El divorcio entre Fox y Trump

Durante una década, la cadena y el presidente han impulsado mutuamente su ascenso. A medida que se acercan las elecciones de medio mandato, ambos están descubriendo quién controla realmente la base republicana

Por KEVIN DOLAK |

junio 19, 2026

9:02 am

Justin Sullivan / Getty Images

Durante el llamado “tiempo ejecutivo” del presidente Trump en una reciente noche de domingo, uno de los mensajes publicados durante una maratónica serie de posteos en Truth Social reveló qué era lo que realmente le preocupaba al inicio de la semana. Su publicación principal tenía tintes de desamor y estaba dirigida a alguien que durante mucho tiempo lo acompañó dentro de la misma habitación: Fox News, su compañero constante, su zona de confort, la poderosa maquinaria mediática que apostó por él hace una década y que, en las buenas y en las malas, alimentó todo lo que vino después en su, antes improbable, carrera política.

La suya es una relación de conveniencia que ha atravesado dificultades prácticamente desde el inicio. Ahora, mientras los números de Trump se debilitan en las encuestas y un Congreso cada vez más inquieto comienza a fracturarse, las elecciones de medio mandato se perfilan como el punto de quiebre que podría llevar esta unión de beneficios mutuos hacia un divorcio tan complicado como público. 

“Puedes ver Fox News todo el día y devorar cada minuto de su programación”, escribió el presidente, “pero luego escuchas a MISERABLES como el congresista Ro Khanna, ‘un lobo con piel de oveja’, MENTIR, MENTIR, MENTIR Y VOLVER A MENTIR, sin que ningún presentador lo cuestione o le dé una refutación competente”, añadió, señalando a la conductora de Fox News, Jacqui Heinrich y a su invitado, el congresista demócrata por California. 

Ambos discutieron cómo Estados Unidos ha evitado impulsar la producción nacional, mientras compra acero barato de China, y Khanna señaló que esa práctica no encaja precisamente con la imagen de “Estados Unidos primero”, que promueve la administración de Trump.

La crítica a “Estados Unidos primero” impactó exactamente donde estaba destinada a hacerlo: en el núcleo de la identidad política de Trump. Y llegó en un momento en que su índice de aprobación cayó al 37% en la más reciente encuesta de The New York Times/Siena, el nivel más bajo de cualquiera de sus dos mandatos, con cifras negativas en economía e inflación, temas que tradicionalmente habían sido sus principales fortalezas. 

El trumpismo no surgió de la nada. Fox News alcanzó una posición dominante al ofrecer una señal de noticias por cable disponibles las 24 horas, para aquello que millones de estadounidenses buscaban: una versión romantizada de la historia de Estados Unidos, una política cargada de mensajes implícitos y un espacio para canalizar la frustración provocada por el desplazamiento económico. La cadena se convirtió en un refugio permanente y, año tras año, su audiencia, que sin duda incluía a Donald Trump, creció y aprendió a depender de ella.

La danza de una década entre la cadena y el outsider político, que terminó por apoderarse del partido, comenzó cuando el canal de cable, propiedad de la familia Murdoch, aceptó a regañadientes tomar la mano de Trump después de evaluar un nada inspirador grupo de aspirantes en las primarias republicanas de 2015. Su incipiente movimiento MAGA encajó bien con los republicanos de Fox News, cuyo fervor por el Tea Party se enfrió, pero aún así siguieron pegados a sus pantallas viendo sus mítines. 

La audiencia de Fox, ya predispuesta a desconfiar de cualquiera fuera del Partido Republicano, encontró en Trump una figura que encajó de forma natural. La luna de miel fue breve —que se lo pregunten a la exconductora de Fox News, Megyn Kelly— y, una década después, tras años de reprimendas públicas, la cadena permanece al lado de su hombre, mientras se desarrolla una transformación sin precedentes de los valores republicanos. 

