El 6 de noviembre de 1985, un comando del M-19 irrumpió en el Palacio de Justicia de Bogotá y desencadenó una tragedia que se prolongó durante dos días. La posterior operación de retoma por parte de las Fuerzas Militares dejó un saldo devastador de muertos, desapariciones y preguntas que siguen acompañando a Colombia cuatro décadas después. Entre las víctimas se encontraban magistrados, trabajadores judiciales, visitantes y guerrilleros. La destrucción del edificio se convirtió en una de las imágenes más perturbadoras de una nación cuyos conflictos políticos habían alcanzado el corazón mismo de sus instituciones.
Cuarenta y un años después, Palacio vuelve sobre aquellos acontecimientos mediante una reconstrucción que examina las decisiones políticas y militares, el sufrimiento de quienes quedaron atrapados y la prolongada búsqueda de justicia emprendida por familiares, investigadores y periodistas. El proyecto también plantea una pregunta fundamental para cualquier representación audiovisual de acontecimientos históricos: ¿cómo reconstruir una tragedia cuando las versiones disponibles siguen siendo objeto de controversia y algunas de sus responsabilidades han tardado décadas en esclarecer?
La producción reúne a Santiago Alarcón, quien interpreta a Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia durante la toma; Robinson Díaz, encargado de personificar al entonces presidente Belisario Betancur; Nicole Santamaría, quien encarna a Ángela María Uribe, una investigadora comprometida con el esclarecimiento de los hechos; y Jacobo Millán, cuyo personaje, Santiago Álvarez, representa a una generación de jóvenes que enfrentaron circunstancias extraordinarias. Sus interpretaciones permiten aproximarse a diferentes experiencias de una tragedia colectiva, desde las instancias superiores del poder hasta quienes participaron directamente en los acontecimientos.
Detrás del proyecto se encuentran también Natalia Santa, vinculada a su construcción dramática, y Mariana Berenguer, desde la producción. Ambas participaron en una investigación de varios años que recurrió a testimonios, archivos periodísticos, documentos judiciales y fuentes históricas para desarrollar una narración capaz de incorporar perspectivas diferentes sin abandonar la exigencia de corroboración documental.
Los seis participantes reflexionaron sobre las dificultades de interpretar figuras históricas, la dimensión psicológica de las decisiones institucionales, el trabajo de reconstrucción arquitectónica y la importancia del periodismo en la preservación de la memoria. Sus respuestas también revelan hasta qué punto los acontecimientos de noviembre de 1985 continúan proyectándose sobre la realidad política y social de Colombia.

Alfonso Reyes Echandía defendió hasta el final la posibilidad de una salida negociada. ¿Cómo te aproximas a la lucidez de un hombre que comprende que las instituciones que ha defendido durante toda la vida probablemente serán las responsables de su muerte?
Santiago Alarcón: Es que hablar de un acercamiento termina siendo muy difícil, sobre todo conociendo la historia de Alfonso Reyes, sabiendo que fue precisamente la violencia la que lo sacó de su pueblo y que encontró en el derecho un camino diferente. Se volvió maestro y una persona muy importante para el país.
Pero fíjate que, de alguna manera, el grito de Alfonso Reyes sigue siendo el mismo grito de todos los colombianos hoy. Seguimos pidiendo cese al fuego, seguimos pidiendo que se respeten las instituciones, que se dialogue. Es un hecho que no quisiéramos haber vivido, que no tendríamos que haber pasado, porque la historia de Colombia tiene un antes y un después del Palacio de Justicia.
La mejor forma de acercarnos a un personaje como ese es tratar de ser lo más honestos posible, tratar de entender lo que podía haber vivido en ese momento. Cuando uno escucha la llamada de Alfonso, todos nos preguntamos lo mismo. ¿Por qué estaba tan tranquilo? ¿Cómo podía hablar tan tranquilamente? Luego uno escucha a su hijo hablar de él y entiende mucho de lo que podía estar pasando en ese momento. Era un hombre que defendió siempre la paz y cuya voz sigue siendo todavía un grito de todos nosotros.

Han pasado más de cuarenta años desde la toma del Palacio de Justicia y todavía existen versiones enfrentadas sobre lo sucedido. ¿Cómo conseguir una dramaturgia capaz de abordar esas contradicciones sin caer en una falsa equivalencia moral entre las responsabilidades de los distintos actores?
