Las últimas horas del día transcurren bajo una lluvia incesante. Quizá este sea el único momento que Anna Díaz tendrá para hacer una breve pausa y recordar todo lo que ha vivido en los últimos días. Hasta hace unas horas, aún escuchaba la claqueta del rodaje en el que actualmente participa, pero también el eco infinito de una calurosa ovación que recibió en el Festival de Cannes por protagonizar Ceniza en la boca, el cuarto largometraje de Diego Luna.
Anna Díaz es una de las actrices más destacadas de su generación. Originaria de Campeche, desarrolló en el teatro su amor por la actuación, pero en 2024 dio el salto a la pantalla grande con La cocina, cinta de Alonso Ruizpalacios, que se estrenó en la 74.ª edición de la Berlinale. Ese mismo año, actuó en Un cuento de pescadores (Edgar Nito) y Déjame estar contigo (Isaac Cherem), títulos que consolidaron su presencia en el cine mexicano contemporáneo.
Con Ceniza en la boca, basada en la novela homónima de Brenda Navarro, Anna se adentró en el universo de Lucila, una joven de 21 años que intenta encontrar su lugar en el mundo. Junto a Diego, su hermano menor, decide viajar a Madrid para reunirse con su madre, Isabel (Adriana Paz), quien emigró ocho años atrás en busca de un mejor futuro. Sin embargo, su llegada no resulta sencilla y, sofocada por una nueva realidad, intenta sobrevivir a la fragilidad del mundo que ahora enfrenta.
En entrevista con The Hollywood Reporter en Español, la intérprete detalla el proceso emocional y creativo detrás de esta cinta, la experiencia de proyectarla en uno de los encuentros cinematográficos más importantes del mundo y las historias que quiere contar en el futuro. Este año, se prepara para el estreno de Hombre al agua, la tercera película de Gael García Bernal, así como los nuevos largometrajes de Rodrigo Ruiz Petterson (La hija del general) y Rodrigo García Sáiz (Morro).

¿Cómo viviste el Festival de Cannes? ¿Qué te dejó esa ovación y la cálida recepción de las personas que los acompañaron en la proyección, como Alfonso Cuarón y Gael García Bernal?
Viví Cannes de una manera muy caótica [ríe]. Se sintió como un rush, algo que sucedía de manera fugaz y que, por lo tanto, tenía que intentar vivir y disfrutar lo más posible. Fue un sueño, pero de esos que no logras comprender hasta días después, cuando llegas a casa y te preguntas: “¿Qué fue lo que viví? ¿Qué fue lo que pasó?”.
Fue la primera vez que la película salió a la luz y siempre hay un miedo, uno que disfruto mucho, por el misterio que surge alrededor de un proyecto como este. Luego, cuando tienes que dejarlo ir, no sabes si las personas van a reaccionar con el mismo amor con el que el equipo hizo la película.
Recibir esos aplausos tan cálidos de la gente que nos acompañó, de una manera tan humana y con esa celebración en comunión, me dejó una sensación hermosa.
¿Cómo llegas a Ceniza en la boca? ¿Qué fue lo que más te atrajo del guion y de interpretar a Lucila?
Hice casting, pero al principio mantuvieron el proyecto con cierta confidencialidad y no dieron a conocer el título. No sabía que estaban haciendo la adaptación del libro de Ceniza en la boca. Empecé el primer casting y, cuando leí la descripción del personaje, dije: “Soy yo”. Pasaron dos meses sin respuesta y pensé que quizá no era yo, hasta que un día me llamaron para decirme que Diego Luna quería hacer una videollamada para platicar sobre el proyecto y verme en un callback.
Estaba muy nerviosa; fue la primera vez que conocí a Diego. Durante el callback hice una escena con Adriana Paz. Algo que me encanta de este proyecto es que estoy trabajando con gente a la que admiro mucho. Adriana Paz tiene una trayectoria maravillosa y está viviendo un momento increíble; lo merece tanto. Sucedió algo hermoso al estar frente a ella, construyendo una escena que se dio de una manera tan natural y orgánica.
Como siempre, me fui de esa audición pensando que seguramente no había quedado. Fui a casa de una amiga, y me ofreció un mezcal. Ahí estábamos, mezcaleando, cuando de la nada me llamó Diego para decirme: “Me encantaría que fueras Lucila”. En ese momento, la noticia me cayó como un balde de agua fría por toda la responsabilidad que implicaba. Después leí el libro; es una novela tan desgarradora y visceral. Agradezco mucho que me hayan dado la oportunidad de explorar, tan profundamente, un personaje tan complejo.

