El fotógrafo brasileño Sebastião Salgado falleció a sus 81 años, dejando tras de sí un legado visual que transformó la manera de documentar el sufrimiento humano, la dignidad en la adversidad y la belleza del planeta. Su muerte fue anunciada por la Academia de Bellas Artes de Francia, de la que era miembro desde 2016, y por el Instituto Terra, fundado por él y su esposa, Lélia Wanick.
“Con profundo pesar comunicamos el fallecimiento de Sebastião Salgado, nuestro fundador, maestro y eterno inspirador”, publicó el Instituto en un comunicado. La Academia lo describió como un “gran testigo de la condición humana y del estado del planeta”.
Según informó su familia, la causa de su muerte fue una leucemia grave, consecuencia de una forma particular de malaria que contrajo en 2010 durante una expedición en Indonesia. Esta enfermedad comprometió de forma permanente su médula ósea y, con los años, derivó en la leucemia que finalmente le costó la vida.
Nacido el 8 de febrero de 1944 en la localidad rural de Aimorés, en el estado de Minas Gerais, Brasil, Salgado comenzó su carrera profesional como economista. En 1969, durante la dictadura militar brasileña, se exilió en Francia junto a Lélia, con quien tuvo dos hijos. Allí continuó sus estudios, escribió una tesis doctoral en economía y trabajó en la Organización Internacional del Café, desde donde viajó a África. Fue precisamente allí donde descubrió su vocación por la fotografía y, desde entonces, el lente se convirtió en su forma de escribir, de narrar, de denunciar y de preservar.
En 1973 inició su carrera como fotógrafo documental en París, donde se unió a la agencia Magnum Photos en 1979, y dos años después documentó el atentado contra el presidente Ronald Reagan en Washington, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo y le permitieron financiar sus primeros proyectos personales. A partir de entonces, comenzó a colaborar con organizaciones humanitarias como Unicef, Unesco, Reporteros Sin Fronteras y Médicos Sin Fronteras.
Salgado optó casi exclusivamente por la fotografía en blanco y negro, no como una renuncia al color, sino como una manera de abstraer lo superficial y concentrarse en el mensaje de sus imágenes. Su obra se consolidó con la publicación de Otras Américas en 1986, una serie sobre poblaciones rurales e indígenas en América Latina, y con su cobertura de la hambruna en el Sahel.
Entre 1993 y 1999, centró su trabajo en el fenómeno de los desplazamientos forzados a nivel global. Esta experiencia, particularmente traumática, lo llevó a lugares como Ruanda, donde fue testigo directo del genocidio y de las miles de muertes diarias en los campos de refugiados. Salgado quedó profundamente afectado, decidió dejar la fotografía y regresó a Brasil, al terreno familiar devastado por la deforestación. Allí, junto a Lélia, emprendió la restauración ecológica de la región mediante la plantación de millones de árboles. Así nació el Instituto Terra, que logró convertir más de 680 hectáreas en una reserva natural y plantar 2,7 millones de árboles.

A raíz de esta experiencia, Salgado regresó a la fotografía ahora enfocado en hacer un homenaje al planeta. Inició en 2004 el proyecto Génesis, un recorrido de ocho años por paisajes intactos, culturas ancestrales y especies animales en peligro de extinción. Esta obra fue retratada en el documental La sal de la tierra, dirigido por Wim Wenders y su hijo Juliano Ribeiro Salgado, nominado al Óscar al Mejor Documental en 2015. En sus últimos años, dirigió su atención hacia la región amazónica. A partir de 2013, emprendió un trabajo monumental fotografiando a 13 pueblos indígenas, entre ellos los korubos y los suruwahas, quienes aún mantienen formas de vida tradicionales sin estructuras jerárquicas.
Sebastião Salgado dedicó su existencia a documentar tanto el sufrimiento como la resistencia, tanto el daño como la posibilidad de redención. Su lente fue una herramienta de denuncia, de compasión y de memoria. En sus propias palabras, “la fotografía es un lenguaje poderoso para intentar restablecer la relación entre el ser humano y la naturaleza”. Con su muerte, el mundo pierde a uno de sus más lúcidos cronistas visuales. Pero su obra, tejida con grises, sombras y luz, permanece como testimonio insustituible del espíritu humano y de su capacidad para transformar.