Natalia Santa: Es una pregunta compleja y creo que ahí radica la complejidad de esta serie, en poder poner a dialogar diferentes versiones, algunas encontradas, sobre los hechos del Palacio de Justicia. Hay muchas versiones, pero eso no quiere decir que todas sean comprobables.
Lo primero en nuestra investigación fue empezar a decantar, porque hay muchísimas fuentes, declaraciones, entrevistas y libros. Buscábamos las versiones que tenían dos, tres o más fuentes que pudiéramos corroborar. Que alguien dijera algo no significaba que necesariamente lo íbamos a contar. Teníamos que encontrar elementos que pudieran confirmarse en varias fuentes.
Para eso contábamos con un equipo de investigadores, el equipo de desarrollo, los guionistas, la producción y un equipo de abogados. Íbamos llegando a hechos o versiones que nos interesaba contar y a fuentes que considerábamos confiables, como la Comisión de la Verdad y las investigaciones de la Fiscalía.
Cuando encontrábamos una versión que tenía cabida dentro de la lógica dramática, la corroborábamos. Si carecía de un fundamento que pudiéramos verificar o no podíamos hablar directamente con personas que hubieran presenciado los acontecimientos, la descartábamos.
Teníamos fuentes audiovisuales, prensa, libros e investigaciones. Había muchísimo material del cual alimentarnos. Una vez escritos los guiones, realizábamos dos rondas adicionales de verificación, primero con los investigadores y después con los abogados.
Ángela María Uribe dedicó buena parte de su trabajo a investigar desapariciones y responsabilidades que durante años permanecieron sin esclarecer. ¿Cuál es el costo psicológico de perseguir una verdad cuando las propias instituciones se convierten en obstáculos para revelarla?
Nicole Santamaría: Es muy duro. Cuando Ángela María retoma el caso, han pasado veinte años sin avances en la investigación. La pregunta es por qué.
Pero ella, siendo la mujer que es, tan profesional, tan correcta, tan rigurosa, empieza una investigación, siento yo, casi desde cero. Tenía un propósito muy claro, que era encontrar pruebas para identificar a unos posibles responsables y hacer justicia para las víctimas, por las víctimas.

La producción dedicó más de siete años a investigar los acontecimientos. ¿En qué momento comprendieron que tenían suficiente material para reconstruir la tragedia y cómo asumieron la responsabilidad de contar una historia que todavía conserva tantas preguntas sin respuesta?
Mariana Berenguer: Después de mucha investigación, lo que nos dimos cuenta es que nunca íbamos a tener todas las respuestas y que teníamos que contar lo que podíamos saber y dejar lo que nosotros llamamos cajas negras, que es un término de Forensic Architecture. Son esos momentos en los que no sabemos qué pasó.
Pero no podíamos esperar a tener todas las respuestas para contar esta historia. Sentíamos también que las personas con las que estábamos trabajando, muchas de ellas familiares de quienes llevan buscando respuestas durante muchísimo tiempo, querían que estas historias se contaran. Para ellos es importante que haya memoria y reflexión.
Por eso sentimos que era un momento importante para hacerlo. Creemos que es una historia que todavía tiene mucha relevancia, que habla de asuntos que no hemos resuelto en Colombia y en Latinoamérica. Fue eso lo que determinó el momento de contarla.

El silencio de Belisario Betancur durante la toma del Palacio de Justicia sigue siendo uno de los asuntos más discutidos de nuestra historia. ¿Cómo construir psicológicamente a un presidente cuya responsabilidad política y cuyas decisiones contrastan con la imagen humanista que había cultivado?
Robinson Díaz: Creo que eso está reflejado en la serie y muy bien tratado desde los libretos. Me asombré mucho cuando tuve la fortuna de acercarme a este proyecto, porque me permitió conocer diferentes pensamientos políticos y distintas posturas. Dentro de ellas está la tragedia de Belisario, la tragedia de un presidente. Lo que sí me quedó claro es que yo no deseo ser presidente de ningún país.
Cuando uno ve la situación que le tocó a Belisario Betancur, empieza a preguntarse quién es quién para juzgar. Durante los trabajos de mesa con los actores nos hacíamos esa pregunta. Yo no puedo satanizar ninguno de los bandos.
Fue un momento dificilísimo para Colombia, una fisura, un cráter. El mismo afiche de Palacio me parece muy revelador, porque muestra esa especie de cráter, un cañón entrando. Es una fisura en el país.
Cuando leí los libretos y empecé a repasar la historia, los diferentes puntos de vista de los subversivos, los militares y los políticos, me di cuenta de que todos cometieron errores. Lo que vivimos nosotros como colombianos en ese momento fue una gran cagada. Creo que fue una de las cagadas más grandes que ha tenido este país, de todos lados.