¿Qué te hizo resonar con el personaje de Lucila? ¿Qué aspectos comparten?
La describen como una chica que se sobrepone a cualquier situación, capaz de cuidar a los demás, sin embargo, a veces toma decisiones que vienen desde una herida o desde el enojo. Aún así, es una mujer llena de vida, que está creciendo. Resoné con toda esa descripción, además de sus características físicas como el cabello negro y largo [lo toma y lo lanza al aire mientras ríe]. Lucila tiene la fuerza para empezar de cero y decir: “Ya estoy aquí, lo voy a afrontar y lo voy a vivir con la intensidad con la que tiene que ser vivido”.
Además, la película aborda muchas temáticas complejas y dolorosas: desde la migración y la ausencia, hasta la experiencia de maternar sin ser madre. ¿Cómo te preparaste emocionalmente para habitar este universo?
Desde que leí el libro sentí mucho amor por los personajes y, sobre todo, mucha empatía por Lucila. Como mujer mexicana, también me ha tocado vivir temas relacionados con el cuidado y la migración. Además, la película me parece una carta hermosa sobre la relación entre madre e hija. Por primera vez, ambas se ven como personas que han tomado decisiones sin las etiquetas de: “Debiste hacer esto porque eres mi madre”, sino, más bien, desde un lugar de entendimiento: “Ahora comprendo por qué tomaste esas decisiones”.
También es una carta a las hermanas mayores. Recuerdo a mi hermana asumiendo responsabilidades desde adolescente; cuidándome, dejando de ir a fiestas para estar conmigo, y yo exigiendo todo el tiempo su atención. Son temas que, quieras o no, atraviesan la vida cotidiana. Lo único que hice fue intentar conectar todo lo que he vivido con el mundo de Lucila, y también dejé que su mundo habitara en mí.
A mí me resuena el tema de maternar sin ser madre. Yo también fui ‘mamá’ de mi hermano pequeño y es un tema muy presente del que casi no se habla en el cine.
Se repite este ciclo de cuidado en las mujeres. A mí me tocó cuidar a las hijas de mi hermana, a mis sobrinas. Me recuerdo, a los 8 años, leyendo un libro sobre maternidad porque quería que su infancia fuera mucho mejor y evitar ciertos patrones. ¿Cómo es que una niña de 8 años estuviera intentando entender todo eso?

Lo dices bien, son patrones que se repiten y que ya están muy arraigados. Ahora, Diego Luna suele acercarse a las historias desde un lugar muy político, pero también humano. ¿Cómo describirías la experiencia de ser dirigida por él?
Es una experiencia muy delicada. Diego es una persona muy humana, sensible, generosa y amable, y, en su rol como director recibí exactamente lo mismo. Me parece que, por toda la experiencia que ha tenido como actor, en este punto de su carrera está intentando ser ese director que, quizá, anheló tener en algún momento. Es un director que me acompañó todo el tiempo y que entiende muy bien los procesos mentales y emocionales por los que pasa un actor cuando está sumergido en una atmósfera tan fuerte y, al mismo tiempo, tan delicada.
A mí me pasa que, cada vez que termino mi primer día de rodaje, pienso que me van a despedir [ríe]. Tener a alguien que constantemente me recordaba que por algo estaba ahí me ayudó a poner los pies en la tierra, a disfrutar y agradecer, no solo por formar parte de esta experiencia, sino también para creer en mí. Me repetía: “Voy a dar lo mejor de mí y quitarme estos miedos que nada más están triturando el camino”. Pero eso lo logré gracias a la empatía de Diego. Nunca había visto a alguien disfrutar tanto estar en un set como él. Todo el tiempo estaba sonriendo, jugando y, hasta en los momentos más tensos, mantenía una amabilidad impecable.
¿Con él hay espacio para la improvisación?
Sí. El texto siempre es tu guía, porque hay cosas que necesariamente se tienen que contar de cierta manera, pero también buscábamos la naturalidad, para que la vida de los personajes se sintiera lo más orgánica posible. Sí hubo momentos de juego y espacios para decir lo que se nos ocurriera.
¿Qué conversaciones tuvieron sobre las experiencias que atraviesan las mujeres de la película?
Platicamos muchísimo. Él venía con sus propias reflexiones acerca de la película, de cómo esta historia había resonado con él y los motivos por los que quería contarla. Yo también llegué con ciertos motivos y siempre existió una apertura para hablar de cómo nos movían estos temas. En mi caso, mi mamá también migró hace algunos años. Fue un tema que sentí muy cercano; ese momento de estar frente a frente con tu madre, entenderla y, al mismo tiempo, decir: “Te necesito, pero también entiendo que esto no es nada fácil”.
El proyecto llegó en un momento muy importante para mí. Creo que, de alguna manera, los personajes te eligen por algo. Realmente se conectó una línea temporal muy bonita.

