Cuando Paul Rudd llegó a la Academia Estadounidense de Artes Dramáticas a principios de los noventas, ya se había deshecho de los pantalones dorados de lamé de su madre, pero aún conservaba una melena que le caía por la espalda, y su estilo no era precisamente el de un hombre común.
Su ambición: “Actuar en serio”. (Las comillas son suyas, no mías).
En su pared, a modo de inspiración, colgaba una reseña entusiasta de My Left Foot, película que le valió a Daniel Day-Lewis su primer Óscar por interpretar a un hombre con parálisis cerebral. Era el actor favorito de Rudd —“Y lo sigue siendo”, afirma— y, tras ver la película, se convenció de que ese era “exactamente el tipo de actor” que quería ser.
Pero a medida que se acercaba la graduación, Rudd fue invitado a reunirse con una agente de Hollywood. “Quería ser un actor peligroso, melancólico e increíble… luego tuve esa reunión y ella me dijo: ‘Vas a tener que cortarte el pelo’”, recuerda. En ese momento, no lo podía creer. “Me dijo: ‘Bueno, no eres un tipo transgresor, eres más bien un estadounidense típico, y te van a querer con un corte de pelo impecable’. Y yo pensé: ‘Dios mío, ese no soy yo. Es lo último que quiero oír’”.
A sus 57 años, Rudd ha aceptado la imagen que Hollywood quiere proyectar de él. De hecho, ha forjado una larga y exitosa carrera interpretando ese papel. Y aunque ha encontrado la manera de interpretar personajes mucho más oscuros en el teatro, a los que recurre siempre que puede, su carisma desenfadado y bonachón ha impulsado tres décadas de comedias románticas (Clueless), comedias para adultos (I Love You, Man) y, más recientemente, una larga trayectoria en el Universo Cinematográfico de Marvel. El New York Times lo ha apodado el “MSG de los actores”, y señaló: “Puedes añadir a Rudd a cualquier película, y la película tendrá mejor sabor”.
Su próximo proyecto, Power Ballad, de John Carney (director de Sing Street), representa un cambio radical. La película, que se estrena el 5 de junio, está protagonizada por Rudd, junto a Nick Jonas, en el papel de un músico veterano que nunca alcanzó la vida ni la carrera de estrella de rock que soñaba de joven. En cambio, conoció a su esposa, tuvo un hijo y se estableció como vocalista de The Bride & Groove — la banda de bodas más genial de Irlanda, según la pegatina de su furgoneta. Rudd aceptó el papel en parte porque se identificó con el personaje melancólico.
“Quiero decir, no creo ser exactamente como la gente piensa que soy. No soy un tipo despreocupado y alegre”, dice, luego se queda callado.
Insisto para que me cuente más.
“Bueno, puedo deprimirme bastante”, comenta, con cierta vacilación al principio. “Pero todos somos seres multidimensionales, ¿no? Todos sentimos las cosas profundamente. Todos nos entristecemos por ciertas cosas. Todos tenemos esos momentos en los que te despiertas a las tres de la mañana con la mente acelerada, rodeado del ruido del mundo y de tu vida, y te preguntas: ‘¿Cómo voy a seguir adelante con todo esto?’. Yo también lo siento. Simplemente, nunca hablo de eso en las entrevistas”.
Ahora que ha empezado, sin embargo…
En esta tarde de principios de mayo, Rudd me recibe en un restaurante de su barrio de Brooklyn. Acaba de regresar de unos días sin teléfono, algo que, según él, fue pura casualidad, pero liberador a pesar de todo. Llego primero y le pregunto al maître qué asiento prefiere Rudd, a lo que él responde riendo. “Oh, Paul se sienta donde sea”, dice con una insinuación sutil pero clara: aquí no es el “Paul Rudd de las películas”.
Lo cierto es que Rudd dejó Los Ángeles para vivir la vida normal que ofrece Nueva York justo después de rodar Clueless a mediados de los noventas. Para sus representantes, fue una decisión profesional increíblemente estúpida. Para cuando la comedia sobre la mayoría de edad capturó el espíritu de la época y convirtió a Rudd en el galán de las chicas intelectuales en el verano de 1995, él ya se había volcado en la producción teatral de The Last Night of Ballyhoo. De repente, estaba a 4800 kilómetros de Hollywood y completamente inaccesible. “Mi agente me decía: ‘¿Qué demonios estás haciendo?’”, cuenta. “Pero yo estaba entusiasmado. Tenía 25 o 26 años y estaba a punto de llegar a Broadway”.
