La colombiana Juanita Molina no es una cara nueva en la pantalla, pero sí una voz fresca en la actuación. Con una carrera que arrancó con papeles pequeños en series como Noobees y La reina del flow, Molina ha escalado con fuerza hacia roles protagónicos y de peso emocional. Fue Brenda Barrera en Te la dedico, Ángela en Arelys Henao: canto para no llorar y Romina Poderosa en la telenovela del mismo nombre, donde cargó el peso de una protagonista llena de matices. Actualmente, su presencia se destaca en Betty, la fea: la historia continúa, interpretando a Camila “Mila” Mendoza Pinzón, uno de los nuevos rostros clave en la secuela de este clásico de la televisión latinoamericana. En esta entrevista, Juanita habla con honestidad sobre lo que significa actuar, los sacrificios que no se ven, las decisiones éticas que hay detrás de cada papel y su búsqueda de libertad personal y artística.
¿Cuál ha sido el reto más difícil en tu proceso actoral: habitar a un personaje o desprenderte de él al final del proyecto?
Sin dudarlo, habitarlo. Yo soy una persona más bien desapegada, así que cuando un proyecto termina, emocionalmente ya hay una parte de mí que anhela volver a mí misma. Es como si durante el rodaje hubiera una parte compartida entre el personaje y yo, y cuando se acaba, también me alivia ese regreso.
Claro que hay personajes que demandan un compromiso emocional mucho más intenso. Por la historia, por lo que viven, por lo que representan. Y eso a veces es desgastante. Pero creo que definitivamente lo más difícil para mí es el proceso de entrar en ese mundo emocional, de sostenerlo. Eso me consume más que el desprendimiento final.

¿Cómo decides qué papeles aceptar y cuáles no? ¿Qué peso tiene lo artístico, lo personal o lo ético en esa elección?
La verdad, cuando uno está empezando, las posibilidades reales de escoger son muy limitadas. Y eso es algo que hablo mucho con actores y actrices de mi generación. En Colombia, además, es raro que te manden el guion completo antes de aceptar un proyecto. Eso le pasa a Andrés Parra, Enrique Carriazo… actores que ya están consolidados.
En mi caso, hay algo muy intuitivo. A veces simplemente siento que un personaje o una historia tiene algo que me interesa explorar. Una vez, un director me dijo que tomar decisiones era como una mesa de cuatro patas: historia, personaje, quién dirige y a dónde va el proyecto (plataforma, canal, etc.), además de lo económico. Si al menos tres de esas patas están firmes, vale la pena considerarlo. Yo uso esa idea como brújula.
A veces la historia no me mueve tanto, pero quiero probar un acento, trabajar con cierto director o medirme a algo nuevo. No es que me sobren opciones, pero cuando puedo elegir, trato de que al menos tres de esas patas estén sólidas.
Hoy en día, se espera que los actores tengan una imagen muy definida y muchos seguidores. ¿Cómo manejas tú esa presión externa desde lo personal y lo profesional?
Yo sigo siendo muy yo. Mi relación con las redes es lejana. No estoy pendiente de lo que la gente dice cuando sale un proyecto, ni estoy en la jugada de “generar contenido” para subir seguidores.
Solo uso Instagram, y la verdad lo manejo de forma muy orgánica. Si quiero escribir algo, lo escribo. Si quiero desaparecer, lo hago. Nunca me ha interesado que me elijan por los seguidores. Si un proyecto no quiere trabajar conmigo porque no tengo una gran cifra en redes, entonces no es el proyecto para mí. Prefiero que me escojan por lo que soy, por lo que puedo aportar como actriz, no como influencer.
Y hasta ahora, que yo sepa, eso no me ha cerrado puertas. Puede que haya cosas que pasan tras bambalinas y una no se entera, pero nunca me han dicho: “nos encantaste, pero no tienes suficientes seguidores”.
¿Qué riesgos creativos sientes que aún no has tomado y que te gustaría explorar en el futuro?
