La historia de la constante e incansable lucha por los derechos y libertad de las mujeres no es ajena a nadie, está presente en todo lados. Tan solo con la acción que estoy ejerciendo de escribir este texto y tú de leerlo, lo estamos demostrando.
Sin embargo, también es una realidad que ninguna lucha tiene sello de garantía una vez conseguida. Bien dicen por ahí que “quien no conoce su historia está condenada a repetirla”, por lo que el arte ha sido parte fundamental para mantener memoria de los valores y problemáticas que han marcado cada época. Y el cine ha sido un espejo explícito (incluso una especie de máquina del tiempo) que funge como archivo vivo de nuestra resistencia.
Desde sus inicios, distintas directoras han trabajado en retratar sus realidades a través de sus proyectos. Haciendo de sus películas mensajes en botellas que avientan al mar, para que cuando alguien las encuentre, puedan recordarlas. Ya era 1906 cuando Alice Guy (considerada primera la directora de cine) estaba creando su cortometraje Les résultats du féminisme (conocida en español como Las consecuencias del feminismo), una sátira —similar al concepto que utilizó Dove Cameron en el video musical de Breakfast, para una referencia más actual— en donde invirtió los roles de género, representando un mundo en que los hombres asumen las labores domésticas y sufren la desigualdad que vivían las mujeres de esa época en su día a día.
También está L’une chante, l’autre pas (o Una canta, la otra no) de Agnès Varda. Un largometraje lanzado en 1977 que fue calificado como una crónica del feminismo, pues utiliza las experiencias de Pauline (Pomme) y Suzanne para representar las luchas que muchas mujeres francesas vivieron entre los años sesenta y setenta. Entre sus temas se encuentran el aborto, la anticoncepción, la independencia económica y la participación directa de Pomme en el movimiento feminista. La protagonista, a través de sus canciones, hablaba sobre la vida de las mujeres, la libertad, la maternidad y la desigualdad que atravesaban. También muestra un evento importante en la historia de Francia: el juicio de Bobigny, un histórico proceso judicial en Francia donde se juzgó a Marie-Claire Chevalier, una joven de 16 años, por abortar después de haber sido abusada sexualmente. El caso impulsó la posterior legalización del aborto y en la cinta se muestran las manifestaciones feministas que ocurrieron a las puertas del juzgado.
Mustang de 2015, dirigida por Deniz Gamze Ergüven en su debut directorial, narra la historia de cinco hermanas cuya libertad es progresivamente restringida por las normas patriarcales de su comunidad. A través de sus experiencias, la película muestra cómo las mujeres son sometidas a prácticas como los matrimonios forzados, la presión por preservar la virginidad como símbolo del honor familiar y el silencio que rodea la violencia y el abuso sexual dentro de su hogar. Al mismo tiempo, retrata la forma en que las protagonistas desafían estas imposiciones y buscan recuperar su autonomía, convirtiéndose en una reflexión sobre las desigualdades de género y las luchas por los derechos de las mujeres en Turquía.

El testimonio de Vanessa Block, también del 2015, es un cortometraje documental que sigue el juicio de Minova de 2014, el mayor proceso por violaciones sexuales en la historia de la República Democrática del Congo. En sus 28 minutos, reconstruye las agresiones cometidas por soldados del ejército contra cientos de mujeres tras un enfrentamiento con un grupo rebelde, dando voz a las sobrevivientes que se atrevieron a testificar. Un proyecto similar, en formato de largometraje es La bella y los perros (2017) de Kaouther Ben Hania, un thriller basado en un caso real que sigue a Mariam, una estudiante tunecina que es abusada sexualmente por varios policías. A pesar de estar decidida a denunciar, lamentablemente se topa de frente con un sistema corrupto que busca silenciarla mediante chantaje, intimidación y revictimización. La película evidencia cómo el poder, la corrupción y la impunidad convierten la búsqueda de justicia en una segunda forma de violencia.

Por otro lado, el Centro de Culturas Audiovisuales de la Universidad de San Andrews en Reino Unido publicó en 2025 el Guerrilla Archiving: Documents for a Feminist History of Latin American Cinemas, una excelente selección de 15 ejemplos clave del cine feminista latinoamericano del siglo XX. Su listado, que de forma inteligente y pertinente específica que “la mayoría de las obras fueron dirigidas por mujeres blancas de clase alta y media; no obstante, garantizamos que la diversidad de estilos, géneros, temáticas y prácticas de producción”, además de no pretender ser una investigación “exhaustiva, sino un punto de partida fundamental”, que incluye títulos como Cosas de mujeres (1978) de Rosa Martha Fernández & Cine Mujer Collective, un proyecto de investigación audiovisual que denuncia denuncia los riesgos y problemas asociados al aborto practicado de manera ilegal y en condiciones precarias, a través de una estudiante universitaria que fue víctima de una práctica médica mal realizada; Señora de nadie (1982) de María Luisa Bemberg, sobre una ama de casa que decide abandonar su hogar y, mediante notas adhesivas, visibiliza la carga invisible del trabajo doméstico que realizaba día con día, mientras reivindica su independencia económica y cuestiona la idea de que la maternidad es el único camino hacia la realización personal; y El hombre cuando es hombre (1982) de Valeria Sarmiento, un magistral montaje que revela de forma progresiva la violencia letal ejercida contra las mujeres, a través de entrevistas en las que los propios hombres exponen, casi sin darse cuenta, los discursos y prácticas que sostienen el machismo en latinoámerica.
Porque ha sido una ola de defensa interminable, y afortunadamente hay películas para todos y cada uno de esos casos. Por ejemplo, existe Lilly de Rachel Feldman, sobre la histórica pelea por la igualdad salarial y los derechos laborales de las mujeres frente a la discriminación de género en el entorno laboral; Ruido de Natalia Beristain, que retrata la realidad de las mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos en México y la lucha colectiva por el acceso a la justicia; Belén de Dolores Fonzi, inspirada en un caso real de criminalización del aborto espontáneo en Argentina, que fue clave para el debate que culminó con la aprobación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en 2020; también está la serie Grand Army de 2020, Moxie de Amy Poehler, Hidden Figures de Theodore Melfi, She’s Beautiful When She’s Angry de Mary Dore, Las Demás de Alexandra Hyland, Mujercitas de Gerwig o Gillian Armstrong, entre muchas (pero de verdad muchas) otras cintas, que no alcanzaría el espacio en la web para mencionarlas a todas.

