Mariana Rondón y Marité Ugás ya habían fijado un estándar alto dentro del cine venezolano contemporáneo. Postales de Leningrado abordó la memoria política desde la imaginación infantil con una apuesta formal arriesgada y emotiva, mientras que Pelo malo consolidó su lugar como autoras con un retrato incisivo sobre identidad y prejuicio que sigue generando debate. Ambas películas figuran entre las obras más relevantes del país en las últimas décadas. Zafari retoma esa preocupación por las fracturas sociales, pero ahora la desplaza hacia una dimensión alegórica que resulta menos distante de lo que aparenta.
La película parte de un hecho real: la muerte de un hipopótamo en el Zoológico de Caricuao, en Caracas, en plena crisis económica, cuando el deterioro institucional alcanzaba incluso a los animales. Ese episodio, convertido aquí en detonante simbólico, da forma a un relato que oscila entre la fábula y la crónica.
El guion, escrito por Ugás, sitúa la acción en dos espacios en decadencia: un zoológico casi vacío y un conjunto residencial de clase alta que conserva la fachada del privilegio mientras su infraestructura se agrieta. Ana (Daniela Ramírez), su esposo (Francisco Denis) y su hijo Bruno (Varek La Rosa) sobreviven entre apagones, escasez y un entorno que se resquebraja lentamente. La piscina del edificio permanece como último vestigio de estatus, una frontera absurda en un contexto donde el agua potable ya no está garantizada.
La irrupción del hipopótamo introduce una imagen contundente: el animal recibe alimento con regularidad mientras los habitantes del edificio compiten por recursos mínimos. La metáfora no se disfraza. El espacio arquitectónico se convierte en escenario de confrontación social, evocando cintas como High-Rise o El hoyo, pero también remite al encierro moral que Luis Buñuel retrató en El ángel exterminador y El discreto encanto de la burguesía. Rondón, sin embargo, evita el exceso estilístico. Su puesta en escena es austera, pegada al desgaste físico de los espacios y a la progresiva erosión de los personajes.
Daniela Ramírez compone a Ana desde la rigidez: una mujer que insiste en mantener reglas y apariencias cuando el orden ya no existe. Francisco Denis encarna la negación que precede al derrumbe, un hombre atrapado entre la ilusión de normalidad y la desesperación. La degradación avanza sin escenas grandilocuentes; ocurre en gestos cotidianos, en silencios prolongados, en decisiones pequeñas que revelan una fractura mayor.
El ritmo es deliberadamente pausado, incluso reiterativo, una elección que puede generar desgaste en el espectador pero que refuerza la tesis central: las sociedades no siempre colapsan con estruendo; muchas veces se deterioran de forma gradual e irreversible.
Zafari no ofrece consuelo ni respuestas fáciles. Plantea la pregunta sobre qué permanece de nuestras convicciones cuando la supervivencia se impone, y la deja flotando en un espacio donde la alegoría y la realidad se confunden. Puede que no reinvente el cine distópico o político, pero reafirma la coherencia de una cineasta que, desde hace años, examina sin concesiones las grietas de su entorno.
Veredicto: Una alegoría sólida y pertinente que confirma la coherencia autoral de Mariana Rondón, aunque le falta contundencia dramática.
Ficha técnica
Título: Zafari
Dirección: Mariana Rondón
Guion: Mariana Rondón, Marité Ugás
Reparto: Daniela Ramírez, Francisco Denis, Samantha Castillo, Alí Rondón, Varek La Rosa
Fotografía: Alfredo Altamirano
Montaje: Isabela Monteiro de Castro
Música: Pauchi Sasaki
Dirección de arte: Diana Quiroz
Países: Perú, Venezuela, México, Francia, Chile, República Dominicana, Brasil
Duración: 90 minutos
Idioma: Español
Género: Drama
Productora: Sudaca Films, Selene Films, Quijote Films, Paloma Negra Films, Claxon Cultura Audiovisual, Still Moving