En medio del bullicio de una zona hospitalaria de la Ciudad de México, Olga despierta ante la perturbación de una mosca a la que intenta eliminar a toda costa de su departamento, un santuario de paredes blancas y vidrios relucientes, que solo permite el sonido tenue de los puntos acertados de un sudoku digital. Pronto, su amargura e intolerancia es revelada a través de comentarios negativos a la sazón de la cocinera de la fonda o en su arrebato al despegar los anuncios del multifamiliar, que ofrecen la renta de cuartos a los familiares de los pacientes del Centro Médico Nacional “20 de Noviembre”.
Los gestos y la mirada incorruptible es de Teresita Sánchez, a quien ya hemos disfrutado en La camarista, Noche de fuego, Tótem, Juana y Las locuras.
Las ambulancias, los vecinos y, principalmente, los gritos de los niños, alteran una tensa calma en aquella vivienda que, aunque acogedora, carece de cierta calidez. No es hasta que Olga requiere una intervención médica mínima, que los gastos le preocupan y, entonces, rentar una de las habitaciones no le parece tan mala idea. Una llamada después, Tulio (Hugo Ramírez) y Cristian (Bastian Escobar), padre e hijo, han conseguido un cuarto por un módico precio.
Moscas
Conclusión: Un retrato vivaz y conmovedor de la mirada infantil.
Reparto: Teresita Sánchez, Hugo Ramírez, Bastian Escobar y Enrique Arreola.
Director: Fernando Eimbcke
Guionistas: Vanesa Garnica, Fernando Eimbcke
Duración: 1 hora y 39 minutos
Olga advierte que no le interesa conocer el padecimiento de su enfermo, simplemente da indicaciones y entrega un juego de llaves. Una mirada de desaprobación, o dos, y sabemos que su presencia ahí no es bien recibida. Al igual que el insecto molesto de aquella mañana, deberán abstenerse de provocar más incomodidades.
En Moscas, Fernando Eimbcke retoma el lenguaje que nos cautivó hace 22 años con Temporada de patos, su ópera prima, solo que, esta vez, sus protagonistas no son un par de adolescentes que lidian con el caos cotidiano de crecer, sino un niño pequeño que se lanza al mundo con la fiereza y el impulso propios de los primeros años de vida. Como es fácil de imaginar, Olga y Cristian son polos opuestos. Ella es silencio; él es ruido.
Frente al multifamiliar se vive otra realidad. La mirada sensible de Eimbcke, quien escribió el guion junto a Vanesa Garnica (su coguionista en Olmo), nos introduce en el universo ambivalente de Tulio y Cristian. Ambos esperan la recuperación de Estela, mientras intentan sostenerse en una cotidianidad que los rebasa. Tulio apenas mordisquea un sándwich que de inmediato cede a su hijo y, a veces (otras no), consigue reunir el dinero necesario para comprar los medicamentos de su esposa.

Mientras Tulio visita a Estela en el hospital, la cámara de María Secco (La libertad del diablo) nos sitúa en el terreno de Cristian, quien encuentra en las calles todo tipo de distracciones, incluida una maquinita con el videojuego “Cosmic Defenders Pro”, que adquiere un papel fundamental como refugio emocional. La música del arcade, compuesta por Camilo Lara, es adictiva y evocadora.
Inmersos en la espera y en los sonidos que enriquecen la experiencia emocional de cada escena, seguimos los pasos de Cristian, tan vivaz y espontáneo como frágil y esquivo. Solo Olga parece resistirse inicialmente a su presencia. No obstante, con el paso de los días, la distancia autoimpuesta entre ambos se acorta y descubren que, en el fondo, comparten más de lo que imaginan. Ahora, ella amortigua el ruido del mundo; él le da volumen a los silencios.
Contemplativa, humorística y nostálgica, Moscas dialoga con los rincones más íntimos de la memoria y nos invita a reencontrarnos con los descubrimientos, temores y asombros de la infancia. El cine de Fernando Eimbcke es sumamente entrañable y posee una identidad que aporta verdad al retrato de la mexicanidad. Con tan solo un par de escenas, es capaz de recordarnos lo tedioso y agotador que puede ser formarse en la fila de una clínica u hospital.
Moscas reafirma que las grandes historias habitan en los detalles, en los gestos cotidianos y en aquello que nos hace profundamente humanos.