Entre bicicletas, monstruos y duelo: los Duffer cierran el círculo de Stranger Things

A punto de despedirse de Hawkins, los hermanos Duffer hablan del miedo, la nostalgia y la madurez que atraviesan Stranger Things.

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

diciembre 26, 2025

10:00 am

Pamela Hanson

Cuando Stranger Things se estrenó en el verano de 2016, nadie, ni siquiera Netflix, podía anticipar que aquella serie protagonizada por un grupo de niños desconocidos, ambientada en un pueblo ficticio de Indiana y atravesada por referencias al cine de los años 80, terminaría convirtiéndose en uno de los fenómenos culturales más determinantes de la televisión contemporánea. En un panorama dominado por antihéroes adultos, violencia explícita y narrativas cínicas, Stranger Things apostó por algo aparentemente anacrónico: la amistad como refugio, la imaginación como forma de rebeldía y el miedo como parte inseparable del crecimiento.

Creada por los hermanos Matt Duffer y Ross Duffer, la serie combinó ciencia ficción, horror y relato de iniciación con una sensibilidad profundamente emocional. Hawkins no era solo el escenario de experimentos secretos y dimensiones paralelas, sino un microcosmos donde la infancia se enfrentaba por primera vez a la pérdida, la diferencia y el dolor de hacerse mayor. A lo largo de sus temporadas, la historia creció junto a sus personajes, permitiendo que el terror se volviera más psicológico y que los conflictos reflejaran ansiedades cada vez más complejas.

El impacto fue inmediato. Stranger Things lanzó al estrellato a Millie Bobby Brown como Eleven, una niña sometida a experimentos científicos cuya mezcla de poder y fragilidad definió el pulso emocional de la serie; a Finn Wolfhard como Mike Wheeler, líder impulsivo del grupo y punto de anclaje afectivo del relato; a Gaten Matarazzo como Dustin Henderson, cuya inteligencia y humor aportaron ligereza y empatía; a Caleb McLaughlin como Lucas Sinclair, la voz más racional y desconfiada frente a lo desconocido; y a Noah Schnapp como Will Byers, el núcleo más vulnerable del grupo y eje de la mitología sobrenatural. 

A este entramado se incorporó Sadie Sink como Max Mayfield, personaje atravesado por el duelo y la culpa que desplazó la serie hacia zonas más densas de la adolescencia. En el plano juvenil-adulto, Joe Keery (conocido en el ámbito musical como Djo), transformó a Steve Harrington de estereotipo de popularidad en figura protectora inesperada; Natalia Dyer dio forma a Nancy Wheeler, puente entre el drama adolescente y la investigación criminal; Charlie Heaton interpretó a Jonathan Byers, observador silencioso marcado por la pérdida y la responsabilidad temprana; y Maya Hawke aportó una nueva energía con Robin Buckley, personaje que amplió el universo afectivo de la serie desde la ironía, la inteligencia y una identidad asumida sin concesiones. 

En paralelo, la serie devolvió al centro de la conversación a Winona Ryder como Joyce Byers, madre obstinada y vulnerable, y consolidó a David Harbour como Jim Hopper, figura paterna herida que sostuvo la tensión entre autoridad, culpa y cuidado. La música, la estética y la iconografía de la serie trascendieron la pantalla, reactivando canciones, películas y mitologías que marcaron a toda una generación en la década de los ochenta.

A punto de cerrar su recorrido con una quinta y última temporada, Stranger Things se mira a sí misma como una obra que creció con su público y que entendió el terror no como espectáculo aislado, sino como metáfora del tránsito a la adultez. En esta conversación, Matt y Ross Duffer repasan el origen del proyecto, las decisiones creativas fundamentales, la construcción de Hawkins, la evolución de sus personajes y la forma en que la serie se transformó con el paso del tiempo sin perder su núcleo emocional.

Mirando en retrospectiva, ¿qué decisión creativa tomada al inicio consideran crucial para el éxito de la serie?

MATT DUFFER: Tomamos muchas decisiones tempranas que terminaron definiendo lo que la serie es hoy. Si tuviera que señalar algo central, diría que fue el reparto. No es una sola decisión, sino un conjunto de ellas, pero elegir correctamente a los chicos fue absolutamente determinante. Si nos hubiéramos equivocado ahí, la serie se habría derrumbado por completo.

