Un cuento de hadas macerado en las lágrimas de adolescentes, The Testaments es lo suficientemente distinta de The Handmaid’s Tale como para resultar interesante, aunque sigue demasiado atada a esa serie como para convertirse en algo realmente propio y provocador.
Ni siquiera creo que The Testaments pueda verse sin haber visto al menos algo de The Handmaid’s Tale. A pesar de los extensos textos introductorios (“Esta historia ocurre en Gilead, un régimen totalitario que durante un tiempo controló la mayor parte de Estados Unidos”) y de un episodio piloto lleno de explicaciones, lo que está en juego depende por completo de la serie original ganadora del Emmy.
Al mismo tiempo, para quienes terminaron el drama inspirado en Margaret Atwood el pasado mayo, estos 10 episodios probablemente provocarán reacciones que van desde “Espera, ¿por qué estamos haciendo exactamente lo mismo otra vez?” hasta “Bueno, al menos esto es más luminoso que la original”.
Veredicto final: Por momentos potente, pero a menudo derivativa.
Estreno: Miércoles 8 de abril en Hulu
Elenco: Chase Infiniti, Lucy Halliday, Ann Dowd, Rowan Blanchard, Eva Foote, Amy Seimetz, Brad Alexander, Mabel Li, Isolde Ardies
Creador: Bruce Miller, basada en el libro de Margaret Atwood
Hay actuaciones muy sólidas, desde la estrella en ascenso Chase Infiniti, pasando por talentos emergentes como Lucy Halliday y Mattea Conforti, hasta nombres ya consolidados como Ann Dowd y Amy Seimetz. Pero hay algo creativamente asfixiado en The Testaments. Se siente en las constantes referencias a hechos que ya vimos en The Handmaid’s Tale, en los cameos de personajes clave de aquella serie, en varios arquetipos reciclados y en diez episodios que se pasan ocultando una revelación que estoy convencido de que cualquier espectador de Handmaid’s ya habrá adivinado.
The Testaments (al igual que The Handmaid’s Tale, también adaptada por Bruce Miller) comienza algunos años después de la última vez que vimos a June Osborne, cuando juraba que acabaría con Gilead de una vez por todas y empezaba a escribir sus memorias.
En lugar de eso, Gilead sigue funcionando prácticamente igual.
Agnes (Infiniti) es hija de un Comandante relativamente importante y acomodado (Nate Corddry), y es hijastra de Paula (Seimetz). Esta última funge menos como madre para Agnes que Rosa (Kira Guloien), una de las muchas Marthas de la casa, sirvientas sometidas a un sistema opresivo.
Como la mayoría de sus contemporáneas, Agnes acata las distintas reglas represivas que su país impone a las mujeres jóvenes. No puede leer. No puede escribir. No tiene permitido usar calendarios. Y por supuesto, no puede mirar a los chicos ni coquetear con ellos, por más que le guste su Guardián, Garth (interpretado por Brad Alexander).
Agnes estudia en un internado dirigido por la tía Lydia (Ann Dowd), quien vigila a las hijas de la élite de Gilead tanto de forma literal como a través de una enorme estatua suya en el atrio de la escuela. Como la consentida Shunammite (Rowan Blanchard), la bienintencionada pero algo corta Hulda (Isolde Ardies) y su mejor amiga Becka (Mattea Conforti), de un origen comparativamente más modesto (su papá es, para vergüenza de todos, dentista), Agnes es una “Plum”.
Eso significa que sigue un programa educativo pensado para prepararla para sus futuros deberes como esposa, aunque hasta que tenga su primera menstruación no puede casarse. También significa que viste casi siempre de morado, a diferencia de las Pinks (las niñas más pequeñas, que usan rosa) y las Pearls, mujeres vestidas de blanco que llegan de fuera de Gilead y deciden abrazar el fervor religioso del régimen, aunque su futuro dentro del sistema es bastante incierto.
