Nacido en Ciudad de México, Armando Espitia es un actor de cine, teatro y televisión cuya carrera se ha construido entre proyectos exigentes y personajes incómodos. Debutó en el cine con Heli (2013), dirigida por Amat Escalante, una película que lo colocó en el radar internacional y le abrió la puerta a un tipo de interpretación física, intensa y marcada por la verdad emocional. Años después regresó al Festival de Cannes como protagonista de Nuestras madres (2019), del director César Díaz, cinta ganadora de la Cámara de Oro, donde encarnó a un hombre atravesado por la memoria histórica y las heridas de Guatemala.
Antes de actuar, Espitia tuvo formación musical: entró desde niño a la Orquesta Sinfónica Juvenil Blas Galindo, donde estudió violín. Luego se formó en actuación y danza, pero dejó la escuela para filmar Heli, y desde entonces se ha movido entre el cine independiente y la televisión. En series ha participado en títulos como Diablo Guardián, El recluso y Los enviados, y también debutó en la TV estadounidense con Texas Rising. Además, ha impulsado su trabajo en teatro como cofundador de la compañía Conejo con prisa.
Ahora, con proyectos como El Mochaorejas para ViX, la versión mexicana de The Office titulada La oficina para Prime Video y la telenovela Colisión para HBO Max, Espitia transita entre formatos sin abandonar una obsesión: encontrar lo humano, incluso cuando el personaje es parte de una historia dura o polémica.

Armando, ¿cómo estás?
Bien, creo que me va a dar gripa, pero bien.
Debutas en el cine con Heli. Quería preguntarte cómo recuerdas ese tránsito emocional de encarnar esa violencia cotidiana desde un lugar muy particular, y qué aprendiste ahí sobre el cuerpo del actor.
Fue muy difícil, pero yo no lo entendía en su momento, porque con el tiempo se aprende que todo pasa por el cuerpo. Inevitablemente, todo el proceso mental o emotivo se arraiga en algunos lugares del cuerpo. Hay un video del detrás de cámaras de esa película que por alguna razón se ha visto en varias escuelas y mucha gente lo sigue recordando. Y me dicen: “¿Por qué estabas tan enojado?” o “Te recuerdo bien enojado… y qué bueno”.
Yo estaba estudiando teatro cuando fui seleccionado para esa película. Venía de procesos más comunales, más artísticos, explorando la teatralidad, y terminé con Amat Escalante, que es un genio. Siempre agradezco haberme topado con él. Trabaja distinto. Literal, me llevó a vivir ahí. El primer llamado de Heli… yo dormía en el set, en la cama del personaje. Son cosas que a Amat le gusta explorar y que a la larga se vuelven violentas para el cuerpo del actor.
En ese momento los dos lo aceptamos, ya que los dos estábamos explorando. Pero en el segundo mes de rodaje yo estaba enojado y no sabía por qué. Cuando pasa el tiempo dices: claro, es todo lo que uno se trae del personaje y que se va quedando en el cuerpo. Y uno lo lleva hasta el escenario.

Quisiera pasar a Nuestras madres. Ahí trabajas el duelo histórico desde una intimidad cercana al documental. ¿Cómo construiste ese puente entre memoria colectiva y experiencia íntima sin caer en el sentimentalismo?
Primero, con mucho respeto. Esa película me dio miedo. Una madrugada me desperté y pensé: “Yo no debo hacer esto. Yo no soy guatemalteco. Esta historia no me corresponde”. Le escribí al director, que estaba en otro huso horario, y me respondió: “Te confundes. La información, la lejanía, la distancia, la verdad, también te pertenecen. Y desde ahí tenemos que abordarlo”.
Pero yo nunca dejé de sentir ese miedo, ese respeto por la historia. Eso me hizo trabajar muchísimo más: informarme, leer, hacer el trabajo que hace el actor de traerlo al cuerpo y a la emoción propia, para tratarlo con dignidad. Es un tema que implica responsabilidad, sobre todo cuando estás hablando de un país del que yo antes sabía muy poco. Me declaré ignorante.