Ni siquiera era la primera vez que dejaba a sus representantes perplejos con sus decisiones. Rudd había conseguido un papel recurrente en la popular serie dramática Sisters unos años antes de Clueless, y luego lo dejó para estudiar teatro clásico inglés en Oxford. “Fue mi primer trabajo de actuación de verdad, y mi agente también pensó que estaba loco por dejarlo entonces”, dice Rudd. “Sinceramente, todos me decían: ‘¿Tienes un trabajo y ahora vas a volver a la universidad para aprender algo con la esperanza de conseguir otro trabajo?’”. Pero él no pensaba en esos términos. Rudd estaba centrado en desarrollar las habilidades que necesitaría para lo que esperaba que fuera una larga carrera. Todos sus ídolos tenían formación académica, y él pretendía seguir sus pasos.
“También era muy consciente de lo que me gustaba y de lo que me conmovía, así que lo veía desde la perspectiva de: ‘¿Esto le parecería genial a Tom Waits? ¿Esto es algo que haría Elvis Costello?’”, dice. “Pero a medida que avanza la carrera, uno envejece y tiene más éxito, esa perspectiva se vuelve más difusa”.
Entre las comedias ligeras en las que Rudd era la cara visible, trabajaba en una obra de Neil LaBute o de algún otro autor. Le encantaba la comunidad unida y la credibilidad que le brindaba el teatro. “La gente te tomaba un poco más en serio, como diciendo: ‘Ah, no eres uno de esos tipos que viven en Los Ángeles y solo quieren hacerse famosos’”, comenta. “Y lo que más me gustaba de hacer teatro, y solía hacer una al año, era que se sentía muy alejado de la industria del cine y realmente conectaba con lo que me apasionaba de este mundo”.
Además, no tenía que interpretar al hombre común en el escenario. Hace más de 25 años, en una producción de Long Day’s Journey Into Night en el West End, interpretaba a un alcohólico irresponsable y mujeriego cuando conoció a su querida amiga Olivia Colman. “Que esta persona tan guapa, amable y afable pudiera interpretar un papel tan diferente a su imagen habitual no me sorprendió”, dice ella sobre Rudd, quien solía dormir en el suelo de su “destartalado apartamento en el sur de Londres” durante esa época. “Pero el teatro siempre ha sabido ver más allá del saludo que das al entrar por la puerta”.
En aquellos días, Rudd tenía muy claro lo que no quería hacer, incluyendo cosas como la temporada de pilotos, el ritual anual donde cientos de actores llegan a Los Ángeles para audicionar para las nuevas series de televisión del año. No le interesaba el ejercicio, ni tenía ganas de participar en una serie. “Me aterraba conseguir algo que pudiera ser visible”, dice. “Algo que pudiera encasillarme y hacerme famoso antes de tener la suficiente experiencia para sostener una carrera”. Pasó toda su etapa a principios de los noventas en la comedia de Fox Wild Oats con un miedo terrible a que se convirtiera en un éxito. (Alerta de spoiler: solo duró cuatro episodios). En retrospectiva, dice estar agradecido por la experiencia, sobre todo porque le enseñó lo que no quería de su carrera.
“Recuerdo a aquel chico que decía: ‘No, me voy a Nueva York y rechazo estas ofertas de trabajo’. Dios mío, yo incluso hacía audiciones, me contrataban y luego pensaba: ‘No sé si quiero hacer esto’. Y envidio la claridad que tenía entonces”, dice Rudd, quien encontró otras maneras de pagar el alquiler, incluyendo una temporada como DJ en un bar mitzvá. “Pero entonces no había personas que dependieran de mí. Mi vida y mis prioridades eran muy diferentes”.
Durante años, la pantalla de bloqueo del teléfono de Rudd mostraba el logo de 20th Century Fox con el foco giratorio y, en lugar del nombre del estudio, tres sencillas palabras: “A nadie le importa”. Le servía como recordatorio para no tomarse nada demasiado en serio: el trabajo, las críticas, la competencia. “Al noventa y nueve por ciento del mundo no le importa una mierda la industria del cine”, dice. “Ni siquiera ven estas cosas”.

