Simón Mesa Soto: “Un Poeta nace del miedo a renunciar al cine”

El cineasta colombiano habla sobre los orígenes íntimos, los dilemas creativos y las contradicciones sociales que dan forma a su película Un Poeta.

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

septiembre 15, 2025

12:06 pm

Getty Images

Desde que ganó la Palma de Oro en Cannes en 2014 por su cortometraje Leidi, Simón Mesa Soto ha sido uno de los nombres más potentes del cine colombiano contemporáneo. Su carrera ha sido coherente, crítica y profundamente personal. Con Amparo (2021), su primer largometraje, narró la lucha silenciosa de una madre en el Medellín de los años 90. Ahora, con Un Poeta, da un giro hacia la comedia amarga y se instala en un terreno más incómodo: la autorreflexión.

Un Poeta no solo le valió el Premio del Jurado en la sección Un Certain Regard de Cannes 2025, sino que ha sido reconocida en Lima, Múnich, Toronto y otros festivales internacionales. El filme ha sido seleccionado para representar a Colombia en los Premios Óscar 2026 y los Premios Goya 2025. Mesa firma la película como director, guionista y productor, demostrando que, en un país donde hacer cine es una hazaña, también puede ser una forma de generar un verdadero cine independiente.

La historia de Un Poeta es, en apariencia, sencilla. Un escritor venido a menos (interpretado por Ubeimar Rios, docente en la vida real) encuentra una inesperada conexión con una joven aprendiz. Pero en el fondo, la película pone en crisis al artista latinoamericano, atrapado entre la precariedad, la docencia y el deseo de seguir creando sin perderse a sí mismo. Esta entrevista con Mesa Soto, realizada en pleno amanecer, es también una conversación entre espejos: sobre el fracaso, la enseñanza, el ego y el acto de resistir haciendo arte.

Lo primero que yo quería preguntarte, Simón, es que siento que en Un poeta hay cosas que de pronto son muy personales para ti. Quisiera que me contaras sobre el origen del proyecto y cómo nace esta historia.

Yo creo que hay dos fases. Una es ese universo de los poetas, que siempre me ha parecido particular. Desde hace años asistía a lecturas, festivales, conocí varios poetas muy peculiares, sobre todo en Bogotá, cuando viví allá en 2015. Había algo en ellos que parecía cinematográfico, como si fueran personajes de una mumblecore argentina o estadounidense, pero en clave colombiana. Y yo pensaba: ¿esa película puede existir acá?

La segunda fase llegó después de Amparo, que fue un proceso durísimo. Fui director, guionista y productor, porque así es el cine independiente en Colombia: nos ponemos la película al hombro. Terminarla en pandemia fue un golpe, y cuando pasó todo eso, me encontré preguntándome si valía la pena seguir. ¿Volver a meterme cinco años en otra película? ¿O mejor dar clases tranquilo y ya?

Ahí fue cuando volví a pensar en esos profesores que tuve en la universidad. Profesores que eran verdaderos poetas, algunos con un talento brutal pero que se fueron apagando, consumidos por la bohemia, por la frustración, por un sistema que no premia ni la constancia ni el riesgo. Pensé: si dejo el cine ahora, ¿me voy a convertir en uno de ellos?

Entonces tomé una decisión: hacer una película con esa sensación de último intento. Y hacerla distinta. Si Amparo era un drama bastante clásico, esta tenía que ser otra cosa: una comedia amarga, con rarezas, con silencios, con cosas mías que no sabía cómo nombrar. Una película que hablara de la frustración, sí, pero también del goce. Porque el cine me obsesiona, pero también puede asfixiar.

En ese sentido, Un Poeta parte de una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el sueño del arte no se cumple, pero seguimos vivos? ¿Cómo seguimos? Yo sentía que necesitaba contar eso antes de rendirme. Y me lancé.

Simon Mesa. Cortesía de Cannes

Estoy viendo algo y es que tal vez Un Poeta —tú me dirás si estoy equivocado— es también una metáfora sobre el cine y sobre nuestro cine. Estamos hablando de estos directores que se aventuran a hacer cine, no pensando en el dinero o la fama, sino en el arte, y que terminan estrellándose, refugiados en la docencia. ¿Qué piensas de eso?

