Crítica: Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary)

La épica de ciencia ficción de Phil Lord y Christopher Miller, basada en la novela de Andy Weir, sigue a un profesor de ciencias que encuentra un aliado poco común en una misión para salvar dos mundos

Por DAVID ROONEY |

marzo 11, 2026

8:16 am

Jonathan Olley / Amazon Content Services

Se harán comparaciones obvias entre Proyecto Hail Mary y otras películas de supervivencia espacial como Gravedad o Misión Rescate, esta última también basada en una novela de ciencia ficción del mismo autor, Andy Weir. Otros podrían llamarla Náufrago en el espacio. Pero si hablamos de parentescos cinematográficos simplistas, prefiero la combinación de dos actuaciones destacadas de Ryan Gosling: como maestro en Half Nelson y como astronauta en El primer hombre en la luna, trabajos que se conectan con su personaje en la inspiradora película interplanetaria de amistad de Phil Lord y Christopher Miller.

El primer largometraje en 12 años de los codirectores —cuyas colaboraciones incluyen La Gran Aventura LEGO, las películas de Spider-Verse, Comando especial y su secuela— demuestra que su capacidad para combinar un humor ligero con una emoción profunda y genuina permanece intacta. Aunque Proyecto Hail Mary se inclina hacia el sentimentalismo, hasta un grado casi empalagoso, la dulzura natural de la película resulta cautivadora. Es difícil imaginar a otro actor capaz de lograr el delicado equilibrio de Gosling, cuyo timing cómico, sutil y discreto nunca ha estado mejor.

Veredicto final

Plegarias respondidas.

Fecha de estreno: Viernes, 27 de marzo.
Elenco: Ryan Gosling, Sandra Hüller, James Ortiz, Lionel Boyce, Ken Leung, Milana Vayntrub y Priya Kansara.
Director: Phil Lord y Christopher Miller.
Guionistas: Drew Goddard, basado en la novela de Andy Weir.

Mucho se ha escrito sobre la apuesta de Amazon MGM por conseguir un gran éxito en taquilla con esta producción de más de 200 millones de dólares. Pero lo que resulta aún más llamativo al verla es darse cuenta de lo poco frecuente que es hoy encontrar ciencia ficción original a esta escala y con esta profundidad emocional. Interestelar, de Christopher Nolan, es un precedente evidente, tanto por su ciencia espacial respaldada por la NASA como por su ambición; otro es La llegada, de Denis Villeneuve, que comparte ese asombro reverencial ante el contacto con vida extraterrestre.

Lord y Miller hacen un guiño a Encuentros cercanos del tercer tipo, y muchos recordarán E.T. una vez que entra en juego una dinámica clave entre personajes. Pero lo especial de Proyecto Hail Mary es su capacidad para activar recuerdos de distintas sagas espaciales y películas sobre vida extraterrestre para diferentes generaciones. La criatura que aparece a la mitad de la historia para unir fuerzas con Ryland Grace, el personaje de Ryan Gosling, me recordó  a una versión más benigna del “Rock Monster” de Galaxy Quest. (Y no, no es una referencia trivial: Galaxy Quest es genial).

Lo más gratificante es el cuidado de los cineastas al buscar soluciones prácticas y sets físicos, en lugar de depender únicamente de las herramientas digitales o de aplanar la acción con interminables secuencias frente a pantalla verde. El énfasis en los efectos realizados en cámara marca una gran diferencia en la sensación envolvente de la experiencia. Esto es especialmente evidente en la manipulación de la criatura y la voz de James Ortiz como el alienígena al que Ryland bautiza como “Rocky”, un pequeño ser de cinco brazos y cuerpo cuadriculado, cuya ingeniosa mecánica es solo el inicio de un relación central conmovedora, basada en la curiosidad mutua y la soledad.

