Existe una diferencia abismal entre rendir homenaje a un objeto de la cultura pop y devolverlo a la vida. El DJ, productor y músico neerlandés Tom Holkenborg, conocido como Junkie XL, consiguió lo segundo en 2002, al tomar la relativamente desconocida canción de Elvis Presley de 1968, ‘A Little Less Conversation’, y remezclarla para un comercial de Nike. Al incorporar un ritmo implacable, potenciar guitarras y metales, y darle un pulso funk a la batería, la reinvención electrónica convirtió un tema menor —grabado para una película poco relevante de Presley— en un fenómeno global del siglo XXI, que arrasó en las pistas de baile y alcanzó el número uno en más de veinte países. Hoy, la canción perdura como un clásico infalible.
Cuatro años después de Elvis, su deslumbrante biopic, Baz Luhrmann logró algo similar al acto de magia de Holkenborg con EPiC: Elvis Presley in Concert. El director australiano redobla su devoción por un personaje cuya teatralidad exuberante, emociones desbordadas, movimiento incesante y voraz gusto por el brillo lo convierte en un auténtico espíritu afín. Es como si Luhrmann oficiara una sesión espiritista, convocando a Elvis desde el más allá con una vitalidad cruda y una energía desmesurada, poco comunes, incluso, entre los vivos.
Veredicto final
El Rey ha renacido.
Fecha de estreno: Viernes, 27 de febrero.
Director: Baz Luhrmann
Calificar la película como un documental de archivo o un filme de concierto puede ser exacto, pero resulta, de algún modo, casi reductivo. Es mucho más que eso: es una experiencia teatral trascendente, una celebración electrizante, un deslumbrante asalto visual y sonoro que funcionará como elixir para los devotos de Elvis y una introducción inigualable para quienes nunca han terminado de entender de dónde provenía tanta histeria. El acrónimo que le da título no tiene nada de exagerado. Vea la película en la pantalla más grande posible, con el sistema de sonido multidimensional más potente que encuentre y compruébelo.
Mientras rodaba Elvis, Luhrmann comenzó a rastrear un metraje que, se rumoraba, había sido filmado para las películas de conciertos de los años setenta Elvis: That’s the Way It Is y Elvis on Tour, pero que nunca llegó a utilizarse. En una operación que suena casi a excavación arqueológica, los investigadores hallaron ese tesoro —69 cajas de negativos que suman 59 horas— en bóvedas de Warner Bros., enterradas en minas subterráneas de sal, en el centro de Kansas. A ello se añadió material en Super 8 encontrado en los Archivos de Graceland, previamente visto solo en bootlegs de baja calidad, además de una grabación olvidada en la que Presley habla extensamente sobre su vida y su carrera.
Este último hallazgo, junto con grabaciones ya conocidas, permitió a Luhrmann articular la película como un relato en primera persona; es el propio Elvis quien nos guía por distintos pasajes de su historia personal y su ascenso a la fama, con franqueza, sentido del humor e incluso una humildad inesperada que es bien recibida.
Algunos detractores acusaron a Luhrmann de santificar a su protagonista en Elvis, al no cuestionar a la superestrella por su neutralidad pública frente a los derechos civiles, pese a su reconocida deuda con la influencia de la música afroamericana —en particular el góspel y el R&B— en la construcción de su sonido. Es poco probable que esos críticos salgan de EPiC con una opinión distinta, aunque la selección de imágenes y el montaje calculado de Luhrmann subrayan la férrea mano del “Coronel” Tom Parker en la configuración de la figura que Elvis mostró al mundo.
En defensa de Luhrmann, no es ni el primero ni será el último director en retratar a mitos inmortales de la celebridad como Elvis, Marilyn Monroe, James Dean o Judy Garland como prisioneros, o incluso víctimas, de su propia fama. Además, la película no pretende hacer otra cosa más que celebrar a un artista legendario en pleno dominio de sus facultades.
Aunque su residencia en Las Vegas, en el International Hotel de 1969 a 1976, podría considerarse posterior a ese punto, los posibles efectos del abuso de medicamentos recetados, el aumento de peso o las crisis médicas resultan casi insignificantes en un metraje que alterna conciertos emblemáticos, giras y el estudio de grabación, a menudo, dentro de la misma canción.
Al trabajar con las instalaciones de restauración de imagen y sonido de Peter Jackson en Nueva Zelanda, Luhrmann logra presentar las actuaciones con una definición nítida, colores exuberantes y un sonido cristalino que otorgan a EPiC esa cualidad inmersiva y electrizante de “estar ahí”, propia de grandes películas de concierto como Stop Making Sense, de Jonathan Demme, o American Utopia, de Spike Lee.
En alusión al escándalo que provocaban sus contoneos en el escenario, Presley elude el tema de la supuesta carga sexual. “Algunas personas se preguntan por qué no puedo quedarme quieto mientras canto”, dice. “Lo he intentado y no puedo hacerlo”. Luhrmann no es ajeno al movimiento constante; sus montajes caleidoscópicos parecen brotar de los mismos impulsos, guiados por la música que animaban los pasos de baile del cantante.
