¿Puede una película hacer que el espectador reflexione sobre su propia muerte? ¡Por supuesto que sí! Y el cineasta franco-español Oliver Laxe lo demuestra en su más reciente largometraje, Sirât. A lo largo de sus casi dos horas de duración, la película presenta un viaje de autocuestionamiento que se convierte en una invitación abierta a pensar en la finitud del ser humano y cómo ésta es una de las pocas seguridades de la vida.
La cinta cuenta la historia de Luis, interpretado por Sergi López, un padre de familia que viaja al desierto de Marruecos junto a su hijo Esteban, encarnado por Bruno Núñez Arjona, para encontrar a Mar, su hija desaparecida. En su travesía, Luis y Esteban se adentran en un rave, donde se supone que podrían encontrar a la niña. Después de preguntarle a varios de los asistentes, se encuentran con un grupo de fiesteros, quienes se convertirán en su principal aliado en la búsqueda. Los protagonistas recorren el caluroso desierto a su lado con la esperanza de pronto volver a casa con Mar.
De cara a la presentación del largometraje en el Festival Internacional de Cine de Morelia, Oliver Laxe se reunió con THE HOLLYWOOD REPORTER en Español para hablar de los distintos conceptos que aborda la película, recordar el proceso de escritura y resaltar la actuación de los protagonistas.
Primero que nada, felicidades por lo que has logrado con Sirât y por ser el representante de España en esta carrera rumbo al Óscar. ¿En qué momento de tu trayectoria llega este reconocimiento?
Llega en un momento de madurez. Además, Sirât es la primera película en la que tengo el apoyo de una televisora, es la primera vez que he podido trabajar en muy buenas condiciones y llega en un momento de legitimidad. He estado muchos años remando a contracorriente con un cine que no es cine hegemónico y bueno; he estado ahí picando piedra y ese cine sensorial o sinestésico que hago de repente ha eclosionado con Sirât y ha atraído un poco la mirada de la industria internacional. Estoy contento, muy feliz.

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Háblame del proceso a la hora de escribir el guión. Sirât es una película que aborda demasiados conceptos en tan solo dos horas, ¿cómo lograste tocar tantos temas y no dejar nada inconcluso?
Soy un cineasta de imágenes, sobre todo, pero me gusta el relato, que es parecido a la aventura física. [Sirât] Es una película muy de género. Creo que evoca ese cine de aventuras y al mismo tiempo es un cine que invita al viaje interior, como los propios westerns y todos los relatos del héroe. Al final, la aventura de nuestros personajes es una aventura interior, pero al mismo tiempo es una ceremonia. Esto es lo que me está diciendo todo el mundo que la ve, que es una película que te hace mirar adentro. Es una película que te hace experimentar tu propia muerte y ese es el lugar del cine. La sala de cine tiene que ser el sitio donde se pueden vivir experiencias fuertes que ya no vivimos en nuestra vida. Esa era un poco mi intención a la hora de escribir el guión, de evocar esas cuestiones importantes: ¿Qué es ser padre? ¿Qué es una familia? ¿Qué es la muerte? Que fuera una película que nos revivificara a través de ese dolor, de la angustia, para que conectáramos con nosotros.
El papel de los diálogos es sumamente interesante. Vamos desde el español al francés e incluso escuchamos un poco de inglés y árabe, ¿qué rol juegan realmente los diálogos en esta historia?
Soy un cineasta de acentos. Soy muy viajero y al final no soy de ningún lado. Nacido en Francia, me he criado en Galicia, vivo en Galicia y me considero un cineasta español, y lo asumo y me identifico, obviamente. Participamos en un mundo en el que el dolor es tan fuerte: nuestro dolor personal, el transgeneracional, el dolor del mundo. Tanto conflicto armado, tantos refugiados y demás, nos hacen conectar con un dolor que ya no tiene bandera, que no tiene raza, que no tiene género, y creo que Sirât lo evoca. Es un dolor que hay que encarar, que hay que asumir, que hay que celebrar y que hay que bailar. Sirât es un ejercicio de bailar el dolor, asumirlo y liberarnos a través de ello.
Ahora que hablas de la familia, al ver la película me preguntaba cuál es tu visión sobre este concepto porque creo que lo deconstruyes de una forma muy interesante.
Bueno, a mí la familia de sangre me parece importante y hay que honrarla, y es un reto y una prueba de las tantas que tenemos en la vida. Entiendo también que hay gente a la que le es muy difícil eso; hay mucho dolor y necesitan crear otra familia. También se pueden tener las dos familias. Son dos dimensiones, dos lados de la misma cara. En Sirât, estos personajes que vienen de universos muy diferentes, de contextos sociales muy diferentes, tienen más en común de lo que creen y es en la dimensión de la herida. Cuando la vida te golpea y arrasa con tu ego, cuando la vida te dice no eres nada, te vuelves pequeño, te vuelves finito, eres un cero. Ahí yo creo que estamos todos en el mismo tren.
Háblame del protagonista, de Luis. ¿Cómo fue el proceso de construir este personaje? Está hecho a base de contrastes, partiendo del hecho de que tiene a Esteban [su hijo] pegado todo el tiempo y al mismo tiempo está buscando a su otra hija. ¿Cómo construiste al protagonista de esta historia?
Hubiera sido fácil hacer de él un personaje conservador y que su relación con los raveros fuera muy juzgona. Narrativamente hubiera sido más fácil para el espectador, pero estoy cansado de juzgar y no quiero que mis personajes juzguen. De hecho, en el mundo de los raves, gente como Luis son personajes que me encuentro en mi día a día: gente sencilla, que no juzgan y que al final se cuidan. Es un poco lo que sucede con esta película, al final se crea esa familia.

