Musk: el documental que desenmascara a Elon Musk

Es el hombre más rico del mundo. Una explosiva nueva película del director ganador del Oscar sugiere que también podría ser una de las personas más peligrosas

Por STEVEN ZEITCHIK |

septiembre 14, 2026

11:12 am

Ilustración por Robert Carter

Una tarde a finales de agosto, en una sala de edición de Manhattan, mientras afuera una tormenta arreciaba con truenos y relámpagos, otra tormenta también se estaba gestando en el interior. O, al menos, en la enorme pantalla al frente de la sala.

“¿Cómo se siente el poder, señor Musk?”, le grita alguien a Elon Musk en pantalla mientras el radiante magnate tecnológico recorre un edificio de Washington después de la inauguración. En la siguiente escena, Musk está sentado en una mesa redonda con su ejército de colaboradores de DOGE de veintitantos años, observando orgulloso junto a Jesse Watters, de Fox News. Los jóvenes hablan con una confianza despreocupada y delirante sobre cómo van a arreglar el gobierno, mientras Watters hace referencia en tono de broma al apodo de uno de ellos, conocido por su connotación anatómica. 

Ilustración por Robert Carter

Al fondo de la sala de edición, Alex Gibney, el veterano documentalista y lo más cercano que tiene el mundo del cine actual a un Bob Woodward, observa atentamente.

“Hagamos que esa frase sobre el “poder” suene más intensa”, le dice Gibney a un equipo de cinco personas que incluye a su productora habitual, Erin Edeiken, y al mezclador de sonido Tony Volante. “¿Más intensa? Sí”, responde Volante mientras ajusta los niveles en la pantalla frente a él.

Gibney lleva trabajando desde finales de 2022 para intentar tomarle la temperatura a Musk, solo para ver cómo el mercurio sigue subiendo. Había terminado —o creía haber terminado— un documental de dos horas para HBO sobre Musk a finales de 2024, después de indagar en la infancia del controvertido empresario, sus primeros pasos, al estilo de PayPal, en Silicon Valley, el impulso que le dio a SpaceX, su adquisición de Tesla, el lanzamiento de los satélites de Starlink, sus contrataciones y despidos en Neuralink, su arremetida contra Twitter, sus diversas y alocadas correrías entre esposas y madres de sus hijos, y muchos otros acontecimientos que harían que la mayoría de los seres humanos buscaran unas largas e ininterrumpidas vacaciones de Xanax. 

Entonces Musk donó sumas descomunales de dinero e hizo apariciones públicas para ayudar a llevar a Donald Trump a la presidencia, quien le devolvió el favor dándole a Musk el asiento de Chewbacca en el Halcón Milenario. De repente, la historia parecía tener otro capítulo. Los ejecutivos de HBO llamaron a Gibney para decirle que querían más y que financiarían el proyecto. Él siguió filmando. Y siguió filmando. Durante casi dos años más, hasta llegar a un corte de seis horas de la película que profundizaba en la etapa de Musk al frente de DOGE en 2025 y en su frenética operación para mantener en el aire todos sus proyectos con la salida a bolsa de SpaceX este verano. (Desde entonces, la película se ha recortado).

A lo largo de una carrera llena de reconocimientos, Gibney, de 72 años, se ha enfrentado a la Cienciología y Enron, al ejército estadounidense y a Vladimir Putin, a la Iglesia católica y a Wall Street. Todo eso lo preparó, aunque nada podía prepararlo realmente, para esta obra magna sobre Musk: el gran revelador de los entresijos del poder en el cine que ahora muestra al hombre que ha acumulado tanto. Cuando se estrene este otoño, Musk buscará cambiar las reglas del juego en varios aspectos cruciales: apuntará contra un objetivo al que Hollywood nunca dispara, buscará convertirse en un documental exitoso en una época alérgica a ellos e intentará abrir los ojos de los votantes estadounidenses ante un importante financiador del aparato electoral republicano que, según Gibney, está librando una contienda desigual. Lo que está en juego con Musk, quiere decirnos su creador, no es ni más ni menos que el futuro de la democracia. Y para difundir ese mensaje, ha conseguido el respaldo de algunas de las mayores compañías de medios, incluida, por increíble que parezca, la que pronto será propiedad del aliado de Trump, David Ellison.

