Directora: Carla Simón
Elenco: Llúcia García, Mitch Robles, Miryam Gallego, Sara Casasnovas, Tristán Ulloa, Alberto García
En el mundo hispano, una romería es una peregrinación, generalmente de carácter religioso, que lleva a los fieles hasta un santuario o lugar sagrado. Pero también es un acto colectivo que mezcla fe, identidad, y memoria cultural. Se peregrina no solo con los pies, sino con la historia a cuestas. Y en ese sentido, el título de esta nueva película de Carla Simón no podría ser más exacto. Romería es una travesía emocional en busca de raíces, reconocimiento y verdad. Pero aquí no hay vírgenes ni milagros, sino preguntas sin respuestas, documentos borrados y una familia decidida a callar.
Marina (Llúcia Garcia), de 18 años, llega en 2004 a Vigo, en la costa atlántica de Galicia, con una cámara digital y un propósito claro: entender quién fue su padre, Alfonso (Fon), muerto por SIDA años atrás. Su madre, ya fallecida también, le dejó un diario y muchas lagunas. El viaje que emprende Marina no es solo geográfico sino existencial. Quiere encontrar documentos que confirmen legalmente la paternidad de Fon, en parte para acceder a una beca de estudios, pero sobre todo para reclamar su identidad frente a una familia que nunca la integró.
Desde el primer encuentro con sus parientes paternos, algo se tuerce. La familia la recibe con una mezcla de cortesía y desconcierto. No es solo su parecido físico con su madre lo que los incomoda. Es el pasado que ella representa. Cada conversación abre nuevas grietas, contradicciones, versiones enfrentadas y verdades a medias. Fon, según su familia, fue víctima de una relación con una mujer “problemática”. Marina, según ellos, es un error que prefieren ignorar. Incluso su nombre está ausente del certificado de defunción de su padre.
Desde Verano 1993, su ópera prima, Carla Simón ha dejado claro que su cine parte de una convicción: lo personal es político, y lo íntimo es terreno de conflicto. En ella, narraba desde la mirada infantil el duelo de una niña tras la muerte de sus padres a causa del VIH, y cómo esa ausencia moldeaba su identidad en silencio. En Alcarràs, abordaba el desarraigo rural y la desaparición del vínculo familiar a partir del desplazamiento de una familia campesina. En ambas, la memoria no es sólo nostalgia. Es una fuerza viva que condiciona el presente.
Romería continúa y profundiza esa línea. Aquí la memoria se convierte directamente en un campo de batalla. No es una evocación pasiva del pasado, sino una lucha abierta por recuperar, confrontar y reescribir una historia que fue manipulada o borrada. Marina, como antes lo fue Frida en Verano 1993, es una hija marcada por lo que otros no quisieron nombrar. Pero mientras Frida apenas empezaba a comprender su pérdida, Marina ya está en la edad de interrogarla. La niña que se adaptaba en silencio ha crecido y ha decidido hablar, cuestionar, grabar.
Simón vuelve a plantear una pregunta central en su obra: ¿quién tiene derecho a contar la historia? En Alcarràs, era el Estado y el capital quienes reescribían el destino de una tierra. En Romería, es la familia privilegiada, poderosa y bien posicionada la que decide qué merece ser recordado y qué debe quedar en las sombras. Marina rompe esa narrativa desde dentro, obligando a los demás a mirarla y, con ella, a mirar lo que negaron.
Estéticamente, Romería se hermana con Verano 1993 en su tono íntimo y su mirada documental, pero da un paso más hacia la fragmentación visual con los recursos de archivo, los registros en video digital y las secuencias de alucinación. Es como si Simón ya no solo quisiera representar la memoria, sino mostrar cómo se rompe, cómo se esconde, cómo se reconstruye desde los restos.
Y, sobre todo, Romería comparte con sus predecesoras un impulso ético que consiste en la necesidad de mirar con verdad lo que incomoda. Ya sea la muerte, el desarraigo o el rechazo, el cine de Carla Simón no se acomoda en la contemplación. Escarba, expone, duele. Y en esa honestidad está su fuerza.
Tráiler: