Conocida por sus proyectos como directora de televisión en Triada, El Diario y El secreto del río, la mexicana Alba Gil ha construido una carrera marcada por historias que exploran la complejidad humana desde una mirada sensible y profundamente observadora. Radicada en Canadá desde hace varios años, su trabajo ha transitado entre el thriller, el drama y el suspenso psicológico, con un especial interés por personajes llenos de matices y por narrativas que invitan a reflexionar sobre las heridas sociales.
Ahora, la cineasta dirige los primeros tres episodios de No tengo miedo, la nueva serie mexicana de Netflix que rápidamente se colocó en el Top 10 de la plataforma en México. Ambientada durante el Mundial de 1986 y basada en la novela Io non ho paura de Niccolò Ammaniti, la producción sigue a un grupo de niños cuya inocencia se enfrenta a una realidad marcada por la violencia y el miedo, en una historia que entrelaza el suspenso con una mirada profundamente humana.
En conversación con The Hollywood Reporter en Español, Alba habla sobre el reto de construir el universo infantil que sostiene la serie, su proceso para trabajar con actores infantiles, el equilibrio entre la dureza de la historia y la sensibilidad con la que fue contada, así como la responsabilidad de abordar las infancias dentro de un contexto de violencia. Además, adelanta algunos detalles de sus próximos proyectos y reflexiona sobre las historias que hoy la inspiran como directora.
¿Qué fue lo que te atrajo de la historia de No Tengo Miedo?
Durante muchos años de mi quehacer artístico y de mi vida siempre he estado gravitando hacia trabajar con niños. Me gusta mucho. Fui maestra de yoga y de mindfulness durante muchos años, a la par que estaba dirigiendo aquí en Canadá. En mi formación me interesó entender la neuroplasticidad y el comportamiento de los niños. Además, tengo un entrenamiento en atención sensible al trauma para las infancias, desde el yoga y la meditación consciente, o mindfulness.
A partir de ahí me empecé a involucrar mucho en el comportamiento, la regulación del sistema nervioso y muchas otras cosas. Estuve muy expuesta a niños de diferentes orígenes, contextos y edades. Además, soy mamá y, evidentemente, uno aprende muchísimo siendo mamá, de primera mano. Entonces, cuando me llega esta historia, cuando Ernesto me invita a volver a ser parte de su equipo creativo —como sabes, primero fue en El secreto del río, donde fue muy bonito trabajar con estos tres chiquitines, y antes ya había trabajado con Isabel en El diario—, cuando me vuelven a llamar para hacer esta historia, me parece muy interesante. Es una historia compleja, con muchas capas, muchas lecturas y muchas sensaciones. Pero los niños justamente son la luz en esta oscuridad y en este ambiente tan difícil que a veces es el mundo de los adultos.
Sí, eso también me llamó muchísimo la atención. Por ejemplo, hay una inocencia muy linda cuando vemos la perspectiva de los niños, a diferencia de cuando ya están los adultos hablando. Con los niños, se percibe una magia y una ingenuidad en todas esas escenas. ¿Cómo construiste ambos espacios dentro de una misma historia y un mismo material?
Fíjate que mi forma de trabajar con los niños parte mucho de la honestidad y de cómo ellos perciben y ven las cosas. Mucho de cómo los niños ven y sienten es muy puro, sin malicia y sin tantas capas como las que uno, de adulto, se pone el miedo, la estrategia de pensar qué decir para que no se escuche de cierta manera. Los adultos usamos muchas máscaras en el día a día y los niños no; los niños simplemente son. Entonces, quisimos contar esta historia, primero, desde el punto de vista de los niños. Ellos están preocupados por su primo: “¿Qué le pasó a Chuy? ¿Dónde está Chuy?”. Están preocupados por resolver eso antes que cualquier otra cosa. También están preocupados por jugar y por su microcosmos, que para ellos es lo más importante. Y ese microcosmos se hace macro en el juego del fútbol, en la cancha, cuando están ahí.
Al mismo tiempo suceden muchas cosas. Está Calavera, que es este personaje que está ahí, en la orilla, entre que es niño y ya no. Es un niño muy herido, con muchos vacíos y mucho abandono. Y, de alguna manera, también es muy puro en sus emociones: las siente y las expresa de inmediato. Esa fue la brújula para construir el mundo de los niños. Y para el mundo de los adultos era otra cosa. Ahí se actúa desde la estrategia, desde esconder, desde el miedo a que no me escuchen o a que el otro crea que voy a hacer tal cosa. Hay mucha estrategia dentro del mundo de los adultos, pero es una estrategia mucho más manoseada, más manipulada que la de los niños.