Breves recapitulaciones abarcan la reacción conservadora que calificaba al rock ‘n’ roll como causa de la delincuencia juvenil; el ascenso de Elvis como ídolo adolescente en películas convencionales y acarameladas que moldearon su imagen de galán, ya fuera como vaquero, piloto de carreras o un chico playero; el frenesí mediático cuando fue reclutado en 1958 y, posteriormente, asignado a una división del Ejército de Estados Unidos en Alemania Occidental; y su regreso a Hollywood, donde sus intentos por reinventarse como actor serio fracasaron.
En cuanto terminaron sus contratos cinematográficos, Elvis se volcó de nuevo en las presentaciones en vivo, ansioso por reconectar con su público. Luhrmann y el editor Jonathan Redmond entrelazan a lo largo del filme material biográfico en palabras del propio protagonista —sin recurrir a expertos frente a cámara—, pero el foco dominante pasa a ser los conciertos. El director modera su tendencia a montar cada secuencia como si fuera el avance de una película y permite que los números clave se desarrollen con amplitud. Presley aparece como el más generoso de los intérpretes, entregándolo todo en conciertos de una energía absoluta que lo dejan empapado en sudor.
El material de su residencia en Las Vegas resulta especialmente vibrante al mostrar el vínculo entre el ídolo y sus fans, ya sea seduciéndolos con un vibrato aterciopelado, palpitando como un generador turbo, adoptando poses de karate o culminando de manera espectacular con poderosos himnos góspel como ‘How Great Thou Art’. Su interpretación estruendosa de ‘Bridge Over Troubled Water’, de Simon & Garfunkel, dejará a los espectadores sin aliento.
Las jóvenes que gritan son hilarantes, al igual que sus peinados. Un fragmento muy divertido muestra a Elvis dando un dulce beso en la mejilla a una niña al borde del escenario, seguido de lo que parece ser su hermana mayor pegándose a sus labios como un molusco, antes de ser separada por su madre. Una mujer sostiene un cartel que dice “Kiss Me I Quiver” (“Bésame y me estremezco”), que probablemente sonaba menos sugerente en aquellos tiempos más inocentes.
Ver a Elvis interactuar con sus músicos o coquetear con sus coristas refuerza la impresión de que todos en el escenario se están divirtiendo a lo grande. Lo realmente notable es lo espontáneo que se sienten los conciertos, nunca pulidos ni excesivamente ensayados, como si el responsable del espectáculo estuviera deliberadamente manteniendo la acción suelta y viva.
El documental se beneficia al dar menos protagonismo a éxitos masivos y sobreexpuestos como ‘All Shook Up’, ‘Hound Dog’, ‘Jailhouse Rock’ o ‘Heartbreak Hotel’, y favorecer, en cambio, clásicos en vivo como la vibrante ‘Poke Salad Annie’ o ‘Little Sister’, con desvíos hacia ‘Get Back’ y ‘Never Been to Spain’.
Dicho esto, temas canónicos como ‘Suspicious Minds’ y ‘Burning Love’ elevan la emoción, mientras que las baladas románticas ‘Are You Lonesome Tonight’ y ‘I Can’t Stop Loving You’ adoptan un tono más íntimo. ‘Always On My Mind’ añade cierta profundidad emocional a un reconocimiento por lo demás superficial de su esposa, Priscilla Presley, cuya historia de intentar conservar su identidad mientras era sofocada por el aura de adoración hacia su esposo fue contada con tanta delicadeza en la biografía cinematográfica de Sofia Coppola.
Además de las electrizantes secuencias en el escenario, disfruté particularmente de los vistazos al estudio de ensayos, donde gran parte del material para el espectáculo de Las Vegas tomó forma. Con sus súper elegantes gafas de aviador cromadas y una camisa psicodélica iridiscente realmente asombrosa, Elvis transmite la sensación de estar simplemente pasando el rato con amigos mientras interpreta covers de los Beatles como ‘Yesterday’ y ‘Something’.
En general, la moda es espectacular, y ninguna más que los extravagantes enterizos diseñados a medida que se convirtieron en su sello de Las Vegas: con cierres de cordones en el pecho, cuellos napoleónicos, semicapas, pantalones acampanados y enormes cinturones dignos de un campeón de lucha libre, todo ello adornado con gemas, cristales, remaches y flecos.
Una de las cosas más notables de EPiC es que, a pesar de la extravagancia de los trajes, la película nunca se siente kitsch ni congelada en el tiempo. Es un registro vibrante, que hace que se te mueva el pie y tiemble el cuerpo, de un intérprete consumado, y Luhrmann reafirma su amor por él al hacerlo tan intensamente vivo que nunca podría sentirse como una pieza de museo. Para citar a Ed Sullivan, quien famosamente pidió a sus camarógrafos que filmaran a Elvis solo de la cintura para arriba por el bien de la audiencia familiar, es “un espectáculo realmente grande”.