Hoy, Gibney está haciendo pequeños ajustes para terminar la película a tiempo para sus proyecciones en los festivales de cine de Venecia y Toronto en septiembre (tres horas y 45 minutos), su estreno comercial en cines de la mano de Bleecker Street en octubre (misma duración) y su debut en HBO en 2027 (cuatro horas). Hay sonidos que ajustar, efectos que terminar e incluso recreaciones en videojuegos que perfeccionar. ¿Qué mejor manera de enfrentarse a alguien maximalista que hacerlo de forma maximalista?

Con el sonido de la escena de DOGE frente a él ya calibrado, Gibney hace un pequeño gesto de aprobación. “Excelente”, dice. “Ahora vamos con Watters y Big Balls”.

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Elon Musk no es un candidato obvio para un documental. Un documental busca contarnos algo nuevo, y Elon Musk encarna lo conocido. Tomamos nota de sus provocaciones en X, lo vemos limpiar su imagen en Saturday Night Live, recibimos una buena dosis de su genio como ingeniero y empresario de la mano de su biógrafo Walter Isaacson, conocemos su genialidad en el mercado bursátil por CNBC, lo escuchamos hablar de su objetivo de poblar aún más el planeta, escuchamos un ejemplo tras otro de sus esfuerzos personales para alcanzar ese objetivo, observamos con escepticismo cuando proclama la llegada de la era de la colonización de Marte y los centros de datos extraterrestres, lo vemos (y después intentamos dejar de verlo) hablar con entusiasmo de recortar y arrasar con la ayuda humanitaria desde las salas de reuniones de la Casa Blanca.

Hemos absorbido tanto de Musk de manera casi ambiental durante estos últimos años que quizá el mejor regalo cultural sería tomarnos un descanso de todo eso, una zona libre de Elon poblada por cualquiera que no sea el provocador de 55 años.

Sin embargo, Gibney quiere desafiar frontalmente ese instinto, y puede que tenga un punto. Nada de lo que hemos visto y pensado sobre Musk puede prepararnos por completo para lo que el cineasta ha hecho aquí: una película tan aventurada como metódica, sustentada en la tesis de que, según su perspectiva, un peligroso charlatán está acumulando poder sigilosamente para explotarnos, principalmente mediante la centralización y el control de enormes cantidades de datos. La visión básica de Gibney sobre Musk es que es un embaucador cuyo poder proviene únicamente del mercado bursátil y desaparece en el momento en que vemos más allá de la fachada de sus discursos de venta — pero que puede causar muchísimo daño hasta que eso ocurra. 

La película tendrá su estreno mundial el 8 de septiembre en Venecia. Pero es probable que su alcance cultural vaya mucho más allá. Musk está a punto de desatar una nueva ola de indignación y temor entre los millones de personas que ya tienden a preocuparse por él, de cara a las elecciones de medio mandato y mucho después de ellas, al tiempo que alimentará una buena dosis de provocaciones (¿y algo peor?) por parte de los muchos que adoran en el templo de Elon Musk, incluido el propio Elon Musk.

Gibney ha creado una película que, aunque no ofrece nada nuevo en cuanto a sus detalles, resulta a menudo demoledora en su conjunto y se distingue de todo lo que el complejo mediático y del entretenimiento ha producido recientemente: un retrato del poder con la amplitud cinematográfica de All the King’s Men y el posible impacto social de The Pentagon Papers. (“Hoy en día es raro ver una historia completa en lugar de los fragmentos a los que estamos acostumbrados”, dice Nick Shumaker, de Anonymous Content, uno de los productores de la película.) Algunos seguramente considerarán que Musk es demasiado negativa y conspirativa. Sin embargo, casi cada vez que la película parece estar a punto de caer en una fantasía paranoica, Gibney desentierra un nuevo hecho o plantea una nueva pregunta de sentido común que nos devuelve a tierra firme.

Gibney dedica la primera mitad de la película a arremeter contra Musk por diversos presuntos pecados, entre ellos atribuirse el mérito que correspondía al fundador original de Tesla, Martin Eberhard; presionar a una mujer que dio a luz a uno de sus hijos para que firmara un acuerdo de confidencialidad; inflar el valor de sus acciones con afirmaciones poco sólidas sobre la exploración de Marte y los vehículos totalmente autónomos (Gibney también sostiene que estos últimos son responsables de más de 60 muertes); y poner bajo el foco a los monos con los que se experimentó en Neuralink y que, según grupos de defensa de los animales, sufrieron innecesariamente. Elon Musk, sostiene Gibney, no es ni de lejos tan competente como afirma en las tareas sustantivas de dirigir una empresa; donde realmente destaca es en vender grandes historias.