Ceniza en la boca también nos habla de resistencia. ¿Qué crees que hace que Lucila se mantenga de pie a lo largo de la historia?
A veces es la inercia. Le ha tocado vivir cosas que ella no eligió y asumir responsabilidades que no tendría por qué haber asumido. Eso la lleva a estar siempre cuidando de los demás, mientras se descuida a sí misma. Cuando tienes tantas cosas que hacer, no te queda tiempo para preguntarte qué quieres de la vida. En ese momento, ella apenas se lo está cuestionando y está intentando vivir lo que se debe vivir a su edad.
Pero, lo que realmente la sostiene, más allá de encontrar su lugar en el mundo, es saber que ella es su propia casa, junto con su hermano. Hay una relación tan fuerte entre ellos que, a pesar de todo lo que sucede en la película, de alguna manera ella sabe que siempre lo va a tener a su lado. Pase lo que pase y vaya a donde vaya, lo llevará consigo.
¿Qué aspecto emocional fue el más complejo de afrontar durante el rodaje?
Fue un proceso muy nostálgico. A lo largo de la historia, Lucila pasa por muchas situaciones y conoce a muchas personas durante su trayecto. Empezamos a filmar con la familia y se creó un ambiente tan fuerte que, cuando tuve que pasar a otra etapa y dejé de verlos, sentí un vacío impresionante. Era como si realmente me estuvieran arrebatando algo. Después, me tocó filmar con las amigas y era otro ambiente, otra sensación; se acabó eso y sentí que una parte de mí también se desprendía. Luego filmé con Teresa, la señora a la que cuido, y pasó lo mismo.
Constantemente construía relaciones tan fuertes y, al mismo tiempo, tan efímeras, que llegó un punto en el que sentí que estaba viviendo la historia de verdad. Cuando regresé a México para terminar la película, de alguna manera me sentía ajena a todo lo que ocurría aquí. Eso fue lo más complicado. Más allá de las escenas tan fuertes, sentí que todo ocurrió porque realmente extrañaba a esas personas, esa convivencia. Sentía que no podía construir nada que durara.

