La película colombo-española La fianza comienza a consolidarse como uno de los títulos más provocadores de 2025. Dirigida por Gonzalo Perdomo y protagonizada por Juana Acosta, Julián Román e Israel Elejalde, la cinta transcurre en un solo escenario, donde el humor, la tensión y las contradicciones identitarias estallan a puerta cerrada. En esta conversación, Perdomo repasa el proceso de creación, las influencias cinematográficas y el juego de espejos que propone su filme sobre la inmigración, los privilegios de clase y la falsedad de las apariencias.
¿Cómo se gestó La fianza?
El proyecto nace de una idea central: Una mujer que, en su intento por mejorar su situación, decide cambiar de país, de cultura, e incluso de identidad. Y es ahí donde empiezan sus verdaderos problemas. Escribí la historia con Andrés Martorell, guionista y amigo con quien suelo colaborar. Queríamos reflexionar sobre la identidad y hasta dónde uno puede absorber elementos de una cultura ajena sin perder su esencia.
En la película los acentos son claves para hablar de esa identidad. ¿Cómo lo abordaron?
El acento es una superficie que revela mucho. Juana maneja muy bien los dos registros, lo que nos permitió jugar con eso narrativamente. Llevo más de treinta años fuera de Colombia, casi veinte en España, y por supuesto uno adopta expresiones, pero eso no significa perder la identidad. Lo interesante de los acentos impostados es cómo reflejan una tensión entre lo que uno es y lo que aparenta ser. Nos pareció un recurso dramático y culturalmente potente.

Juana Acosta y Julián Román ya habían actuado juntos recientemente en Del otro lado del jardín. ¿Fue planeado reunirlos de nuevo?
Juana estuvo involucrada desde el inicio. Le compartí el guion y ella colaboró activamente en su desarrollo. Julián siempre fue mi primera opción para Walter. De hecho, hubo un intento de rodaje que no se concretó por razones económicas. Mientras tanto, ellos filmaron El otro lado del jardín. Aunque al principio me preocupó la coincidencia, me di cuenta de que las temáticas eran completamente distintas. La fianza ofrece una dinámica mucho más intensa entre ellos.
Las actuaciones son teatrales en el mejor sentido. ¿Lo buscaste desde el inicio?
Totalmente. Teníamos escenas de 10 o 12 páginas sin cortes, algo poco común en el cine actual. Necesitábamos actores con experiencia teatral, como Juana, Julián e Israel. Rodamos de forma que ellos tuvieran libertad, adaptando el trabajo técnico a sus necesidades. Es una película pensada para lucirse desde lo actoral, y por eso muchos nos dicen que podría funcionar perfectamente en teatro.
En La fianza hay ecos de Desperate Hours con Humphrey Bogart y The Ref con Dennis Leary ¿Cuáles fueron tus influencias cinematográficas?
Las que mencionas están muy presentes. También Rope de Hitchcock, Carnage de Polanski y Something Wild de Jonathan Demme. Esta última me inspiró especialmente por su mezcla de comedia y thriller. Antes las películas se permitían esos híbridos de tono. Hoy todo parece ir por carriles separados: Si es drama, es solo drama; si es terror, solo terror. Quise recuperar esa riqueza tonal.

Tu película tiene un fuerte componente social. ¿Cómo lo equilibraste con el humor?
Era uno de los grandes retos. Tocamos temas como el clasismo en Colombia y en Europa. Son dos caras distintas de una misma moneda: aquí se basa en el origen barrial; allá, en los signos exteriores de riqueza. También está la crítica a las redes sociales y la doble identidad que generan. Mostrar la fiesta perfecta en Instagram mientras todo se desmorona por dentro: esa era una imagen central.
¿Cómo ha sido la recepción en España?
Sorprendentemente buena. A pesar de ser una película pequeña, con una temática muy colombiana, las críticas y la respuesta del público han sido muy positivas. Lo curioso es que los momentos de risa varían entre España y Colombia. Es como jugar de local y visitante al mismo tiempo. La naturaleza binacional del proyecto lo permite.
Logras un equilibrio delicado entre lo cómico y lo perturbador. ¿Cómo manejaste esa tensión?
En el set lo teníamos claro. Los actores a veces dudaban porque había momentos de ambigüedad que podían volverse incómodos. El personaje de Walter, por ejemplo, bordea límites que si se traspasaban, rompían la empatía con el público. Decidí sugerir más que mostrar, trabajar por pinceladas. Con eso logramos mantener la ambigüedad y evitar que la película se decantara solo por un tono.
La ambigüedad también está en la narrativa. ¿Fue deliberado dejar tantas puertas abiertas?
Sí. No me gusta el cine que da todo masticado. Prefiero que el espectador participe, que piense, que llene los vacíos. Con Andrés, mi coguionista, hablamos mucho del subtexto, de qué sabe cada personaje y qué sabe el espectador. El mimo escondido en la casa, el amante que oculta información, las mentiras cruzadas… todo está ahí para que el público conecte las piezas.

Para cerrar, ¿en qué proyectos estás trabajando?
Estoy escribiendo dos películas. Una muy avanzada, con título provisional La madrileña, sobre una adolescente involucrada en bandas latinas en Madrid. Me interesa el rol femenino, sus capas, su complejidad. El otro proyecto es más ambicioso y se rodaría íntegramente en Colombia. Aún prefiero guardarlo, pero te adelanto que está ambientado en los años noventa. Es un periodo sobre el que aún necesitamos hacer mucha catarsis.
Y justamente, ¿qué opinas sobre la necesidad de seguir contando historias sobre ese periodo?
Hay quien dice “otra vez el narcotráfico”, pero es que no hemos terminado de hablarlo. Nuestra sociedad todavía tiene demonios que exorcizar. Como dijo Spielberg sobre el Holocausto, hay que contar estas historias para que no se repitan. Lo mismo pasa con Colombia: las nuevas generaciones están idealizando personajes que fueron asesinos. Y si no hablamos de esto, se corre el riesgo de olvidar o, peor aún, de tergiversar la memoria.
Gonzalo, muchas gracias por esta conversación.
A ti, André. Y ojalá sigamos hablando de cine. Ya sabes: como en Casablanca, este puede ser el comienzo de una gran amistad.