Mente detrás de una de las películas más importantes y desgarradoras de la historia de Colombia, Victor Gaviria es de los pocos cineastas con la habilidad cinematográfica de retratar las heridas sociales de su país, mediante una herramienta llena de sensibilidad como lo es el cine.
Parte de esto se le puede atribuir a otra de sus profesiones, pues además de ser uno de los directores más importantes de Colombia, también es reconocido por sus honestas poesías que reflejan un notable amor por lo cotidiano. Aunque en sus películas era mucho más directo y explícito al momento de abordar la marginalidad urbana, la exclusión social y la crudeza de la vida callejera; sus escritos son una prueba viva de su capacidad para apreciar su alrededor, y notar situaciones, actividades o emociones que suelen pasar desapercibidos por cualquier otra persona.
Es así que en 1980 conocemos Buscando Tréboles, un cortometraje de apenas 8 minutos que camina por la vida cotidiana de niños ciegos en una escuela de Medellín. Descrito por él mismo como su “primera peliculita”, sirve como parteaguas para conocer los tiernos ojos con los que se caracterizaría más adelante el trabajo de Gaviria, pues no es algo tan simple como una muestra de lo que viven estos niños, si no que él se atreve a conocer su mundo, el cuál es completamente ajeno para el espectador.
Esa creatividad para ver desde un punto de vista completamente distinto, lo que de forma natural se abordaría de otra manera más “fácil” y “obvia”, que conocemos una sensibilidad única que solo se puede ver en sus películas. Y, después de experimentar entre las historias de personajes anónimos, la realidad social colombiana, la cultura popular y las estrategias de supervivencia de los sectores más vulnerables, Gaviria presentó su primer largometraje, Rodrigo D. No Future, en 1990.
Con ella, Gaviria contó la historia de Rodrigo, un joven de los barrios periféricos de Medellín que, junto a sus amigos, encuentra en el punk una forma de resistir frente a la violencia que lo rodea. La cinta permitió que el director llevara a la pantalla una realidad que durante años había permanecido lejos de las representaciones cinematográficas del país, marcando un punto de inflexión en la carrera de Gaviria, gracias a su acercamiento a personajes reales. Ambientada en una Medellín lastimada por la violencia del narcotráfico y la desigualdad social, Rodrigo D. No Future transformó una realidad dolorosa en un documento cinematográfico que trascendió las fronteras de Colombia, recibiendo reconocimientos como el Premio Glauber Rocha en La Habana y la Mano de Bronce a Mejor Película en Nueva York. Además compitió por la Palma de Oro en el prestigioso Festival de Cannes en mayo de 1990, convirtiéndose en la primera película en la historia de Colombia en ingresar a la selección oficial y competir en dicho festival.

Ocho años después volvió al festival para presentar La vendedora de rosas, una obra que regresaba a Cannes para competir nuevamente por el máximo reconocimiento del festival, esta vez junto a figuras como Terry Gilliam, Todd Haynes, Roberto Benigni y Theo Angelopoulos. En la cinta, Gaviria consolidó el uso de actores naturales como una de sus principales herramientas creativas, permitiendo que las experiencias reales de sus protagonistas se integraran a la construcción de la obra. Aunque el premio finalmente fue entregado a La eternidad y un día, de Angelopoulos, la presencia de Gaviria en esta competencia marcó un hecho histórico: se convirtió en el único cineasta colombiano en participar dos veces en la selección oficial por la Palma de Oro.
Basada en la realidad de las niñas, niños y jóvenes que sobreviven en las calles de Medellín, La vendedora de rosas sigue a Mónica, una niña que durante la noche de Navidad busca sobrevivir junto a otros menores que, al igual que ella, han crecido en medio de una ciudad marcada por la pobreza, la violencia y el abandono. Para conseguir algo de dinero, ella y sus amigas recorren las zonas de fiesta vendiendo rosas a las parejas que salen a celebrar. Pero, al verse rebasados por esta realidad, Mónica y sus amigos inhalan pegamento para poder evadirla.

Su retrato impactante retrato de la infancia atravesada por la pobreza, la violencia y el abandono logró permanecer en la memoria colectiva colombiana, hasta el punto de que sus personajes y diálogos se transformaron en parte de la cultura popular del país. La interpretación de Lady Tabares como protagonista, quien compartía una historia cercana a la realidad representada, se convirtió en uno de los símbolos más recordados de la película.
Entre sus demás trabajos se encuentra Sumas y restas (2004), película que continuó ampliando la presencia de Gaviria dentro del cine colombiano y que fue seleccionada en la sección oficial del Festival de San Sebastián. Gracias a esta cinta, también alcanzó nuevos reconocimientos nacionales e internacionales, recibiendo el premio a Mejor Director en el Festival Internacional de Cine de Cartagena y el reconocimiento a Mejor Película Iberoamericana en los Premios Ariel.
Posteriormente, con La marcha continua (2013) y La mujer del animal (2017), Gaviria continuó desarrollando una filmografía cercana a las realidades sociales de Colombia. Esta última obra le otorgó nuevamente reconocimiento internacional al recibir el premio a Mejor Director en el Festival de Cine de Málaga y en el Festival Internacional de Cine de La Habana, además del Premio del Público en el Colombian Film Festival de Nueva York.

Víctor Gaviria ocupa un lugar único dentro del cine colombiano porque logró convertir una realidad compleja y muchas veces incomprendida en una obra cinematográfica con una identidad propia. Su importancia no permanece en haber ganado premios o haber sido reconocido internacionalmente, si no en ser la voz de los más marginados y cambiar la manera en que esas historias podían ser contadas. Gaviria decidió acercarse a sus personajes y tomarse el tiempo de escuchar su lenguaje, entender sus códigos y reconocer la humanidad detrás de aquello que era catalogado como violencia, sin ver sus matices ni profundidad.
Logró demostrar que los personajes no existen como simples representaciones de un problema social, sino como personas con una historia, una forma de hablar, de pensar y de entender el mundo. Esa capacidad de observar lo que otros prefieren no mirar es precisamente lo que convirtió su obra en algo tan importante, porque fue más allá de solo construir una imagen cómoda del país, sin tener que marcarla como una realidad condenada a la desesperanza. Por eso sus películas también funcionan como una memoria histórica de Colombia. Más allá de los conflictos específicos que retrata, su obra conserva una manera de hablar, de relacionarse y de habitar ciertos espacios que forman parte de la identidad del país. Las calles de Medellín, los jóvenes de las comunas y las personas que aparecen en sus películas no son solamente personajes de una historia; son testimonios de una época que, sin su mirada, probablemente habría quedado reducida a cifras, noticias o versiones de boca en boca.
Sus películas conservaron formas de hablar, espacios y experiencias que difícilmente habrían quedado documentadas de otra manera. Gracias a él, la Medellín de Rodrigo D. No Future, la infancia abandonada de La vendedora de rosas o las consecuencias del narcotráfico en Sumas y restas quedaron inmortalizadas como recuerdo de un país que atravesaba profundas y dolorosas transformaciones sociales.
Esa permanencia también existe porque Gaviria mantuvo una coherencia poco común dentro del cine. Durante décadas continuó acercándose a los mismos territorios humanos, incluso cuando esas historias no eran las más fáciles de financiar o las más cómodas para el público. Nunca abandonó la búsqueda que inició con sus primeros trabajos y, en esa insistencia, actualmente encontramos una forma de entender la historia de Colombia. Por eso, más que un director que retrata la marginalidad, Gaviria se convirtió en un artista capaz de revelar la complejidad social de un país entero.