También fue clave la inclusión de Winona Ryder. Hoy puede parecer una elección evidente, pero en ese momento no lo era en absoluto. Y lo mismo con David Harbour, que nunca había encabezado una serie. Además, tomamos decisiones muy rápidas en otros frentes: optamos por no usar una orquesta tradicional y apostamos por compositores de sintetizadores prácticamente desconocidos. Muchas de esas decisiones se tomaron en el lapso de un mes, y transformaron por completo el tono y la identidad de la serie.

ROSS DUFFER: Sí, todo eso ocurrió muy rápido. Y una vez que esas piezas estuvieron en su lugar, la serie tomó forma de una manera que no habríamos podido prever del todo al inicio.

¿Hubo algún personaje infantil que definieran primero, o todos fueron tomando forma al mismo tiempo?

MATT DUFFER: No creo que haya habido uno solo que viniera primero. En muchos sentidos empezamos con Mike, porque funcionaba como una especie de alter ego nuestro, como lo que Ross y yo éramos a esa edad. Pero eso cambió bastante una vez que encontramos a los actores.

Con los niños, lo más importante es que se sientan auténticos. A veces coinciden con lo que escribiste originalmente, pero la mayoría de las veces no. Cuando encontramos a Finn, Gaten, Caleb y Noah, ajustamos los personajes para que se alinearan mejor con quienes eran ellos en realidad. Eso terminó siendo mucho mejor que cualquier cosa que hubiéramos imaginado en el papel.

Eleven es un personaje muy particular. Es como si Michael Ironside en Scanners y Drew Barrymore en Firestarter hubieran tenido una hija. ¿Cómo desarrollaron su personalidad y su arco emocional más allá de sus poderes?

MATT DUFFER: Curiosamente, cuando empezamos a trabajar la historia con más detalle, Eleven no era una niña. Era un hombre adulto, y mucho más aterrador. Todo empezó a encajar cuando decidimos que fuera una chica de la misma edad que los chicos y empezamos a incorporar referencias claras a E.T.

Nos interesaba que fuera una historia de “pez fuera del agua”. Eleven había pasado su vida encerrada en un laboratorio, con muy poco contacto humano más allá del Dr. Brenner. No sabía cómo funcionaba el mundo, ni siquiera cómo hablar correctamente, mucho menos cómo relacionarse con chicos de su edad. Eso hacía que escribir el personaje fuera muy estimulante.

ROSS DUFFER: Y luego apareció Millie Bobby Brown. El papel era extremadamente difícil porque, especialmente en la primera temporada, Eleven casi no tenía diálogo. Todo dependía del rostro, de la mirada. Y eso es precisamente donde muchos actores infantiles fallan: pueden repetir líneas, pero no siempre saben escuchar o reaccionar. Millie tenía eso de manera natural.

Recuerdo que incluso el primer día de rodaje, miembros del equipo técnico se nos acercaban para decirnos: “Wow”. Cuando tienes al equipo técnico comentando una actuación, sabes que hay algo especial. Ella le dio vida a Eleven de una forma que nunca habríamos podido planear del todo.

En este momento estoy pensando en la saga de Harry Potter. A medida que los actores crecieron, ¿cómo influyó eso en la evolución de la serie?

MATT DUFFER: Influyó muchísimo. Al principio fue algo que nos daba miedo, porque nos sentíamos cómodos escribiendo sobre niños pequeños. Pero ese crecimiento nos obligó a replantear la serie temporada tras temporada, tanto en tono como en complejidad.

Terminó siendo algo muy parecido a Harry Potter: la historia se vuelve más oscura, más compleja, y los conflictos se profundizan conforme los personajes crecen. Eso permitió que la serie se sostuviera durante casi una década.

Pienso especialmente en la cuarta temporada, cuando los personajes entran al instituto. Para nosotros, la secundaria fue una de las etapas más difíciles de la vida: presiones sociales, inseguridad, ansiedad, depresión. Todo eso empieza a filtrarse. Por eso esa temporada se acerca tanto al horror puro. El instituto se sentía, literalmente, como una película de terror.

Fotografía: Pamela Hanson, Productor Ejecutivo: Alejandro Ortiz

¿Qué tanto influyeron los actores en la forma final de sus personajes?

MATT DUFFER: Muchísimo. Prácticamente todos los personajes cambiaron a partir de los actores. Ross y yo crecimos queriendo hacer cine, no televisión, pero nos enamoramos del formato porque es algo vivo, que se transforma incluso durante el rodaje.