Trump siempre apostó por los juegos de partida larga. Comprendió que, manteniendo leales a ciertos conductores de opinión —Sean Hannity, Laura Ingraham y Tucker Carlson antes de su salida—, podría fracturar desde dentro la cohesión institucional de Fox. Esos aliados frente a las cámaras no eran simples amigos, eran piezas clave de una estrategia de largo plazo, destinada a desmantelar la autoridad editorial de la cadena y sustituirla por lealtad personal. A pesar de la fanfarronería, el victimismo teatral y las amenazas periódicas de romper la relación, Fox y Trump nunca han sido capaces de rechazarse por completo. Ahora, la única diferencia es que podríamos estar entrando en la etapa final de ese acuerdo.

Para entender cómo Fox perdió el control de la audiencia que construyó, primero hay que entender hasta qué punto fue la propia cadena quien la construyó. Roger Ailes, el estratega elegido personalmente por Rupert Murdoch para dirigir la señal, aprovechó su experiencia en la televisión local de opinión y en la política presidencial republicana, para crear algo que hasta entonces no existía: una programación informativa pulida, impregnada de conflictos permanentes, villanos liberales, gráficos llamativos y personalidades televisivas con estatus de celebridad, que guiñaba el ojo a la audiencia como su fueran cómplices.

Mientras tanto, Murdoch pagaba a los operadores de cable hasta 11 dólares por suscriptor para distribuir el canal, invirtiendo por completo el modelo habitual de la industria y, en la práctica, comprando su entrada a los hogares estadounidenses.

La estrategia funcionó con una rapidez histórica. Durante las disputadas elecciones presidenciales del 2000, entre Bush y Gore, Fox registró un aumento del 440% en su audiencia. Los atentados del 11 de septiembre marcaron el punto de inflexión decisivo, y las guerras de Afganistán e Irak fueron un regalo para una cadena que se había posicionado como la alternativa patriótica frente a lo que descalificaban como “los medios liberales”. La audiencia de Fox, en horario estelar, creció hasta alcanzar los 2.4 millones de espectadores, en comparación con los 791 mil de MSNBC y los 481 mil de CNN. 

Lo que Ailes y Murdoch construyeron en aquellos años no fue simplemente una audiencia: fue una infraestructura emocional. El movimiento Tea Party, durante la era Obama, fue la prueba de que el modelo funcionaba. Fox dedicó una cobertura ininterrumpida a las marchas de contribuyentes y a los mítines del Tea Party, con presentadores como Sean Hannity y Greta Van Susteren transmitiendo directamente desde las manifestaciones.

Investigaciones académicas documentaron que la audiencia de Fox News estaba directamente correlacionada con la recaudación de fondos y los votos obtenidos por los candidatos del Tea Party en las elecciones primarias. La multitud había aprendido que podía movilizarse. Trump lo vio y cruzó esa puerta de par en par.

La resistencia dentro de Fox no duró mucho. Cuando Kelly desafió a Trump durante el primer debate republicano —al preguntarle sobre su trato hacia las mujeres—, el entonces candidato lanzó una guerra total contra ella, boicoteó un debate posterior organizado por la cadena y observó cómo la audiencia se alineaba de su lado. La audiencia ya había tomado una decisión, y la cadena simplemente la siguió. 

Fox News 

Desde entonces, esa dinámica de poder —primero la audiencia, después la cadena y, al final, el periodismo— ha definido la relación entre Fox y Trump. Kelly terminó fuera de la empresa. Shep Smith, el presentador de noticias más destacado de la cadena, abandonó Fox en 2019 tras años de presiones constantes. Trump celebró públicamente ambas salidas. Bill Shine, expresidente de Fox, se convirtió en director de comunicaciones de la Casa Blanca durante su administración. Hannity, la principal figura del horario estelar, era el mejor amigo del hombre encargado de dirigir las comunicaciones presidenciales. 

