Anya Taylor-Joy habla sobre los desafíos de Furiosa, el bullying y su llegada a la Tierra Media

De inadaptada a musa de los grandes éxitos de taquilla, la estrella de Lucky repasa su inusual camino hacia Hollywood, sus enfrentamientos con el director George Miller y su obsesiva cruzada por conseguir un papel en Duna

Por SETH ABRAMOVITCH |

junio 23, 2026

10:00 am

Saco y falda Herelouvic de Saint Sernin; joyas Tiffany & Co.; diadema Lily Phellera; botas Christian Louboutin.

Fotografías por Myles Hendrik

Durante seis meses, a Anya Taylor-Joy no se le permitió respirar. 

En el rodaje australiano de Furiosa: Una saga de Mad Max, el director George Miller repetía todos los días la misma consigna, con la paciencia y la convicción de alguien que ha pasado toda su carrera haciendo exactamente las películas que ha querido hacer: “No respires. Mantén la boca cerrada. No muestres emociones”. Él quería un ícono y, en su opinión, los íconos son imperturbables.

Taylor-Joy, de 29 años, puede hacer muchas cosas. Pero quedarse quieta no es una de ellas.

De hecho, su proyecto más reciente —Lucky, un dinámico thriller criminal de Apple TV que se estrena el 15 de julio— la mantiene huyendo durante prácticamente los siete episodios de la serie: corriendo, trepando, cayendo, sin detenerse jamás. En muchos sentidos, tanto evidentes como sutiles, se trata del proyecto más personal de su carrera.

Sin embargo, en este momento parece estar perfectamente cómoda quedándose en el mismo lugar. Sentada en la terraza soleada de un restaurante de West Hollywood, mientras come un tazón de frutos rojos, recuerda aquella maldita indicación del director —no respires, cierra la boca, no muestres emociones— como alguien que ha procesado una experiencia realmente difícil y ha logrado superarla sin perder el sentido del humor. 

En los espectaculares alrededor de Los Ángeles, es el rostro etéreo de Dior y Tiffany. Pero sentada a pocos centímetros de distancia resulta completamente accesible, como una vieja amiga que se reúne contigo para desayunar. De vez en cuando, la luz incide sobre ella de cierta manera, o gira la cabeza y permanece inmóvil por un instante, y entonces reaparecen los rostros que todos conocemos: la prodigiosa ajedrecista Beth Harmon. Furiosa. La joven de The Witch que se lleva sospechosamente bien con una cabra negra diabólica. Y también, de alguna manera, la Princesa Peach. 

Abrigo y zapatos Givenchy by Sarah Burton; joyas Tiffany & Co.; diadema de Dawid Tomaszewski. Fotografía por Myles Hendrik.

Este año, Taylor-Joy tiene tres grandes proyectos que la llevan en direcciones opuestas. Con Lucky es la primera vez que ostenta el crédito de productora, un rol que refleja el espíritu colaborativo que ha tenido desde su primera película. Después llegará Duna: Partes Tres, la conclusión de la monumental saga de ciencia ficción de Denis Villeneuve. Y luego emprenderá un viaje a la Tierra Media. Uno de estos proyectos es íntimo, vibrante y completamente suyo. Los otros dos pertenecen a las franquicias cinematográficas más grandes del planeta.

La productora Hello Sunshine, fundada por Reese Witherspoon y encargada de Lucky, tenía una actriz en mente desde que adquirió los derechos de la novela de Marissa Stapley en la que se basa la serie. “Anya siempre fue Lucky”, asegura Witherspoon por correo electrónico. “Fue la primera y la única actriz con la que compartimos el libro”. 

Lo que recibieron a cambio fue mucho más que una estrella. “Es una productora nata”, continúa. “Se involucra profundamente y conecta de manera visceral con el personaje”. Por su parte, Taylor-Joy entendió de inmediato por qué el papel le resultaba tan cercano. “Es una persona que no puede quedarse quieta”, dice sobre Lucky Armstrong, la estafadora a la que interpreta. “Y yo soy alguien a quien le encanta estar en movimiento”. 