Al mismo tiempo, Rudd ha buscado la aceptación de una u otra forma desde que tiene memoria. Cree que todo empezó cuando nació su hermana menor y, de repente, se vio compitiendo por la atención de su madre, que trabajaba en la industria publicitaria, y de su padre, ejecutivo de una aerolínea. “Me di cuenta de que si bailaba un poco o algo así, dirían: ‘¡Miren a nuestro hijo!’, y eso me gustaba, así que seguí haciéndolo”, recuerda. “Y eso es lo que sigo haciendo; no tiene nada que ver con ‘la técnica’; simplemente haces lo que sea para caerle bien a la gente y que te digan: ‘Eres guapo, eres gracioso, lo estás haciendo bien’”.
Como el chico nuevo en Kansas City, Kansas, y posiblemente el único en la clase con padres judíos nacidos en Gran Bretaña, Rudd descubrió que el humor era el camino más rápido hacia la aceptación. Para cuando se mudó a Los Ángeles para estudiar actuación, había incorporado otros matices a su personalidad. Adam Scott, que iba dos años por debajo de él, insiste en que todos allí parecían entender que Rudd estaba destinado al estrellato, y no solo porque había conseguido un anuncio de Nintendo nada más salir de la universidad, aunque eso también fue un gran logro.
“Estaba con él en el estreno de Clueless en Malibú, y la película apareció en una pantalla gigante en la playa, e inmediatamente pensé: ‘Oh, Paul se va a convertir en una persona famosa’”, dice la estrella de Severance, quien sigue siendo uno de los amigos más cercanos de Rudd. “Y, efectivamente, todo cambió después de eso”. Se abrieron las barreras. “De repente, podíamos entrar en cualquier bar. Era como: ‘¡Guau, ¿qué demonios está pasando?! Esto es increíble’”.
A pesar del impacto que tuvo en su carrera, Rudd no luchó por su papel en Clueless. De hecho, estaba mucho más interesado en interpretar a Christian, el interés amoroso claramente gay de Cher, o a Murray, el novio de Dionne. No se había dado cuenta de que este último estaba escrito como un personaje negro. En cuanto al primero: “Recuerdo haberlo leído y pensar: ‘Un momento, ¿este es un personaje gay, que además es el más genial de la película? Nunca había visto algo así y es el papel más interesante’”, dice. La directora, Amy Heckerling, le permitió audicionar para ese papel, así como para Josh, el hermanastro mayor y más nerd de Cher, que se convierte en su interés amoroso, papel que finalmente consiguió. “Pero después de la audición no llamé a mis agentes para preguntar: ‘¿Lo conseguí? ¿Lo conseguí?’”.
Pasarían varios años antes de que Rudd encontrara una película que conectara con su sensibilidad, lo cual sucedió con Wet Hot American Summer. “Sé que Clueless era divertida, pero esta era mi clase de humor”, dice sobre la película de 2001, una parodia de los campamentos de verano y las comedias sexuales adolescentes de los años ochentas. Lo sintió en cuanto leyó el guion, y su intuición se confirmó cuando llegó a un campamento de verano real para rodar la película con un grupo que incluía a Amy Poehler, Bradley Cooper y Molly Shannon.
Wet Hot no tuvo el mismo éxito que Clueless, pero le abrió las puertas a más comedias, incluyendo Anchorman, que Rudd confiesa haber buscado con una obsesión que nunca antes había tenido. Ni siquiera le importaba qué papel le dieran en la irreverente comedia de Will Ferrell, con tal de formar parte del reparto. “No suelo luchar por muchas cosas”, dice Rudd. “Pero insistí muchísimo por participar en esa película, y creo que al final los agoté”.
Si Clueless convirtió a Rudd en un galán, Anchorman le aseguró un lugar en lo que se convirtió en el nuevo Brat Pack de la comedia, junto a actores como Steve Carell, Seth Rogen y Jason Segel. (“No soy de quien la gente habla realmente”, argumenta Rudd. “Pero es como si siempre estuviera ahí”). Judd Apatow, el líder no oficial del grupo, quedó tan encantado con Rudd —quien, según él, “tiene esta habilidad de interpretarlo con total seriedad y puede ser duro e incluso desgarrador, pero también muy divertido al mismo tiempo”— que lo incluyó en su debut como director de largometrajes, Virgen a los 40, que se estrenó el verano siguiente. La única petición de Apatow fue que Rudd subiera de peso para el papel. “Le dije: ‘Si eres guapo, no creo que funcione tan bien’, pero una semana después [de empezar a filmar], el estudio tenía un montón de notas y una de ellas decía: ‘¿Por qué Paul Rudd tiene tanto sobrepeso?’”. Traducción: A Rudd se le permite ser gracioso, siempre y cuando siga pareciéndose a Josh de Clueless.
