Operación Cisne Negro reconstruye en dos episodios la fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán del penal del Altiplano y los seis meses de persecución que llevaron a su recaptura. Para armar el relato, el director Héctor Lasso y el investigador Samuel Adam buscaron voces que no habían sido escuchadas, revisaron más de cien documentos judiciales y accedieron a imágenes que ni siquiera las autoridades encargadas de la investigación habían visto. En esta conversación explican cómo reconstruyeron dos horas ausentes de las crónicas y qué hallazgos permiten examinar la actuación de las instituciones.
Héctor, la fuga y la persecución ya habían sido narradas ampliamente por los medios. ¿Qué decisiones de dirección tomaste para que el documental ofreciera una mirada nueva sobre lo ocurrido?
HÉCTOR LASSO: Lo primero fue buscar a las personas que no habían podido dar su opinión. Sobre la fuga del primer episodio había muchas crónicas y los medios la habían retomado ampliamente. Nosotros nos enfocamos en encontrar a los trabajadores del penal y a quienes lideraron la investigación, porque se conocía poco su punto de vista. También queríamos conseguir testimonios inéditos de otros reos. Obtener esas voces fue fundamental para construir el episodio.
En el segundo ya conocíamos cómo había sido la captura, pero no cómo se había desarrollado la cacería. Ese trabajo periodístico de conectar los elementos no se había hecho. Hubo operativos en La Sierra, Culiacán y Durango; queríamos relacionarlos y saber qué instituciones los habían dirigido. Así llegamos a Águila, líder táctico de la unidad de operaciones especiales de la Marina. Nos preguntamos qué era esa unidad, fuimos a conocerla y empezamos a desmenuzar la historia, de lo general a lo particular.
Cuando llegamos a la investigación del final, nos obsesionamos con un vacío de dos horas que no aparecía en las crónicas: de las nueve a las once de la mañana, hora de Los Mochis. Desde que Guzmán salió por la coladera y se robó un auto hasta el tuit de Peña Nieto, no sabíamos qué había ocurrido. Nadie lo contaba y los documentos oficiales no lo registraban. La obstinación del equipo nos llevó a encontrar esas dos horas, que son la gran revelación del segundo episodio.
Conseguimos el testimonio de la Policía Federal y encontramos los videos de un hotel. Fue sorprendente saber que no se habían visto: ni siquiera las propias autoridades de la Policía Federal sabían que existían.

Samuel, la investigación reúne testimonios inéditos, información de inteligencia y documentos que no se habían visto públicamente. ¿Cómo verificaste esos relatos y materiales, sobre todo cuando podían responder a intereses distintos o contradictorios?
SAMUEL ADAM: Partimos de los documentos públicos y de todo lo que ya se había publicado. México y el mundo se volcaron a la historia de una persona que se fugó por un túnel de kilómetro y medio y fue detenida después. Pero los diez años transcurridos desde los hechos nos permitieron hacer una segunda lectura. Muchos expedientes estuvieron reservados durante cinco años; revisarlos una década después nos permitió contar algo que el periodismo no había podido contar en su momento.
Accedimos a más de cien documentos del proceso judicial por la fuga y la recaptura, además de archivos oficiales de distintas instituciones. También hablamos con quienes estuvieron ahí. Sus testimonios son en primera persona: cuentan lo que vivieron, no opinan sobre hechos que conocieron por terceros. Algunas personas nos dijeron que nunca les había interesado a nadie escuchar su testimonio. Habían guardado documentos y videos, y diez años después tuvieron la oportunidad de contar lo ocurrido.
El trabajo se volvió un rompecabezas de fuentes directas, documentos, videos y fotografías. Con ese material construimos una perspectiva distinta de un momento histórico mexicano, con voces que no se habían escuchado. Hablamos tanto con el entonces presidente de la República como con la persona encargada de observar a Joaquín Guzmán a un metro de distancia. Todo eso nutrió la investigación y nos ayudó a reconstruir las horas que habían quedado sin contar.

