En 2013, una carta firmada bajo el seudónimo “Diana, la cazadora de choferes” fue enviada a los medios de comunicación de Ciudad Juárez, para exponer los motivos detrás de los asesinatos de dos conductores de transporte público, señalados por agredir a las empleadas de las maquiladoras. “Ya no podemos callar estos actos que nos llenan de rabia; mis compañeras y yo sufrimos en silencio […] y nadie nos defiende ni hace nada para protegernos”, se indicó en el escrito.
Estos hechos inspiraron La Cazadora, la ópera prima de Suzanne Andrews Correa, que reúne en su elenco a Adriana Paz, Jennifer Trejo, Efe Malafe, Teresita Sánchez y Guillermo Alonso. La cineasta narra dos días trascendentales en la vida de Luz (Paz), una madre soltera y empleada de una maquila, quien esa misma mañana decide terminar con la vida de uno de sus agresores. En ese momento, se desencadena una persecución, tanto interna como externa, de la que intenta huir para proteger a Alejandra (Trejo), su hija.
Andrews Correa evoca a una figura que confronta un sistema que la somete constantemente a distintos tipos de violencia. Ante esta realidad, decide ejercer la justicia que nunca ha recibido. La crítica se extiende a situaciones como la precariedad laboral, el abuso de autoridad y, por supuesto, las desapariciones. Cuando Luz conoce a Ximena (Sánchez), una madre buscadora, queda claro por qué se entienden profundamente. Cada una carga con su sombra, con su dolor y, en el camino, ambas concuerdan en que la impunidad las ha borrado a todas.
En entrevista con THE HOLLYWOOD REPORTER en Español, Suzanne comparte las motivaciones y decisiones creativas detrás de La Cazadora, una cinta que no solo destaca por su sensibilidad, sino también por abordar problemáticas que, aún hoy, representan una deuda histórica de justicia para las mujeres. Además, reflexiona sobre la inspiración que Adriana Paz representó para el proyecto y su participación en el Festival Internacional de Cine de Morelia.

“Diana, la cazadora de choferes” escribió que sus actos fueron cometidos como un acto de justicia frente a la violencia que en aquel entonces enfrentaban las mujeres de Ciudad Juárez. ¿Cuál fue tu primera lectura de este caso y que te hizo decidir trasladar un poco de esta historia a la pantalla?
Qué bueno que empiezas con la carta, porque esa fue la semilla de este proyecto. Para darte algo de contexto, al ser una persona binacional, siempre me interesó mucho la frontera. En ese momento, yo estaba leyendo mucho sobre las mujeres de Juárez; sobre las fábricas y las maquilas. Encuentro este artículo, en el que describen los hechos y comparten la carta, y me incomoda la respuesta: “Qué bueno que alguien está haciendo algo”.
No soy una persona violenta. No creo en la violencia como un acto político, no creo que se deba usar como una herramienta política. Pero, después de leer tanto sobre la injusticia y la impunidad que existía en ese momento, eso es lo que se me vino a la cabeza y lo que sentí. Ese conflicto me hizo querer comprender qué lleva a una persona a tomar esas acciones y la carta fue la puerta para entender por qué lo hizo. Demanda justicia, pero declara que no es una venganza, sino un acto de protección. Es importante distinguir entre esas dos motivaciones.
Ese era un punto que quería contrastar contigo porque, cuando un personaje responde a un contexto de violencia ejerciendo violencia, existe el riesgo de convertirlo en una figura de venganza. ¿Cómo trabajaste para que Luz fuera algo más complejo que eso, para que se convirtiera en una protectora?
Qué bueno que lo sentiste así. Para mí fue muy importante porque la carta revela que ella no solo fue víctima de esa violencia, sino también testigo de lo que le ocurría a sus compañeras en ese momento. No es solo lo que te pasa a ti, sino lo que sigue pasando y lo que estás viendo. Y nadie está haciendo nada. ¿Qué haces para parar esto? ¿Qué pasa si llega a tu puerta o si le toca a tu hija? Lamentablemente, mucha gente sí vive eso. Creo que todos podemos empatizar con ese impulso de querer proteger a nuestros seres queridos.
Fue importante retratar a Luz como producto de la violencia y, en La Cazadora, se habla de esos ciclos. Es decir, de alguna manera, ese ambiente la formó y no puede existir fuera de ese contexto; y el contexto es una guerra muy violenta, en la que si podías salías y, si no, te agarraban. Es importante entender cómo llegó a ser esa persona y cómo es que ser una víctima la llevó a usar la violencia como un lenguaje y una forma de comunicación que no se quedó dentro de ese espacio, sino que trascendió. Nosotros, como público, también respondemos a la violencia queriéndonos enterar del por qué.
Por supuesto. En el caso de Luz, habita un sistema que todo el tiempo le está recordando lo que le duele.
Sí, porque también la película trata del trauma, en este caso, de un trauma personal. El guion se escribió a lo largo de 8 años; no trabajé en él todo el tiempo, pero regresaba constantemente con otra mirada. Salía, trabajaba en una cosa y regresaba con otra perspectiva. Una de esas capas fue el trauma: un trauma personal, un trauma colectivo, del que quise hablar con las sombras. Eso fue una parte muy importante para contar esta historia, porque no eres solo tú con tu trauma. Tenemos esta comunidad de dolor, pero también de resistencia, que es otro aspecto esencial de la historia, sobre todo, después de haber ido tantas veces a Ciudad Juárez y de haber hablado con la gente.
Las personas que viven en lugares como estos tienen un superpoder. Lo vemos ahora que las madres buscadoras acaban de encontrar otra fosa. Es un tipo de resistencia que se crea cuando no existe justicia y cuando no existe ningún otro recurso. Se descubren otros métodos y, entonces, se hacen estos vínculos que son de sombra y de luz. Es importante entender esos dos lados.