Sin embargo, incluso estos múltiples niveles de supuesta villanía parecen limitados en comparación con lo que el director sostiene en la segunda mitad que es el verdadero objetivo: la dominación mundial. Según la visión de Gibney, ver a Musk convertir su sistema de internet satelital Starlink en un actor político no electo, dada su importancia crucial en Ucrania y otros lugares devastados por la guerra; ver a la NASA depender tanto de SpaceX para mantener en marcha su programa espacial; observar cómo Musk parece utilizar Twitter para conseguir favores empresariales de líderes mundiales como Modi y Milei; contemplar con creciente temor cómo los datos recopilados por DOGE podrían convertirse en una célula durmiente para la investigación de campañas y las represalias políticas; observar todo esto es contemplar a un hombre interesado no solo en la riqueza y el estatus, sino en una influencia oligárquica que trasciende las volubles temporadas electorales. Donald Trump quizá haya pasado seis años sometiendo a su voluntad a las ramas del gobierno. Pero, según el relato de Gibney, Musk está en proceso de lograr algo mucho más amenazante: volver completamente obsoleto al gobierno.

Dos revelaciones, o al menos indicios, destacan especialmente, ambas relacionadas con las elecciones y los supuestos medios de Musk para vigilarlas tecnológicamente y favorecer a los republicanos. En una de ellas, la ex de Musk y exinfluencer conservadora Ashley St. Clair, una figura central del documental, describe los acontecimientos de las elecciones de Trump en noviembre de 2024. Musk, dice, tenía un “grado de certeza” sobre los resultados antes de que se conocieran que “nunca había visto antes”.

“Me había dicho [antes de las elecciones] que iba a desatar la ‘anomalía en la matriz’,” cuenta, mientras en pantalla aparece un intercambio de mensajes de texto entre ambos que respalda su afirmación. Vemos a Musk decirle: “Tengo diez mil láseres en el espacio”.

“¿Entonces crees que se refería a Starlink?”, pregunta Gibney fuera de cámara. St. Clair responde: “Bueno, no sé dónde más tiene láseres espaciales”. Gibney deja en el aire el significado del mensaje —¿era una provocación o una confesión?—, pero da a entender que se lo está tomando en serio cuando después dice, con su característica voz en off: “¿Qué está construyendo Elon, cuáles son sus objetivos, cuáles son sus verdaderas motivaciones y acaso conocemos realmente a este hombre?”.

La otra insinuación sobre la manipulación electoral no mira hacia el pasado, sino hacia el futuro, y sugiere que los cuatro meses que Musk pasó en Washington el año pasado hicieron algo más que eliminar alegremente a 270,000 empleados federales y miles de millones en ayuda vital (aunque una sección sobre esto último, con la participación de la exdirectora de USAID Samantha Power, resulta contundente y provoca indignación). Durante ese tiempo, sugiere Gibney, Musk también tuvo acceso a datos íntimos de decenas de millones de estadounidenses y potencialmente los recopiló, posiblemente incluso para utilizarlos políticamente más adelante. En un correo electrónico posterior, Gibney explica: “No sabemos qué hicieron DOGE/Musk con los datos a los que tuvieron acceso. Lo que sí sabemos —a través de mi propia fuente, que dirigía el área de TI de una importante agencia federal, y de denunciantes y declaraciones públicas— es que los chicos de DOGE tenían estatus de Super Admin en los sistemas de TI federales. Eso significa que podían simplemente deslizar una copia de los datos de todos nosotros a SpaceX con la misma facilidad con la que se deposita un archivo en una carpeta”. (La acusación de que almacenaron datos coincide con una denuncia presentada por el director de datos de la Administración del Seguro Social).

“¿Cuántos datos existen en el gobierno federal sobre absolutamente todas las personas que viven en este país, sus registros de votación, todo lo que han hecho?”, pregunta en la película Katie Drummond, directora editorial global de Wired, cuya publicación encabezó buena parte de la cobertura sobre el tema. “Imaginen lo que una IA podría hacer si pudiera entrenarse con toda esa información”.

Geoffrey Hinton, padrino de la IA y ganador del Premio Nobel, ofrece un caso de uso concreto: aprovechar esos datos para obtener una ventaja electoral injusta. “Para mí está bastante claro que Trump está empeñado en corromper las elecciones de medio mandato”, dice en pantalla. “Si quisieras corromper esas elecciones de medio mandato y quisieras utilizar IA, lo único que necesitarías sería obtener información detallada sobre los ciudadanos estadounidenses. Y lo que hizo DOGE parecía exactamente lo que harías”.

THR se puso en contacto con los equipos de prensa de tres de las empresas de Musk antes de la publicación para solicitar comentarios sobre el documental, pero no recibió respuesta.