Son como dos universos existiendo en un mismo ecosistema, y creo que lo logras de manera increíble. Las escenas de los niños me parecen súper tiernas porque, incluso con Calavera, que es un niño más maldocillo, más inquieto, más tremendo. Aun así se puede notar su inocencia. ¿Cómo trabajaste ese proceso con los niños actores?
Primero hicimos un casting. Fue una tarea ardua y de mucho tiempo, porque conformar esta palomilla era importante. Calavera, Salvador y todos los demás le agregan un montón de cosas a este ecosistema, a esta familia, a este coro de voces y de niños. Ahí empieza la tarea de escoger al actor que realmente puede personificar esa energía, ese personaje. Me gusta encontrar naturalidad y verdad en sus actuaciones, en su interpretación de lo que les estamos pidiendo. Me interesa ver si escuchan, si tienen un mundo interno del que uno pueda enriquecerse para construir al personaje. Y todos estos niños lo tenían, lo tienen. Se hizo un trabajo de casting muy extenso en la Ciudad de México y sus alrededores, en Veracruz, en Xalapa, en Coatepec. Se buscó muchísimo. Hicimos muchos callbacks, hablamos con muchos niños y observamos qué tanto se escuchaban entre ellos, si había verdad. Después hicimos muchos ensayos, mucho trabajo de mesa, pero sobre todo mucho juego y dinámicas para que entendieran, cuando les mandas estímulos, cuál es el más importante. Tenían que poder sostener varias cosas al mismo tiempo.
Para mí era muy importante que no perdieran la perspectiva de que son niños. Son actores y están en un lugar donde hay un montón de gente viéndolos: llega el vestuario, el maquillaje, les ponen los props, tienen que estar a cierta hora, está la luz… pasan muchas cosas. Pero sin perder la chispa y la magia de ser niños, de jugar, de pasarla bien y de poder conectar con las emociones. Hay emociones muy incómodas en la serie. Entonces era importante hablar su idioma, ponerlos en situaciones que, más que ser algo abstracto, fueran experiencias que pudieran vivir en el cuerpo. Algo que forma parte del trabajo que he desarrollado con los niños es hacerles preguntas. Prefiero que ellos se apropien de los diálogos, de la situación, de lo que tienen que lograr, de las acciones que tienen que hacer. Fue muy bonito que entendieran las escenas, qué quiere su personaje, qué hace para obtenerlo, cómo lo hace y si al final lo logra o no. No se trataba solamente de aprenderse el texto y repetirlo.
Qué lindo. Creo que ese es un poder muy importante que tiene tu trabajo: eres una persona muy observadora, sobre todo con las infancias. Es importante, justo como dices, que ellos encuentren la historia en lugar de simplemente imponérsela, porque al final de cuentas son niños. Y supongo que también tiene que ver con tu experiencia como mamá, porque vas notando ciertas cositas y aprendes cómo convivir con los niños, algo que no todo el mundo sabe hacer. ¿Cómo equilibraste la violencia de la historia con la sensibilidad que implica trabajar con niños?
Lo primero es ser muy honestos y tener un diálogo con los papás. Ellos sabían toda la historia y, junto con ellos, construimos una estrategia para ir llevando a los niños. Los niños sabían de qué iba la historia y, sin mentirles ni manipular nada, fuimos muy honestos con ellos para que supieran lo que estaba pasando. Se trataba de llevarlos de la mano, paso a paso, día por día. Los niños viven mucho en el presente, afortunadamente, y eso es padrísimo. Entonces era recordarles constantemente el presente: esto es lo que estamos haciendo hoy. A veces, la información que no es necesaria no tienen por qué conocerla. No necesitan saber qué pasa en una escena en la que ellos no están. Solamente tienen que conocer la escena que les toca y concentrarse en ese momento. Todo lo demás no es necesario. Ya después nosotros nos encargamos de construir el resto.

Sí. Además, tus capítulos son justamente el preámbulo de la historia. Es la parte más inocente de todo lo que se puede ver en la serie. ¿Qué era lo que querías capturar en ese inicio para la audiencia?
