¿Puede una experiencia horrorosa convertirse en un chiste? A través de su show Traumas, Nacho Redondo demuestra que sí. Con un espectáculo donde el público es claro protagonista y creando un espacio de confianza en el que la apertura es bienvenida, el comediante venezolano busca desmitificar los traumas de la gente utilizando la risa.
De cara al regreso de la gira actual de Nacho Redondo a Estados Unidos, el comediante se reunió con The Hollywood Reporter en Español para conversar sobre la preparación que conlleva cada presentación, cómo ha evolucionado el show, los retos que conlleva un espectáculo principalmente improvisado y mucho más.
No es la primera vez que tu gira Traumas llega a los Estados Unidos, ¿qué aprendiste en tu primera visita por allá que buscas implementar en este regreso?
Lo más interesante es que este show nace en Estados Unidos, específicamente en Chicago. Yo tenía la necesidad de cambiar un poco mi manera de hacer el show porque ya había estado muchas veces ese año en Chicago y dije, “¿Qué hago nuevo? ¿Qué hago diferente?”.
Luego de hacer una parada bastante exitosa en Estados Unidos, hice la gira por Latinoamérica y Europa y estaba a punto de matar el show para comenzar con uno nuevo y una nueva aventura editorial, pero resulta que en medio de esta gira me doy cuenta de que la idea se hizo demasiado popular en redes de una forma que para mí fue bastante sorpresiva. La gran diferencia es que no es el mismo show debido a que evidentemente evolucionó, sobre todo mi parte.
Por su propia naturaleza, cada presentación de Traumas es diferente porque hay mucha participación del público. Me di cuenta de que la gente está desesperada por hablar; desesperada por hablar de sus problemas. Lo que he aprendido es justamente que la gente, cuando se siente escuchada y respetada dentro de un lugar con tanta ligereza —como lo puede ser el de Traumas, donde hemos podido crear esta especie de ambiente donde te sientes muy seguro al compartir algo delicado—, puede hablar de temas complicados. La gente simplemente trae eso a la mesa para desahogarse, sentirse mejor, compartirlo y darse cuenta de que las demás personas también tienen vidas complicadas. Por eso me di cuenta que no valía la pena desechar por completo el show y darle una oportunidad más a la gente para que hable.

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Hablas de esta naturaleza impredecible que tiene cada show debido a cómo se involucra a la audiencia, ¿con esto en mente, cuál consideras que es el reto principal a la hora de preparar un espectáculo de este tipo?
El reto acá es identificar quién está en un proceso y quién terminó un proceso porque el crowd work tiene esta connotación no necesariamente positiva que —sobre todo en Latinoamérica— se puede llevar al “bullying” o al juicio. Y cuando alguien está tocando un tema tan delicado, tienes que empatizar obligatoriamente porque esa persona está abriendo un episodio de su vida que a veces es más cómico que grave.
Creo que el verdadero reto siempre va a ser cómo logro que una persona se ría conmigo y que nadie se ría de ella. Hacer que la gente se sienta cómoda contando lo que quiere contar; que se sienta acompañada, no juzgada, pero que al mismo tiempo nos podamos reír de lo que está pasando. Todos los comediantes podemos conseguir un chiste de una situación específica, pero muy poca gente puede obtener el chiste y al mismo tiempo empatizar con esa circunstancia. Entonces, surfear un tema delicado y que el espectáculo no se caiga es el verdadero reto de un show de esta naturaleza.
Cuéntame del proceso mental que vives a la hora de cada show porque es mucha improvisación. ¿Cómo procesas lo que te cuenta una persona y lo conviertes en un chiste?