De hecho, no hay necesidad de irnos a temáticas muy específicas. Cintas como Mary Poppins de 1965 ya hablaban del movimiento sufragista con el personaje de Winifred Banks, la madre de los niños, quien participa activamente en la lucha por el derecho al voto de las mujeres. Otro ejemplo es la emblemática Legalmente Rubia de 2001, otra película que no lleva la bandera militante en su premisa, pero que con su excelente guión logra darle un mensaje de libertad e independencia. Al inicio, vemos a una Elle sumergida en una vida tradicional, donde su principal aspiración parece ser convertirse en la esposa de Warner. Pero conforme avanza la historia, haya sido por las razones equivocadas o no, descubre que tiene un potencial infinito para convertirse en una respetada abogada, enfrentándose a un entorno que constantemente la subestima por no ajustarse al estereotipo de cómo “debería” lucir una profesional. De esta forma logra destacar en su área de forma exitosa sin tener que abandonar su colorida personalidad en un ambiente laboral que está dominado por hombres que usan aburridos trajes.
Barbie de 2023 también es una de las favoritas más recientes. Con un concepto que sigue la misma corriente de Guy, Greta Gerwig utilizó la historia de la emblemática muñeca de Mattel, para retratar una utopía femenina que en su desenlace cuestiona los estándares imposibles a los que son sometidos los seres humanos, demostrando que el patriarcado perjudica a todos, independientemente del género. Un discurso que fue considerado “radical” por los más conservadores, y “demasiado blanco” para los más liberales. Es así, que conforme avanza la historia del cine (con sus 130 años, y contando) hemos podido ver el cambio tan notorio que socialmente han enfrentado las mujeres. ¿Cuántas veces no ha vuelto a ver una película antigua que resultó juzgada por su cuestionable representación femenina? ¿Y cuántas veces no nos hemos tenido que explicar diciendo que “eran otros tiempos”? ¡Porque lo eran! Y hemos avanzado lo suficiente como para, al menos en la industria del cine, ya no seamos reducidas todo el tiempo a ser “talentos” que no son más que objetos decorativos, intereses románticos del protagonista o sumisas sin perdición.
Ahora además de actrices se puede ser directora, sonidista, productora, editora, guionista, edición, especialista en VFX… Estos cambios han llevado a la creación del Bechdel Test o a nuevas conversaciones como la de las directoras y artistas que no quieren ver su trabajo ser etiquetado de forma automática como “feminista” por su razón de género. Que sí, mentiría si dijera que esto no viene del inconformismo de las mujeres que viven su día a día en la industria. Pero han sido justamente esas quejas las que nos han obligado a avanzar, aunque siga faltando mucho camino por recorrer.
Así como los nombres mencionados anteriormente, hay miles de cineastas que están retratando su imaginario y realidad con sus cámaras, cuestionando y resignificando sus propias experiencias a través de un lente. Actividad que, en un momento tan angustiante como el que se está viviendo actualmente en todo mundo (el régimen talibán, el discurso sobre abandonar nuestro derecho al voto, las trad-wifes, el girl-math o imjustagirlificación de actividades cotidianas, que normaliza el discurso sobre que somos naturalmente ingenuas, superficiales o intelectualmente inferiores a los hombres), resulta primordial para no olvidar la realidad de lo que se está viviendo.
Hay una película recientemente anunciada, que estará protagonizada por Anne Hathaway, sobre una influencer que crea contenido sobre discursos bastante conservadores alrededor de la vida de las mujeres y que, misteriosamente, es transportada al año 1855 en donde vive su dura “fantasía doméstica” en carne propia. El título es Yesteryay, y está basada en la novela debut homónima de Caro Claire Burke. No cabe duda que será interesante ver las reacciones.
De igual forma me parece importante mencionar que muchas de estas cineastas provienen de contextos e ideas privilegiadas, pues el arte sigue siendo elitista y es otra batalla que también hay que pelear para garantizar su accesibilidad. Hacen falta muchas más historias interseccionales, esa es una urgente realidad; pero eso no hace que sus discursos y realidades sean menos relevantes para nuestra historia, pues aquellas con cámaras y presupuesto que han decidido utilizar sus recursos para representarnos son, en automático, grandes historiadoras.
Por eso hoy más que nunca es recomendable encender la televisión, la computadora, un iPad o salir al cine, para apreciar de forma consciente, a través del cine, que nuestra realidad actual jamás ha estado ni estará asegurada. Que los lugares que ocupamos son la consecuencia de innumerables quejas y protestas que siguen siendo necesarias. En el cine, en la ciencia, la música, el arte, la ingeniería, arquitectura, diseño, gastronomía… En absolutamente todo. Ha estado rondando en internet una frase de Simone de Beauvoir en la que estípula que simplemente basta una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Y, si actualmente estamos atravesando todos, no está de más mantenernos más vigilantes, despiertas e informadas.
