En April, su segunda película luego de Beginning (2020), la georgiana Dea Kulumbegashvili confirma una mirada única y poderosa. Ya no cita directamente a sus referentes (David Lynch, Apichatpong Weerasethakul) sino que más bien los disuelve y los transforma en una voz propia que se expresa desde el silencio, la distancia, el extrañamiento y la tensión. La historia de una médica acusada de negligencia funciona como excusa narrativa. Lo que realmente se despliega es el retrato de una mujer empujada al margen, atrapada en una sociedad que la juzga con brutalidad apenas disimulada y que la castiga por no ajustarse a los mandatos de género, maternidad y obediencia.
Nina, interpretada con una intensidad contenida por Ia Sukhitashvili, trabaja como obstetra en un hospital público pero también recorre aldeas remotas ofreciendo anticonceptivos y realizando abortos en condiciones precarias. Su figura es a la vez salvadora y transgresora. Su presencia molesta, incomoda y desordena. La muerte de un bebé durante un parto desata una investigación institucional. Pero nadie investiga solo un procedimiento médico. Lo que se pone en cuestión es su libertad de actuar, de elegir, de existir por fuera del guion que la sociedad espera de ella.
Kulumbegashvili filma todo esto sin dramatismo y sin explicaciones. La cámara se mantiene fija durante largos minutos. Observa a distancia. No interpreta ni interviene. Deja que la incomodidad crezca sola. Las escenas se sostienen más allá del punto habitual de corte, como si nos forzaran a quedarnos en lo que normalmente evitamos. La directora rehúye cualquier gesto de alivio narrativo. No hay música para suavizar. No hay diálogos para subrayar. Lo que hay es espera, peso y densidad.
Los encuentros sexuales de Nina con desconocidos son filmados sin erotismo ni violencia explícita pero con una intensidad perturbadora. No se explican. No se justifican. Forman parte de una pulsión más profunda. Su cuerpo es el espacio donde se inscriben años de represión y trauma. Cada gesto está cargado de una historia que se intuye pero que nunca se verbaliza. Cada silencio parece esconder algo que no puede ser dicho sin romperlo todo.
En medio de este realismo seco aparecen escenas que rozan lo fantástico. Una figura deforme y silenciosa atraviesan la pantalla sin contexto ni explicación. Un cuerpo extraño se mueve en la penumbra. Una criatura parece surgir del agua. Estas visiones no rompen el tono sino que lo amplifican. Funcionan como materialización simbólica de la culpa, el deseo y la imposibilidad. No se trata de sueños ni de alucinaciones. Son imágenes puras que desbordan el marco de lo real para hablar de lo que la realidad no puede contener. Piensen en April como el equivalente femenino de Eraserhead.
El hospital donde trabaja Nina aparenta ser moderno y eficiente pero funciona como un microcosmos de la opresión estructural. La tecnología y los protocolos conviven con prácticas ancestrales de control y castigo. El juicio contra Nina se disfraza de procedimiento técnico pero es un juicio moral. Quieren medir su ética sin cuestionar el sistema que la empujó a actuar como lo hizo. No se trata de una médica que cometió un error. Se trata de una mujer que desobedeció.
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La fotografía, a cargo de Arseni Khachaturan, encierra a los personajes en cuadros estrechos y opresivos. El formato cuadrado recorta el aire. La oscuridad domina. La naturaleza aparece como amenaza más que como refugio. Todo contribuye a crear una sensación de encierro emocional y físico. Incluso las escenas más hermosas están atravesadas por una melancolía áspera. Un auto atascado en el barro, una flor roja entre el pasto seco, una madrugada que no ofrece descanso.
April no busca conmover ni generar empatía inmediata. Es una película violenta, sofocante y explícita que incomoda, que exige atención y que se resiste a ser comprendida del todo. Su frialdad es una forma de honestidad y su lentitud es una manera de mirar lo que no se quiere ver. El aborto, el deseo, el trauma y la violencia no se abordan como temas sino como presencias. Están ahí, impregnando cada plano, cada respiración y cada gesto.
Nina no se redime, no se salva y no se transforma. Y esa elección narrativa es profundamente política. En un cine acostumbrado a ofrecer evolución, cambio o final cerrado, esta película propone la permanencia del conflicto, lo insoportable como estado permanente y la resistencia como forma de vida. Lo que queda al final no es una lección ni una moraleja sino una sensación difícil de borrar. Una herida abierta que sigue latiendo mucho después de que la pantalla se apague.