Andy Samberg tenía una sola misión clara durante el rodaje de Los Roses, la nueva película dirigida por Jay Roach (Austin Powers) y escrita por Tony McNamara (Poor Things): ser el amigo de Theo. Esa frase, que el actor se repetía cada mañana antes de salir al set, fue su brújula para construir a Barry, un abogado inmobiliario tan cariñoso como despistado, que acompaña a Theo (Benedict Cumberbatch) e Ivy (Olivia Colman) en su aventura americana, sin tener muy en claro qué lugar ocupa realmente en esa amistad.
Samberg, conocido mundialmente por su trabajo en Brooklyn Nine-Nine, con The Lonely Island y su memorable trayectoria en Saturday Night Live, se encuentra aquí con un personaje más sutil, menos estructurado, que navega el desconcierto emocional con una mezcla de candidez, contradicción y ropa de camping con estilo. En esta entrevista (más bien casi un monólogo lleno de observaciones personales, entusiasmo real y admiración por sus colegas), Samberg habla de Barry, de su vínculo con Amy (Kate McKinnon), del tipo de matrimonio que representan, y de cómo fue meterse en una historia que reimagina con inteligencia una comedia negra de los años 80.
¿Quién es Barry?
Barry es el amigo de Theo. Esa fue mi frase de cabecera durante todo el rodaje: “Sólo sé el amigo de Theo”. Es un abogado inmobiliario, no muy brillante, y eso es decir poco, pero absolutamente leal. Tiene buenas intenciones, pero vive medio en la luna. Yo lo veo como uno de esos tipos hiper liberales, que saben qué cosas se supone que deben decir, qué posturas adoptar, qué palabras usar… pero que, en realidad, están más preocupados por parecer conscientes que por serlo. Está en su propio mundo, y eso se nota en todo: en cómo habla, cómo actúa y hasta cómo se viste.
¿Cómo fue construir ese mundo personal de Barry?
Fue muy divertido. Con Jay Roach, el director, hablamos mucho antes del rodaje sobre detalles que no están en el guion, pero que ayudan a definirlo. Por ejemplo, que Barry tiene un equipo de ciclismo carísimo y de alta gama, que nunca usa. Está todo apilado junto a la puerta, como una promesa que nunca se cumple. Vive con esa energía: la de alguien que siempre está por hacer algo, pero se distrae antes de empezar. Lo llamamos estilo glamping chic. Todo su vestuario gira en torno a eso.

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¿Cómo describirías el vínculo entre Barry y Amy?
Son una pareja muy distinta a Theo e Ivy, que tienen una conexión real, casi profunda. Barry y Amy son otra cosa. Son el tipo de pareja que no parece tener demasiadas razones para seguir juntas y, sin embargo, sigue junta. Eso fue algo que me gustó mucho desde el principio. Hay muchas relaciones así en la vida real: donde no importa si hay chispa o conexión emocional, lo importante es que ya están ahí, y deciden seguir. Se vuelven una sociedad, más que una pareja romántica.
Amy quiere abrir la relación, pero Barry no parece entusiasmado. ¿Qué te parece que los diferencia?
Amy está buscando algo más. Tiene una energía explosiva, está constantemente girando en su propia órbita. Y Kate McKinnon lo interpreta de una forma increíble: es encantadora, intensa, impredecible. Barry, en cambio, está… bueno, en su planeta. Yo creo que él no se da cuenta de que a ella le falta algo. No es que se oponga a la idea del matrimonio abierto, es que ni siquiera logra entender de qué se trata. Es pasivo, desconectado emocionalmente. Él cree que está haciendo todo bien, que es el buen tipo que dice las cosas correctas. Pero no está realmente involucrado.
¿Qué pensaste del guion de Tony McNamara cuando lo leíste por primera vez?
Me pareció brillante. Tony tiene una forma muy irónica —y muy precisa— de escribir sobre los estadounidenses, y eso me hace reír muchísimo. Me encantó cómo puso a estos dos británicos, Theo e Ivy, en un entorno rodeado de versiones exageradas de “tropos” americanos, por así decirlo. Es gracioso y, al mismo tiempo, muy inteligente. Eso fue una de las cosas que más me atrajo del proyecto. Otra gran razón fue poder trabajar con Jay Roach. Y también, por supuesto, con Benedict Cumberbatch, Olivia Colman y todo el elenco. Era un equipo increíble.
¿Cómo fue actuar con un elenco tan pesado viniendo del mundo de la comedia?
Fue increíble. De verdad, a veces me costaba mantenerme en personaje porque me quedaba observando cómo actuaban los demás. Estar en una escena escrita por Tony, dirigida por Jay, y con ese elenco… bueno, no quería arruinarla. Al principio estaba un poco intimidado. No voy a mentir: me sentía como el chico nuevo en una mesa de grandes. Pero después, cuando ya estábamos en ritmo, me solté y la pasé muy bien. Fue una experiencia espectacular, y muy formativa también.