Un buen ejemplo es Mike. Originalmente era más introvertido y tímido, como Ross y yo a esa edad. Pero Finn habla rápido, habla mucho, es inquieto, y empezamos a incorporar eso al personaje.

Otro caso clave es Steve. Inicialmente era un antagonista sin redención posible. Pero Joe Keery era tan carismático que incluso con las líneas más desagradables lograba que te cayera bien. No podíamos ignorar eso. Terminamos ampliando su arco y convirtiéndolo en un personaje central. Ese tipo de transformaciones ocurrieron constantemente, no solo en los personajes, sino en las historias mismas.

Stranger Things dialoga de forma muy clara con el cine de los años 80. ¿Cuáles fueron las influencias más directas desde el inicio?

MATT DUFFER: Steven Spielberg es la referencia más obvia, sin duda. Y todo lo que tenga que ver con Stephen King. Cuando presentamos la serie por primera vez, la describíamos como si Spielberg hubiera encontrado un libro perdido de Stephen King y lo hubiera adaptado como una historia de largo aliento. Esa era, literalmente, la frase con la que vendíamos el proyecto.

ROSS DUFFER: Ese era el punto de partida. A partir de ahí se sumaron muchas otras influencias: John Carpenter fue enorme para nosotros, tanto en el uso de la música como en la construcción de la atmósfera. Wes Craven también, especialmente en la forma de entender el miedo. Son influencias que fueron apareciendo con el tiempo, pero Spielberg y King siempre estuvieron en el centro.

It fue una referencia clave para ustedes. ¿Qué impacto tuvo el libro y la miniserie en su imaginación?

MATT DUFFER: Fue enorme. Teníamos más o menos la misma edad que los chicos de It cuando vimos la miniserie protagonizada por Tim Curry, y nos aterrorizó por completo. Ya nos daban miedo los payasos antes de Pennywise, pero eso lo llevó a otro nivel.

Lo que más nos marcó fue la identificación con esos niños. Sentíamos que éramos ellos. Lo que estaban viviendo en la pantalla se sentía real, inmersivo, profundamente perturbador. Eso fue lo que nos llevó a leer más a Stephen King.

Y algo que siempre nos gustó de él es que, aunque es conocido por el terror, gran parte de su obra es drama de personajes con elementos oscuros alrededor. Eso fue una influencia directa para nosotros.

ROSS DUFFER: Por eso volvemos siempre a esa idea: un libro perdido de Stephen King adaptado por Steven Spielberg. Ese era el tipo de experiencia que nos habría encantado vivir como espectadores, y tratamos de recrearla lo mejor posible.

Más allá del cine y de Stephen King, ¿qué otras influencias ayudaron a construir la mitología del Upside Down?

MATT DUFFER: Los videojuegos fueron fundamentales. Ross y yo somos muy fans de los videojuegos, y Silent Hill fue una referencia clara para el Upside Down, sobre todo en lo visual: la idea de una ciudad vacía, cubierta por partículas en el aire, con una atmósfera densa y opresiva.

Necesitábamos crear otra dimensión que fuera viable de filmar sin depender por completo de efectos visuales complejos. Eso nos llevó a pensar el Upside Down como una especie de reflejo distorsionado de Hawkins: el mismo espacio, pero corrompido.

En cuanto a las criaturas, Resident Evil fue otra influencia importante. También miramos anime, otros videojuegos, todo lo que hemos consumido durante años como amantes de la cultura pop. Todo eso se filtra de manera natural cuando estás desarrollando una historia.

La serie logra que convivan el horror, la ciencia ficción y el coming of age. ¿Cómo evitar que un género se imponga sobre los otros?

MATT DUFFER: Es una cuerda floja constante. Siempre esperamos haber sido exitosos en ese equilibrio. Para nosotros, la razón principal del éxito de la serie son los personajes y los actores. La gente se conecta con ellos, no con los monstruos.

Eso no significa que no nos gusten los monstruos o el espectáculo. Nos encantan. Pero no pueden dominar el relato. La mitología, la trama y el horror tienen que estar al servicio de los personajes, no al revés.

ROSS DUFFER: Tratamos de que todo esté integrado. Un ejemplo al que volvemos mucho es el episodio “Dear Billy”. Ahí el clímax emocional de Max ocurre al mismo tiempo que el clímax visual y narrativo. Ambas cosas están completamente entrelazadas.