***

El crédito como productora en Lucky puede ser una novedad, pero su instinto para coordinar y dar forma a un proyecto no lo es. Taylor-Joy ha pasado buena parte de su carrera defendiendo discretamente sus ideas ante los directores, abogando por sus personajes e involucrándose en decisiones que van más allá de la actuación. Furiosa terminaría convirtiéndose en la prueba más extrema de ese impulso. Pero antes de eso, estuvo Argentina. 

Taylor-Joy nació en Miami —su padre trabajaba allí en ese momento—, pero creció en Buenos Aires. Es la menor de seis hermanos, repartidos a lo largo de casi cuatro décadas de historia familiar. Su hermana mayor tiene más de 60 años, mientras que el más cercano en edad le lleva siete años. Tuvo una infancia salvaje, en el mejor sentido de la palabra. Pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre, obsesionada con los animales, recogiendo e incubando huevos y enseñando a nadar a los patitos.  

Su padre era banquero de inversiones, pero se retiró a los 40 años; después se aburrió y terminó convirtiéndose en campeón mundial de carreras de lanchas de alta velocidad. Ella lo acompañaba, y el rocío del agua, la velocidad y el estruendo de los motores le producían una sensación única de euforia que, en aquel entonces, le parecía completamente normal. Su madre era psicóloga. La familia era numerosa, afectuosa y unida. 

Top y falda de Rabanne; joyería de Tiffany & Co. Fotografía por Myles Hendrik.

En 2002, su padre observó la inestable situación política de Argentina y decidió que sus hijos debían crecer en un lugar más seguro. Taylor-Joy tenía seis años y medio cuando la familia se mudó a Londres. No hablaba una sola palabra en inglés. De repente, todo aquello que la definía —la calidez de su entorno, los animales, los primos que se quedaron atrás— desapareció de su vida. 

Inglaterra fue un choque cultural. En su primer día de escuela, guiada aún por las costumbres argentinas, saludó a una compañera con un beso en la mejilla. Con apenas seis años y medio, fue etiquetada de inmediato como lesbiana y excluida por sus compañeros. El acoso que vino después apuntó directamente a aquello que suele generar más inseguridad en una niña: le repetían, una y otra vez, que no era bonita.

Así que encontró su valor en otro lugar. Aprendió inglés de la única manera que tenía a su alcance: leyendo Harry Potter de principio a fin, libro tras libro, y luego volviendo a empezar desde el inicio. Para una niña que no podía regresar a casa, Hogwarts era lo más parecido a un hogar.

Su madre recuerda que, a los ocho años, Anya descubrió la palabra “representante” y la añadió a su lista de deseos, justo a lado de “cachorro”. Buscaba obsesivamente en Google cómo comenzaba la gente su carrera en Hollywood, cuál era el camino a seguir y a quién había que conocer. Y siempre se encontraba con la misma respuesta frustrante: “Estar en el lugar correcto, en el momento adecuado”. 

“Como una niña de 11 años que solo había participado en una obra escolar”, dice, “eso no ayudaba mucho”.

Su gran oportunidad, cuando llegó, apareció —como era de esperarse— mientras estaba en movimiento. Aunque algo inestable. 

Taylor-Joy tenía 16 años. Al día siguiente tenía una fiesta y nunca había usado tacones. Quería practicar, así que se puso un par y salió a pasear a su perro. Un coche empezó a reducir la velocidad a su lado. Ella caminó más rápido. El coche siguió su ritmo. Entonces tomó a su perro en brazos y comenzó a correr. Un hombre se asomó por la ventanilla y le dijo: “Si te detienes, no te arrepentirás”. Contra su mejor juicio, se detuvo. En el coche iba Sarah Douka, la directora de la agencia de modelos Storm. La respuesta de Taylor-Joy fue inmediata y contundente. “No tengo ningún interés en el modelaje”, le dijo. “Excepto que he oído que a veces las modelos se convierten en actrices. Y eso es lo que quiero hacer con mi vida”. 

El resto sucedió con rapidez. Empezó a hacer audiciones. Un día llegó un guion y lo devoró de una sola sentada. Aquella noche no pudo dormir. Al principio no reconoció la sensación. “Solo supe que había sido poseída por algo”, recuerda. 

Directora artística y de moda: Alison Edmond. Vestido Lanvin; joyas Tiffany & Co.; diadema de Rinaldi A. Yunardi. Fotografía por Myles Hendrik.

