La casa de los espíritus, publicada en 1982 por Isabel Allende, es un referente directo del realismo mágico en América Latina. En 1993 tuvo una primera adaptación cinematográfica protagonizada por Meryl Streep, pero ayer, 44 años después de su lanzamiento y 33 del estreno de la cinta Prime Video presenta la primera versión en habla hispana de esta historia. La serie reúne a Alfonso Herrera, Nicole Wallace, Fernanda Castillo y Dolores Fonzi, entre otros, quienes se reúnen para volver a contar un relato que, por su origen y contexto, pedía desde hace tiempo una adaptación más cercana a su identidad.
Probablemente si eres parte de los entusiasmados lectores que han crecido con este libro, y que tienen una excelente memoria, puede que de manera inevitable notes detalles en esta serie que no fueron incluidos por la rapidez que requería su narrativa. Ocho capítulos para contar la historia de cuatro generaciones de una familia suena peligroso y apresurado, pero la calidad visual y actoral de esta producción puede que te haga reducir un poco el coraje.
Los primeros tres capítulos de la serie, producida por Eva Longoria y la propia Isabel Allende, muestran desde el inicio una construcción en el cuidado en los detalles impresionante. El primer episodio, “Rosa la bella”, arranca con una introducción que engancha de inmediato al presentar a Alba, interpretada por Rochi Hernández, quien funciona como eje narrativo de la historia. Durante la introducción, la vemos en un momento que remite a los últimos pasajes de su historia familiar, donde regresa a la casa donde creció su abuela Clara y comienza a reconstruir el pasado a través de los diarios que ella escribió durante toda su vida, mientras reflexiona sobre la fragilidad de la memoria, que es la razón principal por la que Clara escribía de manera tan obsesiva en sus cuadernos de anotar la vida.
Después de repasar algunos recuerdos dramáticos de su familia: bodas, paisajes, personas, violencia, dolor; se nos presenta la cortinilla que encabezará la serie. Esta secuencia inicial, acompañada por una canción original escrita por Mon Laferte, es digna de reconocer, porque refuerza la identidad chilena del proyecto. Además, el uso de cartas de tarot en la apertura conecta directamente con el lado esotérico de la historia, subrayando desde el primer momento que este universo está atravesado por lo mágico y lo esotérico.
Es así que volvemos a los primeros años de esta historia, donde miramos a una Clara pequeña practicando sus poderes de clarividencia, intentando mover lo que parece ser un salero, pero terminando por tirar un cuadro que estaba a sus espaldas. Inmediatamente entran sus hermanos haciendo un bullicio, a lo que ella les menciona que solo están logrando desconcentrarla. Su Nana, quien comienza a adornar sus trencitas con unos moños color blanco, le menciona que debe apurarse porque van a salir a misa. Ella en respuesta le contesta que no irá, porque su tío Marcos (a quien la historia describe como “un incorregible historiador que recolectaba conocimientos esotéricos por el mundo”) va a llegar. Su madre le dice que no, que él tío se encuentra en un viaje en un lugar muy lejano, y ella responde que lo sabe, pero que también sabe que él vendrá, por lo que ella quiere estar ahí cuando él llegue.
Clara baja a buscar a su hermana mayor Rosa (Chiara Parravicini), una mujer bellísima que tiene la particularidad de haber nacido con el cabello verde, para preguntarle cuál es la necesidad de asistir a misa, sí su madre dice que pueden hablar con Dios cuando sea. Ella, con su íntima complicidad, le responde que, sinceramente, hay cosas del mundo en general que tampoco entiende, pero que llegó a la conclusión de que algunas simplemente no tienen lógica.
La escena cambia y ahora la familia se encuentra en misa. Clara, aburrida, comienza a ver a su tío Marcos, con quien tiene una especie de conexión fuera de este plano, pues pueden convivir más allá de lo físico. Este le dice que lo especial de su vínculo es que ella no tendrá que esperar a que él viaje por días en un barco, ya que al hacer un chasquido, él puede estar con ella.
Lamentablemente, al regresar a su casa, la Nana les da la terrible noticia de que el famoso tío Marcos estaba de regreso, solo que sin vida. Clara tenía razón, y también su locuaz familiar. Ahora podrían verse más seguido, pero por la peor razón. Dicho suceso marca a la niña y se vuelve en el parteaguas de tragedia que marcaría para siempre a la familia. El inicio de una vida marcada por pérdidas, violencia y magia.
Entre las pertenencias de Marcos venía un pequeño cachorrito, a quien Clara nombra Barrabás, en honor a un bello encuentro interdimensional que habían tenido anteriormente durante la misa, así como un cuaderno que Rosa le entrega, que también se volverá en la prueba física de toda la vida de esta familia.
Minutos más adelante ocurre otro momento relevante de la historia: el primer encuentro de Rosa y, el repudiado por mucha de la comunidad lectora, Esteban Trueba. Rosa, como mencione anteriormente, era una mujer a la que todo el mundo admiraba por su fantasiosa belleza, pero ningún hombre se atrevía a dar un paso más allá de simplemente dejarse cautivar por su dulce presencia. A diferencia de todos ellos, Trueba se acerca a preguntarle su nombre, que ella no le da, pero Clara le grita en respuesta. Aunque no se muestra explícitamente eso, Trueba y Rosa comienzan una relación construida a base de palabras y promesas, que se culminaría cuando Trueba se volviese millonario y pudiera regresar con algo que ofrecerle, para así, ambos poder casarse.