Quizá como castigo (los castigos, como es de esperarse, son parte central en la escuela de la tía Lydia), o quizá porque todos la ven como un ejemplo a seguir, Agnes recibe el encargo de supervisar la formación de Daisy (Lucy Halliday), una Pearl proveniente del territorio “pagano” de Toronto que está decidida a dejar atrás su vida pasada y empezar de nuevo.
Daisy, sin embargo, tiene una agenda que no revela de inmediato. Muy pronto, fuerzas como las que Gilead no ha enfrentado antes (al menos no desde The Handmaid’s Tale) comenzarán a cambiar ese lugar para siempre. O, al menos, hasta que llegue la siguiente secuela o spinoff.
Si te gustan las series que construyen su mundo dejando claro a cada paso que están edificando un universo ficticio, seguramente disfrutarás el primer episodio de The Testaments, de 44 minutos. Está narrado por Agnes con un nivel de detalle que deja poco espacio para la duda o la interpretación, incluso cuando muchos de esos elementos ya habían quedado establecidos (aunque desde otra perspectiva) en The Handmaid’s Tale. Aquí se nos explican la filosofía moral de Gilead, su orden social marcado por colores casi festivos, y las aspiraciones de su población a través de la mirada de alguien que ve todo eso como algo deseable. Aunque tampoco es un gran spoiler decir que, tarde o temprano, Agnes empezará a cuestionar el sistema que ha sido el único modo de vida que ha conocido.
De hecho, Agnes ya empezó a reunir una pequeña colección de objetos que roba o encuentra mientras cuida el jardín o camina por la playa. Son reliquias de otra época, talismanes que atesora aunque no tenga idea de qué son en realidad ni para qué sirven.
Y si estás pensando “Un momento, ¿eso no es igual que Ariel en The Little Mermaid?”, sí, lo es. No estaba exagerando cuando dije que The Testaments funciona como un cuento de hadas. Estas chicas sueñan con conocer y casarse con su respectivo príncipe azul, una fantasía que saben que choca con la realidad. Si todo ocurre como está previsto, terminarán casadas (probablemente mucho antes de alcanzar la mayoría de edad) con Comandantes que pueden tener cincuenta o incluso sesenta años.
Si Donald Trump y sus ataques contra las libertades reproductivas fueron el fantasma que sobrevoló The Handmaid’s Taledes de su estreno en streaming, en The Testaments la sombra más evidente es la de Jeffrey Epstein, vecino en Florida y frecuente compañero de fiestas de Trump. No es casualidad que lo que la tía Lydia y las instructoras de la escuela hacen se describa como “grooming”, ni que las edades de las chicas se mantengan deliberadamente difusas.
A ellas las han criado para creer que la única línea que realmente separa la infancia de la adultez es el momento de la menstruación. Eso alimenta la inseguridad de quienes aún no alcanzan —o quizá nunca alcanzarán— ese punto, y cuando finalmente ocurre se celebra con entusiasmo y con rituales invasivos. La mitad de las cosas que Hulu pidió a los críticos no revelar tienen que ver con las menstruaciones de distintas chicas, o con su ausencia, como si The Testaments fuera una adaptación de Judy Blume. Algo así como Under God’s Eye, It’s Me, Agnes.
Acompañada de un soundtrack pop, ligero y con vibra de empoderamiento femenino, The Testaments es una serie de formación construida a partir de elementos que resultarán familiares para quienes siguen el género, con ecos de Judy Blume, Mean Girls y The Baby-Sitters Club, entre otros. Todo esto ocurre con el telón de fondo de hombres depredadores que no ven problema en “elegir” a su próxima esposa en algo que, en esencia, se parece a un baile escolar de secundaria, sonriendo y riendo mientras lo hacen, dentro de una estructura de poder que recuerda a lobos feroces.