Había una complicación. El personaje de Thomasin era descrito en el guion como de rostro poco agraciado. “Soy muchas cosas”, afirma. “Pero eso no”.

Se trataba de The Witch, de Robert Eggers. 

La producción no tenía dinero, no contaba con estrellas y se iba a rodar en un bosque helado de Canadá. Fue a la audición y leyó para Eggers; al final de la prueba, él se inclinó hacia ella y le dijo: “Trabaja el acento. Me gustaría mucho volver a verte”. 

Consiguió el papel. Esa misma semana también le ofrecieron una serie de Disney Channel y la rechazó. Iba a hacer The Witch, y The Witch, intuía, haría algo con ella. Cuando llegó el rodaje, descubrió que Eggers había cambiado discretamente la descripción del guion de “rostro poco agraciado” a “con unos ojos grandes y perturbadores”. 

“Eso me conmovió mucho”, admite. 

Eggers reconoce que ella no era lo que había imaginado inicialmente cuando escribió a Thomasin. Lo que lo convenció fue otra cosa. “Anya fue la única persona que interpretó los diálogos exactamente como los escuché en mi cabeza cuando los escribí”, comparte. “Entendió al personaje de una manera que no había previsto”. 

The Witch se hizo prácticamente con nada de presupuesto, lo que obligó al equipo a hacer de todo. No existía el “eso no es mi departamento”. Ayudabas con el cabello, movías equipo, te las arreglabas. Te ganabas tu lugar o te apartabas del camino.

La mayoría también evitaba a la cabra.

Black Phillip —la cabra malévola que articula el terror de la película— era, según la mayoría de los testimonios, una auténtica amenaza. Hirió a Ralph Ineson, quien interpretaba al padre de Taylor-Joy, lo suficiente como para que él y Eggers hicieran más tarde una especie de peregrinación a un famoso restaurante londinense para comer cabra en señal de venganza. La actriz, vegetariana, decidió no unirse. “Hagan lo que tengan que hacer”, les dijo. Ella y Black Phillip se llevaron bien. “Los animales y yo siempre hemos tenido una conexión”, detalla. Incluso intentó montarlo. Era más grande que una cabra común, señala, pero no del todo montable. “Aún así lo intentamos”, comenta entre risas.

Vestido y sujetador de Magda Butrym; joyería de Tiffany & Co. Fotografía por Myles Hendrik.

Años después, Eggers sigue destacando tanto la ética de trabajo como el talento de Taylor-Joy. Recuerda a una actriz que caminaba descalza en la tierra y bajo temperaturas heladas sin quejarse, y que se convirtió en “una líder a la que todos admiraban”, a pesar de que era su primera película. 

The Witch recaudó 40 millones de dólares con un presupuesto de 4 millones, lo que presentó a Taylor-Joy en la industria sin convertirla del todo en un nombre familiar. Los años siguientes fueron una lección de paciencia: participó en películas como Split y Glass, de M. Night Shyamalan, y en la comedia negra Thoroughbreds, proyectos sólidos con directores interesantes, pero ninguno que lograra su salto al mainstream. Esperó. Pasaron cinco años. 

Entonces recibió una llamada de Scott Frank, guionista de Out of Sight y Minority Report, que llevaba años tratando de lograr una adaptación fidedigna de la novela de 1983 de Walter Tevis, sobre una prodigio del ajedrez y su adicción a las drogas. Taylor-Joy tuvo 90 minutos para leer el libro antes de la reunión, tras lo cual, corrió hasta la oficina de Frank y anunció dos cosas: “Le dije: ‘¡No se trata de ajedrez! ¡Y Beth Harmon tiene que ser pelirroja!’. Y él me respondió: ‘De acuerdo, siéntate’”. 

Nadie pensaba que aquello fuera a funcionar. Sus amigos creían que estaba loca. ¿Seis meses para hacer una miniserie de Netflix sobre ajedrez? Pero Beth Harmon era, según el propio relato de Taylor-Joy, alguien a quien ella ya había habitado años antes. “A veces sientes que un personaje va por delante de ti”, explica. “A veces sientes que están exactamente en el mismo punto. Pero con Beth, tuve experiencias en mi vida con las que simplemente pensé: ‘Ah, puedo guiarte un poco en esto, como una hermana mayor”. 