Actuar en otro idioma. Ese es el próximo salto que me emociona y me intimida. Ya actuar en otro acento me ha exigido muchísimo, es como una capa extra que hay que sostener desde lo técnico y lo emocional. Pero hacerlo en otro idioma es otro nivel.
Cuando uno habla en otro idioma, ya de por sí se transforma. Saca otra parte de uno. Y eso, como actriz, me parece fascinante. Me gustaría probar en inglés, portugués… lo que venga. Es un riesgo que me entusiasma.
El público suele ver solo el resultado final. ¿Qué crees que nunca llega a comprenderse sobre el sacrificio y la disciplina que implica ser actriz?
El proceso. Sin duda.
Esa ha sido una de las grandes lecciones para mí en los últimos años. Hay proyectos que han sido durísimos, emocional y profesionalmente, y al final el resultado no siempre refleja lo que una vivió en el set. Hay tantos factores que no controlamos: decisiones de producción, de edición, de dirección… Y claro, el público juzga lo que ve. Pero detrás hubo horas de estudio, desgaste, dudas, trabajo interno.
También me ha tocado hacer las paces con eso. Con que hay proyectos que no me dejaron tanta satisfacción al verlos terminados, pero que me enseñaron lo que necesitaba para el siguiente. A veces es un acento que me sirvió después, o una experiencia en el set que me hizo crecer. Al final, lo que no se ve también suma.

¿Qué elementos, como la dirección, el guion o la química entre el elenco, determinan si una experiencia es transformadora o simplemente un trabajo más?
He tenido proyectos en los que la relación con la directora, por ejemplo, me abrió los ojos a cosas que ni sabía que eran importantes para mí. Esa confianza que sentí en ese espacio me ayudó a silenciar voces de miedo que uno a veces carga.
También me ha pasado con otros actores. Ver cómo trabajan, cómo se entregan, su mística en el set.… eso se queda contigo. Es como si se te pegara algo.
Creo que todo cambia cuando una entra a un proyecto como una esponja. Cuando dejas de pensar que ya sabes lo que vas a aprender o lo que el personaje viene a enseñarte. Porque muchas veces pasa lo contrario. Piensas que es una oportunidad para entrenar X cosa y terminas aprendiendo otra completamente distinta.
He aprendido a dejar de ser tan terca y soltar el control. A confiar en que el proyecto también tiene algo para mostrarme, incluso si no es lo que yo esperaba.
Si pudieras elegir una huella que tu trabajo deje en los espectadores, más allá del entretenimiento, ¿cuál sería?
Libertad.
Me encantaría que mi trabajo inspire esa sensación en quien lo vea. Que conecten con lo que pasa cuando una está en escena sin prejuicios, sin miedo, sin pensar en lo que los demás esperan. Porque cuando logramos actuar desde ese lugar, también estamos viviendo desde ahí. Y creo que eso se nota.
Todavía estoy en esa búsqueda. Pero me gustaría que el público sintiera que, si yo pude soltar ciertas ataduras al actuar, ellos también pueden hacerlo en su vida. Que mi trabajo sirva como una invitación a ser más libres.
Actualmente estás en Betty, la fea: la historia continúa. ¿Qué más viene para ti en 2025?
Sí, estoy feliz de ser parte de Betty, la fea: la historia continúa. Es un proyecto que trae mucho legado encima, pero también nuevas historias, nuevos personajes, y para mí ha sido un espacio muy emocionante. Interpretar a Mila ha sido una experiencia diferente, con un tono más contemporáneo, pero con ese espíritu que conecta con el universo de Betty. Te puedo revelar que ya viene la tercera temporada.
Este año también estuve en Medusa, donde interpreto a Viviana Hidalgo. Es un personaje muy distinto, con otra energía, y que me ha retado desde otro lugar. También hay dos proyectos más que aún no han sido anunciados oficialmente, así que no puedo decir mucho, pero son personajes con matices muy distintos a todo lo que he hecho hasta ahora. Me emociona ver cómo quedaron, aunque aún más me emociona lo que me dejaron a mí en el proceso.
También te puede interesar: Natalia Reyes: “Actuar también es tomar posición” – Hollywood Reporter