Totalmente. Yo creo que Un Poeta habla del cine sin hablar directamente de él. En mi caso, la historia nace de mis propios dilemas como cineasta, de ese miedo a dejar de hacer cine. Y claro, lo que tú dices es muy cierto: muchos de los que hacemos cine en Colombia terminamos dando clase, no porque queramos, sino porque es la única manera de sobrevivir.

Y hay algo muy fuerte ahí: cuando das clase por necesidad, el arte empieza a perder su lugar. Ves a colegas talentosos que dejaron de hacer películas, que viven del pasado, que muestran el mismo corto en sus clases por veinte años. Yo sentí que si no hacía esta película, podía convertirme en uno de ellos.

Y también están esas dos clases de profesores: los que ven esperanza en las nuevas generaciones, y los que se amargan. Que se resienten. Que ven a un estudiante que los supera y se llenan de rabia. Eso también lo viví, y lo vi muchas veces en la universidad. Lo quise meter en la peli porque es real. Porque ser profesor a veces es hermoso, pero también puede volverse una cárcel. Una donde el arte termina muriendo.

¿Y tú dónde te ubicas ahí? ¿Cómo manejas esa dualidad entre ser cineasta y ser docente?

Depende del semestre (ríe). Hay semestres donde estoy entregado, con toda la energía. Y hay otros en los que me canso, sobre todo cuando estoy metido en un proyecto. Dar clases mientras haces una película es muy duro. Uno siente que no está ni allá ni acá.

Yo empecé a enseñar muy joven, tenía 23 años. Era casi de la edad de mis estudiantes. Ahora tengo casi 40, y ya hay distancia. Las generaciones cambian, la energía cambia. Y uno lo siente. Y uno se empieza a preguntar: ¿sigo siendo vigente? ¿Todavía puedo conectar?

La docencia es muy bella. Te mantiene cerca de los sueños de otros. Pero el cine es lo que me llama de verdad. Lo que me mantiene vivo. Entonces, la enseñanza es una opción, sí, pero mi deseo es vivir del cine. Poder escribir tranquilo, sin pensar en las cuentas, en la pensión, en la EPS. Pero en Colombia eso es casi un lujo.

Veo una especie de triángulo doloroso en tu película. El primero: dedicarse al arte implica un pacto con la precariedad. El segundo: ser profesor implica entrega, pero muchas veces sin reciprocidad. Y el tercero: si eres un profesor maduro, sin carisma juvenil, estás en un campo minado. Lo que antes era un gesto cercano ahora puede malinterpretarse. ¿Qué piensas de eso?

Sí, sí. Ese triángulo está ahí. Y nace de mis propios miedos. Porque esta película, como dijiste antes, soy yo. Soy yo disfrazado de poeta. Todos esos dilemas son míos, y lo increíble es que descubrí que también son de muchas otras personas.

El arte sin dinero es muy cruel. Ser artista en Colombia es vivir al filo, y si no tienes una red, un respaldo económico, una herencia o una familia que te sostenga, estás condenado a malabares eternos. El cine es así: cuesta tiempo, plata y energía emocional. Y muchas veces no da nada a cambio.

Y la docencia, como dices, es también un campo complejo. Hay estudiantes increíbles, otros que no se conectan, y uno siente esa frustración de darlo todo y no ver respuesta. Pero lo más complicado es el tercer punto que mencionas: ser un profesor maduro en tiempos donde todo puede ser leído como sospechoso.

Yo he sentido ese cambio. Empecé a dar clases muy joven, era “el profe parchado”. Ahora me doy cuenta de que ya soy el adulto en la sala. Y hay cosas que antes eran normales —invitar a un estudiante a un café para hablar de cine, por ejemplo— que hoy pueden malinterpretarse. Y eso genera una especie de autocensura, de paranoia. El protagonista vive eso. Es un tipo que no logra leer el mundo nuevo y sigue actuando desde un código que ya no funciona. Por eso incomoda.