Cuando The Queen’s Gambit se estrenó en octubre de 2020 —con el mundo en confinamiento, todos en casa y con hambre de algo distinto— se convirtió en una de las series más vistas en la historia de Netflix. “Fue uno de esos momentos hermosos”, recalca.

Y así regresamos a Australia. A seis meses de: “no respires, cierra la boca, no muestres emoción”. 

El papel lo tenía todo. La franquicia de Mad Max, un ícono feminista, una producción de 170 millones de dólares construida por completo a su alrededor. En el cine, se puso de pie y celebró cuando vio Mad Max: Fury Road (2015). “Era mi sueño”, dice. “Era mi sueño formar parte de estas películas de Mad Max y de este tipo de ícono feminista tan salvaje”. Comprendió que la experiencia tendría un efecto profundo en ella: “Sabía que al entrar a Australia iba a salir cambiada. Eso fue parte de lo que me atrajo”. 

Top y falda Rabanne; joyas Tiffany & Co. Fotografía por Myles Hendrik.

Lo que no esperaba era la inmovilidad que exigía Miller. Buscaba una rigidez al estilo Clint Eastwood en un spaghetti western. Para una actriz, cuyo instrumento es el impulso constante, aquello resultaba asfixiante. 

Cada día, durante seis meses, volvió con Miller para defender una sola idea. Cuando Furiosa finalmente se enfrenta al hombre que destruyó su vida —Dementus, interpretado por Chris Hemsworth— debía poder destruirlo de vuelta. No una muerte limpia. Algo más absoluto. Algo que exigiera que fuera Furiosa quien tomara la decisión.

En la versión final de la película, Furiosa captura a Dementus, lo deja inválido y lo lleva de vuelta a la Ciudadela. Luego planta el hueso de melocotón que ha llevado consigo desde la infancia —una reliquia del mundo que él le arrebató— dentro de su cuerpo. Años después, de él crece un árbol. Da fruto. Ella recoge un melocotón de ese árbol y se lo lleva a las esposas. El hombre que destruyó su infancia se convierte, por su mano, en la fuente de algo nuevo. 

Es cuidadosa con lo que dice sobre Miller. “Es una conversación muy difícil de tener”, afirma. “Si fuera completamente honesta sobre mi experiencia, no dañaría a nadie más que a mí misma”. Ahora puede ver la película y entender lo que él buscaba. Pero se alegra de haber conseguido su final. 

“Simplemente insistí, e insistí, e insistí en que ella estuviera a la altura de su nombre”, dice Taylor-Joy. Pasó todo el rodaje defendiendo esa idea. “Esa era mi montaña en esa película, y lo conseguí, pero fue algo muy, muy difícil de ganar”. 

Denis Villeneuve es una obsesión de otro tipo. Arrival, dice, es su película de confort. “Cuando estoy triste, es lo que pongo”, detalla. Por eso, cuando en 2022 se encontró con Villeneuve en una fiesta y él le dijo que había escrito un papel para ella en Duna: Parte Dos, pero que no podía hacerlo —estaba comprometida con Furiosa, las agendas no encajaban, era simplemente imposible—, ella entró, en sus propias palabras, en modo súplica. 

“Quedé devastada”, recuerda. “De verdad quería formar parte del mundo que este hombre había construido”. 

Directora artística y de moda: Alison Edmond. Vestido Lanvin; joyas Tiffany & Co.; diadema de Rinaldi A.
Yunardi. Fotografía por Myles Hendrik.

Así que se fue a Australia a rodar Furiosa, y todo el tiempo siguió llamando a sus agentes: “¿Qué está pasando con Duna?”. Ellos le dijeron que ya no había nada que hacer: aquello se estaba rodando, ella estaba filmando esto, y no había más que decir.

“Pensé: ‘No está terminado. Lo puedo sentir. Me lo dicen mis entrañas. Esto no ha terminado’”. Ahora le sonaba, reconoce, a una locura. Pero también tenía razón”. 

Cuando terminó Furiosa, Villeneuve llamó. ¿Podría tomar seis vuelos, reunirse con él en Abu Dabi, continuar hacia Namibia, rodar una sola escena en un día y no contárselo a absolutamente nadie? Ella dijo que sí antes de que terminara la pregunta. Se llevó a su madre al viaje. 