La fragilidad de ese acuerdo quedó expuesta la noche de las elecciones de 2020, cuando Fox fue la primera cadena en proyectar la victoria de Biden en Arizona. La reacción del equipo de Trump —y de la audiencia— fue inmediata y feroz. Newsmax, una cadena conservadora emergente, ganó cuota de audiencia. Lo que siguió fue, posiblemente, la capitulación editorial más trascendental en la historia de las noticias por cable. La demanda presentada por Dominion Voting Systems reveló que las principales figuras y ejecutivos de Fox desacreditaban en privado las afirmaciones de Trump sobre un supuesto fraude electoral, mientras las amplificaban al aire. 

Carlson, la figura más influyente del horario estelar de la cadena en ese momento, escribió a un productor, pocos días antes del 6 de enero, que estaban “muy cerca de poder ignorar a Trump la mayoría de las noches”, y añadió: “Lo odio apasionadamente”. Por su parte, la directora ejecutiva de Fox, Suzanne Scott, envió un correo electrónico a un colega exigiendo que retiraran un segmento de verificación de datos: “Esto tiene que parar ahora. La audiencia está furiosa y nosotros solo le estamos dando más material. Es malo para el negocio”. 

Los dos editores que proyectaron correctamente la victoria de Biden en Arizona —el editor ejecutivo en Washington, Bill Sammon, y el director político, Chris Stirewalt— abandonaron la cadena antes de la toma de posesión de Biden. Fox llegó a un acuerdo por 787.5 millones de dólares. 

Ahora, la pregunta es cuál de las dos partes conservará la custodia de la volátil base electoral republicana. Estamos en 2026 y, a medida que se acercan las elecciones de medio mandato, la cadena y el presidente se observan mutuamente como adversarios. Trump está ejerciendo su influencia en las primarias republicanas, mediante respaldos entusiastas a candidatos afines al movimiento MAGA, que desafían a quienes considera enemigos dentro del Congreso. Ha tenido un notable éxito al desplazar a políticos de carrera, en gran medida por agravios y disputas que se remontan a años atrás. Ese era un poder que alguna vez perteneció a Fox News. Alguna de las primarias de 2026 están revelando una nueva fractura, y sus resultados deberían estar haciendo sonar las alarmas dentro de la cadena.

Las elecciones primarias para el cuarto distrito de Kentucky y para el escaño del Senado por Texas —en las que Thomas Massie y John Cornyn fueron derrotados por candidatos respaldados personalmente por Trump— ilustran hacia dónde se dirige esta dinámica. Trump está impulsando dos estrategias que se superponen y, en ocasiones, se contradicen. La línea de fractura entre ambas coincide exactamente con el punto en el que divergen los intereses institucionales de Fox y los impulsos más vengativos de Trump. 

La cúpula propietaria de la cadena quiere una mayoría republicana funcional. Trump quiere un Congreso depurado, cuidadosamente seleccionado y profundamente leal.

En Kentucky, Trump respaldó a Ed Gallrein, un exintegrante de los Navy SEAL, por encima de Massie, quien se había convertido en una de las voces más críticas de la administración, especialmente en torno a los archivos Epstein. Gallrein ganó la primaria el 19 de mayo. La conclusión es contundente: Massie, un conservador de tendencia libertaria y con una identidad ideológica bien definida en un distrito sólidamente republicano, no fue desplazado por inclinaciones liberales, sino por no demostrar suficiente lealtad a Trump. Las credenciales conservadoras ya no son suficientes. La lealtad al movimiento MAGA es la única prueba que importa. 

Finalmente, Fox News le dio espacio a Massie el último día de su campaña primaria, en lo que fue su primera aparición en la cadena en 14 meses. Massie declaró a Cincinnati Public Radio que había sido “vetado”, y atribuyó esa situación a la disputa interna dentro del Partido Republicano. “Temen que, si me dan una plataforma para hablar, la Casa Blanca les cierre las puertas”, afirmó. “Y desean mantener ese acceso por encima de cualquier otra cosa”. 

