Diana Sedano: “Juana existe porque tiene una realidad desgarradora que la acompaña”

La actriz mexicana conversó con The Hollywood Reporter en Español sobre los orígenes, las inspiraciones y los retos de protagonizar la ópera prima de Daniel Giménez Cacho

Por KARLA LEÓN |

abril 24, 2026

11:42 am

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El periodismo y la actuación comparten una misma exigencia: el compromiso con la verdad. No resulta extraño que este concepto articule el eje narrativo de Juana, la ópera prima de Daniel Giménez Cacho, protagonizada por Diana Sedano. La historia, desgarradora, frontal y profundamente humana, explora la memoria, la culpa y la búsqueda de justicia en el México contemporáneo.


La actriz mexicana interpreta a Juana, una periodista de 45 años que sobrelleva una vida monótona entre las visitas al asilo donde vive su madre, la medicación diaria para controlar sus ataques de pánico y su trabajo en el archivo del diario Siglo XXI. Durante más de una década, ha perfeccionado el arte de enterrar sus traumas, hasta que la aparición de un hombre la obliga a mirar hacia atrás. 

Juana encuentra su fuerza en un cine que no resuelve, sino que provoca e incomoda. Fragmentos temporales y ecos del pasado nos introducen en temáticas urgentes como la violencia contra las mujeres, la impunidad y el desgaste emocional no solo de alguien que dedica su vida al periodismo, sino también de quien carga con heridas persistentes del pasado. 

La interpretación de Diana Sedano es magistral y, entre claroscuros, revela las capas de un personaje complejo que lucha por recomponerse frente a un sistema que parece jugar en su contra. En entrevista con The Hollywood Reporter en Español, la también directora teatral habla abiertamente sobre los orígenes, las inspiraciones y los retos de dar vida a Juana. 

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¿Cómo llega a ti el papel de Juana? ¿Qué fue lo que más te atrajo de este proyecto?

Juana es un proyecto que Daniel comenzó a articular hace siete años. Siempre tuvo la intención de hacer una película sobre una periodista, pero el guion y el corazón del proyecto eran distintos. El primer acercamiento fue antes de la pandemia y, en algún momento, hicimos una primera lectura del guion en su casa. Después, pensé que ya no se iba a hacer, porque pasó mucho tiempo y sabemos cómo es el asunto del financiamiento en el cine. Finalmente, Daniel y Emma Bertrán, guionista de la película, articularon una historia muy emocionante a partir de lo que fue aquel primer impulso. Esa colaboración nutrió mucho el proyecto. 

Como actriz, cuando vas a los castings —que ese es solo un camino—, es muy difícil. Me estoy relacionando mejor con eso, pero con el factor de los seguidores, la actuación se está llenando de filtros, y el hecho de quedarse o no en los proyectos depende de cosas que, a veces, no tienen nada que ver con la profesión. Afortunadamente, Juana no fue el caso. Daniel me habló porque le interesó mi trabajo. Nos conocimos en el teatro y lo dirigí en ¡Violencia!, una obra de la Compañía Nacional de Teatro con un tono y una locura muy divertidos. 

Lo que me ha alentado mucho en mi carrera es saber que no solo hay una vía para llegar. Volverte creativa en otros terrenos hace que las personas miren tu trabajo. La mayoría de los proyectos que he hecho han surgido porque les gusta lo que hago, y que eso también haya pasado con la película me emociona mucho. Hay una cierta coincidencia de ideas, de maneras de trabajar, de gustos y de cosas en común que nos unió a Daniel y a mí en el trabajo, y que me llevó a estar en Juana

Seguramente, Daniel me hizo un casting sin que yo lo supiera, pero no fue ordinario; más bien, surgió de pláticas, de ver en qué estaba el otro. Ese proceso de elegir a la protagonista de tu película debe ser muy vertiginoso. Recuerdo cuando hice Póstumo, de Lucía Carreras, un proyecto que me gusta mucho, o lo de Pepe Valle; yo sé que me iban a ver al teatro. Se vuelven espías de tu trabajo, pero en vivo, no de manera virtual, y eso es maravilloso. 

Verte en el teatro es un placer y, por supuesto, enfatiza las bases de tu trabajo actoral. Cuando leíste el guion de Juana, ¿cuáles fueron tus primeras impresiones sobre la complejidad y la profundidad de tu personaje?

Lo primero que pensé fue: “es demasiado”. Es demasiado, es demasiado lo que le pasa. Tuve una especie de incredulidad personal y, luego, como actriz, surgió el miedo de saber cómo se actuaba eso. Me pasa más con el cine que con el teatro, pero me angustiaba mucho pensar si todo lo que le ocurre sería verosímil. Después reflexioné y entendí que sí, que lastimosamente estas cosas sí suceden. A partir de esa resistencia, de esa duda constante sobre cómo me iba a adentrar en esta cosa gigante e imposible, detuve la mirada para concentrarme en las cosas más pequeñas. 

Para mí, una pregunta sumamente importante, y que le hice a Daniel, fue: ¿Dónde está el sí de Juana? Porque entiendo todo lo que le cayó encima, pero, ¿por qué se levanta todos los días? Más allá de la inercia de la vida, ¿qué la hace más o menos seguir funcionando? Encontré la respuesta en la relación con su madre. Hay algo ahí que todavía le da sentido a su vida y al mundo. Yo no podía pasarme toda la película llorando y necesitaba entender por qué se seguía levantando, qué es lo que la mantenía aquí y por qué no se había dado un tiro. Eso me hizo encontrar la fuerza del personaje y, después, la razón por la que hicimos una película así.

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El personaje de Juana se mantiene constantemente en un terreno de ansiedad y dolor. ¿Cómo se construye, a nivel emocional y físico, un personaje con todas estas capas y, además, inmerso en un sistema que todo el tiempo le recuerda lo que le duele? 

Para mí, lo más importante fue aceptar que todas y todos tenemos una herida cultural. Es un asunto que va más allá del género. Cuando fuimos a España, hubo una reflexión muy fuerte en torno a lo que mencionas, y entendí que la herida no es únicamente de este país; es decir, hay una herida colectiva frente a un tipo de violencia y de abandono.

A mí me educaron mujeres muy libres, y toda mi vida he vivido así. De repente, hubo un momento en el que me tuve que rendir al personaje y aceptar que todos venimos de ese lugar. Una vez que te conectas humanamente con eso, el camino empieza a ser no más sencillo, pero sí más suave. Lo cierto es que no hubo tanta resistencia de mi parte para entrar en ese lugar. En ocasiones, como actriz, tienes ciertas resistencias y piensas que tú no serías así, que tú harías las cosas de una manera distinta y sí, pero el personaje no. El personaje viene de otro lugar y ahí es cuando hay que ser humilde y bajar la cabeza. 

Afortunadamente, la vida de Juana y la mía son distintas, pero cuando entendí que había una herida en común y un hilo que sí lograba entender, supe que yo tenía que decir algo con eso. Todo ese universo emocional, doloroso y lleno de ansiedad se abrió como una flor. Cuando eso ocurrió, me volví hipersensible y dejé que todo me afectara. 

Juana es una periodista que tiene un entorno y un contexto muy trágicos. Hay un momento, por ejemplo, en el que decide tomar pastillas. Está muy claro que ese adormecimiento le permite funcionar en la vida casi de manera automática; en el momento en el que las deja de tomar, se despierta algo que trae guardado y que tiene que lograr llevar a la acción, pero para eso tiene que aceptarlo, aceptar la pérdida. Es un personaje que perdió mucho. En ese momento, yo también había perdido afectos muy importantes en mi vida. Si bien, no es lo mismo, podía entender lo que implica empezar de nuevo cuando no tienes nada ni a nadie a tu alrededor. 

Me pareció muy interesante una declaración que hiciste en Morelia sobre cómo empleas tu cuerpo como un instrumento para soportar la embestida de la ficción, algo que sucede todo el tiempo en Juana. En ese sentido, ¿cómo fue ser dirigida por Giménez Cacho? Mencionas que, como director, le interesa adentrarse en los límites de la experiencia humana. ¿Recuerdas alguna escena que ejemplifique esto?

Trabajar con Daniel es, probablemente, uno de los regalos más grandes de mi vida profesional, no solo por lo que representa, porque estoy absolutamente consciente del pedazo de actor que es y, sobre todo, de la manera en la que ha trascendido en nuestra industria y en el mundo artístico y cultural, no solo de México, sino del mundo. 

Creo firmemente que la imaginación no es algo que se desarrolla, sino que se libera. El encuentro humano y artístico que se originó a partir de Juana, liberó mi imaginación como actriz y no sabría bien cómo explicar lo que eso significa. Daniel es un director muy provocado, muy juguetón. Él confió mucho en mi trabajo y eso me liberó de la presión de hacerlo bien o mal. Todo fue muy emocionante.

Me parece que hubo dos momentos muy altos en la película. El primero es un grito que da Juana cuando está haciendo la investigación. Daniel llegó ese día al camper y me dijo: “Necesitamos que ella libere, porque está conteniendo”. Era indispensable que soltara, saber cuál era ese momento clave. Después, me explicó: “Tienes que dar un grito”. Él conoce mi gusto por los mitos; es un director que se dedicó a observar y conocer a su actriz para, en el mejor de los sentidos, usar esa información para la película. Recuerdo que agregó: “En ese grito, todas las griegas”. Son personajes que a mí me gustan mucho y él supo que estaba tocando una fibra muy personal. 