Y a la vez, ese profesor también es un hombre que no se da cuenta de lo ridículo que se ha vuelto, ¿no? Se toma muy en serio, se cree aún exitoso, pero está varado emocional y socialmente.

Exacto. Y por eso necesitaba el humor. Porque si no lo abordaba desde el humor, era imposible sostenerlo. Yo me burlo de él, pero también me burlo de mí. Y me río con amor, no con desprecio. Porque en el fondo, todos somos un poco ese poeta: personas que siguen creyendo en algo aunque todo les diga que ya fue, que ya no va a pasar.

Al principio, en los primeros borradores, me reía mucho más de los poetas viejos. Pero después sentí que estaba siendo injusto. No podía solo burlarme de ellos sin burlarme también de los jóvenes, de las nuevas generaciones, de la academia, del cine mismo. Entonces empecé a construir un humor más horizontal, más parejo. Una sátira donde nadie se salva, pero todos pueden reírse si se reconocen.

Un Poeta. Cortesía de Ocúltimo

Tu película provoca una risa incómoda. Es ese tipo de humor que nace del absurdo, de lo que no encaja, pero también de lo que nos refleja. Uno se ríe, pero al mismo tiempo piensa: “Esto no debería darme risa”. ¿Qué lugar tiene el humor en una sociedad tan hipervigilada como la nuestra?

Ese era el reto. Reírse de uno mismo, sin miedo. Vivimos en una sociedad muy implacable con el juicio, donde decir algo fuera de lugar puede cancelarte. Y aunque entiendo el valor de las luchas sociales —porque son necesarias—, también siento que hay una especie de comportamiento de rebaño, de corrección performativa, donde ya no se sabe si lo que se dice es genuino o simplemente lo que se espera que digas.

Con Un Poeta yo quería liberarme de eso. El humor fue mi escudo. No porque me burlara de las causas sociales, sino porque necesitaba ponerme en el centro del chiste. Me río de mí, del cine, de la academia, de la poesía, de los festivales, de todo ese ecosistema donde a veces nos tomamos demasiado en serio. Y cuando uno se permite reírse de eso, baja la guardia, deja de jugar a ser impecable.

Y hay una crítica fuerte también al sistema cultural: a los festivales, las becas, la internacionalización como fetiche. Se siente que hay algo de eso en la película.

Sí, totalmente. Porque llega un punto donde hacer cine independiente ya no se trata solo de contar lo que quieres, sino de pasar por filtros, laboratorios, formularios, pitchings. Cada vez hay más voces diciéndote qué debería tener tu película para “funcionar”. Y eso desgasta, cansa. Te vas alejando de ti.

Y uno empieza a ceder, aunque no se dé cuenta. Cambia algo en el guion, suaviza un personaje, mete un tema que esté de moda, para asegurar el fondo, la coproducción, la entrada al festival. Al final, es capitalismo cultural: estás vendiendo tu película antes de hacerla, vendiéndola como “diversa”, “latinoamericana”, “socialmente relevante”. Pero ¿cuánto de eso es lo que tú realmente querías decir?

Eso me tenía en crisis. Por eso Un Poeta fue mi forma de romper con eso. De volver a hacer algo que me saliera de las tripas, aunque no supiera cómo venderlo. Algo que quizás no le guste a todo el mundo, pero que sea mío. Por eso el personaje se vuelve, de cierta manera, un verdadero poeta: porque es fiel a sí mismo, aunque eso lo condene a la marginalidad.

También te puede interesar: Crítica: Un poeta – Hollywood Reporter

Ahí es donde el protagonista se convierte en un verdadero poeta. Al comienzo lo juzgamos, lo despreciamos incluso, pero al final aparece una luz. Hay compromiso, hay valentía. Ya no se trata de reconocimiento ni éxito. Se trata de sostener una convicción.

Sí. Y en el fondo es también mi manera de ver el arte ahora. Yo pasé muchos años muy obsesionado con la idea de “hacer cine” como una especie de deber sagrado. Y claro, eso te lleva al sufrimiento, al sacrificio constante. Uno entra en esa narrativa del “artista maldito” casi sin querer.