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Eres fan de Benedict Cumberbatch. ¿Cómo fue compartir escenas con él?
Una locura, en el buen sentido. Yo le conté que durante los años de Brooklyn Nine-Nine, cada vez que tenía que decir un montón de jerga policial muy rápido, decía: “¡Todos atrás, que voy a cumberbatchear esto!”. Era mi forma de decir: si lo puedo decir a la velocidad de Benedict en Sherlock, entonces está perfecto. Soy fan desde siempre. Y no sólo por lo bueno que es actuando, sino por todo lo que trae: esa voz increíble —en serio, ya empieza cien metros adelante con esa voz—, ese conocimiento, esa curiosidad. Es como sus personajes: tiene una sed de saber insaciable. Además, se nota que ha trabajado muchísimo. No es sólo talento natural, es también dedicación total a lo que hace.
Mencionaste a Jay Roach. ¿Cómo fue trabajar con una leyenda de la comedia como él?
Un sueño hecho realidad. En una de nuestras primeras charlas, Jay empezó a contar una anécdota sobre Austin Powers como si nada, y yo lo paré y le dije: “No, no entiendes… esa película me cambió la vida”. Y él me respondió todo tranquilo: “Ah, qué lindo”. Pero para mí fue algo enorme. Jay hizo seis o siete de las comedias más importantes de todos los tiempos, al menos para mi generación, y lo increíble es que no tiene nada de ego con eso. Es humilde, relajado, y transmite una calma muy contagiosa. Marca el tono del set, y ese tono es siempre alegre y tranquilo. Eso te da libertad para jugar.
¿Cómo se compara Los Roses con La guerra de los Roses de 1989, o con la novela original de Warren Adler?
La novela original no la había leído. Pero sí vi La guerra de los Roses de chico… probablemente demasiado chico para esa película, pero bueno, así eran las cosas en mi casa. Recuerdo que era muy oscura, muy violenta, con esa energía exagerada tan típica de los 80. Lo que hizo Tony McNamara acá fue otra cosa totalmente distinta. Los Roses es una relectura, no un remake. Tiene otro tono, completamente diferente. En lugar de ir por la exageración o lo grotesco, el guion se enfoca en algo mucho más íntimo y específico: en las dinámicas de poder dentro de una relación, en lo que uno sacrifica por estar con otro, en cómo el ego se va muriendo de a poco.
¿Eso fue lo que más te entusiasmó del proyecto?
Sí, totalmente. Desde la primera lectura sentí que Tony había capturado algo real, algo incómodo, pero muy reconocible. Lo que escribió tiene una crudeza emocional que me pareció conmovedora, pero al mismo tiempo mantiene un filo humorístico constante. No busca repetir lo que ya se hizo, sino contar una historia que se siente actual, que podría pasarle a cualquiera. Y esa combinación es muy rara de encontrar.
¿Cómo describirías lo que pasa con la relación de Theo e Ivy cuando la carrera de ella despega justo cuando la de él se derrumba?
Es durísimo. Haber tenido éxito y perderlo de golpe no es algo fácil de digerir, y lo he visto muchas veces en esta industria. También lo viví en carne propia, en una versión más moderada, al principio de mi carrera. Y lo vi en gente muy cercana. Cuando una persona está en pleno ascenso —como lo está el personaje de Olivia en la película—, muchas veces aparece un comportamiento medio egoísta, casi sin querer. Es como que estás probando por primera vez el éxito que siempre quisiste, y en ese momento, te olvidas de todo lo demás. Sientes que tienes derecho a priorizarte.
La forma en que eso está escrito en el guion es muy real. No hay exageración ni dramatismo forzado. Es humano. Y al mismo tiempo, Tony no pierde el tiempo: va directo al núcleo del conflicto. Hay humor, sí, pero nunca es una excusa para esquivar el dolor que hay en el fondo.
¿Qué puede esperar el público de Los Roses?
Creo que van a encontrarse con una mirada muy honesta sobre el matrimonio y las relaciones modernas. Es divertida, ingeniosa, mordaz, pero también realista. Tiene actuaciones sólidas, sobre todo de los protagonistas, (risas) y plantea preguntas que no tienen una única respuesta. Barry, mi personaje, intenta ayudar a Theo e Ivy, porque ve que tienen algo especial y que lo están perdiendo. Pero no encuentra las palabras. No logra intervenir. Y eso también me pareció muy humano: a veces ves que alguien se está equivocando, y no tienes el peso ni la claridad para hacerlo reaccionar. Al final, son ellos quienes tienen que darse cuenta solos.
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