Diego Luna describe esta cinta como “un viaje creativo lleno de independencia y libertad”. ¿Cómo la defines? ¿Qué significó para ti?
La describiría como un viaje de reconocimiento y despojo. Eso es lo que va ocurriendo a lo largo de la película. Es un viaje hacia la madurez, hacia las heridas y, también, hacia lo que decides hacer con ellas. Durante el trayecto vas dejando partes de ti.
Pronto estrenas tres proyectos muy importantes. ¿Cómo te fue con Hombre al agua? Me parece mágico que formes parte de dos producciones dirigidas por personas cuyas trayectorias, de alguna manera, están entrelazadas.
Fue un proyecto muy divertido. Es una película que puede ser muy diferente. Me tocó grabar en Yucatán, y lo agradecí mucho porque yo soy de Campeche y viví muchos años en Mérida. Regresar a esa tierra que vio nacer este sueño tan intenso, y hacerlo con una película de Gael, fue maravilloso.
Diego y Gael son personas a las que siempre he admirado. Muchas personas que nos dedicamos al cine lo hacemos. Estoy muy contenta de poder colaborar con ambos. Me parece muy loco porque, hace años, mi biografía de Instagram decía: “Actriz ruda y cursi”. Llegar hasta aquí sí se siente como una manifestación, como un decreto al universo [ríe]. Estoy muy emocionada por ver cómo quedó Hombre al agua; me parece que pronto también va a estar en festivales. Fue muy divertido interpretar a una yucateca.
También tienes La hija del general y Morro. ¿Te resulta fácil alejarte de un personaje para adentrarte en otro ahora que estás entre rodajes?
Sí, me gusta pensarlo como un ritual. Cada vez que termino un proyecto, me gusta hacer algo para cerrar ese ciclo, ya sea escribir o tomarme unos días para mí, para volver a mi “yo”. Después de eso, me enfoco en lo que sigue.
El año pasado grabamos Ceniza en la boca y, al regresar, hice una docuficción. De ahí, comencé La hija del general y luego Hombre al agua. Todos fueron personajes tan diferentes, con tonos también muy distintos, pero cada uno me salvó de quedarme atrapada en los lugares emocionales que me había dejado el anterior. Se arma una especie de rescate entre proyectos y pienso: “Ahora viene esto; voy a ponerme las pilas para entender este universo y disfrutarlo como se debe”.

A lo largo de tu trayectoria, has trabajado con directores jóvenes, aunque con carreras ya consolidadas. ¿Es algo que has buscado o se ha dado de manera fortuita?
Se ha dado sin planearlo. Son directores que me han enseñado mucho. Son muy jóvenes, pero tienen una gran experiencia; además, son talentosos y profundamente apasionados por lo que hacen. Haber empezado con La cocina, junto a Alonso Ruizpalacios, fue una clase magistral sobre cómo se hace cine. Yo venía del teatro y entrar directamente a ese proyecto fue un proceso muy amable, porque Alonso también viene del teatro. La cocina fue una especie de punto intermedio entre ambos mundos.
Entender cómo se hace el cine desde lo técnico e ir saltando de proyecto en proyecto junto a estos directores ha sido muy enriquecedor. También me gustaría trabajar con directoras; ahora estoy trabajando con Elisa Miller y eso me emociona mucho. Quiero conocer todos los universos posibles, tanto de directoras como de directores, y seguir contando historias.
¿Qué historias te gustaría interpretar en el futuro?
Los proyectos que he hecho han estado muy relacionados con mi propia búsqueda. Me interesa seguir explorando temas sociales y políticos, y continuar con esta representación de mujeres echadas para adelante. Por otro lado, quiero seguir formando parte de proyectos que son necesarios por lo que representan y por los temas tan importantes que abordan sobre México. No hay que olvidar que somos un país profundamente herido. Hay muchísimas historias que todavía necesitan ser contadas y me gustaría formar parte de ellas.
Además, me interesa explorar una actoralidad con un tono más realista. Tengo muchas ganas de hacer terror, y de llevar mis límites corporales y emocionales a otros lugares. Por ahora, esa es mi búsqueda.

¿Te gustaría dirigir?
Falta camino por recorrer. Creo que ser directora implica tomar muchas decisiones y, para mí, eso es lo más difícil. Me gusta el hecho de conocer historias e imaginarlas, y decir: “Esto se tiene que hacer, esto se tiene que contar”. Siento que, en algún momento, ese impulso va a crecer lo suficiente como para llevarme a hacerlo. Surgirá la necesidad y, si no llega alguien más para contar esa historia, entonces lo haré yo.
Primero la actuación.
Sí, todavía hay mucho que explorar ahí. Además, también está el proceso de aprender cómo dirigir y cómo trabajar con actores. Es algo que me mueve mucho, especialmente cuando se trata de las infancias. Es un reto que debe abordarse con muchísimo cuidado y amor, y sí me gustaría, en algún momento, poder acompañarlas.