Para mí era muy importante que las relaciones entre todos quedaran claras, aunque muchas de ellas fueran poco claras, sobre todo las de los adultos. Y eso era interesante, porque con los adultos había más ambigüedad. Se trataba de plantar semillitas para que, más adelante, esas dinámicas se entendieran mejor. Pero con los niños no. Con ellos era importante entender desde el principio quién es quién y cómo se relacionan entre sí. Por ejemplo, en el episodio uno era importante entender quién es Miguel, cuáles son sus valores, quién es como persona y cómo actúa. Hay una escena muy linda donde Miguel le hace ojitos a Chava para que se tarde un poco con la bicicleta y así ayudar a Chuy a sentirse mejor, porque Chuy es quien gana. Ese pequeño gesto habla de quién es Miguel, de su manera de ser y de los valores que tiene. Y luego, cuando encuentra a Felipe, hay algo que lo aterra. Pero ese miedo no lo detiene; lo siente, pero su valentía radica en hacer lo correcto, en hacer lo que tiene que hacer y seguir adelante. Eso me parece muy valioso. Ojalá que a los adultos se nos quedara eso: la valentía que tiene Miguel para hacer las cosas, aunque todo invite a que no vayas, a que no vuelvas, a que cierres los ojos porque es peligroso.
Cien por ciento. Y tú, como directora mexicana, conoces el contexto del país. ¿Por qué crees que las historias sobre infancias y violencia resuenan tanto hoy y son tan importantes en México?
Creo que la ficción nos confronta. Las historias son como espejos. También creo que tenemos cierta responsabilidad, como contadores de historias, de hablar de las cosas que suceden, de las que nos incomodan, nos atraviesan, nos agreden y nos sacuden. Lo que pasa en nuestro país desde hace mucho tiempo —desde los años ochenta y hasta hoy— tiene capas muy ásperas. Es un tema muy complicado, y no lo vamos a resolver aquí en este momento, pero sí creo que es importante voltear a ver a nuestras infancias y preguntarnos qué estamos haciendo, como sociedad y como adultos, con ellas. Los niños aprenden y absorben cómo nos comportamos. Aprenden de lo que modelamos, no de lo que decimos, sino de lo que hacemos. Como adultos y como sociedad, tenemos que preguntarnos qué les estamos enseñando a nuestros niños. Las decisiones que tomamos tienen consecuencias.
De pronto, pensamos que, como son niños y son pequeños, podemos hacer con ellos lo que queramos. Los traemos, los subimos, los bajamos, los metemos, les cerramos la puerta, hacemos como que no oyen, los mandamos para allá, les damos un iPad, los ponemos a ver la televisión y pensamos que no escuchan, que no se dan cuenta, que no ven, que podemos moverlos a nuestra voluntad. Pero son personas. Son personas que tienen derechos y a quienes muchas veces hay que preguntarles. Se trata de aprender a respetarlos como personas, respetar su agencia, su salud mental.
Sí. Es nuestra responsabilidad, como personas adultas, dejarles una buena impresión y mostrarles tanto los límites como lo que está bien y lo que está mal, para ayudarles a construir ese imaginario.
Sí, construir la sociedad que queremos que ellos tengan, porque en esa sociedad ellos se van a volver adultos. Nosotros fuimos niños. Tú fuiste niña, yo fui niña, todos fuimos niños. ¿Qué absorbimos durante esos años? ¿Cómo nos comportamos ahora en el mundo? ¿Quiénes somos? Es exactamente lo mismo con los niños de nuestra época. Eso es lo importante.

Y también me comentaban que terminaste de trabajar en otra serie para Netflix, Abre los ojos. ¿Qué nos puedes contar al respecto?
No te puedo contar mucho porque todavía es una serie que tiene como título provisional Abre los ojos; es probable que cambie. Aborda temas también ríspidos relacionados con la violencia de género. Es muy impactante, con muchos matices, muchas preguntas y muchas invitaciones a la reflexión. Al mismo tiempo, va a ser una serie entretenida, con actuaciones increíbles. Hay un elenco muy poderoso. Antes tenía un reparto pequeño; estaban los niños y los adultos, pero era un elenco bastante contenido. En esta nueva serie hay muchos más personajes y varias líneas narrativas que se van cruzando. Además, hay un gran misterio por resolver. Estoy muy emocionada de que Netflix me haya invitado a ser productora ejecutiva y, como le dicen en Estados Unidos, producing director. Soy la directora principal y la serie está escrita por Alberto Barrera, el mismo escritor de El secreto del río. Es una serie urbana, que transcurre principalmente en la Ciudad de México, muy Ciudad de México. Los otros directores que me acompañan son Alex Zuno y Julián Tetavira.
Súper. Noto que te interesan mucho los temas sociales. ¿Por qué?
Pues no sé, fíjate que es una buena pregunta. Creo que un poco se responde con lo que ya te decía. No porque quiera aleccionar ni nada por el estilo, pero me parece que hay muchísima riqueza en lo que pasa en nuestra sociedad. Me interesa explorar al ser humano desde un lugar honesto, desde su sombra y su luz. Me gustan mucho los personajes profundos, con muchos matices, que no son ni completamente buenos ni completamente malos, sino seres humanos que, tal vez, toman malas decisiones y eso los lleva a un montón de peripecias y problemas, pero que tienen un mundo interior muy rico. Eso es lo que me ha llevado a contar este tipo de historias, tanto en México como en Canadá. He estado muy involucrada en temas de crimen, policíacos, investigaciones y terror, pero es un terror bastante aterrizado. No es un terror de monstruos o fantasmas, sino uno que tiene que ver con la psicología y con la naturaleza del ser humano.