Yo trato de abrir la puerta de la interacción compartiendo mis propios traumas. Mucha gente cree que yo llego y digo, “¡Cuéntenme sus traumas!” y empieza el show, pero realmente hay todo un preámbulo donde explico un poco la dinámica utilizando mis traumas. Con esto el público se empieza a meter en confianza y luego las personas van levantando la mano tímidamente, sobre todo al principio. Hago mucho énfasis en que si no quieren decir su nombre real, no lo hagan. Siempre advierto que estoy grabando el show y que tengan eso en conciencia; que si no quieren salir en la grabación, lo hagan público para anotarlo. Esa es un poco la dinámica de cómo la gente se abre conmigo y cómo logramos tener ese ambiente de confianza. Aunque con el paso del tiempo, el público ya viene preparado y se muere por conversar. Siempre termina en una guerra por ver quién agarra el micrófono al final, lo cual hace al show mucho más especial.
Esta gira no solo ha pasado por Estados Unidos, sino que también la has llevado a Europa y Latinoamérica, ¿qué tan diferente es preparar un show dependiendo de cada país?
No existe una persona que no esté traumada, así que no necesariamente estoy ante un reto geográfico.
Vamos a empezar por los latinos, que es la mayoría de mi público. Nadie me puede decir que no tiene un trauma. Así sea una tontería o algo muy pesado, la cultura latinoamericana está cementada en traumas. No es algo de lo que podamos escapar. Y parte de la cultura del show es justamente no hacer de eso nuestra identidad, sino identificarlo, reírnos y seguir adelante. No hay diferencia en una conversación que yo pueda tener con una persona colombiana, argentina, mexicana o española porque al final lo que nos conecta a todos los que estamos allí no es el castellano ni lo que comemos, sino el hecho de que todos estamos jodidos de alguna manera. Como lo digo en todos los shows —es el lema, mantra, el tagline—, es un show que celebra que estamos aquí a pesar de los problemas.

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¿En la gran cantidad de shows que has dado de Traumas hasta la fecha, hubo alguna vez que la situación se te haya salido de las manos y alguien haya contado algo demasiado fuerte o el público no haya respondido de la manera ideal?
Tengo la fortuna de contar con una audiencia increíblemente educada con este tema, por lo que es casi imposible que alguien del público sabotee alguna historia o no tenga una buena reacción porque siempre se crea un ambiente fraternal y de mucha empatía. Lo que sí puede pasar, y me ha pasado, es que la historia sea muy turbia y que identifique rápidamente que esa persona no la ha superado o está superándola. ¿Cómo manejo eso? Traumas no es un show que sea de risas todo el tiempo. No es un show de comedia convencional, en ese aspecto. Tiene altos y bajos y a veces me permito no hallarle un chiste a algo que no me provoca comentar. Esto pasa casi siempre en todas las presentaciones, pero lo que no puedo predecir es cuándo sucederá. Te voy a poner el ejemplo de Ciudad de México, donde tuve una de las historias más pesadas que he escuchado, que es sobre esta persona que cuando estaba muy pequeña le dieron a su hermanita bebé para que la cargara. Ella tenía dos años y la bebé tenía dos meses. Se le cayó y a los diez días este bebé falleció. Esto es obviamente una situación horrorosa de la que no conseguí un chiste y no está mal. El verdadero reto es cuando pasa al principio del show y después levantarse de eso.
Soy muy frontal y les digo, “Mira, esto no tiene chiste”. A veces he conectado gente en los shows. Pregunto, “¿Quién es psicólogo aquí?”, alguien levanta la mano y las personas se conocen. También ha pasado que no le saco un chiste a algo, pero la persona me lo pide y con ese permiso nos vamos a la risa a morir. Aprecio mucho la confianza con la que me hablan de sus problemas más delicados y son las mismas personas las que dar o no el permiso para hacerlo digerible o cómico porque le puedo sacar un chiste a la cosa más horrible del mundo, pero estoy viendo a la cara a esta persona y sé si está preparada para recibirlo. No quiero cruzar nunca esa línea porque parte del entrenamiento con mi psicólogas y con mi padrastro, que es psiquiatra, es identificar rápidamente si esa persona cerró ese ciclo y no revivirlo. Si es un proceso que no está cerrado, yo tengo unas directrices que identifico rápido.