Le siguieron más comedias de culto: entre ellas, Knocked Up, I Love You, Man y Our Idiot Brother. El humor negro no era exactamente el camino que Rudd había imaginado para sí mismo, pero se lo estaba pasando en grande. De hecho, no paraba de aceptar proyectos, y luego otros, y de repente la comedia se convirtió en su vocación. “Y no es que tuviera un montón de ofertas de trabajo para ese papel de asesino en serie”, bromea. “Así que, quizás ese agente tenía razón. Quizás no tengo nada especial y esto es lo que estaba destinado a hacer. Pero también es raro: a veces, la comedia se considera un poco más frívola que las películas importantes y los actores importantes”.
¿Eso lo ha molestado alguna vez?
“No, lo superé hace muchísimo tiempo”, dice. “Me importa un bledo”. Se detiene. Hace una pausa. “No debería decir eso”.
Otra pausa. “En general, me importa un bledo”. Luego, una leve sonrisa: “A una parte de mí sí le importa”.
Por si no resulta obvio, un superhéroe de Marvel nunca estuvo en los planes de Rudd. De hecho, todavía le parece un poco absurdo que él, quien se autodenomina “la personificación de la mediocridad”, fuera elegido para el papel, aunque el jefe de Marvel, Kevin Feige, insiste en que tenía todo lo que Ant-Man, un ladrón ingenioso convertido en héroe a su pesar, necesitaba. “Necesitábamos que este tipo fuera un criminal, pero también alguien por quien simpatizaras pase lo que pase, y ese es Paul”, dice Feige. “Además, es gracioso, guapo e increíblemente carismático”.
Aun así, Rudd afirma que no aceptó el papel por el simple deseo de participar en una película de Marvel. “Para mí, lo importante era Edgar [Wright]”, explica. En aquel momento, el aclamado director británico iba a dirigir la película, que llevaba años desarrollando. “Y yo estaba entusiasmado, pensando: ‘¿En serio, el director de Shaun of the Dead está haciendo esto y quiere que yo participe? Okey, esto lo puedo hacer, es lo mío’. Luego, obviamente, todo cambió durante la preproducción, pero esa era la idea principal que tenía”.
En lugar de abandonar el proyecto con Wright —lo cual, según Feige, era una preocupación muy real—, Rudd no solo se mantuvo firme, sino que reclutó al director de Anchorman, Adam McKay, para que lo ayudara a revisar el guion. “Pensé: ‘Si esto funciona de verdad y la gente lo ve, tal vez me ayude a conseguir financiación para proyectos más pequeños e interesantes, y así tener un poco más de control sobre lo que venga después’”, dice Rudd. Su única experiencia previa con algo de esa magnitud y alcance global era interpretar al novio de Phoebe en Friends, pero entonces solo era un actor invitado recurrente.
Por primera vez en su vida, Rudd tuvo que ponerse en forma para Marvel, lo que significó “eliminar todo lo que disfrutaba” en cuanto a la dieta y un régimen de ejercicio extenuante. Los resultados reforzaron la idea popular de que Rudd parece estar rejuveneciendo. “Empiezo a parecer su madre”, dice Colman, cinco años menor que él. “Es realmente molesto, y no comparte sus secretos”. (Rudd insiste en que no tiene ninguno: “Soy un anciano de 80 años marchito por dentro”, bromea. “y también estoy rejuveneciendo por fuera”).

Lo que Rudd no había previsto era hasta qué punto la siguiente década de su vida la dedicaría a rodar o promocionar películas de Marvel. Su primera incursión como Ant-Man dio lugar a dos películas más en solitario y tres de los Vengadores, incluyendo la próxima Avengers: Doomsday, donde Feige afirma que ahora interpreta a “un veterano que interactúa con personajes más recientes”. Ant-Man incluso tiene su propia atracción en el parque temático de Hong Kong Disneyland. Rudd estuvo presente, junto a Feige, en su inauguración.
