Desde el 3 de enero, cuando el presidente venezolano Nicolás Maduro fue capturado por las fuerzas estadounidenses y trasladado a Nueva York para enfrentar cargos federales por posesión de drogas y armas, Édgar Ramírez ha estado en un estado de conmoción emocional.
“Ahora mismo me siento aliviado, pero también emocionado, temeroso y exhausto”, declaró el actor venezolano nominado al Emmy a The Hollywood Reporter. “Hay una sensación de alivio por haber derrocado a este terrible dictador. Pero hay mucha incertidumbre. Lo que la gente tiene que entender es que no hay opciones buenas ni viables para Venezuela. Es una elección entre lo malo y lo peor”.
Esa incertidumbre se ha profundizado al quedar claro que las estructuras de poder construidas por Maduro y su predecesor, Hugo Chávez, permanecen prácticamente intactas. El gobierno de Trump se ha distanciado de la principal oposición venezolana, liderada por la premio Nobel María Corina Machado, y en su lugar ha apoyado a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, número dos de Maduro, como líder interina. “La dictadura sigue al mando”, señala Ramírez.
En el terreno, el panorama es complejo: los informes sobre la intensificación de la represión por parte del gobierno de Caracas contra quienes se sospecha que celebraron la destitución de Maduro han chocado con cautelosas señales de cambio. El lunes, Foro Penal, la principal organización de derechos humanos de Venezuela, anunció que el gobierno ha liberado a varias docenas de presos políticos, entre ellos Enrique Márquez, excandidato presidencial.
Para Ramírez, este momento ha agudizado la urgencia de su nueva película, Aún es de Noche en Caracas, su primera incursión en la producción de largometrajes. El drama, que acaba de ser premiado en el Festival Internacional de Cine de Palm Springs (recibió una Mención Especial Iberoamericana del jurado del festival), se ambienta durante las violentas protestas de 2017 en Venezuela, donde los enfrentamientos entre manifestantes antigubernamentales y fuerzas policiales se saldaron con casi 200 muertos y miles de heridos y detenidos.

CINÉPOLIS
Dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugas, la película está basada en la novela homónima de Karina Sainz Borgo. Sigue a Adelaida (interpretada por Natalia Reyes), una venezolana que lidia con la muerte de su madre en el contexto de una sociedad en colapso. Al regresar del cementerio, Adelaida descubre que su apartamento ha sido ocupado por una mujer afín al régimen. Escondida en el apartamento de al lado, comienza a comprender que, para sobrevivir, debe dejarlo todo, su país y su identidad, y escapar.
“La película nos muestra cómo es despertar en un país que ya no reconoces”, dice Ramírez. “No hay comida, ni medicinas, ni futuro. Esa ha sido la realidad de Venezuela durante los últimos 25 años. Uno de cada cuatro venezolanos ha abandonado el país. Esto no tiene precedentes. La película muestra lo que hace la gente común cuando se ve empujada a una situación imposible y obligada a tomar una decisión imposible. Es la tragedia del totalitarismo, donde todo el tejido social se desgarra”.
Aún es de Noche en Caracas se estrenó en el Festival de Cine de Venecia y tuvo su debut norteamericano en Toronto. CAA gestiona las ventas internacionales de la película, que aún busca distribuidor nacional.
Ramírez fue un impulsor clave de la realización de la película, ayudando a conseguir los derechos de la novela y asumiendo un pequeño papel en la pantalla. Afirma que espera que Aún es de Noche en Caracas ayude a la gente a comprender los “25 años de destrucción bajo la Revolución Chavista, donde el gobierno se apoderó de tierras, casas y negocios. La gente lo perdió todo, todo se lo arrebató a punta de pistola”.

Pero, insiste, no es principalmente una película política. “Como artista, no me interesa eso, enviar un mensaje político. Espero que sea política solo en el sentido de que concientice y preocupe a la gente por lo que está sucediendo en Venezuela”.
Tras la captura de Maduro (con la represión en curso, los presos aún tras las rejas y el futuro de Venezuela negociado en torno al petróleo y el poder), Ramírez ve la película como un testimonio y una advertencia. “Una historia humana sobre la pérdida de humanidad, la pérdida de identidad y la lucha por sobrevivir cuando no hay opciones buenas y viables”, afirma. “Necesitamos seguir contando nuestras historias. Contar historias te hace sentir menos solo. Y ahora mismo, eso importa más que nunca”.