Crítica: House of the Dragon temporada 3: ¿La precuela de Game of Thrones está empezando a tomar buen rumbo?

Rhaenyra, Rhaena, Daemon, Aegon, Aemond y todos los demás nombres imposibles de pronunciar están de regreso mientras la serie vuelve tras dos años de ausencia.

Por DANIEL FIENBERG |

junio 22, 2026

2:47 pm

Emma D'Arcy en la temporada tres de House of the Dragon. HBO

[Advertencia: En algún momento de esta reseña hay muchas probabilidades de que confunda a Rhaenyra con Rhaena y quizá incluso con Rhaenys (QEPD). Voy a equivocarme y mencionar a Aegon cuando en realidad quiera decir Aemond, o posiblemente a Alyn cuando esté hablando de Alys. Si eres de las personas que se ponen solemnes por cosas así, deja de leer ahora mismo y vuelve cuando escriba sobre una serie con entre cinco y diez personajes, todos con nombres como “Bob” o “Kim”.]

El problema con la tercera temporada de House of the Dragon de HBO, que se estrena el 21 de junio, es Andor. O, más bien, el Síndrome Andor. Es una condición que ocurre cuando a la gente le gusta algo hasta que una parte de ese algo resulta ser tan excepcional que algunos deciden que esa parte debería convertirse en el estándar para todo lo demás. ¿Se entiende? The Mandalorian era divertida, buena y muy Star Wars, pero luego llegó Andor y fue como: “¡Santo cielo, esto es lo que Star Wars puede llegar a ser!”. Ese sentimiento se volvió tan dominante que, cuando apareció algo como Skeleton Crew y simplemente era divertida, buena y muy Star Wars, mucha gente reaccionó preguntando: “¿Por qué esto no puede ser Andor?”. 

House of the Dragon

LA CONCLUSIÓN: Los episodios tres y cuatro se sienten distintos, de buena manera.

Fecha de estreno: Domingo 21 de junio, 9:00 p.m. (HBO)
Reparto: Emma D’Arcy, Matt Smith, Olivia Cooke, Steve Toussaint y muchos, muchos más.
Creadores: Ryan Condal y George R.R. Martin.

No todo puede ser Andor y no todo necesita ser Andor. Pero ¿y si Andor simplemente demostró que Andor es justo el tipo de serie que me gusta en este momento?

Cuando se estrenó en enero, nadie dijo que A Knight of the Seven Kingdoms fuera necesariamente todo lo que Game of Thrones y sus innumerables posibles derivados debían ser, pero la amable simplicidad de la serie —seis episodios breves, una historia completamente autocontenida y concluida, sin dragones— resultó enfocada y bien ejecutada.

Eso nunca ha sido el caso de las dos primeras temporadas de House of the Dragon, con su exceso de… todo. Demasiados personajes con apariencias similares, nombres parecidos, versiones igualmente parecidas de la “complejidad” y, sí, demasiados malditos dragones.

House of the Dragon siempre ha sido, al mismo tiempo, demasiado y demasiado poco. La serie ha estado repleta de elementos prometedores y una mitología fascinante, pero con apenas 10 episodios en la primera temporada y ocho en la segunda —además de dos años de espera entre cada tanda de capítulos— nunca ha habido forma de que el impulso narrativo se consolide. La primera temporada dio vueltas sobre sí misma, se puso interesante, desperdició ese impulso con un salto temporal, volvió a insinuar que estaba a punto de ponerse emocionante hacia el final y luego volvió a perder fuerza con la larga pausa entre temporadas. La segunda pasó prácticamente todo su tiempo construyendo expectativas para llegar otra vez al borde de algo realmente interesante y luego… aquí estamos, dos años después.

No sé si se trata de ambición creativa, turbulencia en la industria, preferencias corporativas o una combinación de las tres, pero es una mala manera de contar una historia y una forma aún peor de tratar a la audiencia.