“Es, probablemente, mi experiencia de rodaje favorita”, dice. Diez personas. Un desierto. Un día. Su personaje, Alia Atreides (hermana de Paul Atreides, interpretado por Timothée Chalamet), una favorita de los fans que porta las voces de todas las Reverendas Madres que la precedieron, se mantuvo tan en secreto que ni siquiera el resto del elenco supo que aparecía en la película hasta segundos antes del estreno mundial.

***

A pesar de su constante movimiento, Taylor-Joy no es una corredora. 

Pero Lucky Armstrong corre casi todo el tiempo a lo largo de los siete episodios de la serie. El director, sin embargo, no buscaba atletismo. “Corre peor”, le decía. “No eres alguien acostumbrada a esto. Quiero ver cómo te descontrolas con los brazos. Quiero verte luchar”. Tras ocho horas de carrera, señala, el esfuerzo ya se encargaba de lo demás. 

Empezó a entrenar de nuevo tan solo un mes antes de que comenzara el rodaje principal de Lucky. “Pensé”, reflexiona, “que quizá sería bueno tener un nivel básico de condición física”. (Se llevó a su doble de acción de Furiosa, Hayley Wright). Las lesiones han sido mínimas, aunque menciona, sin mucha importancia, que ha perdido algo de audición por los disparos hechos demasiado cerca de su rostro. No le preocupa.

“No estoy en forma”, dice. “Pero soy terca”. 

La experiencia le enseñó algo que no esperaba. Witherspoon, dice, es inamovible en las cosas que le importan —y completamente amable al mismo tiempo—. “La amabilidad no está peleada con su visión”, dice Taylor-Joy. “Eso me parece muy inspirador”. Fue una lección distinta a la que le había dado Miller, pero apuntaba en la misma dirección: saber lo que quieres y no detenerte hasta conseguirlo. 

Taylor-Joy vive, técnicamente, entre Londres y Los Ángeles, aunque la parte de Los Ángeles le costó. Durante años decía que, si algún día afirmaba que le gustaba L.A., algo habría salido terriblemente mal y que la “llevaran afuera y la mataran”. Todavía no sabe conducir. 

Vestido y abrigo Datt Official; joyas Tiffany &Co. Fotografía por Myles Hendrik.

Pero ha cambiado de opinión, como suele ocurrir con quienes se mudan a algún lugar por amor: primero a regañadientes, luego por completo. Llegó aquí por Malcolm McRae, su esposo, un músico cuya banda, Searcher, tiene su base en esta ciudad. 

Taylor-Joy tiene una teoría al respecto. “Nueva York es una gran primera cita”, dice. “Nueva York te saca, te muestra todo lo que tiene para ofrecer. L.A. te hace esperarlo. L.A. es como: ‘Me llevarás a cenar muchas más veces antes de que siquiera te muestre que tengo sentido del humor’”. 

Luego está el viaje a la tierra de Tolkien, con Taylor-Joy recientemente elegida para interpretar a un nuevo personaje elfo en The Hunt for Gollum, de Andy Serkis. Dice sentirse “conmovida y transportada por las películas originales”, de Peter Jackson, y que no puede esperar a “viajar a la Tierra Media. Ser un elfo, en este mundo, es un sueño hecho realidad”. En cuanto a los persistentes rumores sobre un biopic de Joni Mitchell, no confirma ni desmiente nada. 

Uno recuerda las horas que la joven Taylor-Joy pasó buscando en Google cómo se convertía la gente en actriz: “Estar en el lugar correcto, en el momento adecuado”. Años después, resulta casi imposible imaginarla aceptando un papel tan pasivo en su propia historia. Es una mujer que pasó seis meses discutiendo con George Miller sobre el destino de un personaje; que siguió llamando a sus agentes, desde el desierto australiano, para insistir en que Duna no había terminado, a pesar de que todos los demás ya habían tirado la toalla; que entiende la producción no como un ascenso, sino como un permiso para involucrarse antes, incluso, de que empiecen a rodar las cámaras. 

Puede que la descubrieran por casualidad. Lo que siguió fue, en gran medida, una negativa a dejar nada en manos de la suerte.

SETH ABRAMOVITCH

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