Después la pequeña Clara tiene una revelación nueva, pero está vez de una noticia más explícita y trágica. Parece ser que alguien pronto morirá. Sin importar que todos intentaron calmarla y decirle que nada de eso pasaría, Clara sigue alterada y alerta por su presentimiento. De nuevo, para su mala fortuna, esa persona sería su adorada hermana Rosa, quien fue envenenada con aguardiente durante la celebración por el triunfo electoral de su padre, Severo del Valle, objetivo principal del ataque, quien se postulaba como candidato por el Partido Liberal.
El suceso es dolorosísimo para la pequeña, y para acabar de rematar con el trauma de dos pérdidas relevantes seguidas, la niña presencia como, al hacer la autopsia de Rosa, uno de los médicos forenses abusa sexualmente de su cuerpo sin vida. Esto la lleva a un silencio voluntario, durante aproximadamente unos nueve años.
Por otro lado, Trueba al enterarse queda deshecho, pero decide continuar construyendo su patrimonio. Años más tarde, Trueba regresa a la casa de los Del Valle para pedir la mano de su hija menor, quien tendría por ese entonces unos 19 años, mientras que él tenía 35. Clara, quien ese mismo día por milagro había roto su voto de silencio y ya le había anunciado a sus padres su nueva predicción respecto a su vida legal, acepta y se celebra el matrimonio, pero una tragedia más invade a la familia.
Barrabás, el adorado perro de Clara, es asesinado en su noche de bodas de una manera terriblemente violenta. e bodas. Tragedia, tras tragedia. Para esto Trueba ya había construido un legado en las Tres Marías y tenía bajo su poder a todo un pueblo forzado a obedecerlo. Por supuesto, al venderse a la ahora joven chica, no mencionó el infierno que hacía vivir a las personas que habitaban su localidad. Abusó sexual, malos tratos, de nuevo violencia. Era la forma de gobernar de Trueba, pero eso Clara lo desconocía. Para ella Esteban era un hombre duro, pero bueno. Y sí que era encantador con ella, además de complaciente.
Cabe destacar que Herrera es impresionante en su papel. Su propia personalidad y caracterización ayuda a que, como espectador, le creas ambos papeles. Nicole Wallace también. A pesar de su acento chileno no ser el mejor, es noble y su voz le da una especie de feminidad y dulzura únicas al personaje de Clara.
Otra actuación sorprendente es la de Fernanda Castillo. A ella la hemos visto en papeles fuertes y distintos (Las locuras, por ejemplo) a lo que hace en este proyecto. Su personaje es naturalmente sumiso, y cuando la vez huir para protegerse, ya sea de los sentimientos que tiene por su cuñada, o del miedo que tiene por la maldad de su hermano enojado si se entera, quieres correr a darle un abrazo. Pero, con lo bien que lo hace Herrera, puedes entender la naturalidad de su enojo y hasta llegas a pensar “sí, mejor sálvate”.
Hay escenas que, como lectora del libro, te hace querer aplaudirle a la producción. El libro es crudo, tiene situaciones desgarradores y crueles que daba miedo que se perdieran en este nuevo formato. Ya mencioné el de la muerte de Barrabás, al cual mostraron explícitamente caminar hacia Clara bañado en sangre con un cuchillo clavado en su torso. Otra escena, es cuando los padres de Clara fallecen y ella encuentra la cabeza de su madre en un lugar remoto, para después colocarla como adorno en su habitación. Se aprecia de sobremanera que conserven esos elementos, y que además, los actores puedan manejarlos con la naturalidad que necesita la narrativa de la historia. No por morbo a ver esas escenas (o quizás sí), pero es aplaudible como integran de una manera espectacular a la historia.
En conclusión, la adaptación de La casa de los espíritus logra ser una serie profundamente envolvente y bien construida, incluso cuando el formato limitado la obliga a avanzar con prisa sobre una historia tan amplia. No es que ignore los elementos, más bien varios de ellos no reciben el espacio necesario para desarrollarse con toda su profundidad. Casos como la relación entre Rosa y Esteban dejan esa sensación, al mostrarse de forma más superficial, casi reducida al intercambio de cartas y a una decisión repentina, sin explorar del todo la intensidad o el trasfondo emocional que los une.
Parece que siempre es complicado hacer una adaptación completamente fiel a los libros, es posible que las historias necesiten más de una temporada para que se puedan explorar todos esos elementos que, aunque pequeños, son relevantes para que se viva la historia de forma diferente.
Aun así, la serie mantiene un ritmo que engancha constantemente, con cierres de capítulo que invitan a seguir viendo y una narrativa que se sostiene con muchísima fuerza. Aunque quienes no han leído la historia original podrían perderse elementos importantes de la trama, cosa común de lo que pecan muchas adaptaciones, la calidad general no se ve opacada. La producción, las actuaciones y el cuidado en cada detalle reflejan claramente la esencia de Isabel Allende, dando como resultado una obra hecha con sensibilidad y compromiso.
Además, hay un valor especial en ver paisajes y talento latinoamericano en ella, porque aporta un sentido de identidad y orgullo que enriquece aún más la experiencia. Es, en definitiva, una serie que destaca por sus virtudes y que deja abierta la expectativa por cómo harán para desarrollar los acontecimientos futuros del libro. Será cuestión de ver que más nos tienen preparado durante los siguientes capítulos.