Nuestro camarero acaba de servirnos una taza de café negro recién hecho; Rudd se toma la tercera en otras tantas horas. Pagará por ese subidón de cafeína más tarde, pero ahora mismo está entre proyectos y no tiene prisa, lo que parece entusiasmarle de verdad. Para alguien que trabaja tanto como Rudd, está bastante a gusto sin trabajar.
“Para mí, la mayor alegría es tener a todos mis seres queridos bajo el mismo techo, tal vez dar un paseo por esta ciudad maravillosa, y luego acostarme a las 8 o 9 de la noche y ver Antiques Roadshow con mi esposa”, menciona, y se ríe: “Dios mío, ¿la gente no cree que envejezco? ¡Escúchenme!”.
Ahora que sus hijos son mayores —su hija, Darby, tiene 16 años y su hijo, Jack, 21—, planea montar otra obra de teatro, la primera en más de una década. Rudd había dejado de actuar cuando la vida se complicó y sus hijos, que eran pequeños entonces, se quejaban de su ausencia. De hecho, aún recuerda la expresión de angustia en el rostro de su hija cuando le preguntó: “Papá, ¿de verdad tienes que volver al teatro esta noche?”. ¿Y ahora? “Ahora diría: ‘Me da igual, tengo deberes’”, comenta Rudd.
Pero antes de una obra de teatro o cualquier otro proyecto, tiene que dar a conocer Power Ballad. Se lo pasó en grande haciendo la película; es esta parte, la de promocionarla, la que no le sale de forma natural, ni siquiera con comodidad. Todo se siente tan artificial, lo que lo vuelve loco. “En realidad, solo quiero ser un actor respetado”, dice. “Quiero que la gente piense que soy bueno. Quiero participar en proyectos que la gente considere geniales. Quiero ser el tipo de actor que siempre fueron mis favoritos cuando era niño”.
Entonces, le pregunto: ¿Siente que lo ha logrado?
“No lo sé”, responde, haciendo otra pausa. “No le doy muchas vueltas”.
Mientras rodaba Power Ballad, Carney comenta que se hizo evidente: “Paul no se considera una gran estrella de cine; se considera un actor que simplemente tiene ese rostro”. Pero, como señala el director, solo cuando Rudd se unió al proyecto otros actores se interesaron, el dinero se liberó repentinamente y la Junta de Cine Irlandesa se sumó. Él es, lo sepa o no, el atractivo principal.
Aun así, Carney se muestra comprensivo. “Hay una versión de cada uno de nosotros que no resultó como pensaba esa versión extraña y autocrítica de nosotros mismos a los 20 años”, dice. “Quiero decir, cada vez que me llaman ‘director de cine para complacer al público’, mi yo de 20 años piensa: ‘¿Qué pasó? Creía que ibas a ser Jean-Luc Godard’”.
Apatow asistió a un preestreno de la película y, además de quedar impresionado por el talento musical de Rudd —sí, es él quien canta y toca la guitarra, algo que, según Jonas, “se sintió natural y excelente desde el primer día de rodaje”—, le entusiasmó la oportunidad dramática que el papel le ofrecía a su amigo. “Cuando la ves, sientes toda la historia de frustración de este artista, y Paul es genial transmitiendo ese dolor”, dice Apatow. “Así que, claro, puede interpretar papeles más ligeros, pero, como tantos grandes comediantes, intuimos que hay algo más, y los aspectos más oscuros de su personalidad son los que lo hacen fascinante de ver”.
A pesar de las críticas entusiastas, es imposible predecir si alguien irá a ver Power Ballad a los cines, lo cual no es tanto un reflejo de la película como de la creciente fragmentación de la industria del entretenimiento. En cualquier caso, es el tipo de película que Rudd quiere ver ahora mismo. “Solo quiero sentirme jodidamente esperanzado, y lo que me encanta de las películas de John Carney es que sales de ellas pensando: ‘Dios, fue una experiencia muy emotiva y me conmovió’”, dice. “Pero también hay alegría, y la busco más que nunca ahora por el peso abrumador de todo lo demás que es tan terriblemente malo”.
Levanta la vista de su taza de café. “Quiero ser optimista. Quiero reír. Quiero no tomarme ciertas cosas demasiado en serio”, dice, y luego se detiene. Sonríe. Es casi como si Paul Rudd también quisiera ser quien crees que es.