A nivel de historia, The Testaments está fuertemente codificada en clave queer, aunque eso rara vez se refleja en lo estético, a pesar de que varios personajes visten de morado. Mientras The Handmaid’s Tale arrancó (gracias a la directora Reed Morano y al fotógrafo Colin Watkinson) con una propuesta visual única en televisión, un uso impactante de la luz y el color que se sentía intencional en cada cuadro, la primera temporada de The Testaments está enmarcada (episodios 1 al 3 y el 10) por el director Mike Barker.
Barker, quien ya había trabajado de forma habitual en Handmaid’s, muestra aquí una sensibilidad que (más allá de aportar algo de luminosidad) no se distingue demasiado de la serie anterior. Así, un spinoff que debería sentirse más joven, más queer y aún más centrado en mujeres que la original, termina siendo simplemente otro drama de prestigio bien producido.
Es difícil ver a Amy Seimetz, aportando matices inesperados a un personaje que en un inicio se presenta como unidimensionalmente villano, sin pensar en su trabajo como guionista y directora en la serie The Girlfriend Experience. Aquella era una propuesta muy distinta sobre la búsqueda de libertad dentro de un sistema que mercantiliza los cuerpos femeninos, pero resulta tentador imaginar que The Testaments habría salido ganando si Seimetz hubiera tenido aquí un mayor control creativo.
Probablemente no sea coincidencia que la parte media de la temporada, dirigida por Quyen Tran, Jet Wilkinson y Shana Stein, tenga una cercanía que permite que los personajes dominen la historia, en lugar de que la historia los domine a ellos. Hay suficientes toques que rozan lo camp, y suficientes similitudes con But I’m a Cheerleader y Bottoms, como para preguntarse varias veces cómo habría sido The Testaments si Jamie Babbit o Emma Seligman hubieran dirigido los primeros episodios. ¿Mejor? ¿Peor? Sin duda distinto, y probablemente más fresco, sin cambiar ni una sola palabra de los guiones.
Infiniti, que fue lo mejor de Presumed Innocent antes de encabezar One Battle After Another, aquí pasa gran parte del tiempo contenida, mientras vemos cómo se le cae la venda de los ojos, casi siempre llenos de lágrimas. Y mejor ni entrar en cómo la franquicia ha batallado para abordar el tema racial en este mundo de nueva esclavitud, desaprovechando lo que podría aportar tener a una protagonista birracial en este contexto.
Infiniti nos deja ver el creciente desencanto de Agnes en pequeñas dosis que apuntan al dolor y, quizá, a la rabia (sumen Carrie a la lista de influencias poco desarrolladas). Está claro, eso sí, que habrá que esperar hasta una segunda o tercera temporada para que esa tensión contenida termine por estallar. Mientras tanto, recae en Halliday (con una vibra que recuerda a Lindsay Lohan y Kaitlyn Dever) y en Conforti, pieza clave en la segunda mitad, transmitir la inestabilidad emocional.
Por su parte, Blanchard, que le da más profundidad a las frases mordaces de Shunammite, y Ardies, reafirmando la energía excéntrica que mostró en Wayward, se roban varias escenas.
Es mérito de Ann Dowd que logre volver interesante a la tía Lydia, incluso cuando la evolución del personaje siempre ha tenido algo de brusco, más parecido al resultado de guionistas acomodando tarjetas de notas que a un desarrollo realmente orgánico. En los papeles de tías recién introducidas que trabajan en la escuela de Lydia, tanto Mabel Li como Eva Foote muestran la vulnerabilidad necesaria detrás de sus exteriores severos.La sólida parte media de la temporada ayuda a The Testaments a superar un arranque repetitivo y algo mecánico, y conduce a un penúltimo episodio impactante, aunque no del todo merecido. El problema es que luego todo se diluye con un final que vuelve a la previsibilidad de una especie de The Handmaid’s Tale redux. A lo largo de The Testaments hay destellos de una serie con ideas lo suficientemente nuevas como para decir algo propio, pero por ahora los elementos reciclados siguen pesando más.