Vista en una época en la que buena parte del cine infantil confunde movimiento con aventura, ruido con emoción y sarcasmo con inteligencia, Mi vecino Totoro parece provenir de otro planeta. Uno donde todavía es posible detenerse a contemplar la lluvia, escuchar el rumor de los árboles o maravillarse ante una semilla que comienza a crecer. No existe en ella la prisa por mantener cautivos a los niños ni la ansiedad por entretener también a los adultos mediante chistes cómplices. Hayao Miyazaki confía en algo más elemental y, por eso mismo, más extraordinario: que observar el mundo con atención puede ser una aventura.
Satsuki y Mei se mudan con su padre a una vieja casa de campo para permanecer cerca del hospital donde su madre se recupera de una enfermedad. La casa cruje, algunas columnas amenazan con derrumbarse y pequeñas criaturas negras se esconden en sus rincones. Sin embargo, Miyazaki no convierte el lugar en una mansión embrujada ni utiliza sus misterios como antesala de una amenaza. Las motas de hollín se marchan cuando la vivienda vuelve a llenarse de risas. En esta película, incluso los fantasmas parecen comprender que una familia necesita tiempo para instalarse.
La aparición de Totoro tampoco responde a las reglas convencionales del relato fantástico. Mei sigue a unas criaturas diminutas, atraviesa un túnel vegetal y cae sobre el vientre de un enorme ser que duerme en el bosque. No hay persecución, explicación ni profecía. La niña se acomoda sobre aquella barriga como si acabara de encontrar el lugar más seguro del universo. Totoro no viene a encomendarle una misión ni a advertirle que el destino del mundo depende de ella. Simplemente existe. Respira, ruge, duerme y permite que la naturaleza adquiera una forma que la infancia pueda abrazar.
La extraordinaria sencillez de la película oculta una emoción más profunda. Satsuki y Mei viven bajo la sombra de una pregunta que los adultos no pueden responderles: ¿su madre regresará a casa? Nadie pronuncia el temor a la muerte, pero este habita en las pausas, en las llamadas desde el hospital y en la desesperación que estalla cuando una visita debe posponerse. Totoro surge en ese territorio incierto entre la realidad y el deseo, no como una negación del dolor, sino como una figura capaz de hacerlo soportable.
Miyazaki jamás confirma si las criaturas son reales. Tampoco necesita hacerlo. Para Mei y Satsuki lo son, y su padre posee la sabiduría suficiente para no destruir aquello que no puede ver. Cuando las niñas hablan de los espíritus del bosque, él no las acusa de mentir ni se burla de su fantasía. Las acompaña hasta el gran alcanforero y agradece al árbol por haberlas protegido. Su actitud plantea una idea tan sencilla como revolucionaria: los adultos no tienen que comprender la imaginación infantil para respetarla.
En Mi vecino Totoro tampoco existen villanos. El conflicto no surge de una fuerza maligna, sino de la enfermedad, la espera, el cansancio y la incapacidad de una niña pequeña para ordenar sentimientos demasiado grandes. Incluso la discusión entre las hermanas nace del amor que ambas sienten por su madre. Satsuki ha debido asumir responsabilidades que exceden su edad; Mei todavía responde al miedo con rabietas y decisiones impulsivas. Miyazaki observa a las dos sin juzgarlas y consigue que sus movimientos, carreras y silencios posean una verdad que muchas películas de acción real nunca alcanzan.
La animación dibujada a mano encuentra belleza en los acontecimientos mínimos. Una botella en el fondo de un arroyo, el viento sobre los arrozales, un caracol avanzando por un tallo o las gotas que golpean un paraguas poseen tanta importancia como el enorme espíritu del bosque. Miyazaki no utiliza la naturaleza como decoración: la presenta como un organismo vivo, indiferente a las preocupaciones humanas pero dispuesto a recibirlas. El campo no cura mágicamente a la madre ni elimina los temores de las niñas; les ofrece un lenguaje para convivir con aquello que todavía no pueden comprender.
La secuencia de la parada del autobús resume toda la película. Satsuki espera a su padre bajo la lluvia, con Mei dormida sobre la espalda. Totoro aparece a su lado, solemne y silencioso. Ella le entrega un paraguas y la criatura descubre con fascinación el sonido de las gotas sobre la tela. Después salta para provocar una cascada desde los árboles. No sucede nada imprescindible para la trama y, sin embargo, sucede todo: dos mundos se reconocen mediante un pequeño gesto de generosidad.
Más tarde aparece el Gatobús, una criatura imposible con doce patas, asientos de felpa y una sonrisa heredada de Lewis Carroll. Su delirio no rompe la serenidad de la película porque pertenece a la misma lógica emocional: cuando las distancias parecen insuperables, la imaginación encuentra una forma de recorrerlas. No llega para derrotar a nadie, sino para ayudar a Satsuki a encontrar a su hermana. En otras películas sería un vehículo fantástico; aquí es la forma que adopta la esperanza cuando necesita llegar rápidamente.
Joe Hisaishi acompaña este universo con una música luminosa que evoca al maestro Ryuichi Sakamoto y que nunca obliga al espectador a sentir. Sus melodías parecen caminar junto a las niñas, correr cuando ellas corren y detenerse cuando el paisaje reclama silencio. La partitura participa del asombro sin convertirlo en sentimentalismo prefabricado.
Más de tres décadas después de su estreno, Mi vecino Totoro continúa conmoviendo porque no idealiza la infancia: reconoce que también está hecha de miedo, soledad y presentimientos que carecen de nombre. Su optimismo no proviene de ignorar la fragilidad de la vida, sino de afirmar que nadie debería atravesarla sin compañía. Frente a una cultura obsesionada con endurecer a los niños antes de tiempo, Miyazaki les concede el derecho de imaginar.
Totoro se convirtió en el emblema de Studio Ghibli, pero dentro de la película conserva su misterio. Tal vez sea un espíritu, un sueño compartido o la respuesta del bosque al dolor de dos hermanas. Poco importa. Hay criaturas que no necesitan ser explicadas porque existen para recordarnos algo que los adultos olvidamos. Alguna vez el mundo fue inmenso, cada árbol escondía una puerta y hasta la noche podía ser bondadosa.
Veredicto: Una obra maestra de la animación que encuentra en la imaginación infantil un refugio contra el miedo y en la naturaleza una forma secreta de la esperanza.
Título original: Tonari no Totoro
Dirección y guion: Hayao Miyazaki
Producción: Toru Hara
Música: Joe Hisaishi
Fotografía: Hisao Shirai
Montaje: Takeshi Seyama
Dirección artística: Kazuo Oga
Voces originales: Noriko Hidaka, Chika Sakamoto, Shigesato Itoi, Sumi Shimamoto y Hitoshi Takagi
Productora: Studio Ghibli
Distribución original: Toho
País: Japón
Año: 1988
Duración: 86 minutos
Género: Animación / Fantasía / Drama familiar