La premisa de la ópera prima de Andrés Ruiz Zuluaga no solo es muy clara, sino también sumamente interesante. El juego de la vida es un documental con más de 14 años de proceso, uno que comenzó en la Universidad de los Andes, en Colombia. A partir de una investigación sobre la movilidad social en el país, se planteó documentar distintas familias a través de visitas rutinarias realizadas durante 14 años, regresando a ellas en intervalos de tres. De esta manera, el terreno resulta fértil para el análisis y la reflexión: ¿qué puede estar más lleno de vida que las propias historias de familias reales?
El documental tiene como motor su propio título, El juego de la vida, que establece un núcleo guiado por la siguiente consigna: cuando nacemos, todos recibimos una baraja que no escogemos, pero sí podemos decidir cómo jugar en esta partida llamada vida —o, al menos, eso es lo que el director intenta plantear—.
El juego de la vida
Conclusión: Un documental que falla repetidamente en sostener su propia consigna
Director y guionista: Andrés Ruiz Zuluaga
Clasificación: PG
Duración: 1 hora y 35 minutos
A lo largo del documental, se profundiza en la vida de diferentes familias que comparten una realidad de privilegios sociales limitados, cada una con sus particularidades. Con el paso del tiempo, y gracias a la apertura y vulnerabilidad que estas familias nos otorgan a través de su participación en las visitas, podemos entender el panorama de sus vidas, sus anhelos, perspectivas y sueños. Es aquí donde entran las cartas que plantea el director: un conjunto de características y herencias que ellos no eligieron.
Sin embargo, es en la noción de que cada persona puede decidir cómo jugar sus cartas donde el planteamiento comienza a fracturarse. Hay algo de verdad en ello, pero también existen estructuras de opresión que limitan nuestras jugadas dependiendo de las violencias que nos atraviesan según nuestra identidad y contexto; cartas que tampoco elegimos. Aún así, el director parece argumentar que la baraja es más poderosa que aquello que los reprime, lo cual no solo resulta insensible, sino que ignora una realidad latente: los sistemas siempre serán más fuertes que la baraja.
El problema surge desde el momento en que el documental se cuenta a través del hilo narrativo de la propia vida del director, planteando, desde su concepción, una narrativa que fomenta la “superación”, la cual, para Zuluaga, parece representar salir de la pobreza. Esto invisibiliza que dicho concepto nace de la ideología capitalista que ha establecido una red meritocrática y hegemónica sobre cómo debería verse una “buena vida”.
Y él mismo lo dice al final del documental: “Antes pensaba que todos soñábamos con tener riquezas, movernos y huir. Pero ahora entiendo que cada uno tiene sueños y búsquedas distintas”. Sin embargo, la hora y 28 minutos restantes argumentan lo contrario. Ese es el error más grave de la película: el documental falla repetidamente en sostener su propia consigna; no le aguanta la mirada a su propia denuncia y el involucramiento del ego termina por borrar el propósito.
El documental abre con la introducción a la familia de Mildred y Donny, originaria de Gramalote, en Santander. Mildred es madre soltera de cuatro hijos, entre ellos Donny, un niño del que más tarde entenderemos su enorme pasión por la música. En 2010, Gramalote sufrió las consecuencias de un desastre natural que dejó a miles de familias sin hogar, incluida la de Mildred. Tras el suceso, la familia se mudó a Villa del Rosario, junto a la madre de Mildred, donde ella tuvo que comenzar a emprender vendiendo comida para sostener a su familia.
Donny, que entonces era apenas un niño, aún no tenía claro qué quería ser de grande. Esta historia construye los cimientos de una sensación conmovedora que nunca termina de consolidarse, pero cuyos matices logran, por momentos, perseverar.

La historia de la familia de Mildred se interrumpe con una de las primeras intervenciones personales del director, haciéndonos entender que más adelante volveremos a ella. Zuluaga cuenta aspectos de su vida, particularmente el origen de sus padres y la etapa temprana de su niñez. Y aunque se agradecen la vulnerabilidad y la intención autoral de incluirse, el sabor no deja de ser agridulce con la aparición de las bromelias, unas plantas que, según explica el director, crecen únicamente adheridas a rocas y árboles, dependiendo solamente de la luz, la lluvia y el aire que les llega.
Es entonces cuando agrega: “Yo no me iba a quedar inmóvil como una planta […] y mi vida cambió”. Después comienza a hablar de ese cambio, mencionando que en su baraja apareció una carta especial; no cualquier carta, sino la posibilidad de participar con la Universidad de los Andes, estudiar en ella y formar parte de la misma investigación que más tarde se convertiría en este documental.
Se describe a sí mismo como un bicho raro, pero, más allá de reconocerse como un caso aislado, el director insiste durante todo el documental en que fueron sus ganas las que lo llevaron a estar donde hoy está. Continuó con intervenciones como esta entre cada una de las historias de las familias, fomentando constantemente la dinámica de: “a ellos les pasó esto” y “vean lo que yo hice viniendo de un lugar similar”.