El documentalista Alex Gibney, fotografiado el 20 de agosto en Brooklyn, ha hecho carrera exponiendo estructuras de poder abusivas, desde el ejército estadounidense hasta la Cienciología. En Musk, siente que ha encontrado un tema excepcionalmente peligroso: Musk puede haberse alejado de Trump, pero, se pregunta Gibney, ¿qué estragos podría causar con los datos que seguramente recopiló durante su breve paso al frente del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental? Fotografía de Jake Chessum.

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Durante buena parte de los últimos 20 años, a medida que los recursos y las audiencias de los noticieros televisivos para las investigaciones de largo aliento han disminuido, los documentalistas han asumido su lugar. A la cabeza de esa generación ha estado Gibney.

Una especie de documentalista todoterreno, la reputación de Gibney cambió a mediados de los 2000, cuando, después de cumplir 50 años, dirigió la reveladora nominada al Oscar Enron: The Smartest Guys in the Room y Taxi to the Dark Side, una historia íntima y perturbadora sobre el asesinato de un taxista afgano a manos de soldados estadounidenses durante un interrogatorio. Estrenada durante el segundo mandato de George W. Bush, la película se convirtió en un punto de convergencia para todas las frustraciones y dudas en torno a la Guerra contra el Terrorismo. A esta le siguió una serie de investigaciones sobre otras instituciones poderosas y corroídas, mientras Gibney se convertía en una especie de pistolero del periodismo de investigación, entrando en escena para enfrentarse a instituciones poderosas cuando pocos más estaban dispuestos a hacerlo.

Todas esas películas parecen haber conducido hasta esta, algo que incluso Gibney reconoce. “No es el final del camino, pero definitivamente es una destilación del recorrido”, dice sobre Musk.

Mientras Gibney se sienta en la sala de edición para ajustar pequeños detalles —”Dejemos que la voz de Trump dure un poco más y suene más distorsionada, para que parezca que está en la cabeza de Elon”, dice durante una escena en el Despacho Oval—, su visión del mundo cobra forma. Gibney tiende a ver el lado más oscuro del poder y el lado más poderoso de la tecnología, tendencias que lo convirtieron en una figura atípica durante la década de 2010, pero que lo han vuelto más relevante con el paso de los años. En una entrevista con este reportero sobre su película de Stuxnet, Zero Days, hace una década, describió amenazas de hackeo que entonces parecían exóticas, como comprometer el sistema de agua de Estados Unidos. Con los recientes informes sobre agentes iraníes que intentan hacer precisamente eso, ya no parecen tan descabelladas. “Intento contar una historia que nos abra los ojos y nos haga plantearnos las preguntas correctas”, dice al hablar de Musk, pero ofreciendo una idea que podría aplicarse a muchas de sus películas.

Gibney se ha propuesto hacer aquí una película menos sobre el pasado de su protagonista que sobre su futuro. Sam Harris, el podcaster de derechas y antiguo amigo de Musk convertido en enemigo, plantea este tema en pantalla hacia el final de la película. “Vivimos en un mundo donde la psicopatología y la desregulación neuropsicológica de una persona se están traduciendo en consecuencias enormes para nuestra política, nuestra economía y nuestra geopolítica”, dice. “Es completamente demencial que tengamos a una persona tan caótica —que no ha sido elegida por nadie— con tanto poder.”

Gibney deja claro que no considera que este tipo de voces sean hiperbólicas y que es solo cierto tipo de prejuicio estadounidense el que nos impide escucharlas. “La gente asume que, como es muy rico, no está loco”, dice. “Pero lo aterrador podría ser que esté loco, y que además sea muy rico y poderoso. Esa es la alarma que hace sonar la película”.

El método del director para hacer sonar esa alarma seguramente generará debate. Musk no concedió una entrevista y, cuando se anunció la película hace tres años, pasó a la ofensiva en X, donde la calificó de “pieza de ataque”. Esto llevó a Gibney, que nunca ha dejado pasar una provocación sin responder con absoluta seriedad, a contestar: “¿Cómo lo sabrías?”. La frase pretendía ser tanto una forma de desnudarlo como un desafío, pues en ese momento Gibney todavía buscaba entrevistarlo. Cuando Musk acabó con esa esperanza al tuitear “Gibney es un imbécil”, Gibney respondió con un “Douché”, marcando quizá la primera vez en la historia de la humanidad que una batalla de rap se resolvía con un acento agudo.

