En Cosmos, Germinal Roaux convierte la selva yucateca en un territorio de luces y sombras donde el cuerpo humano parece fundirse con la tierra. Rodada en un blanco y negro radical, la película se aleja de cualquier exotismo cromático para proponer una experiencia contemplativa sobre la muerte, el deseo y el amor tardío. Fotógrafo antes que cineasta, Roux ha hecho del blanco y negro no solo una estética sino un idioma. En esta entrevista, el director suizo-mexicano habla sobre su formación, sus influencias, la cosmovisión indígena y la búsqueda de paz frente a la finitud.
En Cosmos usted opta por un blanco y negro radical, que despoja el paisaje de Yucatán de su exuberancia habitual. ¿Qué buscaba revelar al convertir ese entorno en una geografía de luces y sombras donde el cuerpo se funde con la tierra?
Desde siempre he trabajado en blanco y negro. Empecé muy joven, a los 12 o 13 años, con un tío fotógrafo en París que me enseñó a revelar imágenes en el laboratorio. Inmediatamente se convirtió en una pasión. Durante años trabajé como reportero fotográfico en Francia y Suiza, siempre en blanco y negro. Sentía que podía dominar mejor el diálogo entre luz y sombra, y había algo muy poderoso en revelar yo mismo la imagen.
Cuando pasé al cine, primero con cortometrajes, continué en blanco y negro. Poco a poco dejó de ser una elección estética y se convirtió en un lenguaje. Para mí es el idioma ideal para hablar de las grandes preguntas existenciales. El blanco y negro nos saca del tiempo. Tiene una dimensión poética y filosófica.
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Siempre digo que la imagen en blanco y negro no está terminada sin la mirada del espectador. Deja espacio. Y en un mundo tan rápido y caótico, ofrecer ese espacio es importante. El cine puede convertirse en un espejo donde el espectador se encuentre consigo mismo. Eso es lo que intento hacer.

Andrei Tarkovski defendía el cine en blanco y negro como el verdadero cine. Al ver Cosmos pensé también en Tierra, de Aleksandr Dovzhenko, y en las fotografías de Sebastião Salgado. ¿Cuáles son sus referentes?
Como fotógrafo he tenido muchas influencias, pero no podría señalar hoy una sola por encima de las demás. En cine es distinto. Béla Tarr fue muy importante para mí. La productora que produjo mi película anterior también produjo sus películas, así que tuve un vínculo privilegiado con ese entorno.
Aprendí de Tarr la importancia del tiempo. El tiempo como dimensión para que el espectador participe. Mi investigación va por ahí: más que contar historias en tres actos, me interesa crear una experiencia de contemplación. El mundo necesita contemplación. Contemplar la naturaleza, observar al otro por lo que es.
Creo que el arte puede ser útil al mundo si actúa como revelador de nuestra experiencia terrestre. A los 20 años viví una tragedia personal muy fuerte, la muerte me marcó profundamente. Y después, tras viajar mucho por México y trabajar en Yucatán desde 2009, sentí una especie de revelación. Allí encontré la necesidad de estar en paz con la muerte, con mi miedo a la muerte. Cosmos nace de esa búsqueda.

La película dialoga con la cosmovisión indígena, la relación del hombre con la naturaleza y la finitud. Pero también introduce el deseo y la intimidad en una etapa tardía de la vida. ¿Qué lo llevó a explorar ese territorio?
Es siempre muy misterioso. Para un poeta o un cineasta es difícil explicar exactamente de dónde viene la inspiración. Descubro las cosas haciéndolas.
Me di cuenta de que los personajes eran dos partes de mí mismo. Por un lado, un hombre muy intelectual, educado, pero con un miedo profundo a perder todo lo que ha construido cuando llegue la muerte. Y por otro, un ser extremadamente sensible, menos racional pero quizá más sabio en su manera de habitar la tierra.
Yo tengo esos dos lados. Uno angustiado y otro más abierto, más en paz. Trabajar con Andrés Cazain fue un regalo. Él nunca había visto una película en su vida, ni siquiera sabía lo que era el cine. Su presencia fue esencial. De alguna forma, fue el guía espiritual de la película.

En Cosmos, el blanco y negro es luz y sombra, vida y muerte. Y en el centro está el amor. ¿Estamos de acuerdo en que el amor es la respuesta frente a lo efímero?
El amor es todo lo que nos queda.
La vida está llena de disputas, dificultades, búsquedas. Cada uno intenta encontrar su lugar, una profesión, una relación. Pero al final, ¿qué permanece? Ese vínculo profundo con un hijo, con los padres, con la persona amada.
Tal vez eso es lo único que sobrevive a la muerte. El amor está en el corazón de la película. El amor es trascendencia.