Fue una debacle. ¿A quién echarle la culpa? Si empezamos a echar culpas, podemos terminar siendo injustos, porque uno consulta cada punto de vista y cada implicado tiene sus razones. Belisario también tenía las suyas. Él estaba defendiendo las instituciones.
Y cuando pienso en el doctor Reyes Echandía, en los magistrados Gaona y Urrutia, en toda esa gente defendiendo las instituciones, veo una tragedia enorme. Personalmente, todavía hay cosas que no entiendo. Es la justicia derrumbada, la justicia destruida. Por eso es una gran tragedia.
Hannah Arendt plantea que la responsabilidad individual puede diluirse dentro de las estructuras de poder. ¿Hasta qué punto te interesaba explorar la psicología de quienes participaban en las decisiones políticas y militares, particularmente cuando la obediencia institucional entra en conflicto con la conciencia moral?
Natalia Santa: Ese era, de hecho, nuestro punto de partida para explorar muchos de los personajes. Entender desde dónde estaban tomando las decisiones que tomaban.
La barbarie retratada en los hechos del Palacio de Justicia tiene un contexto histórico. Es consecuencia de una serie de acontecimientos y, para nosotros, comprender esa barbarie implicaba entender de dónde venían esas decisiones y cómo se habían construido.
Por ejemplo, entender que había una guerra declarada entre el M-19 y el Ejército que llevaba más de una década. Entender cómo había llegado Belisario Betancur al poder y qué prometía cuando hablaba de paz, porque había sido elegido precisamente con esa promesa.
Todo eso nos daba elementos para contextualizar las decisiones del Ejército, del Gobierno y de la guerrilla como colectividades que estaban actuando, paradójicamente, en nombre de la democracia. La guerrilla decía actuar en nombre de la democracia, el Ejército también y el Gobierno igualmente.
Más que intentar señalar responsabilidades individuales, que las hubo, nos interesaba entender por qué cada uno había tomado las decisiones que tomó en ese momento. Ponernos en los zapatos de estos personajes y comprender el contexto.
Para eso teníamos que tratarlos como seres humanos complejos, grises y reales. El ejemplo más relevante es Belisario Betancur. Se pueden decir muchas cosas sobre él y pueden existir muchos juicios y opiniones, pero estaba asumiendo una responsabilidad enorme mientras sucedían unos hechos para los que no estaba preparado.
Las decisiones no pueden analizarse fuera del contexto en el que suceden. Nuestra intención era situar esas decisiones, cuyas consecuencias conocemos, dentro de unos contextos menos conocidos, para que cada espectador llegue a sus propias conclusiones.
La tragedia del Palacio de Justicia estuvo marcada por personas cuyas experiencias quedaron eclipsadas por las grandes figuras políticas y militares. ¿Qué descubriste sobre Santiago Álvarez que consideras fundamental para comprender la dimensión humana de aquellos acontecimientos?
Jacobo Millán: Precisamente Santiago Álvarez no es la representación de una persona específica. Es la representación de todo un conjunto de jóvenes a los que les tocó vivir algo para lo que nadie está preparado. Creo que nadie, a ninguna edad, está preparado para afrontar una situación así. Y mucho menos cuando uno piensa en los sueños o las metas que podían tener esos jóvenes.
Investigando, preguntando y hablando con personas que vivieron experiencias cercanas a aquella época, aunque no necesariamente dentro del Palacio, pude encontrar algunos puntos de referencia. Porque había militares por toda Colombia. No solamente les tocó vivir lo que sucedió en Bogotá, sino también las guerras que ocurrían en otras regiones del país.
Me agarré de esas experiencias para tratar de acercarme al miedo. Porque creo que estos personajes, por más valiente que fuera uno, por más gallardía que tuviera, sentían miedo. Son niños que están viviendo algo que no tienen que vivir. Darse cuenta de todas esas atrocidades que sucedieron fue lo más fuerte y lo que más llegó a chocarme.
Recrearon el Palacio de Justicia mediante una construcción de enormes proporciones. ¿Cómo trabajaron para que esa reconstrucción arquitectónica transmitiera también una dimensión psicológica, el encierro, el miedo y la desintegración del orden institucional?
Mariana Berenguer: La arquitectura y la construcción fueron algunos de los grandes retos desde el principio. Antes de empezar a rodar hicimos una exploración de varios meses para entender cómo podíamos reconstruir el Palacio y si realmente era viable hacer la serie.