A lo largo de los cuatro episodios enviados a la crítica, la tercera temporada de House of the Dragon es, en muchos sentidos, más de lo mismo. Escenas de brutalidad impactante y momentos de genuina inspiración se colocan justo al lado de secuencias con personajes y situaciones que diluyen el efecto de lo que acabamos de ver. La serie sigue estando demasiado saturada, narrativamente apresurada y, aunque estoy seguro de que los fanáticos más apasionados no estarán de acuerdo, el exceso de dragones y efectos visuales ha empezado a resultar algo anticlimático. Que exista la capacidad tecnológica para crear una batalla con cuatro dragones y miles de barcos generados por computadora no significa necesariamente que no funcionaría mejor con dos dragones y, Dios no lo quiera, algunos efectos prácticos. Pero…

¡Pero!

El tercer episodio de la temporada y, en menor medida, el cuarto, son mis episodios favoritos de House of the Dragon hasta la fecha. ¿Por qué? Porque son más divertidos, más inteligentes y un poco más íntimos en escala, aunque sigan teniendo una duración de entre 56 y 64 minutos y, sí, muchos dragones. No llegan exactamente a ser House of the Dragon haciendo A Knight of the Seven Kingdoms, pero por momentos pude imaginar que las cosas que más me gustaron de esa serie estaban aflorando en esta.

Dejamos la historia justo al borde del conflicto.

Rhaenyra Targaryen (Emma D’Arcy), ahora convencida de que su tío y esposo Daemon (Matt Smith) está de su lado, está lista para reclamar el Trono de Hierro. Cuenta con una flota comandada por Corlys Velaryon (Steve Toussaint), tres nuevos jinetes de dragón de origen bastardo —Ulf (Tom Bennett), Addam (Clinton Liberty) y Hugh (Kieran Bew)— y la promesa de su amiga-enemiga Alicent (Olivia Cooke) de facilitar su llegada a Desembarco del Rey para proteger a su propia familia.

Alicent, sin embargo, no habla en nombre de sus hijos mentalmente inestables. Aegon (Tom Glynn-Carney) está horriblemente quemado e incapacitado por el dolor, pero sigue siendo despiadadamente ambicioso. Aemond (Ewan Mitchell), con un ojo menos pero un dragón más, es completamente psicótico y difícilmente se rendirá por voluntad propia. Además, Tyland Lannister (Jefferson Hall) ha conseguido el apoyo de la flota de la Triarquía después de enfrentarse en una lucha en el barro a Sharako Lohar (Abigail Thorn), la almirante de dicha flota.

Y hay decenas de otros personajes haciendo decenas de otras cosas.

El primer episodio culmina con la Batalla del Gaznate, una importante confrontación naval tan saturada de efectos visuales que en ningún momento llegué a creer que realmente estuviera ocurriendo en el mar. Es artificialmente enorme, artificialmente sangrienta y está llena de dragones haciendo cosas de dragones.

Supongo que está bien.

Ah, y en los primeros episodios también hay muertes. Muertes importantes, grandes muertes, grandes muertes sin demasiado significado. Game of Thrones, especialmente durante sus primeras temporadas, tenía una de las mejores proporciones de muertes realmente impactantes de la historia de la televisión. House of the Dragon ha heredado de su predecesora la disposición a matar a cualquiera en cualquier momento, pero aquí no te importan tanto los personajes. Y eso sigue siendo un problema.

Así que, si lo que buscas es espectáculo sin demasiado trasfondo, quedarás satisfecho.

¿Y qué se puede decir entonces de los episodios tres y cuatro sin arruinar las sorpresas?

Son, al igual que gran parte de A Knight of the Seven Kingdoms y algunas de mis partes favoritas de Game of Thrones, un recordatorio de que en Westeros, como en nuestro mundo actual, las élites luchan por el poder y lo llaman un juego, pero para la gente común apenas hay diferencia. No importa quién termine sentado en el Trono de Hierro: los de abajo siempre salen perjudicados.

El tercer episodio inicia un proceso en el que vemos cómo sería para Rhaenyra gobernar —no diré dónde ni bajo qué circunstancias—, y resulta muy distinto a lo que ella esperaba. O quizá ni siquiera llegó a imaginar cómo sería realmente gobernar. Pasó tantos años convenciéndose de que tenía derecho al trono que surge una pregunta inevitable: ¿alguna vez tuvo un verdadero proyecto de gobierno? ¿Lo tuvo Alicent cuando ejerció el poder? ¿Lo tiene Daemon, incluso después de supuestamente decidir que no perseguiría el trono para sí mismo?

