Cherien Dabis: “Todo lo que queda al final es el amor”

La directora y actriz Cherien Dabis reflexiona sobre memoria, silencio, maternidad y resistencia emocional en su obra Todo lo que queda de ti.

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

diciembre 19, 2025

10:36 am

Cortesía de Watermelon Films

Para Cherien Dabis, el cine no es solo una herramienta narrativa, sino un espacio de memoria, duelo y sanación. En esta conversación íntima, la cineasta y actriz palestino-estadounidense revela las experiencias personales que dieron forma a Todo lo que queda de ti, una película que adapta el libro de Ghassan Kanafani y producida por Javier Bardem y Mark Ruffalo, construida desde los recuerdos, los silencios y las emociones que rara vez encuentran lugar en los titulares.

Cherien, ¿qué recuerdos o imágenes se convirtieron en el núcleo emocional de Todo lo que queda de ti?

Es una gran pregunta. Uno de mis recuerdos más tempranos es cuando viajé a Palestina por primera vez, tenía ocho años. Íbamos desde Jordania hacia Cisjordania para visitar a la familia de mi padre, en su pueblo natal, al norte. En la frontera nos retuvieron durante doce horas. Soldados israelíes revisaron todo el contenido de nuestras maletas, interrogaron a mis padres una y otra vez y, finalmente, ordenaron que nos desnudáramos para una requisa.

Recuerdo con mucha claridad el rostro de mi padre, rojo de rabia y humillación. Se enfrentó a los soldados, trató de razonar con ellos, de que nos dejaran pasar. Empezaron a gritarle y, como niña, pensé que lo iban a matar. Creo que ese fue uno de los primeros momentos en los que entendí lo que significaba ser palestina.

Yo no crecí bajo ocupación, pero la visité muchas veces. Cada viaje era una ventana a esa realidad: ver a mi padre humillado, sentir que no éramos bienvenidos, aunque yo no entendiera del todo por qué. Mi padre fue exiliado en 1967 y necesitó otra ciudadanía solo para poder volver a visitar su tierra, siempre con permiso de las autoridades israelíes.

Crecí en la diáspora, rodeada de imágenes occidentales sobre palestinos, árabes y musulmanes. Desde pequeña percibí que algo no cuadraba, que había una deshumanización constante. Veía las noticias de Estados Unidos y luego las del mundo árabe y pensaba: ¿cuál es la verdad? Ahí entendí que todo es una narrativa, todo es una historia.

Ese recuerdo de infancia, junto con el dolor acumulado de mi padre y su creciente desilusión, fue fundamental para esta película. Sentía que faltaba algo en el paisaje mediático: el impacto emocional real, cómo estas experiencias nos transforman la vida para siempre.

¿Por qué la historia necesitaba desarrollarse desde la memoria y no de forma cronológica?

Quería lanzar al espectador directamente al centro de la acción. Hay una imagen icónica de un adolescente palestino enfrentándose a soldados armados, pero durante años nadie se preguntó quién era ese chico ni por qué estaba allí.

Para contar esa protesta tenía que contar la historia del campo de refugiados. Y para contar la historia del campo, tenía que contar cómo esa familia se convirtió en refugiada. La memoria es esencial para quienes vivimos en la diáspora. Palestina, para mí, siempre fue memoria, nostalgia, relatos heredados. No crecí allí, pero siento que la conozco profundamente a través de las historias que escuché toda mi vida.

Tu película tiene pausas, silencios. ¿Cómo decides cuándo el silencio debe reemplazar al diálogo?

Trabajo mucho desde el instinto, pero sabía desde el guion que el silencio iba a ser clave. Quería que el espectador leyera las emociones en los rostros, no que todo se explicara con palabras.

Para que una película sea verdaderamente emocional, hay que dejar que las cosas caigan, que se asienten. Me gustan las películas que pueden acelerar y luego detenerse, que te permiten procesar lo que acabas de ver. Cuando todo va demasiado rápido, no hay espacio para sentir.

¿Qué te enseñó interpretar a Hanan sobre la vulnerabilidad y la autoría como directora?

Estoy profundamente agradecida de haber interpretado este papel. Aunque yo misma me elegí, casi no lo hago. Hanan me permitió explorar cualidades que quería entender en mí: su vulnerabilidad, su compasión, su fe en algo más grande.

Ella es el ancla espiritual de la película. Es quien puede contar la historia porque no la vivió de forma directa, sino a través de su esposo. En la cultura palestina, muchas veces quienes sufrieron no pueden hablar; son las mujeres, los hijos, quienes terminan narrando.

También quise rendir homenaje a las mujeres palestinas, que tantas veces sostienen a familias destruidas por la violencia, buscando cómo sanar, cómo seguir. Fue un papel muy profundo, un regalo que me permitió expresar mucho del duelo que sentía al observar lo que ocurre en nuestra tierra.

Cortesía de Watermelon Films

Como psicólogo que soy, me interesó mucho la relación madre-hijo en la película. ¿Cómo la construiste?

Al principio pensaba más en las relaciones padre-hijo, en cómo distintas generaciones de hombres reaccionan a la ocupación. Pero la mujer es esencial porque aporta cuidado, espiritualidad y la capacidad de transformar el dolor.

En muchas culturas, los hombres no reciben herramientas para expresar sus emociones. El dolor se queda atrapado en el cuerpo, convertido en ira. Las mujeres, en cambio, suelen tener más recursos para atravesar ese dolor y ayudar a la familia a hacerlo.

La relación con los hijos surgió de forma muy orgánica, desde mi propio instinto. Quería que Hannan aportara ternura, luz y amor a una historia que, por lo demás, es muy dura.

¿Qué responsabilidad sientes con el público cuando la película se niega a ofrecer un cierre definitivo?

No puede haber cierre en una tragedia que sigue ocurriendo. Sería falso. Mi responsabilidad es dejar al espectador con una pregunta, con un dilema moral: ¿qué haría yo en esa situación? ¿Podría transformar mi dolor en algo que beneficie a otros?

Hay un pequeño alivio al final, una mínima paz. Los personajes descubren que, a pesar de todo, siguen teniendo amor. Eso es lo único que queda. Es lo que nos permite sobrevivir. Eso es lo que quería dejarle al público.

Tráiler:

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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