La Cazadora también propicia un diálogo que entrelaza y expone distintos tipos de violencia. Desde el abuso laboral y el abuso de autoridad, hasta las desapariciones y la evidente violencia contra las mujeres.
Totalmente, y qué bueno que mencionas la violencia laboral, porque es parte de la violencia económica que vive mucha gente. En este mundo, la mayoría de las personas viven algún tipo de violencia y no se considera así. Eso es parte del diálogo y de la conversación de La Cazadora.
En 2018, durante un laboratorio de Sundance, mencionaste que otro de los acercamientos para desarrollar La Cazadora fueron las imágenes, que a lo largo de la trama aportan un gran peso simbólico. ¿Cómo partes de eso para escribir el guion?
Yo soy una escritora muy visual. Cuando me siento a escribir, describo lo que veo de la forma más precisa posible, como si fuera la película. Me tardo en encontrar las palabras que describen lo que veo. Llegué al cine a través de las imágenes, porque me interesaba poder comunicar sentimientos, emociones e ideas en una foto. Es lo primero en lo que pienso. La escritura es un proceso visual, así como todo lo demás.
A La Cazadora, primero llegaron los productores y luego Sarasvati Herrera. Desde el primer momento, tuvimos conversaciones sobre ideas, pero también emociones. Para mí, es muy importante enfocarnos en las emociones de cada escena; entender qué siente la protagonista en ese momento y cómo lo podemos representar visualmente. Dirigir empieza con esa estrategia visual que, en este caso, se desarrolló con Sarasvati; una colaboración increíble. Yo llegué con muchas ideas, ella llegó con otras ideas y de ahí surgió la película.
Tuve la oportunidad de platicar con Adriana y destacó tu mirada tan sensible para abordar este tipo de historias. La película tiene escenas muy complicadas, tanto para ella como para Jennifer, ¿cómo las trabajaste a nivel actoral?
Antes de que existiera este proyecto, yo escribía con la foto de Adriana arriba de mi escritorio. Siempre fue una parte fundamental y, años después, nos acercamos para preguntarle si le interesaba La Cazadora. Fue un privilegio trabajar con ella y, por supuesto, con Jenny, Teresita, Eme, Guillermo. La verdad, fui muy afortunada de poder trabajar con estos actores en mi ópera prima.
Como bien dices, hay escenas muy difíciles y fue muy importante crear un entorno donde ellas se sintieran cómodas y seguras para que, de alguna manera, pudieran ser más vulnerables y que la cámara pudiera capturar esa honestidad. Adriana es una actriz que trabaja desde el instinto, y conversamos sobre el guion, el personaje, los momentos e hicimos ejercicios con Jenny, pero quería crear ese entorno en el set. Hay que tratar de crear ese momento para las escenas, aunque se trate de una persona y su conflicto interno o de dos personas y su relación. Fue importante asegurarnos de que todos, desde los productores, Gaby y Edher —que estuvieron conmigo todo el rodaje—, hasta Sarasvati y el sonidista, ayudaran a crear este espacio donde pudieran ser vulnerables y se sintieran seguras.

¿Cuál es el aprendizaje más grande que te deja La Cazadora?
Hay muchos, pero lo que más reforzó fue la idea de que lo más importante son las personas que están haciendo la película contigo, tus colaboradores. Eso es lo que va a definir si logras lo que tú y los demás están buscando, porque se vuelve un acto colectivo. Debes buscar y asegurar personas que tengan una mirada y una forma de comunicar que encaje con la película. Eso es lo más importante para el proceso, y también lo más difícil.
¿Qué sigue para La Cazadora después de Morelia?
Todavía no sé, pero estamos muy contentos de estrenarla en el festival. Fue un sueño de todos y lo logramos. Estoy nerviosa por ver cómo responde el público de Morelia, que está acostumbrado a ver cosas impresionantes e increíbles. Yo espero ver muchas películas y el trabajo de otros artistas; veo que van compañeros muy talentosos. Estamos muy emocionados.