Héctor, la persecución de seis meses tiene un ritmo casi de thriller. ¿Cómo construiste esa tensión sin convertir una operación real, con sus riesgos y consecuencias, en un espectáculo sensacionalista?
HÉCTOR LASSO: Fue un trabajo de edición muy complejo, con mucho análisis del material y mucho trabajo de mesa. Lo dividiría en tres partes. La primera fue la investigación y el guion: preguntarnos qué podía acercarse al sensacionalismo y cuál era el objetivo de cada escena. En el caso de Kate, por ejemplo, era fácil irse hacia el lado del chisme. Nos preguntábamos qué buscábamos contar sobre su encuentro con Guzmán durante la captura. Pasamos al menos seis meses evaluando esas situaciones.
Después vino el montaje. Muchas cosas no funcionaban y nos faltaban voces narrativas. Quise tomar el riesgo de hacer montajes sin narración. En el primer episodio, cuando Guzmán se mete en el túnel, pasan cinco minutos sin una voz que explique lo que vemos. Quería que se sintiera la tensión: qué estaba ocurriendo abajo, en el túnel; qué pasaba arriba, en el centro de control; qué sucedía afuera y en el avión.
También decidí dejar vivir algunas imágenes. Si solo tenía una imagen, pensaba: «Vamos a dejarla vivir». Por ejemplo, mostramos un dron real del momento en que Guzmán llegó a La Tuna para visitar a su mamá. En el segundo episodio hicimos algo parecido, aunque con la tensión invertida: en el primero, quienes estaban apurados eran los que se encontraban abajo en el túnel, mientras arriba permanecían pasivos; en el segundo, la Marina está apurada arriba y Guzmán permanece tranquilo en el drenaje.
La tercera parte fue el trabajo de sonido y música. Trabajamos desde febrero hasta octubre con Amado López, encargado de la música, y Alex de Casa, responsable del diseño sonoro. Les pedí un elemento sinaloense, pero sin recurrir al acordeón o a la tuba de la manera habitual. Exploramos el fuelle del acordeón y construimos sonidos para la fuga por el túnel, incluida una respiración de Guzmán integrada en la música. En el segundo episodio mezclamos esos sonidos con la reverberación real del drenaje en Los Mochis.
También decidimos cuándo debía imponerse el sonido directo. El reloj, por ejemplo, marca editorialmente el paso del tiempo: cuando la pantalla cambia de una hora a un contador, dejamos que se escuche el reloj y hacemos silencio. Queríamos que se entendiera que, en ese momento, lo que importaba era el tiempo que estaba pasando.
Con el sonido de las patrullas aplicamos el mismo rigor. Necesitábamos que se entendiera que una patrulla había arrancado, pero queríamos que se oyera una sola, no ocho. Los elementos de posproducción tenían que responder a la investigación y a los testimonios. También trabajamos las distorsiones de las voces anónimas para que sonaran distintas. La mezcla de esa obsesión por la investigación, los riesgos del montaje y la sensibilidad del equipo de posproducción permitió contar la historia sin convertirla en espectáculo.

Samuel, ¿qué revelación o pista modificó más la comprensión del equipo sobre la fuga, la búsqueda de Guzmán o las decisiones de las autoridades?
SAMUEL ADAM: No fue un solo elemento. Encontramos una serie de hechos que, por separado, no permitían comprobar si hubo omisión o complicidad para que Joaquín Guzmán se fugara del Altiplano. Había cinco obras en el penal mientras se construía un túnel de kilómetro y medio; el día de la fuga no funcionaba ningún sistema de seguridad; tres instituciones vigilaban a Guzmán y ninguna se dio cuenta a tiempo; se tardaron 43 minutos en declarar el código rojo; había ruidos documentados desde cuatro horas antes, y el mes de la fuga se hicieron trabajos de impermeabilización.
Al mirar esos hechos en conjunto, aparece un sistema de personas e instituciones que permitió, por omisión o complicidad, que Guzmán escapara por segunda vez de un penal de máxima seguridad, aunque era la persona más vigilada del país dentro del sistema penitenciario. La historia se había volcado a lo espectacular: que alguien construyera un túnel bajo una cárcel de máxima seguridad. Pero eso no explica por sí solo la fuga.
Revisamos más de cien documentos judiciales que exploraban distintas hipótesis, y encontramos aspectos que habían dejado de investigarse. Los testimonios nuevos, los videos y otras pruebas permitieron comprobar incluso ruidos e imágenes que las autoridades no habían mostrado. El hallazgo más esclarecedor fue que la fuga no se explica por una sola persona o una sola institución: fue todo un sistema el que la permitió por omisión o complicidad.
Héctor, la investigación pone bajo examen a las instituciones responsables de la seguridad y la custodia de Guzmán. ¿Qué permite afirmar sobre sus fallas y qué preguntas siguen sin respuesta?
HÉCTOR LASSO: Hay documentos que todavía no nos entregaron. El área de transparencia nos respondió: «No se los podemos dar». Creo que aún hay cosas por contar. Lo que la investigación evidencia es la falta de estructura y el abandono del sistema penitenciario, que lleva muchos años desatendido.
Detectamos que varias fallas de seguridad del penal habían sido reportadas desde 2001. Durante catorce años se omitió que el sistema geofónico no existía, no servía o estaba obsoleto. No sé si lo repararon; habría que investigarlo. También encontramos cámaras de seguridad que marcaban horas distintas. Y, aunque al cártel de Sinaloa se le atribuyen más de 230 túneles, nadie pensó que Guzmán podría escapar por uno.
Catorce meses antes, un operador que después se escondería en Tamaulipas había escapado del penal de Aguaruto, en Sinaloa, por un túnel con un método similar: un hoyo que daba a una bodega. Además, cuando llegó la Comisión Nacional de Seguridad, el excomisionado señaló que los sistemas de seguridad no servían y que el área era un riesgo. Aun así, se permitió que se construyeran casas, hoteles, cafeterías y restaurantes alrededor del penal.
No me atrevo a señalar a una persona como corrupta u omisa. Lo que veo es un descuido del sistema penitenciario.