En la temporada cinco buscamos algo similar, especialmente en el episodio cuatro. El crecimiento emocional de Will está directamente conectado con lo que ocurre a nivel de trama y de espectáculo. Ese es el punto ideal para nosotros.

La música se convirtió en todo un fenómeno cultural, especialmente con Kate Bush y Metallica. ¿Cómo surgieron esas elecciones?

MATT DUFFER: En el caso de Kate Bush, todo partió de nuestro gusto por la artista y luego en el personaje de Max. Pensamos en su estado emocional y en qué tipo de música la acompañaría. También hablamos mucho en la sala de guion sobre pacientes en coma y cómo, en algunos casos, la música puede ser una forma de alcanzarlos.

Eso nos llevó a la idea de que una canción podía ser el vínculo con Max dentro de la mente de Vecna. Nunca pensamos en revitalizar una carrera o generar un momento cultural. Partimos siempre del personaje. Que nuevas generaciones conectaran con Kate Bush fue una de las mayores alegrías que hemos tenido haciendo la serie.

ROSS DUFFER: Con Eddie (Joseph Quinn) ocurrió algo similar. Pensamos qué música escucharía él en ese momento, y Master of Puppets surgió de uno de nuestros guionistas, Curtis Gwinn. Ross y yo no somos expertos en metal, pero Curtis sí, y además el personaje estaba inspirado parcialmente en su hermano. A veces las mejores ideas vienen de ahí, de escuchar a las personas correctas.

Varias dinámicas entre personajes parecieron surgir casi por accidente. ¿Hubo alguna que los sorprendiera especialmente mientras escribían la serie?

MATT DUFFER: Sí, completamente. Eso es algo que nos encanta del formato televisivo: es orgánico, está vivo, y te permite descubrir cosas sobre la marcha. Uno de nuestros ejemplos favoritos es la relación entre Steve y Dustin.

Eso surgió casi por necesidad. Estábamos en medio de la escritura de la segunda temporada y nos habíamos metido en un pequeño problema narrativo. Steve estaba solo, no tenía mucho que hacer, y Dustin también estaba aislado. Así que los juntamos simplemente porque no sabíamos qué otra cosa hacer con ellos.

ROSS DUFFER: Y de repente tenían una química increíble. Terminó siendo, para muchos, lo mejor de esa temporada. Esa relación funcionó tan bien que se convirtió en una parte fundamental de la serie en adelante. Fue un accidente muy feliz.

Fotografía: Pamela Hanson, Productor Ejecutivo: Alejandro Ortiz

Da la sensación de que cada temporada tiene un momento épico especialmente potente. ¿Son conscientes de esa estructura al escribir?

MATT DUFFER: Sí, lo somos. Con el paso de los años hemos aprendido a contar historias de esta escala, tan largas y con tantos personajes. Intentamos estructurar cada temporada de una forma muy precisa.

Generalmente buscamos que alrededor del episodio cuatro haya un primer gran punto de inflexión, un momento fuerte que funcione como clímax intermedio. Puede ser “Dear Billy” en la cuarta temporada, la prueba del sauna en “The game” de la tercera, o en la quinta temporada algo similar que cumple esa función.

Después de ese punto, volvemos a construir hacia el final. Hay momentos importantes al cierre de cada episodio, pero reservamos los golpes más grandes para la mitad de la temporada y para el final.

Stranger Things tiene muy pocos jump scares. ¿Prefieren construir la tensión a partir del silencio y el ritmo?

MATT DUFFER: Sí, en parte. Si volvemos a nuestras influencias, tanto Stephen King como Spielberg tienden a privilegiar la anticipación y el suspenso por encima del susto inmediato.

Pero también hay algo muy honesto: Ross y yo no somos particularmente buenos haciendo sobresaltos. Lo intentamos y casi siempre fallamos. No somos James Wan. No somos ese tipo de narradores.

ROSS DUFFER: Y creo que, en ese fracaso, encontramos algo que funcionó. Siempre pensamos que la serie iba a ser más aterradora de lo que terminó siendo. Luego escuchamos que niños de nueve años la veían sin problemas y pensamos: “Bueno, quizá no lo logramos”.

Pero esa limitación nos llevó a otro tipo de miedo, más emocional, más ligado a la atmósfera y a los personajes. Y eso conectó con mucha gente.

¿Hubo tropos de los años 80 que decidieron evitar deliberadamente, a pesar de ser parte de esa época?