Hay dos elementos fundamentales. El primero es Salvador Páez, nuestro diseñador de producción, quien junto a un equipo de más de cien personas logró construir un set del Palacio de Justicia de aproximadamente 7.700 metros cuadrados, con cuatro pisos. Todo estaba hecho para reproducir aquella arquitectura y fue pintado a mano.
Fue un trabajo gigantesco del equipo de arte y también del equipo de efectos visuales, que debía conseguir que todo pareciera real y encajara con la Plaza de Bolívar y con la fachada que habíamos construido. Se hicieron maquetas para estudiar el espacio y trabajar sobre la apariencia del antiguo Palacio de Justicia.
Todo ese esfuerzo permitió que los directores y los actores pudieran sentirse realmente dentro de ese lugar. Por ejemplo, reconstruimos el baño donde terminaron atrapadas varias personas. Evidentemente, era un poco más grande que el original, pero ahí estuvieron directores, actores y extras durante tres o cuatro días rodando. Eso empieza a generar lugares psicológicos que permiten aproximarse a una pequeña parte de lo que pudo haber sido aquel momento tan horrible para las personas atrapadas. La claustrofobia, el caos.
También podíamos destruir progresivamente el espacio conforme avanzaba la historia. Cuando llegábamos después de representar el incendio y encontrábamos el lugar quemado, cubierto de carbón, completamente negro, aquello afectaba la experiencia de los actores.
Nunca vamos a entender realmente lo que vivieron las personas que estuvieron ahí, pero queríamos que los intérpretes pudieran aproximarse emocionalmente a esa realidad.
La tragedia del Palacio de Justicia también fue una batalla por el control de la información y la construcción de una versión oficial de los acontecimientos. ¿Qué importancia tiene el periodismo dentro de la estructura narrativa y cómo abordaste la distancia entre lo que los personajes saben, lo que creen saber y aquello que deliberadamente se ocultó?
Natalia Santa: Para nosotros, desde el inicio, el papel del periodismo y el personaje de la periodista Olga Behar fueron fundamentales. De hecho, las primeras versiones de esta historia estaban muy centradas en los periodistas, porque fueron ellos quienes se encargaron de cuestionar constantemente la historia oficial.
Su lucha para que la verdad se conociera es lo que realmente nos ha permitido tener acceso a mucha de la información que intentó borrarse. Por eso una de nuestras líneas centrales es Olga, que representa de alguna manera a todos los periodistas. En ella confluyen los trabajos de muchos profesionales que durante la toma estuvieron informando sin descanso y que después continuaron contándole a Colombia las cosas que el Gobierno y los militares no querían que se supieran.
Siento que en un país como Colombia, donde a veces la justicia tarda tanto en llegar y otras veces sencillamente no llega o no opera, el periodismo ha suplido ese vacío. Gracias a personas como Olga y a muchos otros periodistas que han arriesgado incluso sus vidas por contar nuestra historia, se ha logrado hacer justicia, al menos de alguna manera.
Palacio se estrena exactamente 41 años después de la toma. En un país donde la memoria histórica continúa siendo un terreno en disputa, ¿qué responsabilidad tiene una plataforma global al presentar estos acontecimientos ante las nuevas generaciones y ante audiencias internacionales que desconocen la historia colombiana?
Mariana Berenguer: Sobre la fecha, para nosotros es importante que se entienda que esa fecha pertenece a las víctimas y a las familias. No es sobre nosotros ni sobre nuestra serie. Es sobre esas personas que año tras año han estado en la Plaza de Bolívar pidiendo atención y memoria.
Queremos que siga siendo sobre ellas, porque es una lucha que llevan dando durante muchos años, sin la visibilidad que quizá puedan tener ahora por el aniversario. Ellos no se cansan. La fecha les pertenece a ellos y no a nosotros. Sobre la responsabilidad internacional, creemos que esta es una historia que habla de asuntos que van más allá de Colombia. Es una conversación que atraviesa a toda Latinoamérica.
Son historias universales, en cierta manera, para países que han experimentado polarización política, violencias de Estado y violencias sistémicas. Representan una lucha por la verdad y por la justicia que desafortunadamente compartimos.
Nuestra idea es que el resto del mundo pueda conocer esta historia, pero también comprender cómo nuestros países están empezando a examinar su pasado a través de la cultura. Estas producciones nos dan oportunidades para tener conversaciones difíciles, conversaciones que muchas veces nos cuestan, pero que son profundamente importantes.