Es muy curioso como el cine puede ser humano e inhumano al mismo tiempo. Si bien una historia contada a través de una cámara puede llevar al espectador a mundos ficticios, también es capaz de tocar esas fibras emocionales tan delicadas que despiertan el lado más humano de uno mismo. Luc Besson, aclamado director y activista francés, toma esta idea como base para su filmografía, la cual no tiene como objetivo el dinero, sino la conexión íntima con otros. Ya sea a través de El quinto elemento, El perfecto asesino o de su más reciente largometraje, Drácula: Una historia de amor, el trabajo de Besson parte de la misma idea: crear arte genuino que sea capaz de reflejar cómo es la vida misma.
De cara al estreno de su próxima cinta, el cineasta francés se reunió con The Hollywood Reporter en Español para desentrañar su estilo cinematográfico. Besson nos compartió sus motivaciones y visiones para crear una nueva película, cómo siente que ha evolucionado su idea de la cinematografía a lo largo de su carrera, los elementos en común que tienen gran parte de las cintas que conforman su filmografía y mucho más.
Tus películas usualmente mezclan mundos visualmente sorprendentes con historias íntimamente humanas. ¿Cómo logras balancear el espectáculo con la profundidad emocional sin que una se sobreponga a la otra?
Primero que nada, creo que mi guía principal es la emoción. Si salimos de casa para ir al cine, en la oscuridad, rodeados de desconocidos, es porque queremos olvidarnos un poco de nuestras vidas y para mí la única forma de lograr ese efecto es a través de la emoción. El espectáculo o la risa o el cómo contamos la historia llega alrededor de la emoción. La emoción va primero y para mí no hay nada mejor para transmitir emociones que una historia de amor. Particularmente esta [Drácula: Una historia de amor] porque cuando volví a leer el libro [Drácula de Bram Stoker] me di cuenta de que el protagonista esperó 100 años únicamente para ver a su amada solamente una vez. Es tan romántico que me guió durante todo el largometraje.

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Al igual que Drácula, muchos de los protagonistas de tu filmografía son marginados o inadaptados de cierta forma. ¿Qué te lleva a explorar estos personajes que viven en los márgenes de la sociedad?
Siento que es un poco fantasioso. Tenemos nuestras vidas, tú, yo y todos, la cual está construida por buenos momentos, pero también por obligaciones y cuando vas a ver una película buscas ver la vida de alguien más. Tal vez una vida que podrías tener en un futuro. A mí me encantaría poder ser León (El perfecto asesino), me encantaría ser Nikita y me encantaría ser Drácula, pero también me gustaría ser María, el doctor o el sacerdote.
Hay ciertos directores que son muy buenos hablando del presente y que lo presentan de una forma muy clara y a veces seca, pero yo no sé cómo hacer eso. Soy un soñador y simplemente me gusta inventar vidas nuevas y desarrollarlas.
¿Con esto en mente, qué te hizo conectar específicamente con el personaje de Drácula después de leer el material original?
Fue el romanticismo meramente. Este amor puro que este hombre sentía donde no podía morir y no podía olvidar y su única motivación es poder ver a su esposa una vez más para despedirse. Creo que eso es muy romántico. Siento que hoy estamos envueltos en una sociedad conducida por el cinismo y el dinero y eso vuelve importante el decir, “Hola, recuerda de lo que se trata el amor”.
En tu manera de contar historias vemos constantemente una interacción entre la inocencia y la violencia de alguna manera. ¿Qué es lo que este contraste representa para ti personalmente?
Es el reflejo de la vida. Recuerdo esta experiencia cuando era más joven y estaba con mis amigos jugando billar y nos reíamos sin parar. Luego sonó el teléfono y uno de mis amigos contestó. Allí fue cuando se enteró de que su padre había fallecido. Entonces pasó de la risa a las lágrimas de manera repentina. Así es la vida y por eso siempre intento que mis películas tengan esta especie de reflejo de cómo es la vida. Puede ser dramática o muy cálida, pero de repente comienzas a llorar y un segundo después te empiezas a reír. En Drácula: Una historia de amor, puedes ver lo perdidos que están el doctor y el sacerdote en relación a Drácula y luego eso te hace sonreír.

