimientos feministas ganaron terreno en el espacio público y comenzaron a permear el discurso cultural. A esto se sumó la consolidación de una generación de cineastas mujeres que, formadas en democracia, pudieron narrar desde su propia experiencia sin necesidad de disfrazar el mensaje. En España, Icíar Bollaín se convirtió en una de las creativas que le apuntaban a una nueva forma de contar historias, y Te doy mis ojos de 2003 fue un punto de partida en la representación de la violencia de género. La película no solo mostraba el horror físico, sino también los retos emocionales que atraviesan las víctimas.

En México, la serie producida por HBO Latinoamérica, Capadocia, que se transmitió entre 2008 y 2012, exploró el sistema carcelario femenino como un microcosmos de las estructuras de opresión patriarcal, una propuesta arriesgada para la televisión de la época. A lo largo de la historia se presentó una alegoría del sistema patriarcal, y ofrecía múltiples capas de lectura en torno al género, el poder y la corrupción.

Créditos: HBO Latinoamérica.

La llegada de plataformas de streaming y el auge del movimiento #NiUnaMenos en América Latina, y del 8M en España, sumaron a la transformación y la necesidad colectiva de que estas historias, a menudo opacadas por una trama masculina, se materializaran en diferentes formatos. Las audiencias comenzaron a exigir contenidos más alineados con los debates sociales contemporáneos, luego de décadas de invisibilización, violencia sistemática y falta de representación en las estructuras de poder, incluidas las industrias culturales.

En España, el caso de “La Manada” en 2016, en el que cinco hombres violaron a una joven durante las fiestas de San Fermín, y cuya sentencia inicial evitó calificar el crimen como violación, fue otro detonante. La indignación social derivó en una masiva movilización feminista que colocó los derechos de las mujeres, especialmente su derecho a la credibilidad y a una vida libre de violencia, en el centro del debate público. Las protestas no se quedaron en las calles, sino que invadieron los medios, los festivales, las universidades y también los sets de rodaje.

Créditos: Europa Press.

En ese contexto, la conversación feminista dejó de pertenecer exclusivamente a los márgenes académicos o militantes y pasó a formar parte del tejido cotidiano. Las redes sociales impulsaron este proceso gracias al fácil acceso a la información, a la difusión de discursos y una mayor visibilidad para creadoras independientes. Se amplificaron voces que antes eran sistemáticamente ignoradas, y, como consecuencia, se generó una presión directa sobre la industria audiovisual, que comenzó a responder, al menos en parte, a las nuevas demandas sociales.

Las audiencias, más conscientes, empezaron a rechazar los estereotipos de género clásicos y a demandar representaciones más realistas, críticas y diversas, habladas desde la experiencia femenina. Esto obligó a repensar desde los formatos narrativos, hasta los equipos creativos, y marcó el inicio de una transformación en el modo de producir y consumir. Series como Las chicas del cable, de Netflix España que se llevó a cabo entre 2017 y 2020, ambientada en los años 20 pero con un claro guiño al feminismo actual, pusieron en pantalla el discurso de la sororidad y la lucha por la autonomía en contextos históricamente opresivos.

En Argentina, El reino de 2021 introdujo personajes femeninos que, lejos de encarnar roles tradicionales, ejercen poder, manipulan discursos religiosos o se enfrentan a estructuras políticas desde una perspectiva crítica. En Colombia, por su parte, La reina del flow, desarrollada entre 2018 y 2021, rompió con el arquetipo de la mujer víctima en las telenovelas, dando paso a una protagonista que toma el control de su historia, aunque dentro de los códigos del entretenimiento masivo.

Más recientemente, producciones como Veneno (2020), creada por Javier Calvo y Javier Ambrossi, han ampliado el espectro del debate de género al integrar narrativas trans con una sensibilidad pocas veces vista en la televisión española. Basada en la vida de Cristina Ortiz, una mujer trans popular en la televisión de los años 90, la serie propuso un nuevo estándar narrativo, no sólo por su compromiso con la representación trans, sino por su honestidad emocional y su mirada empática a historias que aún hacen parte de minorías. Además, el trabajo con actrices trans en papeles protagonistas y la exploración de la identidad desde las voces de personas que lo han vivido en carne propia marcaron un nuevo estándar de representación.

Hoy, el feminismo en las pantallas hispanohablantes ya no se presenta solo como una denuncia, sino como un prisma desde el cual se construyen personajes complejos, relaciones más igualitarias y conflictos que interpelan directamente al presente. Desde las primeras cineastas latinoamericanas que trabajaron en contextos hostiles, como Bemberg en Argentina, o Marilú Mallet (cineasta chilena exiliada durante la dictadura de Pinochet), hasta las generaciones actuales que crecieron con referentes feministas, el lenguaje visual y narrativo se ha sofisticado, pasando de la superficialidad a la confrontación directa, del testimonio individual a la reflexión colectiva.

Hoy, esas pioneras conviven con nuevas generaciones que han crecido en un entorno más permeable a la equidad de género, aunque no exento de obstáculos. En la actualidad, finalmente hay más terreno en la industria para creativas femeninas, que, aunque no siempre se unan a la conversación de género, sus historias hacen parte de una revolución. En Colombia, Laura Mora consolidó su carrera con Los reyes del mundo de 2022, una obra lírica y crítica sobre jóvenes excluidos que ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, siendo la primera película colombiana en lograrlo.

En México, Lila Avilés ha ganado reconocimiento internacional con Tótem de 2023, una cinta íntima que explora la niñez, el duelo y la fragilidad de los vínculos familiares. Tras el éxito de La camarista de 2018, Tótem consolidó su estilo poético y minimalista, llevándola a competir en la Berlinale y ser elegida como la representante mexicana al Oscar. Michelle Garza Cervera, por su parte, irrumpió con fuerza en el cine de género con Huesera de 2022, una historia de horror psicológico sobre la maternidad, que fue premiada en el Festival de Tribeca y en Sitges. Su trabajo ha abierto camino en México para otras mujeres dentro de un género tradicionalmente dominado por hombres.

En el Cono Sur, la argentina María Zanetti debutó con Alemania en 2024, una película sensible y política sobre salud mental y relaciones familiares, que recibió elogios en el Festival de Málaga. Desde Chile, Francisca Alegría ha expuesto su trabajo con tintes ecológicos y espirituales en La vaca que cantó una canción hacia el futuro de 2022, una coproducción internacional con fuerte presencia femenina en su equipo creativo, que tuvo su estreno mundial en Sundance. Finalmente, en Brasil, aunque no hispanohablante, pero muy relevante en la región, Carolina Markowicz llamó la atención con Pedágio en 2023, un drama queer sobre familia y represión, proyectado en Toronto y San Sebastián.

A pesar de que aún queda camino por recorrer en términos de diversidad y profundidad, la evolución es evidente, y estos que mencionamos son apenas algunos ejemplos. La inclusión de nuevas voces, especialmente de mujeres directoras, guionistas y productoras, han transformado la industria en una donde la sensibilidad innata a la mujer tiene lugar y las historias son contadas desde la experiencia femenina. Ahora, el cine y la televisión en español están aprendiendo a contar sus historias desde un lugar, que no solo observa a las mujeres, sino que las escucha, las profundiza y las ubica en el centro.

VALENTINA VILLAMIL

Redactora Senior

Redactora senior en The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone. Ha retratado a un centenar de artistas con relatos donde convergen música, cine, televisión y moda.

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