El resultado alcanza por momentos un nivel de absurdo digno de Succession, y D’Arcy, tan consistentemente atormentade a lo largo de la serie, tiene la oportunidad de mostrar facetas de Rhaenyra que jamás se habían insinuado. Puede ser divertida, extraña, impredecible. No hace falta haber leído la obra de George R.R. Martin para saber exactamente hacia dónde se dirige psicológicamente el personaje, pero verla recorrer ese camino resulta genuinamente entretenido. Si a eso se suman las sólidas actuaciones de Smith y Cooke, mis dos integrantes favoritos del elenco en temporadas anteriores, se obtiene una serie que de pronto recuerda que puede ser entretenida sin necesidad de llenar cada plano con dragones.

Los episodios tres y cuatro, que merecían haber sido desarrollados a lo largo de toda una temporada, también tienen algo de The Wire, porque entrelazan crisis presupuestarias y exponen instituciones en decadencia por todo Westeros: fallas burocráticas que surgen porque el reino está gobernado por oligarcas enfrentados entre sí que no podrían preocuparse menos por el 99 % de la población.

Olvídense de House of the Dragon como una historia de origen de los acontecimientos que más tarde se narran en A Song of Ice and Fire. Esta temporada debería ser la historia de origen de un candidato socialista democrático al Trono de Hierro. Martin desearía ser capaz de inventar un nombre como “Zohran Mamdani”. Sin utilizar nunca esas palabras de forma explícita, esta temporada de House of the Dragon evoca temores muy reales sobre la financiación policial, las restricciones a la libertad de expresión y los peligros de los regímenes teocráticos. ¡Y todo eso con dragones! Incluso los propios dragones llegan a sentirse como una institución en decadencia.

D’Arcy nunca ha estado mejor. Smith sigue siendo deliciosamente exagerado. Disfruté pasar más tiempo con Mysaria, interpretada por Sonoya Mizuno, cuyas conspirativas conversaciones en susurros se multiplican esta temporada, aunque jamás entenderé por qué habla con acento francés la mitad del tiempo. Cualquier escena mejora con la presencia de la inquietante Alys de Gayle Rankin, y cuanto más material le dan a Rhaena, interpretada por Phoebe Campbell —a quien vimos por última vez descubriendo un dragón salvaje—, más fascinante y atormentado se vuelve el personaje.

La nueva temporada también incorpora varios rostros nuevos, porque claramente lo que esta serie necesitaba eran más personajes. Entre ellos, el mejor es James Norton como Ormund Hightower, un aliado de la junta de poder formada por Alicent, Aemond y Aegon, cuyas verdaderas motivaciones solo comienzan a revelarse poco a poco.

En cualquier caso, todo esto se reduce a que me gustó mucho el tercer episodio, disfruté varias partes del cuarto y temo que, por más que me agrade el cambio de rumbo que se produce en gran parte de esos dos capítulos, House of the Dragon sigue teniendo demasiado entre manos y muy poco tiempo para desarrollar todo lo que quiere contar.

Lo que disfruté probablemente sea más una excepción momentánea que una verdadera evolución de la serie, así que no se preocupen si llegan a esos episodios y piensan: “Que A Knight of the Seven Kingdoms haya funcionado no significa necesariamente que en Westeros más pequeño sea mejor.”

DANIEL FIENBERG

SUSCRÍBETE A NUESTRAS EDICIONES

Vive la experiencia completa de The Hollywood Reporter en Español, sin límites y todos los días, en sus versiones impresas y digitales.

MÁS DE HOLLYWOOD REPORTER EN ESPAÑOL

Lo más Popular

newsletter

Suscríbete para nuevas noticias de Hollywood Reporter en Español directo en tu bandeja de entrada

Al proporcionar su información, acepta nuestros Términos de Uso y nuestra Política de Privacidad. Utilizamos proveedores que también pueden procesar su información para prestar nuestros servicios. // Este sitio está protegido por reCAPTCHA Enterprise y se aplican la Política de Privacidad y los Términos de Servicio de Google.

Deberías leer

Síguenos