Entendí lo que tenía que hacer y Daniel me preguntó qué necesitaba para lograr la escena. Le comenté que no podía hacerla muchas veces y pedí que el set se organizara muy bien para que no hubiera repeticiones por ningún problema técnico. Fue muy riguroso con todo el equipo y, al mismo tiempo, muy respetuoso, porque él sabe lo que implica hacer algo así; sabe que no puede suceder muchas veces y, si no sale y no se captura, se pierde. El set se mantuvo con una temperatura anímica y una concentración particular para que no hubiera ningún problema con la escena.

Nuestra profesión es muy mágica, siempre ofrece nuevas lecturas en pantalla. Un día, cuando estábamos en Estonia viendo la película, entendí que Juana corresponde a ese tipo de personajes, a todas las griegas, a estas heroínas oscuras. Vive un viaje de la heroína, muy puntual, como el de Joseph Campbell: alguien está dormido, despierta, tiene que entrar a un lugar oscuro, tiene desafíos y regresa al mundo con algo. En el caso del periodismo es una verdad, algo que sale a la luz y que sana a la sociedad. A mí no me había quedado claro eso, porque al hacerla fue complicado notarlo, pero al verla y al recordar todo lo que Daniel me dijo, entendí que Juana es tan trágica como una Medea, una Fedra o cualquiera de esas grandes figuras.

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Como espectador, esa escena te rompe. Hablas sobre la verdad del periodismo, un aspecto que se comparte con la actuación. ¿Cómo fue tu preparación con periodistas de Animal Político? Sé que también se acercaron a Marcela Turati.

Marcela se reunió con Daniel y estuvo muy implicada. Yo la conocí después, pero leí San Fernando: última parada y me ayudó a prepararme. De alguna manera, siento que estuvo conmigo. Daniel orquestó los encuentros con las periodistas de Animal Político, porque el nivel de realidad que requería la película era muy alto. A mí me daba miedo solemnizarlas y quería ver cómo se comportan, no tanto a nivel profesional, sino en situaciones tan comunes como tomar un café. El encuentro con Nayeli fue muy interesante; es una mujer muy amable, cálida y generosa. Esa generosidad me llevó a los días en los que realizaban sus juntas editoriales y fue muy emocionante estar ahí, verlas discutir, conocer su sentido del humor y las ligerezas que tienen. 

Adentrarme en este mundo fue importante, pero hubo un momento en el que decidí que tenía que ir hacia otra capa. Creo que una de las virtudes de Juana es que, si bien, está inmersa en todo este contexto social y político de México, y en particular en la labor periodística y lo que eso implica para ella, tiene una capa doméstica y personal que le da cuerpo a todo lo demás. 

También has dirigido piezas escénicas. ¿De alguna manera esto impacta en tu rol como actriz? ¿Influyó en la construcción de Juana? 

Sí, yo creo que todo lo que hago es porque lo que me interesa es la actuación. Todo. Llegué a la dirección porque quería hacer una obra sobre mi papá, que se llama Tornaviaje, un proyecto muy, muy importante para mí. Investigué y desarrollé un sistema de trabajo medio raro, en soledad. Luego entendí que no la podía dirigir sola, que tenía que hablarle a alguien, y ese alguien tenía que ser muy cercano porque iba a trabajar con un material muy sensible. Así que codirigí con dos personas más, y pensé que eso sería algo transitorio.

Pasé por la dirección, pero una vez que llegué ahí comprendí que sí me gustaba. A partir de ese momento, me hablaron para dirigir otra cosa y luego llegó ¡Violencia!, que se convirtió en un terreno de juego muy divertido y expresivo, casi como teatro del absurdo. La expresión que necesitaban las actrices era muy alta, así que me dieron ganas de pedirles todo lo que a mí me gustaría que me pidieran, como enloquecer un montón o acotar y ser muy clara.

En fin, creo que sí, tengo mirada de directora, y no la había visto así, pero esa mirada se desarrolló a partir de mi identidad y mi esencia como actriz; sin embargo, no se vinculan. En la dirección encontré mucho para alimentar la actuación. Me di cuenta de que la actuación no depende nada más de tener a una persona muy talentosa enfrente; se trata de un diálogo entre todos los sistemas de la obra o de la película, de principio con la dirección. Ese diálogo tiene que existir, a veces será tirante, no será perfecto, pero tiene que haber uno, de lo contrario, será muy difícil entender lo que necesita la obra. Ahora lo comprendo mejor. 