Pero con esta película quise romper con eso. Entender que el arte también puede ser un lugar de bienestar. Que hacer cine no tiene que ser una tortura para que valga la pena. Por eso el final del personaje es un poco eso: una búsqueda de paz. No la paz como resignación, sino como entendimiento. Como aceptar lo que uno es y lo que uno tiene.

Hay una línea que dice Yurlady —la chica joven de la película— que a mí me marcó: “A mí no me interesa ser poeta. Yo solo quiero vivir tranquila.” Y eso condensa todo. Porque también es válido. Porque no todo tiene que ser épico. Porque quizás ese sea el mayor acto de valentía hoy: vivir tranquilo.

Y además, al final, el protagonista escribe. Por fin. Después de toda la película hablando de poesía, citando, enseñando, evaluando… al final es cuando realmente produce algo suyo. Y eso, irónicamente, llega sin ruido, sin público.

Exactamente. Y fue una decisión consciente: no mostrar poemas suyos en toda la película hasta el final. Porque para mí ese momento tenía que sentirse verdadero. Como si recién ahí, después de todo lo que pasó, él pudiera escribir algo propio. Algo honesto. Aunque sea un poemita.

Esa fue mi forma de decir que el arte no nace del sufrimiento como fetiche, sino de atravesar ese sufrimiento y encontrar algo más. El poema final es su liberación. No es grandioso, no lo lleva al estrellato, pero es suyo. Y eso, para mí, vale más que cualquier premio o reconocimiento.

Tu película también es una reflexión sobre la melancolía. Esa melancolía que uno tiene a los veinte, que parece profunda, pero con los años te das cuenta de que era apenas una pose. Después llegan las crisis de verdad, y ahí entiendes que no puedes vivir en ese lugar oscuro.

Total. Yo era ese joven que escuchaba música triste, que se creía “profundo” porque estaba deprimido. Pensaba que esa tristeza me hacía más artista. Pero con el tiempo te das cuenta de que la depresión real no es estética, no es romántica. Es peligrosa.

Y ya no me puedo dar el lujo de romantizarla. Porque si me dejo llevar por esa oscuridad, sí me puedo romper de verdad. Por eso, para mí, el proceso de escribir esta película fue también un acto de salud mental. De buscar una manera de crear sin destruirme.

Lo que quería con Un Poeta era eso: que el personaje encontrara un poco de paz. No necesariamente éxito, ni redención, ni fama. Paz. Y que pudiera ser un buen padre, un mejor ser humano, alguien que reconoce sus frustraciones, sus rabias, pero que no se deja arrastrar por ellas.

Sí. Es una película sobre alguien que, sin buscarlo, encuentra algo más importante que la gloria: la calma.

Eso. La calma. Que también es una opción de vida. Y que muchas veces no se valora porque estamos demasiado enfocados en lograr cosas, en demostrar, en sostener una imagen. Yo ya no quiero sostener ninguna imagen. Quiero escribir, vivir tranquilo y, si se puede, hacer películas sin perderme en el camino.

Simón, muchas gracias. Por la película, por la conversación, y por madrugar un sábado.

Gracias a vos. De verdad. Por las preguntas, por el tiempo y por madrugar también. Un abrazo.

Ya lo dice el viejo y conocido refrán “Al que madruga Dios le ayuda”

¡Pura poesía! (risas)  

También te puede interesar: 

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

SUSCRÍBETE A NUESTRAS EDICIONES

Vive la experiencia completa de The Hollywood Reporter en Español, sin límites y todos los días, en sus versiones impresas y digitales.

MÁS DE HOLLYWOOD REPORTER EN ESPAÑOL

Lo más Popular

newsletter

Suscríbete para nuevas noticias de Hollywood Reporter en Español directo en tu bandeja de entrada

Al proporcionar su información, acepta nuestros Términos de Uso y nuestra Política de Privacidad. Utilizamos proveedores que también pueden procesar su información para prestar nuestros servicios. // Este sitio está protegido por reCAPTCHA Enterprise y se aplican la Política de Privacidad y los Términos de Servicio de Google.

Deberías leer

Síguenos