Esa película me impactó porque pensaba: las personas que pasaron por esto están vivas. Mi personaje, Ernesto, tiene mi edad o un par de años más. ¿Cómo honrar la historia de esas personas a través de mi trabajo?
César Díaz tenía un fondo fuerte en el documental y en la edición. La sutileza y el trabajo fino lo caracterizan. Yo busqué que no fuera solo un panfleto o un esbozo de la memoria histórica, de la pérdida, del despojo, incluso del desalojo de los restos, del recuerdo y de la posibilidad del duelo. ¿Cómo llevar eso a la carne, al vientre, a la vida cotidiana? No contarla desde lejos, sino cargarla.
Y también fue un trabajo físico. Trabajé con los hombros. Sentía que el personaje llevaba un legado de tristezas ahí, en la espalda. Hasta el pelo: el director me lo bajó. Todo iba “hacia abajo”, cansado, como si Ernesto cargara a su padre perdido, a sus abuelos perdidos, toda una historia encima. Esos detalles hacen que el trabajo sea más humano que político.
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Hablando de retos, estuve hablando con Damián Alcázar sobre El Mochaorejas, donde tú participaste. Quisiera que me contaras sobre tu papel y el desafío de incorporar personajes infames al formato televisivo.
Estaba cenando con Damián y me dijo: “Cuando hagamos El Mochaorejas, tú vas a hacer de un piojo”. “Mi personaje es como el tuyo: no tiene ni nombre ni historia, pero está ahí todo el tiempo”.
Para mí lo más interesante era incorporar cierta ternura o inocencia de la juventud. Me tocó ser el más joven del elenco, y jugamos a que yo era más joven todavía. Quería mostrar esa inocencia de muchas juventudes en mi país que se ven permeadas por la violencia o toman decisiones violentas por contexto, o son arrastradas.
Mi personaje está todo el tiempo comiendo dulces. Le dicen “El Niño”, “El Piojo”, “El Baby”. Mientras otros piden alcohol o drogas, mi personaje toma refresco de mango. Queríamos dejar ese indicio: la juventud metidas ahí.
Yo era un testigo en la serie. Soy miembro de la banda, pero mi trabajo era mirar. Y navegar esa ambivalencia: a veces disfrutar la violencia y a veces cuestionarla. Ese personaje podía moverse entre las dos. Y creo que esa ambivalencia complejiza y vuelve más real al personaje: no para justificarlo, sino para entenderlo. Para que el espectador se pregunte, aunque sea un microsegundo: “Ah, este cabrón me cae bien… ¿qué tengo yo de eso?”. Esa era mi tirada.
Yo vi esa obsesión por los dulces como una forma de aferrarse a lo poco que le queda de infancia, incluso como sedación en medio del horror.
Totalmente. Te cuento algo rápido que no se nota en la serie, pero me gusta contarlo por el nivel de trabajo. Un día llegué a los ensayos con unos tenis azules nuevos y Damián me dijo: “Qué bonitos tus tenis, mijo”. Siempre me decía “mijo”. Entonces nos inventamos un backstory: cuando yo era niño, el personaje de El Mochaorejas me compró unos tenis porque me veía en la calle pidiendo dinero, haciendo chambitas.
Esa conexión tenía que ver con que él fue la única persona que realmente me vio. Él me regaló los tenis y yo le regalé mi lealtad. Y desde ahí construimos por qué siempre estoy cerca, porque aunque no digo nada, siempre estoy ahí.

Vienes de la música y la danza. ¿Crees que ese ritmo influye en tu forma de actuar? ¿Hay partituras internas en los personajes?
Sí. No en todos, pero la música y la musicalidad están presentes todo el tiempo. De la música aprendí el sentido del ritmo, tenerlo perceptivo, sentirlo. Y también la disciplina. No una disciplina de rigidez, sino la de la música. Entras en el ritmo y en la cadencia o no estás. También aprecio mucho que la orquesta era comunal. Conocí los escenarios con la orquesta, pero éramos un grupo. No eran individualidades. Te formas al ritmo.
Eso marca quién soy como actor. Claro que existen el ego y las ambiciones, pero yo entiendo la ficción como trabajo comunitario. Lo que yo hago está para el otro, servirlo con la mano extendida.