Ese rechazo terminó siendo una bendición y dio lugar a decenas de fuentes externas a las que Gibney recurrió, tanto frente a las cámaras como fuera de ellas. También produjo un recurso formal inesperado en el trabajo de un documentalista ganador del Oscar. Gibney y su equipo de investigación rastrearon internet en busca de cualquier audio de Musk que pudieran encontrar. Después crearon —síganme aquí— un avatar de Musk para un videojuego que pronuncia esas mismas palabras, al estilo de Ready Player One. El avatar de Musk también, en un par de secuencias de disparos en primera persona, recorre el mundo como un personaje de videojuego clásico, con barras de salud, vidas restantes y coloridos respawns.

“No habría llegado hasta ahí si Elon no fuera tan insistente”, me dice Gibney cuando le pregunto qué lo motivó a tomar esta decisión. “Pero una y otra vez, durante nuestra investigación, Elon volvía a esta idea de la simulación, de que vivimos en un videojuego existencial”. Gibney añade: “Estamos jugando con distintos niveles de realidad, y los elementos de la historia de Elon Musk tienen que ver con cómo pretende definir la realidad”. (Esta misma picardía irónica puede encontrarse en la canción de los créditos finales, un tema original y animado escrito e interpretado por David Byrne que toma fragmentos de las propias citas de Musk con las que construye su mito personal y las utiliza para arremeter contra él).

El efecto del avatar digital de Gibney es surrealista y también constituye un comentario en sí mismo: convierte a Musk, al mismo tiempo, en un personaje de proporciones épicas con chaqueta de cuero y convierte por completo todas sus ambiciones en un videojuego. Gibney cree que la forma de neutralizar al hombre más poderoso del mundo no es acobardarse ante su influencia, sino tratarlo con la misma falta de seriedad, como un gato jugando con un ovillo de lana, con la que él se nos muestra.

El recurso ciertamente podría resultar contraproducente en un momento en que el mundo del cine documental —y del cine en general— desconfía de que las réplicas digitales sustituyan a las personas reales y de que los deepfakes generados por IA desdibujen la frontera entre verdad y ficción. Pero Gibney dice que este recurso juguetón está al servicio de una verdad mayor: desenmascarar a un hombre que ha acumulado poder únicamente al engañarnos para que pensemos que deberíamos dárselo. “El Gran y Terrible Oz mantenía a la gente bajo control porque tenían miedo de su imagen que se cernía sobre todos, y utilizaba ese poder para ejercer un control enorme”, me dice Gibney. “Pero cuando un perrito apartó la cortina y pudiste ver a un hombre desaliñado manejando engranajes y palancas, de repente ya no era tan terrible ni tan grandioso”.

“Intento contar una historia que nos abra los ojos y nos haga plantearnos las preguntas correctas”, señala Gibney, quien dice que inicialmente admiraba a Musk y que incluso tenía con orgullo un automóvil Tesla y un sistema de paneles solares. Fotografía de Jake Chessum.

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Gibney presenta una paradoja intrigante. Residente de Maine, es, sin embargo, una figura habitual de la escena social de los medios y el entretenimiento de Nueva York, codeándose con el tipo de personas poderosas a las que con frecuencia les apunta el lanzallamas. Si esto le ha resultado contradictorio, Gibney no lo deja ver, avanzando de objetivo sagrado en objetivo sagrado con poca aparente vacilación.

El director tiene una especie de seriedad despreocupada con la que carga sobre sus hombros el peso del mundo, pero sin hacer aspavientos. Gibney tiene una actitud directa y poco tolerante con las tonterías, algo que se hace evidente durante la sesión de edición cuando aparece en pantalla un aliado de la administración de Trump haciendo una intervención performativa, lo que provoca en él una expresión de ojos en blanco acompañada de algunos comentarios bastante subidos de tono.

Para alguien que ha hecho carrera diseccionando a los poderosos, quizá resulte sorprendente que Gibney nunca hubiera pensado en hacer un documental sobre Elon Musk y que, de hecho, se resistiera a la idea cuando Zhang Xin, la exmagnate inmobiliaria china, se la propuso en 2022, al considerar que ya se había dicho muchísimo y que, además, ¿acaso Musk no era a veces una fuerza para el bien, capaz de transformar industrias a su antojo?

“Para ser sincero, no estaba seguro”, dice Gibney. “Pero entonces hablé con un amigo cercano y me dijo que era una película sobre el poder del siglo XXI, y eso resonó conmigo”.