El personaje de Luis no se entiende sin la actuación de Sergi López, ¿cómo fue tenerlo como protagonista?
Sí, es una energía de Sergi, ligera, mundana, es sencillo, es un tipo anodino. Precisamente por eso también hace que conectemos más con él a nivel emocional. Desde el primer minuto, cuando tú lo ves dentro de un rave tipo buscando a su hija, te identificas con él y le coges cariño. Al mismo tiempo, cuando llegan las curvas, el momento duro de la película, te sorprende porque es un tipo que da un paso adelante. La vida le pregunta quién eres y él contesta. Vamos a decir que es un Sancho Panza, que de repente da un paso adelante y se convierte en el héroe de la película.
Cuéntame también del coprotagonista, de Bruno Núñez [quien interpreta a Esteban]. Si bien lo vemos únicamente en la primera mitad de la película, deja una actuación sorprendente, ¿cómo llega a la producción?
Él ya era actor en una serie y es un tipo muy maduro y un niño que si quiere puede hacer lo que quiera en el cine — tanto él como mis actores profesionales o no profesionales. Es una cuestión de picar piedra y picar piedra por mucho tiempo. Soy un cineasta lento, hago una peli cada cinco años, me va bien con este ritmo y me permite dedicarle más tiempo a mis actores.
Con esta diferencia de tiempos que hay entre cada una de tus producciones, ¿cómo sientes que evoluciona la forma en la que diriges?
Bueno, sobre todo lo que cambia es que mi fe es más fuerte. ¿Qué es la fe? La fe es aceptar que la vida te da lo que necesitas y, por lo tanto, cada vez trabajo con menos miedo y aceptando lo que la vida me da. Sé que no es perfecto. No es lo que tengo planificado. Estoy en rodaje, busco una cosa, pero la vida me está dando otra. Me sigo frustrando, pero cada vez hay más desapego y aceptación. Los cineastas trabajamos desde el ego porque es tan difícil hacer una peli; hay tantas exigencias y está todo tan comprimido que tiene que salir bien sí o sí. Hay mucha angustia. ¿En qué? En un rodaje de cuatro, cinco, seis, siete, ocho semanas. Entonces, estamos trabajando desde los miedos y esa es la clave. También en nuestra sociedad es como intentar no tener miedo y es ahí cuando nuestro trabajo va a tener más luz.

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Cuéntame también de tu relación con el género del techno, que es lo que vemos o escuchamos más bien durante toda la película.
Sí, a mí me gusta la música. Me he descubierto un poco músico haciendo esta peli. Me gusta bailar y quería que la gente bailara, que celebrara su herida, que bailara su carencia. Yo creo que es un colectivo que sigue bailando y celebrando aunque sea el fin del mundo. Me parece que hay que estar conectado al mundo, a la herida del mundo, pero hay que bailar la herida.
Claro, y esta idea de bailar hasta el fin del mundo puede ir un poco relacionada al concepto de la muerte que se toca en esta película. Y con eso, ¿cuál es tu visión de la muerte y cuál es tu relación con esta idea?
Sirât hace que cada uno de nosotros, los espectadores, experimentemos nuestra muerte y mi visión es que eso es sano, eso es benéfico y eso es algo que tenemos que hacer todos los días. Meditar nuestra finitud es algo que nos hace blandos, nos hace humildes y nos hace mejores personas. Ahí está la vida, que se expresa, sobre todo, a través de la muerte. Y, nada, pues celebremos la muerte y lo que venga con ella. Yo soy de esos que piensan que la muerte es invitación a volver a casa y que no existe, en realidad. Es como un hasta luego, como una siesta.