La siguiente historia toma lugar en Chinú, en la casa de Doña Inés y su familia, conformada por siete hijas y un hijo que, si bien ya no está con vida, permanece presente a través de la manera en que la familia honra su recuerdo. A lo largo de los años documentados, resulta particular ver cómo la familia ha crecido: las hijas de Doña Inés cada vez tuvieron más hijos y, después, esos hijos tuvieron más hijos.
En esta historia predomina el amor familiar y la conexión que puede generarse dentro de una familia. Primero, Doña Inés tuvo un billar fuera de su casa, su negocio. Más tarde, este evolucionó hasta convertirse en una tienda de abastos, lo que le generó mayor tranquilidad tanto a ella como a su familia, que cada vez era más grande. A pesar de las carencias, se mantuvieron unidas, y para ellas eso representaba la felicidad: tener cerca a sus hermanas, a sus hijos y, por supuesto, a su madre.
La tercera historia es, por mucho, la más emocional. Tiene lugar en Simijaca, donde conocemos a Daniela y Anyi, dos primas que viven con su abuela. Esta historia resulta especialmente emotiva porque nos sumerge en el viaje junto a ellas; las vemos crecer. En 2010, durante la primera visita, tenían 9 y 10 años. Verlas conversar, jugar, hablar sobre sus sueños de convertirse en diseñadoras de moda y, simplemente, ser niñas, provoca una inmensa sensación de ternura que solo crece cuando el documental retoma sus historias en 2014.

Daniela, ahora adolescente, cuenta que la relación con Anyi ya no es la misma, a pesar de la promesa que hicieron en 2010 de nunca separarse. Resulta tierno porque vuelve palpable la inocencia infantil; es conmovedor ver cómo resuelven su problema con un abrazo y un par de lágrimas. Entonces, el punto de analizar sus vidas desde lo económico, para mí, empieza a pasar a segundo plano: el documental se convierte en una documentación sobre cómo los humanos nos relacionamos entre nosotros, cómo nos impactamos mutuamente y cómo las marcas que dejan las personas que nos ayudaron a descubrir quiénes somos perseveran para siempre en uno mismo, sin importar el rumbo.
Anyi cumplió su sueño de convertirse en diseñadora; la vida le otorgó una carta: el fallecimiento de su padre aseguró sus estudios, y ella misma reconoce que esa fue la razón por la que pudo vivir esa experiencia. Daniela tuvo un hijo y más tarde comenzó sus estudios. Ya había decidido que ser diseñadora no era lo que quería y, entre altas y bajas, encontró su destino. Ninguna de estas dos historias es más valiosa que la otra; simplemente son diferentes.
La penúltima historia es la de la familia García Segura, comerciantes en la Plaza de Abastos de Bogotá. Conformada por los padres y tres hijas, el documental muestra la realidad del oficio: alarmas a las 3 de la mañana, trabajo constante y un negocio que sostener. Una de las hijas, la más pequeña, rápidamente se roba las miradas con su personalidad simpática, reflejada en una escena en la que canta a todo pulmón. En 2010, quería ser doctora. Su hermana, la de en medio, menciona durante la visita de 2017 que quiere ser policía.
En la siguiente visita, en 2023, escuchamos nuevamente otra intervención de Zuluaga: “Sus sueños no se mantuvieron firmes”, seguida de un corte poco afortunado hacia la hija de en medio sosteniendo a su bebé. Es un montaje que deja mucho que desear, principalmente en cuanto a la consciencia y mitigación de los sesgos y juicios de los que tanto se queja el propio director. Este ejemplo, junto con el de las bromelias, son solo algunos de los momentos en los que el montaje y la narración fallan en ser coherentes con el mensaje, contradiciéndose constantemente y replicando aquello que precisamente se busca evitar.
Sucede de nuevo en la parte final, cuando regresamos a la historia de Mildred y Donny. Entendemos que, gracias al activismo que ejerció Mildred ante el desastre natural en su región, consiguió un par de trabajos corporativos en los que no solo era buena, sino que también disfrutaba desempeñarse. Esto provocó que la familia se desplazara a los lugares que más les convenían. Donny, por su parte, se mudó a Medellín para seguir su sueño musical.
Esta historia está acompañada por el director expresando su inspiración ante la familia, pues Mildred, según él, “se negó a victimizarse y a entregarse a la desesperanza”. Es un diálogo que termina por destruir por completo el proyecto, pues, al pronunciar estas palabras, Zuluaga establece implícitamente que, si el desenlace de las demás familias no se parece al de Mildred, entonces son personas que se victimizan y se dejan caer. El documental remata así con un final insensible, contradictorio e irrespetuoso.
El juego de la vida falla en sostener su propio discurso y termina fomentando las mismas estructuras violentas que intenta criticar. Sus momentos más memorables provienen únicamente de la autenticidad de las personas que prestaron su voz, su imagen y sus vidas para hacer esto posible.
Con una estética que deja mucho que desear, un guión débil y contaminado de ego, una narrativa que nunca termina de consolidarse como cohesiva y una estructura elíptica que resulta poco consecuente, El juego de la vida termina soltando aquello que realmente lo hace valioso: las personas.