Al darse cuenta también de que una parte de su vida cotidiana —había sido muy activo en Twitter y alguna vez había comprado paneles solares de Tesla— giraba en torno al magnate, y de que en realidad nadie se estaba preguntando qué significaba todo esto, Gibney buscó socios para financiar el proyecto desde sus primeras etapas. Encontró a un grupo de productoras cercanas al ámbito liberal dispuestas a trabajar con él, entre ellas Anonymous Content (Orwell: 2+2=5), la productora de documentales emergente Double Agent (dirigida por una veterana del cine independiente llamada Dana O’Keefe y creada como una empresa conjunta de las productoras de cine de ficción Black Bear Pictures y New Regency) y Closer Media, de Zhang Xin.

Dada la sensibilidad de enfrentarse a uno de los hombres más poderosos del mundo (que ya consideraba la película una pieza de ataque), esos productores podrían haber esperado tener que financiar la realización de la película ellos mismos, sin un socio para su venta. Pero cuando los productores llevaron el proyecto al mercado, se llevaron una sorpresa.

Empresas a las que les gustaba ir sobre seguro estaban dispuestas a apostar por Musk, que coqueteaba con la extrema derecha. (Y, crucialmente, esto ocurrió antes de que se uniera al bando de Trump, pero aún así). La más destacada: Netflix, que buscó cerrar un acuerdo a pesar de que la plataforma suele evitar temas que generan polarización a nivel mundial, como el caso de Jamal Khashoggi, sorprendiendo incluso a algunos de los productores.

Gibney sopesó sus opciones, pero se sintió más cómodo con otro interesado, la división de documentales de HBO, con la que ha realizado algunos de sus trabajos más impactantes, incluidas películas sobre Theranos y la Cienciología. Y así, en 2023, los cineastas firmaron un acuerdo con la plataforma por los derechos de streaming y televisión en Estados Unidos. Al hacerlo, las partes desafiaron una convención arraigada desde hace mucho tiempo.

“Hollywood evita hacer películas sobre Elon Musk por sus posturas políticas o le tiene miedo porque podría demandarlo”, dice Ashlee Vance, el autor cuya biografía de 2015, Elon Musk: Tesla, SpaceX, and the Quest for a Fantastic Future, también fue frenada en desarrollo por HBO en 2023 debido a lo que Vance considera que fueron esas mismas dudas. “Hace que resulte mucho más sorprendente que esta película haya salido adelante”. (La idea de incluir a Elon Musk, por supuesto, no ha sido algo prohibido en las obras de ficción; como muestra Gibney en la película, han aparecido cameos que mejoraban su imagen en todo tipo de producciones, desde Iron Man hasta The Simpsons y SNL; más adelante se puede leer más al respecto).

Elon Musk, presentador invitado durante el monólogo de Saturday Night Live, el sábado 8 de mayo de 2021. Will Heath/NBC/NBCU Photo Bank/Getty Images

Luego estaba el asunto de los derechos internacionales. La mayoría de los documentales se venden territorio por territorio, ya que los intereses de cada país sobre un tema determinado varían, en lugar de tener un solo distribuidor mundial. Esto es especialmente cierto cuando se trata de un tema controvertido: los grandes actores globales no quieren un dolor de cabeza por las sensibilidades en Croacia.

Todo esto hizo inesperado que Universal, uno de los mayores distribuidores cinematográficos internacionales, quisiera todos los derechos extranjeros. Para los cineastas, esto por supuesto podría significar mucho más escrutinio y enfrentamientos con el estudio que tratar con compradores individuales de cada territorio. Pero la idea de generar un impacto mayor terminó imponiéndose.

HBO declinó hacer comentarios sobre su participación. Esto puede parecer un giro extraño —no puedes poner una película a disposición de decenas de millones de personas y no querer que la gente se fije en ella—, pero, dada la influencia de Musk y su disposición a entrar en una pelea, quizá también resulte lógico.

Otro vínculo viene en la forma de uno de los productores financieros. Black Bear está dirigida por Teddy Schwarzman, hijo de Stephen Schwarzman, fundador de Blackstone y alguien que se ha movido en círculos cercanos a Musk; ambos formaron parte de delegaciones de Trump que se reunieron con líderes extranjeros. (Stephen Schwarzman ha llamado a Musk un “tipo fascinante” y una “buena persona”). La disposición de su hijo a financiar el retrato más contundente de Musk en su contra hasta la fecha hace que, si no otra cosa, una cena familiar de Acción de Gracias pueda resultar potencialmente interesante. Cabe destacar que Teddy Schwarzman no aparece personalmente acreditado en la película. No quiso hacer comentarios para este artículo.

La centralidad de HBO resulta especialmente intrigante. Warner Bros. Discovery, la empresa matriz de HBO, está dirigida por David Zaslav, un conocido asociado de Musk; ambos se sentaron juntos de manera muy visible en un palco de lujo durante el US Open hace dos años. La película de Gibney ya estaba bastante avanzada. Los dos incluso hablaron sobre proyectos televisivos de WBD durante el partido, según una persona familiarizada con su conversación. Pero si Musk le pidió a Zaslav que acabara con la película, el ejecutivo de medios no accedió.

Sin embargo, aún quedan grandes interrogantes ante el próximo cambio en la dirección de WBD. Es muy posible que el nuevo propietario de WBD, Ellison, esté al frente de HBO para cuando la película llegue a la plataforma, en una fecha aún no anunciada de la primera mitad de 2027, y resulta difícil imaginar que le entusiasme demasiado lo que ocurre en pantalla. (Ellison, a través de un representante, declinó hacer comentarios). Además del ambiente general de escepticismo hacia Silicon Valley y Donald Trump, el padre de Ellison y principal financiador, Larry Ellison, recibe una mención negativa cuando se le muestra en mensajes de texto dispuesto a transferirle a Musk 2,000 millones de dólares para comprar Twitter, sin hacer preguntas. Esto no es precisamente lo que la gente espera de alguien que paga 111,000 millones de dólares en costos de adquisición para hacerse con una plataforma. ¿Pediría David Ellison cambios? ¿Cancelaría el proyecto y obligaría a los productores a distribuirlo por su cuenta? (En una jugada poco probable, los cineastas conservaron los derechos de VOD (Video On Demand)). Gibney y el equipo de la película contienen la respiración. Todos los demás también.

Elon Musk fundó SpaceX en 2002 impulsado por su interés en colonizar Marte. Fotografía de Dan Tuffs/Getty Images.
Perdido en el espacio. Un cohete de SpaceX que transporta una carga de satélites Starlink, sumándose a la ya enorme flota de Musk y al poder que esta le otorga. Fotografía de Kevin Carter/Getty Images.

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¿Cómo será recibida la película tanto por el público como por quienes detentan el poder? El libro de Isaacson de 2023 dejó fríos a muchos críticos por su falta de análisis, pero aún así vendió una cantidad descomunal de ejemplares. La película de Gibney bien podría demostrar que aquellos críticos del libro tenían razón y extender ese escepticismo a un público general que, hasta ahora, Musk ha logrado mantener a raya.

Los días de An Inconvenient Truth y Fahrenheit 9/11, cuando un documental se convertía en un acontecimiento capaz de mover tanto la taquilla como la opinión pública, quedaron muy atrás. Pero ¿es posible que, en este momento posterior a Twitter, ante la necesidad de contar con espacios comunes para el activismo y una nueva plaza pública, la ciudadanía encuentre este otoño un refugio en la película de Gibney? Podría ser. La destrucción que Musk ha hecho del antiguo espacio público podría ser, deliciosamente, la razón por la que hagamos de su caída en desgracia el nuevo espacio público.

La duración de la película también podría jugar paradójicamente a su favor, recompensando a quienes soporten sus cuatro horas de duración con una insignia de resistencia, por no mencionar cierto prestigio en las fiestas y reuniones. “Lo que lleva a la gente a las salas de cine es la urgencia: que la gente sienta que tiene que formar parte de una conversación”, dice Kent Sanderson, CEO de Bleecker Street, que estrena la película. “Y no hay conversación como la que existe en torno a alguien que afecta la vida de absolutamente todas las personas, todos los días”.

Y tampoco hay que subestimar a los expertos que hablan de los Oscar. Musk recibirá un gran impulso en la categoría de mejor documental y, desde la perspectiva de este verano, sigue siendo difícil ver qué podría estar a su altura. El mayor factor X, por así decirlo, es cómo responderá Musk. Los trolls de las redes sociales son prácticamente inevitables, pero ¿irá más allá de eso? Musk tiene un historial de arremeter legalmente contra quienes considera que perjudican sus intereses, presentando demandas contra anunciantes de Twitter que promovieron un boicot y contra su rival en el ámbito de la IA, Sam Altman. Las insinuaciones de que es un embaucador empresarial son una cosa que podría provocarlo; los detalles más íntimos son otra. La vida personal de Musk recibe un duro escrutinio en la película, con los nauseabundos detalles de St. Clair sobre el acoso para obligarla a firmar un acuerdo de confidencialidad relacionado con la paternidad y los pagos para mantenerla callada (el audio grabado a escondidas de una persona que trabaja para Musk resulta especialmente revulsivo), así como su negativa a comentar sobre el consumo de drogas de él, y con una reveladora historia de la infancia que cuenta el padre de Musk, en la que un amigo de la familia sufre una emergencia médica mientras todos viajaban por carretera en Sudáfrica, el país natal de Musk. El hombre muere mientras todos intentan reanimarlo. El joven Elon, cuenta su padre, lee un cómic, sin reaccionar durante todo el episodio.

