El actor mexicano Arap Bethke ha construido una carrera marcada por personajes intensos, muchas veces al límite, que se mueven entre la violencia, el deseo de control y una fragilidad que rara vez se verbaliza. En esta conversación, el actor reflexiona sobre su proceso, la importancia de lo no dicho y el reto de habitar figuras que no buscan redención.
Tus personajes recientes parecen estar atravesados por algo que nunca se explica del todo. ¿Por qué te interesa trabajar desde ese vacío?
Porque lo que no se dice muchas veces es lo que más pesa. A mí me interesa que esas cosas se vean en la forma en que el personaje se mueve, en cómo mira, en sus decisiones. En Polen, por ejemplo, trabajamos mucho esa idea de alguien que siente que no pertenece, que viene de una carencia, y que cubre eso con poder, ego o incluso violencia. No hace falta explicarlo en diálogo, está ahí todo el tiempo, empujando lo que hace.

¿Ese tipo de personajes te interesa más que los que tienen un arco más claro?
Sí, porque son personajes que no aprenden. Que repiten. Que no integran lo que les pasa. Y eso es muy humano. Nos gusta pensar que la gente cambia, pero muchas veces no. Se quedan en el mismo lugar, construyen relaciones complicadas, toman decisiones desde las mismas heridas. Eso los vuelve interesantes.
En Lobo, morir matando trabajas desde otro lugar, más físico y directo. ¿Cómo construiste ese personaje?
Para él, la violencia es una forma de hacer justicia. Es alguien que no cree en el sistema, que siente que no funciona y que decide actuar por su cuenta. Eso lo convierte en una especie de antihéroe. Tenía que haber algo con lo que el público pudiera conectar, aunque sus acciones sean fuertes. Y su viaje tiene que ver con desmontar esa armadura que se ha construido.

¿Qué tan difícil es interpretar personajes que operan desde la agresión o el silencio?
Es difícil, pero también es lo más interesante. Yo busco que cada personaje sea muy distinto a mí. Meterme en esas cabezas, en esas formas de pensar, te obliga a entender sin juzgar. Y eso, al final, te da más herramientas como actor y como persona.
Tu interés por la psicología parece clave en ese proceso.
Sí, viene desde casa. Mi mamá es terapeuta, entonces siempre estuve cerca de ese mundo. Me interesa mucho el inconsciente, entender por qué hacemos lo que hacemos. Cuando construyo un personaje, parto de ahí. De sus impulsos, de sus contradicciones. Todos tenemos todo dentro, pero lo que hacemos con eso es lo que nos define.
¿Te ha pasado que un personaje cambia lo que tenías planeado?
Sí, y es de lo más interesante. A veces llegas con una idea muy clara, pero en los ensayos o en el set te das cuenta de que no funciona. Con Lobo me pasó eso. Yo lo imaginaba de una forma más visible, más frontal, y terminó siendo alguien que casi quiere desaparecer, que no quiere que lo vean. Ahí entendí que hay que dejar que el personaje te lleve, no imponerle todo.
También hablas de un proceso muy colaborativo.
Total. El director tiene una visión más amplia, y hay que confiar en eso. Puedes tener discusiones, puntos de vista distintos, pero al final es un trabajo conjunto. A veces algo que no entiendes en el momento tiene sentido más adelante, dentro de la historia completa.

Vienes de personajes bastante densos y ahora trabajas en una historia con un tono más espiritual. ¿Qué te atrajo de ese proyecto?
Justo eso, el contraste. Después de tanta oscuridad, hacer algo más luminoso se siente necesario. Es una historia sobre los últimos días de Jesús, pero desde un enfoque humano, sin efectos ni grandilocuencia. Me interesó porque muestra la duda, el miedo, la contradicción de los personajes. No es una historia de certezas, es de conflicto interno.
El apóstol Pedro es una figura muy conocida y reverenciada. ¿Cómo lo aterrizaste para que no se sintiera distante?
Desde lo humano. La película no busca ser evangelizadora ni espectacular. No hay grandes efectos ni milagros exagerados. Se centra en el conflicto interno de los personajes. Pedro es impulsivo, es contradictorio. Es el que se lanza primero, pero también el que duda. Y eso me parecía muy interesante.

Es un personaje que niega a Jesús. ¿Cómo trabajaste ese momento?
Desde el miedo. Él cree, pero cuando llega el momento crítico, se quiebra. Dice que no lo conoce. Tres veces. Y luego viene la culpa. Esa contradicción es lo que lo hace interesante, porque no es un héroe perfecto. Es alguien que falla.
También hay una dimensión más amplia sobre el mensaje de la historia.
Sí, porque lo que plantea es que la verdadera disrupción es el amor. En un contexto violento, donde todo el mundo actúa desde el miedo o el poder, aparece esta idea de responder desde otro lugar. Eso es lo que me pareció más potente del proyecto.
¿Hay algo que conecte todos tus personajes?
Sí, que cada uno me permita explorar algo distinto del ser humano. Esa es mi búsqueda. No repetir, no quedarme en lo mismo, sino entender diferentes formas de pensar y de vivir. Eso es lo que me interesa como actor.