O, al menos, es una de las relaciones centrales. La otra es la que se establece entre Ryland y Eva Stratt (Sandra Hüller), la jefa de un grupo de trabajo internacional, encargada de afrontar una crisis creciente para garantizar la supervivencia de la humanidad. Eva saca a Ryland de su aula en Cleveland, basándose en la intuición de que las mismas teorías impopulares de biología molecular y bioquímica que lo convirtieron en un paria dentro de la comunidad científica lo hacen especialmente apto para descifrar la amenaza atmosférica que está provocando que el Sol se atenúe a un ritmo alarmante.

Eva es un personaje complejo, firme y profesional, absolutamente seria respecto a su misión y dispuesta a hacer concesiones éticas para sacarla adelante. Claramente, desarrolla un afecto por Ryland y una apreciación irónica de su sentido del humor, aunque casi siempre mantiene una apariencia exterior de eficiencia fría y distante. Incluso con esa apertura, las relaciones interpersonales son una prioridad secundaria frente a sus objetivos utilitarios.

Con una intérprete menor en el papel, Eva podría haberse percibido de forma más reduccionista, como una simple líder burocrática y despiadada. Pero la extraordinaria actriz alemana Sandra Hüller, quien alcanzó una gran proyección internacional en 2024 con Anatomía de una caída y Zona de interés, nunca permite que el profesionalismo seco y directo del personaje apague su humanidad. Su escena más cautivadora es un inesperado momento de revelación personal que es mejor mantener en secreto. Solo digamos gracias a Harry Styles.

El reclutamiento de Ryland en la Tierra y sus negociaciones con Eva se revelan lentamente en fragmentos que surgen después de que despierta de un coma inducido, a bordo de una nave espacial —la Hail Mary— a años luz de casa. Su cabello y barba desaliñada indican un largo periodo de hipersueño, y Gosling acierta al retratar su desconcierto inicial con un humor sutil, que establece de inmediato ese tipo de actitud relajada y autocrítica con la que oculta una mente científica brillante. Su hilarante elección de camisetas también subraya esa dualidad.

El guionista Drew Goddard, quien adaptó Misión rescate, de Andy Weir, para Ridley Scott, le da a Ryan Gosling mucho material para trabajar, mientras Ryland lucha por recuperar el uso de sus extremidades o formar palabras, y se pregunta desesperadamente cómo llegó a ese lugar. “¿Qué somos? ¿Algo así como Neptuno?”, le pregunta al sistema operativo de la nave, la IA llamada —por supuesto— Mary (con la voz de Priya Kansara). Pero, aunque Ryland es naturalmente bromista, la gravedad de la situación le resulta inmediata, especialmente cuando descubre que es el único sobreviviente de una tripulación de tres miembros.

Resulta conmovedor presenciar los esfuerzos de Ryland por elogiar a personas de las que no tiene ningún recuerdo, y hay algo pragmático y profundamente espiritual en la escena en que lanza sus cuerpos al espacio. La mortalidad es aquí un tema tan importante como la supervivencia colectiva e individual.

El propósito de la misión en la que este héroe reticente termina involucrado es descifrar los misterios del parásito solar Astrophage, un microorganismo unicelular alienígena, que se alimenta de la energía de las estrellas —incluido el Sol de la Tierra—, atenuando progresivamente su luz. Una científica rusa identificó lo que llegó a conocerse como la Línea Petrova, un arco infrarrojo creado por enormes cantidades de Astrophage que se desplazan hacia Venus para reproducirse. Si no se detiene, tiene el potencial de provocar una edad de hielo global y una extinción masiva. De ahí la determinación implacable con la que Eva aborda la misión.

Los cineastas evitan simplificar la ciencia, que es mayormente accesible; aunque no hace falta seguir cada detalle para mantenerse plenamente involucrado en la historia. El destello de esperanza surge con el descubrimiento de que una estrella, Tau Ceti, de alguna manera ha permanecido inmune a la infección, creando un vacío en la Línea Petrova. Cuando Ryland viaja a esa estrella, se encuentra con una nave proveniente de Erid, un planeta de otro sistema solar, con la que mantiene un objetivo en común. El único sobreviviente a bordo de esa nave logra establecer contacto.