MATT DUFFER: Desde el inicio quisimos alejarnos de una versión demasiado brillante y artificial de los años 80. Existe una imagen muy colorida, de neón, casi de postal, que a veces se repite cuando se habla de esa década.

Lo que queríamos era algo más cercano a cómo se sentía realmente vivir ahí. Casas con paneles de madera, electrodomésticos viejos, familias de clase media o media-baja. Muchas cosas aún venían de los años 70 y estaban gastadas.

ROSS DUFFER: Eso fue clave para que el mundo se sintiera creíble. Mucho de ese trabajo se lo debemos a nuestros diseñadores de producción, Chris Trujillo y Jess Royal, que se obsesionaron con cada detalle. La idea era que las personas que crecieron en los 80 pudieran reconocer algo verdadero, no una versión estilizada de Hollywood.

Eso no significa que no haya lugar para el color o la diversión. En la tercera temporada, con el centro comercial, jugamos más con los neones. Pero incluso ahí intentamos que todo se sintiera anclado a algo real.

Pensando en el legado de Stranger Things, ¿qué les gustaría que el público se lleve con el tiempo?

MATT DUFFER: Es difícil saberlo. Uno solo espera que la serie tenga una vida más allá de su emisión. Hemos tenido mucha suerte: han pasado casi diez años y la gente sigue viéndola, sigue descubriéndola. Hay chicos que eran muy pequeños cuando empezó y ahora recién la están viendo.

Lo que más me conmueve es cuando alguien se nos acerca y nos dice que la serie lo ayudó a atravesar un momento difícil de su vida. Eso es lo mejor que nos puede pasar.

Al final del día, Stranger Things es una historia de crecimiento. Trata sobre personas que se sienten diferentes, que son marginadas de algún modo, y que enfrentan cosas muy duras juntas. Si la serie logra acompañar a alguien en ese proceso, eso es lo que me gustaría que se recordara.

Si hoy estuvieran creando Stranger Things por primera vez, ¿qué creen que sería distinto?

MATT DUFFER: Depende de cómo se plantee la pregunta. Si habláramos de hacerla en el presente y ambientarla en el presente, sería extremadamente complicado. Gran parte de la serie funciona porque los chicos pueden desaparecer durante horas y los adultos no saben dónde están. Los walkie-talkies funcionan cuando queremos que funcionen y dejan de funcionar cuando la historia lo necesita.

Con los celulares, el internet y las redes sociales, contar ese tipo de historia sería mucho más difícil. No imposible, pero sí un desafío enorme. Tendríamos que deshacernos de muchas de las herramientas narrativas que hemos usado durante años.

ROSS DUFFER: Yo siento que, sin algún elemento como el viaje en el tiempo, no sería Stranger Things. Podrías hacer una versión ambientada en los 90 o incluso antes de los 80, pero hacerlo después de la llegada de internet cambiaría por completo la naturaleza de la serie. Sería otra cosa.

¿Y si la estuvieran creando hoy, pero nuevamente ambientada en los años 80?

ROSS DUFFER: Es interesante pensarlo, porque cuando empezamos, el contexto televisivo era muy distinto. El streaming apenas estaba comenzando y eso nos abrió muchas posibilidades narrativas que antes no existían. Hoy la televisión ha cambiado muchísimo.

Curiosamente, no hay tantas series que intenten ocupar exactamente ese espacio que ocupó Stranger Things en su momento, en términos de tono y de mezcla de géneros. Pero es difícil imaginar el mismo recorrido, porque el ecosistema es otro.

¿Qué pueden adelantar sobre el futuro del universo Stranger Things?

MATT DUFFER: Estamos en una etapa temprana de desarrollo de un spin-off en acción real. Es una historia con personajes distintos, ambientada en otro lugar, y no involucra directamente al Upside Down. Tiene una mitología nueva, aunque está conectada de manera muy sutil con la serie original.

Es una idea que hemos tenido desde hace años y que por fin estamos empezando a desarrollar con calma. Ahora que estamos cerrando la quinta temporada, esperamos poder avanzar más en eso el próximo año y contar más detalles.

ROSS DUFFER: Además, tenemos una serie animada, Tales of ’85, que se estrenará el próximo año. Es una forma muy divertida de seguir explorando este universo y permitir que personajes como Eleven, Mike, Will, Dustin y Lucas sigan vivos en otro formato. Es un proyecto distinto, pero creemos que puede ser una manera interesante de extender la vida de la historia.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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