¿Sientes diferencia entre actuar en cine de autor y en series más masivas?
Me encantaría decirte que sí, pero ya descubrí que mi formación de autor me formó para todo. Amat Escalante y otros autores me formaron. Y te soy honesto: mi personaje en El Mochaorejas podía no haber dado nada. Podía ser solo una figura. Pero mi curiosidad y mis ganas de no aburrirme hacen que siempre esté buscando atravesar y comunicar algo más.
Ahora estamos por estrenar La oficina, que es comedia, la versión mexicana de The Office. Para mi personaje me fui con historias profundas, con una tesis social. Al final puede que no se cuente todo, pero a mí eso me mantiene vivo en el trabajo.
Me di cuenta de que hago eso en todos mis trabajos: En la telenovela Colisión de HBO Max también. Yo ya traía conmigo reflexiones sobre nuevas masculinidades. La verdad es que siempre quiero intensificar todo. Esa es la verdad.
Hablemos de lo que viene. ¿Qué puedes contar de La oficina?
Venimos de la conferencia de prensa hoy. Se estrena en Prime Video. Es una adaptación mexicana. Primero está la serie original británica, luego vino la estadounidense, y ahora estamos en este multiverso extraño.
La dirigen Gary Alazraki y Marcos Bucay. Hoy descubrí algo: Yo me llevo de este proyecto la comedia. Yo, que siempre busco transformar aunque sea a una persona, me llevo la comedia como estructura y como medio para llegar a más gente con más mensajes.
Ellos son genios casi matemáticos de la comedia. Tiene tanta técnica que me fascinó. Y también me dejó la relajación: fuimos a jugar tres meses en una bola de locos. Creo que eso se traduce en pantalla.
¿Y sobre la telenovela de HBO Max?
HBO Max decidió hacer una telenovela para Latinoamérica, con todas las de la ley. Me llamaron para un personaje: hago del detective de toda la historia. Me encantó porque era un personaje machista. Su jefa es mujer, y él es un “machín”. Y no sé cómo terminé buscando nuevas masculinidades para él.
El melodrama era algo que yo no terminaba de alcanzar. Me sentía poco expresivo para el melodrama, pero creo que logramos algo interesante. Ya tenemos grabadas tres temporadas. No hay fecha exacta, HBO la anunciará. Ya dijeron que es este año. Se llama Colisión.

Me contabas también del proyecto con Maite Alberdi.
Sí. Es una película que se estrenó en en la Berlinale: Un hijo propio, de Maite Alberdi, donde soy coprotagonista. Cuando terminamos, la editora chilena me dijo: “Armando, ¿tú eres músico?”. Yo le pregunté por qué, y me dijo: “Tienes oído absoluto… estás repitiendo todo exactamente”. Me dio risa que lo notara sin conocerme. Pero sí: mi formación musical se nota incluso en la escucha, en el sonido.
¿Qué historia sientes que todavía no has contado como actor y que te está esperando?
Esta pregunta ya no tiene respuesta ahora, la seguiré pensando. Pero antes de hacer la película de Maite yo decía: “Necesito hacer de papá, quiero interpretar a un padre”. En mi vida personal es un tema que navego mucho. Yo decía: “En la ficción es más fácil”. Ser padre en la vida real es más complicado.
Y la película fue un regalo porque me dijeron: “¿Quieres ser papá? Ahí te va”. Es un personaje que quiere ser papá y no puede. Las reflexiones que dejó en mi vida son muy interesantes.
Otra cosa que quiero explorar son personajes masculinos con nuevas maneras de ser hombre. Desde joven me decían: “Ponte fuerte, ponte musculoso, juega esas reglas y te va a ir bien”. Yo he tomado otras decisiones con mi cuerpo, con mi energía, con mis personajes, porque me parece lo más honesto.
Cuando me preguntan con qué directores quiero trabajar, siempre digo: con los que no conozco todavía. Con gente joven que busque otras maneras de contar, gente que te roba la cabeza y el corazón con sus historias. Eso se me antoja.
Armando, fue un placer.
Creo que nos volveremos a ver, André. Viene La oficina, viene Colisión… seguro nos veremos de nuevo. Muchísimas gracias, un placer.