Lord y Miller, junto con sus excelentes departamentos técnicos —en particular, el diseñador de producción Charles Wood; los diseñadores de sonido Erik Aadahl, Malte Bieler y Dave Whitehead; el supervisor de efectos visuales Paul Lambert; y el supervisor de efectos de criaturas Neil Scanlan— logran convertir este encuentro entre dos mundos en algo verdaderamente majestuoso.

Cualquier amante del cine que sienta nostalgia por la época en la que la exploración espacial en pantalla aún podía emocionarnos y sorprendernos disfrutará enormemente esta secuencia. El tiempo y la atención al detalle que Lord y Miller le dedican, sugieren que los directores son tan susceptibles como cualquiera de nosotros a ese asombro, realzado por la conmovedora solemnidad y las dimensiones celestiales de la hermosa partitura de Daniel Pemberton.

La escala monumental y la complejidad de ingeniería de la nave alienígena resulta sobrecogedora, incluso, su intrincado diseño sugiere la composición rica en metales de su planeta de origen. Filmada en IMAX, el director de fotografía Greig Fraser —una pieza fundamental en la construcción del mundo de las películas de Duna— captura con una fuerza asombrosa tanto el tamaño abrumador y la sofisticación estructural de la nave, como la inmensidad y la soledad del espacio.

La alegría y el asombro son contagiosos cuando el eridiano, que más tarde será conocido como Rocky, comienza a comunicarse con Ryland, primero con señales rudimentarias y luego con un lenguaje más complejo cuando improvisan un dispositivo de traducción. Estos dos desconocidos, de planetas distintos, rara vez comparten el mismo espacio durante buena parte de la película, debido a sus incompatibles necesidades atmosféricas. Pero la complicidad creciente entre ambos resulta encantadora, y lo es aún más cuando Rocky construye una forma prismática irregular, una especie de terrario hermético rodante, que le permite abordar la Hail Mary.

Gosling aprovecha al máximo las ventajas de actuar frente a otro ser real, en lugar de hacerlo ante un espacio vacío que luego se llenará digitalmente, y sostiene el humor juguetón y la frustración frecuente de sus diálogos con un tierno sentimiento de gratitud por la compañía de Rocky. Ortiz, a través de su voz y el trabajo de marionetas, logra que Rocky sea emocionalmente receptivo, aunque exprese esas emociones de maneras distintas.

Como sabrán quienes han leído la novela, la misión no sigue el camino habitual de contratiempos y avances, sino que se mantiene en constante cambio, obligándolos a encontrar nuevas soluciones a cada paso, mientras intentan salvar sus dos mundos. El ritmo se relaja un poco a medida que el complicado proceso avanza, pero el final toca las fibras sensibles de una manera enormemente satisfactoria.

Ryland es un gran papel para Ryan Gosling, cuyo encanto desenfadado lo convierte en el actor ideal para disfrazar la ansiedad y la tristeza con humor improvisado, funcionando además como vehículo para la conmovedora reflexión de una historia sobre el altruismo y el sacrificio. Es una actuación magnífica, una de las mejores de su carrera, y logra que nos mantengamos profundamente involucrados en las victorias y derrotas a lo largo de toda la película.

Esto marca un sobresaliente debut en una gran producción de estudio para Hüller, quien estrenará en otoño Digger, de Alejandro González Iñárritu, donde comparte pantalla con Tom Cruise. También es un placer ver a Lionel Boyce, destacado en The Bear, quien interpreta a un ingeniero de la misión aparentemente seco, pero que termina convirtiéndose en un valioso colaborador para Ryland.

Lord y Miller poseen el equilibrio perfecto entre ligereza, emoción y control técnico para dar vida a este material, además de un claro amor por la artesanía clásica del cine, que convierte este universo en uno que casi parece poder tocarse. Qué placer tenerlos de vuelta en la silla de dirección después de tanto tiempo alejados de ella.

DAVID ROONEY

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