La contienda por el Senado en Texas mostró hasta qué punto Fox ha perdido la capacidad de influir en la audiencia que ayudó a crear. Ken Paxton, acosado por escándalos, pero alineado con MAGA, derrotó a John Cornyn —un senador con un historial de votación favorable a Trump del 99 %— tras recibir el respaldo tardío del presidente.

La división de noticias de Fox, más receptiva a las preocupaciones sobre la viabilidad electoral de Cornyn, quedó relegada a Fox Digital. Mientras tanto, en los espacios de opinión, Paxton recibió una amplia plataforma y Cornyn fue presentado como un enemigo del presidente. Cuando Paxton ganó de manera aplastante el 26 de mayo, la cobertura de Fox se alineó con el resultado en menos de 24 horas. La cadena no lideró la conversación. Esperó a ver hacia dónde se inclinaba la audiencia y luego la siguió.

Saul Loeb / AFP

Más allá de las elecciones de medio mandato, Fox enfrenta una crisis estructural que ningún resultado electoral podrá resolver. La sucesión dentro de la familia Murdoch ha colocado a Lachlan Murdoch al frente de la empresa, y ahora deberá encontrar la manera de navegar el escenario posterior a Trump, mientras busca una fórmula para aumentar la audiencia y los ingresos. La tarea no será sencilla. Según un análisis de Pew Research, publicado en agosto de 2025, solo el 32% de los adultos entre 30 y 49 años, y el 28 % de los menores de 30 consumen Fox News. En el horario estelar semanal, la cadena registró 278 mil espectadores dentro del grupo demográfico de 25 a 54 años, una caída interanual del 5%. Su audiencia principal está envejeciendo y no hay una nueva generación que venga a reemplazarla. 

La operación independiente de Carlson ilustra esta realidad con una claridad incómoda. Pasó de no tener ningún canal propio de distribución en abril de 2023 a registrar cerca de 34 millones de visualizaciones mensuales, sin señal de cable, acuerdos con afiliadas ni paquetes de distribución. Su crecimiento se apoyó por completo en la marca que Fox construyó para él. Lo que antes requería toda una cadena de televisión, ahora puede lograrse con una computadora portátil y una lista de correos electrónicos, a una fracción del costo. 

Las voces independientes que ahora compiten por esa audiencia —Carlson, Candace Owens y otras figuras— se han distanciado en ocasiones de la agenda de Trump, y no precisamente en términos amistosos. Son más pequeñas, más ágiles y no están atadas a la administración. Además, están heredando una audiencia que durante dos décadas ha sido educada para desconfiar de toda institución, incluida, eventualmente, la propia Fox. 

La aparente solución de Fox —la reportada adquisición de Roku por 22 mil millones de dólares, con el objetivo de convertirla en una puerta de acceso indispensable entre los consumidores y los servicios de streaming— refleja la magnitud del problema y la disposición de la compañía a invertir enormes sumas en distribución, datos y tecnología publicitaria, mientras su audiencia comienza a reducirse. Pero ninguna estrategia resolverá un problema de lealtad de audiencia que, en esencia, es político. 

La última embestida de Trump en esa misma publicación de Truth Social —seguida del habitual guiño a sus aliados en Fox tras atacar públicamente a la cadena— fue reveladora. Trump sabe que Fox aún le resulta útil. Lo que ha cambiado es que ahora pretende utilizarla bajo sus propios términos. 

Después de las elecciones de medio mandato, Fox podría ceder aún más terreno, moderar las pocas voces disidentes que aún quedan y darle al presidente una mayor parte de lo que desea. Pero Trump debería reflexionar sobre la lógica de aquello que ayudó a crear. Una base política entrenada durante dos décadas para desconfiar de toda institución —alimentada por la indignación y condicionada para esperar traiciones— no es una base que permanezca dócil indefinidamente. Trump contribuyó a radicalizar con la ayuda de Fox, y si esa alianza termina por romperse por completo, el próximo objetivo de su descontento podría no ser un enemigo político. 

Podría ser él mismo. 

KEVIN DOLAK

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