La primera imagen de este documental es tan enigmática como decisiva: una mujer desnuda se planta frente a una gigantesca estatua de Nelson Mandela en Johannesburgo. La figura monumental del héroe nacional contrasta con el cuerpo vulnerable que la desafía. No es un gesto decorativo. Es una pregunta. ¿Qué queda del símbolo cuando el país que lo celebra sigue atravesado por desigualdades profundas? La escena, inspirada en un acto real ocurrido en 2014, instala desde el inicio la idea central del documental: la liberación política no cancela la memoria ni las estructuras invisibles que permanecen.
Milisuthando Bongela titula su documental con su propio nombre porque entiende que el apartheid no es solo un sistema histórico, sino una herida biográfica. La directora estructura la película como un ensayo personal que regresa a su infancia en Transkei, uno de los llamados homelands o bantustanes creados por el régimen del apartheid. Transkei fue presentado en 1976 como un Estado “independiente” para la población xhosa, pero esa independencia solo era reconocida por el propio gobierno sudafricano (y curiosamente, por Uruguay). En la práctica, era un artificio jurídico destinado para retirar la ciudadanía sudafricana a millones de personas negras y consolidar la segregación racial bajo la fachada de autodeterminación. Era un enclave administrativamente subordinado, económicamente precario y políticamente funcional a la supremacía blanca.
Lo perturbador (y lo honesto), es que la directora recuerda su infancia allí como feliz. La película no niega ese recuerdo sino que lo examina. ¿Cómo se procesa la revelación de que la felicidad personal estuvo alojada dentro de un experimento de ingeniería racial? Cuando su familia abandona Transkei en los años noventa y ella entra en contacto con espacios racialmente integrados, el racismo deja de ser abstracto y se vuelve cotidiano, directo y humillante.
El documental entrelaza archivo familiar, material histórico, discursos políticos y una voz en off poética que no ofrece respuestas, sino dudas y fricciones. Bongela no explica el apartheid como si fuera una clase de historia; lo muestra operando en los detalles: en el lenguaje, las aspiraciones, la identidad y los silencios. Las conversaciones con amigos blancos y colaboradores exponen la persistencia del privilegio heredado y las incomodidades que surgen cuando se habla de responsabilidad histórica sin escudos.
La dimensión familiar añade otra capa. La figura de la abuela encarna la nostalgia por Transkei y el temor a la disolución cultural. La cinta no ridiculiza esa posición sino que la coloca en tensión con la idea de integración. Esa ambivalencia impide que la película se convierta en un relato moral simplificado. El apartheid aparece no solo como un régimen brutal, sino como una estructura que moldeó afectos y convicciones, incluso entre quienes fueron víctimas de él.
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Y aquí aparece un elemento inesperado: Colombia. Aunque la historia es sudafricana, la producción y su estreno nacional en Colombia abren un espejo particular. El documental sugiere que los sistemas de exclusión no son patrimonio exclusivo de un país. Las jerarquías raciales, las desigualdades regionales y las ficciones de progreso también atraviesan sociedades latinoamericanas. Al producirse y exhibirse en Colombia, Milisuthando dialoga con una nación que también ha naturalizado segregaciones (territoriales, económicas y étnicas) bajo discursos de modernización y democracia. La película no establece paralelos forzados, pero la comparación se vuelve inevitable.
El contraste entre el registro digital y la proyección en 35mm refuerza la idea de capas temporales. El presente nítido convive con la fantasía, los sueños y el grano del pasado. La música aporta una textura íntima que acompaña sin invadir. El montaje, a cargo de Hankyeol Lee, privilegia la colisión de imágenes antes que la linealidad didáctica.
Milisuthando no ofrece catarsis. La desnudez frente a Mandela al inicio no encuentra una resolución tranquilizadora al final. Lo que queda es una pregunta persistente: ¿qué significa crecer dentro de una estructura injusta sin saberlo? Y más aún, ¿qué hacemos cuando lo sabemos?
Veredicto: Un ensayo autobiográfico potente que convierte la memoria en herramienta crítica y conecta la herencia del apartheid con debates contemporáneos sobre exclusión y pertenencia.
Título: Milisuthando
Nacionalidad: Colombia, Sudáfrica
Guion y dirección: Milisuthando Bongela
Producción: Marion Isaacs, Milisuthando Bongela
Coproductores: Viso Producciones, Sonia Barrera, Hankyeol Lee, Viviana Gómez Echeverry, Jessica Devaney, Anya Rous, Charlotte Cook, Brenda Robinson
Productores asociados: Lesedi Moche, Hankyeol Lee
Dirección de fotografía: Hankyeol Lee
Cámara: Xoliswa Bongela
Montaje: Hankyeol Lee
Música original: Neo Muyanga, Msaki (Asanda Lusaseni)
Editoras consultoras: Arya Lalloo, Todd Chandler
Asesoría de distribución: Cinetic Media
Apoyo: The Dobkin Family Foundation
Distribución: Danta Cine
Duración: 128 minutos