¿Y te gustaría desarrollar otro tipo de proyectos, como largometrajes, o incursionar más en el cine además de las series?
Totalmente. Tengo una película para Amazon, una película por encargo que, como bien sabes, se llama El diario. También estoy desarrollando una película con un fondo de desarrollo aquí en Canadá y otra en México, que estoy coescribiendo. Además, estoy buscando IP, leyendo guiones de terror psicológico, thriller y drama con tintes de thriller. Todo dentro de ese tipo de género, porque una de las cosas más importantes para mí en este momento es hacer una película. Hay varios temas que me emocionan mucho, tanto desde la escritura como desde la adaptación. En eso estoy mientras termino la posproducción de la serie que acabamos de rodar hace poco más de un mes, la que te contaba.
¿En qué temas te gustaría sumergirte en esta nueva etapa de proyectos que tienes en puerta?
Me gustan mucho las historias que tengan cierta poética. Puede ser una poesía oscura, pero me gusta mucho ese tipo de narrativa. También me gustan las historias que son character driven, es decir, impulsadas por los personajes, y que tengan una fuerte energía femenina. No quiero decir que me gusten únicamente las historias femeninas, porque creo que eso reduciría lo que realmente me interesa. Más bien, me atraen las historias que tienen una fuerte pulsión de energía femenina. Las historias que estoy creando, desarrollando y buscando tienen que transmitir esa sensación, esa textura de energía femenina, aunque no necesariamente sean feministas ni femeninas per se. No sé si me expliqué.
Me encanta ese tema que acabas de tocar. Siempre me interesa hablar de eso con las directoras sobre el debate que existe cuando encasillan su trabajo solo por ser mujeres, porque enseguida lo etiquetan como cine feminista. ¿Cuál es tu punto de vista sobre eso?
Mira, es una puerta de entrada. Es un poco como en la publicidad, cuando dicen que las mujeres hacemos buenos comerciales de bebés o de comida para bebés, mientras que los hombres hacen buenos comerciales de coches y de acción. Me parece una visión muy reduccionista. Pero también es cierto que esa idea ha servido como una puerta de entrada para que haya más mujeres dirigiendo. Lo mismo ocurre con los temas de infancia: como soy mamá, entonces puedo dirigir niños. Sí, pero no solo eso. Es verdad que eso me ha ayudado a posicionarme, a sentarme en la mesa y a tener conversaciones. ¿Es lo único que puedo hacer? Por supuesto que no. Así como tampoco lo único que saben hacer los hombres es dirigir coches o escenas de acción.
Creo que, una vez que vamos ganando espacio, también nos toca cambiar esas narrativas y decir: así como los hombres han contado historias de mujeres toda la vida y nadie les ha dicho que no pueden hacerlo, nosotras también podemos contar historias con personajes masculinos, desde otro lugar, otra mirada y otra sensibilidad. Y eso está bien. Es necesario e importante. No me hago como que no existan esas metáforas o esos prejuicios, pero también creo que hay que movernos de ahí. Porque, si no, nos quedamos en esa narrativa de: “Claro, porque soy mujer solamente me dan historias donde las protagonistas lloran”. Si me ofrecen eso, mejor pienso en ¿cómo lo puedo cambiar?, ¿cómo lo puedo replantear?, ¿cómo puedo transformarlo?
Perfecto. ¿Hay algo más que quieras agregar, Alba?
Pues nada, que soy una directora que disfruta mucho trabajar. Aunque vivo desde hace muchos años en Canadá, me encanta trabajar ahí y también me gusta mucho trabajar en Estados Unidos y en otras partes del mundo. Disfruto mucho trabajar en inglés. Pero también disfruto muchísimo trabajar en mi país. La verdad es que trabajar en español me parece un gran privilegio. Es muy bonito tomar distancia y ver a tu país y a tu realidad desde otro lugar, sin romantizarlos, simplemente desde otra perspectiva. Cuando paso mucho tiempo en México, también veo Canadá y Estados Unidos desde otra mirada. Y, pues, nada. Estoy lista, con muchas ganas de seguir contando historias. Me da mucho gusto tener este espacio para compartir mi trabajo y seguir desarrollando nuevos proyectos, esperando que la gente conecte con las historias que voy contando a lo largo de mi carrera.