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En el caso de Juana, ¿qué descubriste sobre tí misma a la hora de interpretar este papel?

Eso es muy importante, porque sí, yo estaba en un momento muy particular en mi vida. Mi mamá acababa de morir y estaba atravesando una situación emocional muy complicada y desafiante. Concentrarme en Juana me ayudó a entrar en una disciplina que consistió en dormir ocho horas, estudiar las escenas y nutrir un universo interno para sacar adelante los retos de cada día. A mí la ficción me ordena. Yo puedo ser muy caótica, pero la ficción organiza mi mundo interno, mi mente, mi memoria, mis conexiones. Es muy impresionante. 

Juana me disciplinó para sacar adelante cada escena. Gracias a esa exigencia pude descansar, estudiar y comer, es decir, realizar cosas muy simples para aguantar, justo como lo mencionaste hace un momento, la embestida. Hay que estar en equilibrio para ponerse en desequilibrio, de otra forma, es muy difícil regresar. Por otro lado, me devolvió una fortaleza interna y creativa que se había mantenido alejada y, además, me reconectó con el cuerpo.

Tuve un viaje paralelo al de Juana. Al principio está en fragmentos, se observa en los reflejos de un espejo que está roto, y al final la vemos entera. Sigue estando rota por dentro, pero regresa a su cuerpo. La película implicó que me relacionara con Juana, con el guion y con el equipo de trabajo; me demandó regresar a mi cuerpo. Lo que pasa con el dolor es que te desconecta y ya no quieres estar ahí. Es un desafío tan grande que te hace pensar que ya no puedes más. Ese regreso también me permitió poder habitarla y tenía que estar completa para poder aventarme el clavado.

¿Por qué decidieron modificar el final de la historia durante la edición?

El guion siempre es un organismo vivo. Nosotros hablamos mucho de las escenas, sobre todo del final, que es lo que se modificó. En el primer final, Juana se iba como exiliada al extranjero y la veíamos con sus amigas. Se salvaba. Pero la segunda propuesta, que es la que quedó en la película, me encantó. Ese es el final que necesitaba Juana, porque no es el tipo de película que se puede resolver de manera anecdótica, ya que el viaje continúa en los espectadores. Es decir, no sabemos qué pasa con este personaje: ella está esperando, tiene una corona de muerte atrás y aguarda a que venga la embestida de la vida, de sus consecuencias. Es un gran final, y un acierto absolutamente brutal y brillante. Te deja con tantas preguntas: ¿Qué va a pasar? ¿Qué va a pasar contigo, conmigo, con nosotros, con este país, con el mundo, con nuestra casa? Es un cambio que, más allá de la película, es una decisión sensible al mundo.

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Sí, en medio de este caos no podía terminar de otra manera.

Sería muy fácil, el espectador lo tendría muy fácil. Hay personas que se sacan mucho de onda y, entonces, llegan las preguntas. A mí me encanta eso, porque estamos acostumbrados y queremos que la ficción nos resuelva lo que hay que resolver acá, pero ahí es donde el espejo no funciona. ¿Qué va a pasar de este lado?

Juana está sujeta a muchos temas que nos duelen de manera colectiva. ¿Por qué es importante seguir contando estas historias? ¿Qué te motiva como actriz?

Es una pregunta a la que le he dado muchas vueltas. Yo también me lo cuestiono. Cuando estaba en Morelia, viendo la película, pensé: “Qué horror que esto sea verdad y que por eso exista esta película”. Juana existe porque tiene una realidad desgarradora que la acompaña y eso es muy triste, pero al mismo tiempo me parece que somos muy afortunados por tener el cine, o cualquier otro medio artístico, para hablar de estos temas. 

Pero, más allá de la denuncia social, que por supuesto carga, la película tiene otra capa que se desarrolla con la trayectoria del personaje: la empatía. Eso hace que el deseo de Juana por salir del hoyo no nos sea ajeno. Ella está en un lugar tan oscuro que, visualmente, se comparte. Me emociona la idea de que esta empatía pueda ser una fuerza compartida, para que, como espectadores, decidamos preguntarnos qué vamos a hacer y por qué estamos aquí. Eso para mí es súper importante.

¿Te vemos en México 86?

Sí, también. Es un proyecto muy divertido, tiene un tono muy distinto.

KARLA LEÓN

Redactora de Cine y Televisión

Karla León es redactora de cine y televisión en The Hollywood Reporter en Español. Su labor periodística se distingue por entrelazar los procesos creativos, el contexto sociopolítico y el futuro de la industria.

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