Formado en la Casa del Teatro Nacional en Bogotá y en el CADAC de México, José Restrepo ha construido una carrera que transita con soltura entre teatro, cine y televisión. Su filmografía incluye títulos populares como Los iniciados y El man del porno, y series como Metástasis y Narcos. A sus créditos se suman dos nominaciones a los Premios Macondo en 2016 por Malcriados y 2023 por Una madre. En Enemigo en el Espejo asume a Camilo, un guitarrista que encarna una batalla íntima donde las pérdidas personales, la atracción por un culto religioso y los trastornos alimenticios se cruzan con preguntas existenciales. Restrepo llega al proyecto tras una colaboración previa con el guionista y ahora director Julián Camilo Sánchez, y encuentra en este personaje una oportunidad para hablar de una juventud que no cabe en clichés ni en moralejas fáciles. Enemigo en el Espejo no busca provocar por provocación. Con Restrepo al centro, la película insiste en la complejidad de una generación que carga preguntas sin respuesta rápida. No es un relato de soluciones mágicas. Es una invitación a hablar de lo que cuesta nombrar y a sostenerse mientras llega la luz.
Arranquemos por el origen del proyecto. ¿Cómo aparece esta película en tu radar y qué te enganchó?
Yo había trabajado antes en una película escrita por Julián y lo que más me atrapó fue su escritura. Cuando me enteré de que Red Collision produciría otra historia suya y que esta vez él dirigiría, tuve claro que quería estar. Ya teníamos una relación de trabajo y les dije que me interesaba sumarme. Cuando leí el guion entendí que era un relato más íntimo y personal para él. A partir de ahí las conversaciones con Julián fueron clave. La película estaba muy en su cabeza y el reto fue encontrarnos en la mitad para construir a Camilo.
El filme enfoca a jóvenes que no están definidos por la marginalidad clásica. Hay familia, universidad, vínculos. ¿Qué te interesó de esa perspectiva?
Me parece valioso poner la lupa en un lugar que suele subestimarse. Hay quien piensa que con comida, techo y un entorno más o menos estable todo está resuelto, pero no. Hoy mucha gente no encuentra propósito. No es solo un tema económico. Es existencial. Podemos tener comodidades y aun así sentirnos perdidos. Vivimos un momento confuso. No siempre sabemos hacia dónde vamos ni a quién creerle. La película se mete ahí. No se trata de decir que solo sufre quien tiene menos recursos. También habla de jóvenes que crecen en este mundo y tratan de darle sentido a las cosas.

El título sugiere una pelea con uno mismo. Además del sentido de la vida, ¿dirías que la película aborda el desengaño?
Total. De niños nos dicen que hay dos caminos claros. Un trabajo que te llene o una gran relación. Cada vez es más difícil conseguir alguna de las dos. Encontrar un empleo que te guste y te permita vivir es complicado. Formar vínculos estables también. Muchas expectativas de generaciones anteriores ya no aplican o se sienten inalcanzables. La historia captura ese desencanto. Camilo piensa que la música o la relación con Sol le van a dar esa respuesta, y no es así.
Camilo busca sentido en la música, en una nueva relación y luego en un grupo que promete consuelo. Ese refugio se quiebra. ¿Hay lugar para la esperanza?
Sí. Aunque el tono es oscuro, no es fatalista. Me gusta que no se entienda la muerte como salida. Camilo se cae varias veces y toma decisiones discutibles, pero resiste. Esa idea de aguantar y de no rendirse me parece importante. Puede pasar desapercibida, pero es de lo más valioso para los jóvenes. Sostenerse un poco más y pedir ayuda cuando haga falta.

Tu trabajo es contenido, por momentos casi silencioso. ¿Cómo encontraste la fisura emocional del personaje?
Hablé mucho con Julián sobre lo que no se dice. Camilo no es un estallido constante. Es alguien que se va apagando. Trabajamos desde la respiración, desde la forma de habitar los espacios, desde lo que el cuerpo intenta controlar cuando la cabeza ya no puede. La bulimia no se trató como efecto de choque sino como un lenguaje del vacío. Preferimos sugerir la violencia interna más que subrayarla.
El filme ha sido descrito como una historia que incomoda. ¿Dónde te paraste frente a la tentación del sermón moral?
El guion no busca dar lecciones. No defiende ni ataca la fe. Muestra tensiones. El culto puede ser refugio y también cárcel. Lo mismo pasa con la familia o el amor. Lo interesante fue no juzgar. Como actor me concentré en acompañar a Camilo sin explicarlo todo.

La conversación pública sobre salud mental a menudo se queda en consignas. ¿Qué te gustaría que quede resonando después de la proyección?
Que pedir ayuda no es debilidad. Que la sensibilidad no es un problema por corregir. Y que la esperanza no siempre llega como una epifanía. A veces es una decisión pequeña, repetida todos los días.
Hay una tradición en el cine colombiano que mira a la juventud sin filtros. ¿Esta película dialoga con ese mapa?
Sí, pero desde adentro. La violencia aquí no es solo la calle. Es el cuerpo y la mente. Creo que esa mirada íntima suma a la conversación que ya traen otras películas y la lleva a un terreno más psicológico.
Si tuvieras que definir a Camilo en una imagen, ¿cuál sería?
Un cuarto en penumbra donde alguien abre la ventana apenas un par de centímetros. No entra todo el sol, pero se siente el aire.
¿Qué te dejó la película como actor y como persona?
La certeza de que la honestidad vale más que la perfección. Y la idea de que acompañar a un personaje no es salvarlo. Es mirarlo sin miedo.
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