El boom de los clásicos latinoamericanos en la era del streaming

Una nueva ola de adaptaciones audiovisuales está rescatando la literatura latinoamericana del siglo XX para llevarla a las pantallas del siglo XXI.

Por ROCÍO ACERO |

mayo 26, 2025

12:24 pm

COLLAGE: COMO AGUA PARA CHOCOLATE: HBO / MAX; CIEN AÑOS DE SOLEDAD: NETFLIX; LA VORÁGINE: CORTESÍA @QUINTOCOLORPRODU / CANAL TELECAFÉ; PEDRO PÁRAMO: NETFLIX

En un panorama mediático marcado por la fragmentación y el consumo acelerado, donde el algoritmo dicta las tendencias y el contenido se vuelve desechable, resulta sorprendente (y profundamente estimulante) que algunas de las obras más complejas, profundas y simbólicas de la literatura latinoamericana estén siendo adaptadas al cine y la televisión. Desde Pedro Páramo hasta Cien años de soledad, pasando por La vorágine o Como agua para chocolate, asistimos a una suerte de “nuevo boom”, pero esta vez audiovisual, en el que los relatos fundamentales del siglo XX regresan no en papel, sino en imagen de alta definición.

Este fenómeno no es casual ni meramente nostálgico. En realidad, responde a múltiples tensiones que atraviesan la industria del entretenimiento contemporáneo: La búsqueda de contenidos diferenciados frente a la saturación de fórmulas narrativas; el renovado interés por el realismo mágico y las narrativas no lineales; y la necesidad de las plataformas globales de conectar con audiencias locales sin renunciar a su vocación universal. Así, lo que antes parecía inadaptable (por su estructura, su densidad, su simbolismo o su arraigo en lo oral) hoy encuentra nuevos lenguajes visuales capaces de traducir (y también traicionar) la experiencia literaria.

NETFLIX

Netflix es tal vez el caso más paradigmático. En alianza con los herederos de Gabriel García Márquez, la plataforma desarrolló una ambiciosa serie basada en Cien años de soledad, una novela que el propio autor consideraba imposible de adaptar sin renunciar a su esencia. La decisión de rodarla en español, en Colombia y con un equipo creativo latinoamericano, habla no solo de una estrategia comercial, sino también de un respeto por la genealogía de la obra. ¿Cómo llevar a la pantalla el tiempo circular, las repeticiones oníricas y las genealogías confusas de los Buendía? ¿Cómo representar el diluvio que dura cuatro años, once meses y dos días sin perder su carga simbólica? El proyecto asumió esas preguntas de una manera irregular, al menos en su primera parte.

En paralelo, Pedro Páramo, la obra cumbre de Juan Rulfo, ha encontrado en Netflix una nueva vía para alcanzar a un público internacional. Dirigida por Rodrigo Prieto (habitual colaborador de Iñarritu, Scorsese y Ang Lee) y con actuaciones de Tenoch Huerta y Manuel García-Rulfo, esta versión terminó siendo una visión visualmente sofisticada del universo de Comala. La novela, marcada por la ruptura temporal, la voz de los muertos y una atmósfera espectral ha sido largamente considerada un texto inadaptable. Sin embargo, su poética de lo fragmentario encuentra resonancias en un lenguaje audiovisual que hoy está acostumbrado a narrativas fragmentadas, saltos temporales y atmósferas envolventes. La cinta de Prieto, aunque de hermosa factura, se queda corta en captar no solo la historia, sino el vacío, la sequedad y el eco que la recorre.

NETFLIX

Por otro lado, La vorágine, la célebre novela de José Eustasio Rivera, símbolo del modernismo colombiano y retrato implacable del infierno verde amazónico, se prepara para su regreso a la televisión en un proyecto sin precedentes que involucra a todos los canales regionales del país y que luego será presentado internacionalmente en la plataforma Max. El relato, que oscila entre el testimonio político y la desintegración lírica del yo, plantea el reto de representar la selva no como simple escenario exótico, sino como una entidad viva, devoradora y casi metafísica. ¿Cómo actualizar una obra escrita en 1924 sin caer en el exotismo visual ni en la literalidad? Tal vez el camino esté en asumir la selva como un personaje más y como una fuerza que traga no solo cuerpos, sino también estructuras narrativas.

En un registro distinto (y mucho más acertado), Como agua para chocolate, la novela de Laura Esquivel que ya tuvo una hermosa y exitosa adaptación cinematográfica en 1992 cortesía de Alfonso Arau regresa con una segunda temporada de una serie televisiva que también hace parte del contenido de Max. Tanto en la obra literaria, como en la película y la serie, el realismo mágico se entrelaza con la gastronomía, el erotismo y los dramas familiares y esta segunda vida en formato serial responde no solo al interés por adaptar un clásico, sino también a la tendencia contemporánea de fusionar géneros y expandir universos narrativos. A diferencia de lo que sucede con las adaptaciones de Netflix, lo interesante aquí no es solo qué se conserva, sino qué se transforma, ya que se enfatiza en el feminismo subyacente y se logran abordar las tensiones de clase y raza que atraviesan el relato.

HBO

El retorno de estos clásicos no debe verse únicamente como una moda. En muchos casos, responde a una deuda histórica. Durante décadas, el cine y la televisión latinoamericana privilegiaron narrativas más inmediatas, más rentables o ajustadas a las políticas culturales de turno. Hoy, con una industria más sólida, con talentos técnicos reconocidos internacionalmente y con una audiencia global interesada en relatos complejos, es posible volver a mirar hacia atrás y reconocer en esas novelas no solo patrimonio cultural, sino potencia narrativa.

Sin embargo, este proceso no está exento de tensiones. El riesgo de la estetización vacía, de adaptar por adaptar, sin una verdadera comprensión del trasfondo cultural e histórico, siempre está latente. También existe el peligro de la “globalización” forzada, donde el deseo de agradar a audiencias internacionales diluye lo más radical y singular de las obras. En este sentido, las adaptaciones exitosas no serán aquellas que repliquen fielmente la letra del texto, sino las que logren capturar su espíritu, su resonancia emocional y su capacidad de interpelar al presente.

CORTESÍA @QUINTOCOLORPRODU

Porque, en el fondo, lo que estas obras proponen no son solo historias del pasado, sino formas de entender la identidad, el tiempo, el poder, la violencia y el deseo en clave latinoamericana. Y si algo necesita hoy el cine (entre tanta adaptación y fórmula de laboratorio) es precisamente eso: Relatos que no tengan miedo de ser complejos, incómodos o profundamente poéticos.Así, el regreso de los gigantes literarios quizás no corresponda a una señal de agotamiento creativo, sino una afirmación de que la palabra, aun en tiempos de streaming, conserva su capacidad de iluminar, incomodar y transformar. La literatura latinoamericana, lejos de ser un relicario de glorias pasadas, vuelve a vivir, esta vez, en pantalla. Y quizá eso sea también una forma de justicia poética.

ROCÍO ACERO

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