Gibney y HBO están asegurados, y un destacado grupo de abogados ha sometido la película a un riguroso proceso de revisión para poner a prueba sus posibles puntos débiles. (Ayuda el hecho de que Gibney basa grandes partes del documental en el trabajo publicado de periodistas de Wired a The Wall Street Journal; si hay algo que la película es, es un homenaje de despedida al periodismo). Sin embargo, eso nunca ha impedido que un magnate litigioso —especialmente en estos tiempos— vaya contra un medio de comunicación para dejar claro un punto u obtener alguna concesión.

El CEO de Tesla, Elon Musk, escucha mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla con periodistas en el Despacho Oval de la Casa Blanca el 30 de mayo de 2025, en Washington, D. C. Fotografía de Kevin Dietsch/Getty Images.

Como alternativa, Musk podría aprender de la Iglesia de la Cienciología, que, para protestar contra las supuestas tergiversaciones en el reportaje de investigación de Gibney de 2015, Going Clear, publicó un anuncio de página completa en The New York Times con el objetivo de desacreditar la película. Esto disparó su audiencia.

Mientras Gibney se concentra en la sesión de edición, todo ese ruido futuro permanece afuera. Lo que resulta más relevante es el futuro de Musk, mientras el director ajusta una escena sobre lo que el magnate hará a continuación (robots humanoides y lanzarse desde un planeta en llamas hacia Marte).

“A medida que acumula más poder, ya no está interesado en controlar sus peores impulsos”, me dice Gibney, al reflexionar sobre la trayectoria de Musk. El director hace una pausa, recordando un momento de su investigación. “Alguien que trabajó estrechamente con Elon me dijo: “Es el hombre más miserable que he conocido”. Así que está infligiendo su miseria a todos los demás”. El sufrimiento se acumulará, dice Gibney, hasta que veamos qué hay detrás de la cortina de Toto.

El mito de Musk

Cómo Hollywood pulió la imagen del empresario como un genio benevolente.

Iron Man 2 (2010)

La mera yuxtaposición de Musk y Tony Stark instala la idea de que el primero inspiró al segundo. La frase que Musk le dice a un Robert Downey Jr. que pasa a su lado (“Tengo una buena idea para un avión eléctrico”) sugiere un concepto que nunca tuvo, y la reacción de Stark (“Entonces haremos que funcione”) una facilidad de ejecución que rara vez ha demostrado.

Los Simpson (2015)

Musk llega a Springfield, donde de inmediato se pone a construir plantas de energía alternativa para ayudar a la humanidad, incluso a costa de sus propias ganancias. Lisa lo llama “posiblemente el inventor vivo más grande” y los personajes lo consideran “una inteligencia muy superior a la nuestra”.

The Big Bang Theory (2015)

“Se siente muy bien venir aquí y ayudar a los menos afortunados”, le dice el Musk de la vida real a un Howard Wolowitz maravillado en un comedor comunitario durante el Día de Acción de Gracias. Elon Musk, es igual que nosotros (solo que más caritativo).

Rick and Morty (2019)

Musk interpreta una versión de sí mismo de una realidad alternativa conocida como “Elon Tusk”, quien se une a la pareja protagonista en un plan para derrotar al malvado Heisotron, al tiempo que refuerza su imagen de hombre de familia con una referencia a sus hijos.

Saturday Night Live (2021)

Al invitar a Musk (en la foto de arriba) como presentador, pese a las objeciones de algunos miembros del elenco, el programa se limitó en su mayoría a dejar que limpiara de buena fe sus teorías conspirativas sobre el COVID, hiciera promoción gratuita de DOGEcoin, despertara simpatía al hablar de su supuesto Asperger y hablara de enviar personas a Marte en una nave espacial como si fuera algo real.

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Este artículo se actualizó con el cargo actual de Katie Drummond y la fecha de estreno de 2015 de Going Clear. Esta historia apareció en la edición del 2 de septiembre de la revista The Hollywood Reporter. 

STEVEN ZEITCHIK

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