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¿Esta idea ha estado contigo desde que comenzó tu carrera? ¿Cómo es que ha cambiado tu visión respecto a lo que vuelve a una historia cinematográfica?
Creo que siempre ha estado en una constante evolución. Tenía 19 años cuando hice mi primera película. No tenía ninguna experiencia en cinematografía, pero tampoco tenía ninguna experiencia en la vida como tal. Básicamente, quería hacer pequeñas historias de amor. ¿Cómo podía hablar del amor? Comencé a trabajar en esta sociedad, pero no la conocía realmente, así que creo que solo tienes que dejarte llevar por el tiempo. Claro que mi manera de decir las cosas hoy a mis 65 años es muy diferente, pero aún conservo el amor y la pasión por el cine como objeto. Siempre he considerado que es un pequeño regalo para la gente. Son dos pequeñas horas en las que esperas que se olviden del mundo exterior y se queden contigo desde el “Había una vez…” y a partir de ahí seguir la historia. De cierta manera somos como una aspirina. No va a curar nada realmente, pero a veces te tomas una aspirina y te sientes un poco mejor.
Es un poco extraño porque una película puede ser humana y no serlo al mismo tiempo porque transporta al espectador a nuevos universos.
Totalmente. El otro día estaba hablando de esto. Cuando somos jóvenes y tenemos como unos cuatro años decimos, “Algún día quiero ser un astronauta y caminar en la luna” y todo el mundo se ríe. Y usualmente unos 13 o 14 años después no eres un astronauta, eres un periodista, un cineasta o lo que sea, pero no eres un astronauta, pero recuerdo haber visto a un tipo que caminó en la luna cuando tenía diez años. Estaba en la televisión con millones de personas viendo a este hombre caminar en la luna y ese mismo hombre que estaba caminando en la luna soñó con hacerlo a los cuatro años y cuando lo hizo tuvo a todas las personas alrededor del mundo llorando conmovidas porque caminamos con él en la luna. Estábamos llorando porque él logró cumplir el sueño que tenía. Para mí el impacto de las películas es que todo el mundo sueña con ser tan romántico como Drácula, por ejemplo. Todos soñamos con eso y por dos horas lo somos.

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Tu visión no es lo único que ha cambiado desde que comenzó tu carrera, también lo ha hecho la industria cinematográfica como tal. ¿Cuáles son tus sentimientos hacia el panorama actual del cine y qué lugar crees que juega Drácula: Una historia de amor en él?
Honestamente nunca me hago estas preguntas a mí mismo. Soy una clase de pintor y tomo mi lienzo para empezar a pintar y lo hago con el corazón, con la mente y con mis entrañas. Esto es lo que quiero decir y el 99% de eso soy yo. Cuando la gente está feliz, soy súper feliz, y cuando no les gusta la pintura me pongo triste. No es mi trabajo estar al pendiente o adaptarme al panorama actual del cine. No es mi prerrogativa. Estoy del lado de los artistas y no del lado financiero, así que esa pregunta debería ir dirigida hacia los que controlan la industria.
Con esto en mente, has trabajado tanto con las limitaciones de los grandes estudios como de forma completamente independiente. ¿Cómo es que estos dos ambientes determinan tus decisiones creativas?
Mis decisiones creativas están totalmente orientadas hacia la calidad de la película. Posiblemente soy un mocoso mimado porque si un estudio no me deja hacer la cinta como quiero hacerla simplemente me voy. Mi hilo tal vez venga de eso. Si digo que es mi película, va a ser mi película por 50 años y estoy orgulloso de todos mis niños, los amo. ¿He cometido algunos errores con ellos? Claro. Todo el tiempo. Y luego te rascas la cabeza y dices, “Me equivoqué en esto. La próxima vez lo haré mejor”. Y luego aprendes. No digo que sean perfectas, pero son como mis hijos. Esa es una de las razones por las que nunca he trabajado con estudio estadounidense. Me han estado proponiendo películas de forma mensual por casi 30 años, pero no me siento cómodo porque no están aquí por el arte, sino por el dinero.