Tonatiuh Elizarraraz está teniendo el tipo de año que define carreras. En El beso de la mujer araña, dirigida por Bill Condon, interpreta a dos personajes tan distintos como profundamente conectados: Molina, un prisionero queer que sobrevive la represión política y social con imaginación y ternura, y Kendall Nesbit, el galán de la película que Molina ve una y otra vez desde su celda, encarnación de sus fantasías, temores y deseos.
La cinta, basada en la novela de Manuel Puig y adaptada ya en teatro y cine, vuelve con una lectura fresca y urgente. En esta nueva versión, Tonatiuh no sólo actúa; se transforma, se expone y propone una nueva sensibilidad sobre lo masculino, lo andrógino y lo queer dentro del marco clásico del cine hollywoodense.
Tonatiuh, antes de empezar, tengo que preguntarte por tu nombre. Tengo entendido que tiene un significado particular.
Sí. Viene de la mitología azteca. Tonatiuh es el quinto sol, el sol del cambio. Según la cosmovisión azteca, hubo otros soles antes —el del jaguar, el del agua, etc.— pero este es el último. El que corresponde a la época actual. El de la transformación. Así que… sí, muy apropiado para este momento de mi vida.

Cortesía de Cineplex
En El beso de la mujer araña interpretas dos personajes completamente distintos. ¿Cómo abordaste la construcción de cada uno?
Fue un sueño, sinceramente. Sentí que llevaba años calentando en la banca y de pronto me llamaron a jugar… en las Olimpiadas. Con el personaje de Kendall Nesbit, empecé por el universo cinematográfico que lo rodea. Le pregunté a Bill Condon qué películas tenía en mente como referencia, y vi todo lo que pude: Singin’ in the Rain, Gentlemen Prefer Blondes… Quería entender el estilo, el tono, el código de esa época.

Cortesía de Cineplex
¿Y cómo conectaste emocionalmente con Kendall?
A través del trauma. Kendall es un personaje queer en una época donde eso era sinónimo de tragedia. No está “fuera del clóset”, pero tampoco vive libremente. Me pregunté: ¿qué actor clásico vivía con esa tensión visible? Pensé en Montgomery Clift. Una de mis películas favoritas es The Heiress, y ahí encontré el tono emocional. A eso le sumé detalles estéticos: el acento, los manierismos, el pelo a lo Errol Flynn… y la elegancia rota por dentro.
¿Y Molina? ¿Cómo llegaste a él?
Fue mucho más visceral. Mi objetivo fue centrar a un personaje sin género, que representara a una comunidad históricamente marginalizada, pero con dignidad y humanidad. Me transformé completamente: perdí 45 libras —más de 20 kilos— en 50 días. Venía de hacer una película de acción, así que tuve que cambiar mi cuerpo radicalmente. Después vinieron decisiones muy concretas: ¿Tendrá cejas? ¿Cómo será su pelo? ¿Cómo se ve la androginia en cámara? Para mí, Molina no es un personaje más. En muchos sentidos, es el corazón de la historia.
¿También tomaste decisiones estéticas sobre el personaje?
Sí, muchas. Me preguntaba: ¿tiene cejas o no? ¿pelo largo o corto? ¿cómo se ve la androginia en pantalla? Porque no era solo una cuestión de “verse diferente”. Tenía que lograr que el personaje transmitiera algo que rompiera con el binarismo. Y también entender que Molina no es simplemente un hombre afeminado ni una mujer en cuerpo de hombre. Es otra cosa. Y lo que dije en su momento lo sigo creyendo: Molina no es el actor principal. Es la actriz principal. Y eso cambia todo.
¿En qué sentido?
En cómo se filma su cuerpo. En cómo se relaciona con el deseo. En cómo carga con la narrativa. Y en lo que representa emocionalmente. Hay una energía femenina, sí, pero también hay una fuerza subversiva, radical. Molina sobrevive imaginando. Y eso es una forma de resistencia.
¿Cómo se relacionan entre sí Molina y Kendall? ¿Son opuestos o espejos?
Para mí, son la misma persona. Dos caras de la misma alma. Kendall es todo lo que Molina no puede hacer. Es el deseo sin culpa. Es la traición, la mentira, la acción impulsiva. Mientras que Molina reprime, Kendall actúa. La película dentro de la película es como el diario íntimo de Molina. Ahí están sus confesiones, sus amores, sus vergüenzas, todo lo que no puede decir en voz alta.
¿Entonces Kendall es su sombra?
Exacto. Todos tenemos pensamientos que no nos atrevemos a convertir en actos. Kendall es ese pensamiento llevado al extremo. Molina, en cambio, se contiene. No porque sea perfecto, sino porque tiene una brújula ética que lo detiene. Pero ambos viven dentro del mismo cuerpo emocional.
La película tiene mucho peso político, aunque sea una historia íntima. ¿Qué quisieras que el público se lleve al salir de verla?
Que entienda que hay humanidad incluso en quienes nos enseñaron a rechazar. Molina y Valentín piensan que no tienen nada en común. Pero cuando pierden todo —ideología, orgullo, estructuras— se encuentran en lo esencial: el amor. Y eso es muy político. Estamos en un momento donde ser queer, ser latino, ser diferente, te convierte en objetivo. Especialmente en Estados Unidos, donde se nos tilda de criminales o de amenazas. Esta película dice: no, somos humanos. Somos dignos de respeto, de amor, de representación.
¿Es una película sobre resistencia?
Sí, pero no solo. Es una película sobre empatía. Que quiere romperte el corazón, pero también abrirlo. Porque para conectar con otro ser humano hay que estar dispuesto a ser vulnerable. Y esa vulnerabilidad es lo más revolucionario que tenemos.
Tráiler: