Robinson Díaz: Magos, toboganes y exorcismos

El actor colombiano reflexiona en torno a su vida y obra, sobre sus motivaciones actorales, su pasión por el teatro y la dignificación de su oficio.

Por RICARDO DURÁN |

febrero 26, 2026

11:54 am

Robinson Díaz encarna al sacerdote Damien Karras en El exorcista.

Cortesía prensa Robinson Díaz

Un aprendiz de detective en La gente de La universal, un narcotraficante pintoresco, un mago absolutamente torpe en Pecados capitales, un actor obsesionado en Bolívar soy yo, el patriarca delincuencial en La saga, negocio de familia, o un fanático futbolero metido en problemas; todo eso —y un montón de hombres más— ha sido Robinson Díaz ante las cámaras. Gracias a su entrega en todos esos personajes, se ha convertido en uno de los actores colombianos más apreciados por el público en la historia del cine y la televisión de este país.

Más allá de eso, por las buenas y por las malas, ha tenido que aprender que el camino de la actuación puede ser terriblemente ingrato. Alguna vez intentó echar a andar otros negocios, sembró árboles y cultivó aguacates, pero una invasión de hormigas le recordó que lo suyo estaba en otra parte. Díaz tenía que regresar a la actuación; para eso nació.

Un día, cansado de esperar que le llamaran, y ansioso por tomar las riendas de su vida profesional, vio una obra de teatro en México, y (después de encontrar que varias puertas se cerraban ante su iniciativa) decidió arriesgarse a producirla por su cuenta, en compañía de Adriana Arango, su esposa. La obra fue La dama de negro, basada en la novela de Susan Hill, y esa apuesta por las tablas se tradujo en un gran éxito durante siete temporadas.

Actualmente, consolidado como uno de los actores más importantes de Colombia, y con una notoriedad muy importante a nivel latinoamericano, Díaz reparte su tiempo entre la producción de series o películas, y los teatros en donde saca adelante -con mucho éxito- sus proyectos escénicos. Más que amigos es la comedia en la que dirige y actúa cada semana, mientras en El exorcista (basada en la novela de William Peter Blatty de 1971, que también inspiró el clásico del cine) encarna al legendario padre Damien Karras, que se enfrenta al demonio Pazuzu para salvar el alma de la joven Regan MacNeil.

Llegando casi a sus 60 años de vida, Robinson Díaz ha tenido una carrera prolífica y honesta, con triunfos y caídas que él mismo reconoce abiertamente, y un legado del que debería sentirse muy orgulloso. No tiene pelos en la lengua, y sabe lo que vale su trabajo; todo eso queda en evidencia a lo largo de esta conversación:

Robinson, ¿usted recuerda el momento en el que entendió o decidió que quería ser actor?

Sí, fue a los 12 años. Toda la vida he sido muy cansón, muy inquieto. En Envigado, en mi casa me gustaba mucho montarme en el tejado, montarme al techo, mirar desde allá lo que pasaba, y como a los 12 años, allí me entró una revelación, una cosa así, de la nada: “Me gustaría trabajar en películas y en cosas de televisión”. Me vino así, echado, mirando las nubes, de repente me entró eso como una revelación. Ese momento fue muy bacano, y fue interrumpido por mi mamá, que dijo, “¡Robin, bájese de allá!” [risas].

Yo veía mucha televisión colombiana, entonces vivía metido en esas cosas. En la escuela alcancé a trabajar en una obra de teatro y eso me gustó muchísimo. A los 14, cuando estaba en segundo de bachillerato, llegó un pelado de quinto, o de sexto, entró al salón, y dijo: “Bueno, muchachos, estoy haciendo alfabetización, voy a hacer un grupo de teatro, voy a hacer una obra, ¿quiénes quieren participar?”. Yo me quedé mirando, y este dedo se levantó, hizo así, se lo juro, la mano se fue levantando, fue como “Yo”.

Reaccionó el cuerpo.

Sí, como siempre me pasa. Así fue, ahí empezó el goce por esto. Esto es vocativo 100 %; me llama, me jala.

Una vez lo oí decir en un podcast que usted era actor por estructura, por naturaleza. Me gustaría que describiera un poco esa naturaleza.

Yo era muy necio, y entiendo por qué me pegaban tanto en la casa [risas]. Descubrí que si decía la verdad, me pegaban, entonces, encontré una fórmula; era la mentira. Me volví un mentiroso compulsivo; una condición sine qua non para ser un hipócrita y estafador, como es un actor. Aunque tengo otro punto de vista, porque creo que entre más verdadero, se es mejor actor. Sin embargo, eso me impulsó y la naturaleza mía se desarrolló mucho hacia la mentira y al escape.

Le dio recursos.

Sí, quería escapar, quería escapar de mi casa. Vivía mucho en fantasías, iba mucho al cine.

¿Qué tanto quería escapar de su casa, de su vida, y qué tanto quería escapar de usted mismo?

Todo, muchísimo, pero muchísimo, las dos cosas. Hoy en día estoy elaborando muchas cosas con respecto a eso, porque me ha traído cosas muy buenas, pero también cosas muy malas. Vicios que me han traído muchas consecuencias malas, muchas cosas que me han descentrado, que me han permitido irme a la oscuridad, y ya no me interesa ese lugar.

Entonces, parte de la naturaleza mía ha sido como una mezcla de fantasía y picardía, escape, curiosidad, saber, mentir, ganas de saber. Me gusta mucho el conocimiento. Y, yo creo que mi naturaleza está 100 % así, de carácter, como decía Platón, de un impostor, un hipócrita; como que me ha impulsado a eso.

El juego, la actuación, el arte escénico es juego puro, y es un juego comunal. Es un juego de cómo convertir el mundo en otra cosa. Y también compartir con los amigos. Yo empecé con mis hermanos haciendo parodias, cositas, títeres, muñequitos. Mi papá me regalaba muchos muñequitos, y yo me inventaba cualquier cantidad de historias, batallas y cosas. Aunque teníamos recursos muy limitados, en la casa jugamos todo el tiempo.

El juego es indispensable para el actor. Es más, en inglés actuación es play; en francés es jouer, jugar a ser otro. Y eso se me pegó. Entonces, por ese lado me interesa mucho y me emociona mucho, sobre todo en el teatro lo constato; el jugar a ser otro, y como el axioma que propone Shakespeare, jugar a ser otros en un escenario donde te están tomando por ese otro, el público te toma por ese otro, entonces es un intercambio, si me estás contando bien la fábula, me estás contando bien el rollo, yo te copio, te creo. Entonces te hago creer que soy un rey, que soy príncipe, que soy un doctor, que soy un mendigo, que soy un montón de personajes. Si está bien contado, la gente toma por cierto eso. Esa es como la pepa de esto, de contar historias a nivel escénico, tanto en cine, en televisión, en teatro.

‘El Cabo’ es uno de los personajes que más reconocimiento, y oportunidades, le ha traído. Cortesía prensa Robinson Díaz

¿Le parece más divertido jugar a eso en el teatro porque ahí juega durante dos horas ininterrumpidas, o en cine o en televisión, donde le toca jugar por momentos muy cortos?

Fragmentado. No, yo desde muy temprano entendí que la televisión y el cine eran algo fragmentado; usted no arrancaba la historia cronológicamente, su personaje arrancaba desde la muerte o desde la mitad de su vida o desde un evento importante, pero no necesariamente nacía la historia cronológicamente de principio a fin. Eso lo entendí, y me pareció también fascinante. Porque también la imaginación de uno dice, “Eh, ¿que pasó antes? ¿qué va a pasar después?”.

En televisión y cine usted está al servicio del director y el productor, y usted está al servicio del director de fotografía. Usted es un elemento más del espectáculo, tiene un rango de poder limitado. Es también bueno que a uno le propongan, “Mire, usted se puede mover de aquí a aquí”. La magia consiste en cómo lleno y cómo hago para hermosear ese lugar que me dieron, que yo lo ponga bacano, que cuente algo.

En el teatro es otro rango; el teatro es el arte del actor. No hay planos cerrados, no hay planos abiertos, no hay edición; es inmediato, está el público ahí, los errores están a la vista, el ritmo lo impone la conversación entre público y actor. Es mágico, es una situación muy extraña, es un ritual atávico. Es una cosa que sale de las cavernas, después de que se van todos de caza, llegan a la casa con sed, llegan a la cueva, terminan de comer, y ¿qué se ponen a hacer? Contar historias para calmar el miedo.

Yo acabo de hacer un personaje muy importante, Belisario Betancur. Esta es una serie de ocho capítulos, cabrona, cabrona. Hice escenas de las 6:00 de la tarde del 06 de noviembre del 85. Luego hice escenas en el velorio de los soldados. Después, el antes, cuando le avisan a Belisario que se tomaron el Palacio de Justicia, ¿me entiendes?

A mí me parece fascinante en televisión y en cine ver ya armado el muñeco, todo montado, cómo queda el Frankenstein con edición, con música. A mí me encanta esa sorpresa, por eso te digo, uno en televisión casi que es como un albañil, uno pega los ladrillos que le dijeron, “Vea, usted va hasta esta hilera y pone esta ventana y esta puerta; chao papá”. ¿Sí me explico? Cuando es el protagonista le toca ir en la estructura, ¿me entiendes? En la parte narrativa. Pero llegan los fontaneros y ponen esto, ponen aquello. Lo interesante de eso, repito, es ver usted toda la estructura general ya terminada, musicalizada, colorizada; es una cosa fantástica.

En el teatro, por ejemplo, yo tuve ensayo ayer de Más que amigos, en este caso yo dirijo; ya llevamos como 15, 16 presentaciones, ayer hice otros cortes, unos ajustes que vamos a probar hoy, en caliente, con el público. Amigo, eso no es posible en otros formatos. Pero te digo, tiene una magia muy particular. El teatro tiene más dominio, es más artesanal, tiene más participación. Todos estamos continuamente relacionándonos con el vestuario, con los profesionales, con el maquillaje…

Y lo más chistoso de todo, y lo más doloroso, es que es muy efímero, es berracamente efímero. Usted me habla de la Dama de negro y se me salen las lágrimas; siete temporadas… Y está en la retina y en la cabeza de mucha gente, pero no está… yo la tengo en video, obviamente para mi estudio, pero no está para el gran público, no está en una plataforma. En cambio, El cartel de los sapos, lo hicimos como en el 2008, lleva unos 12 años en Netflix, y sigue. Yo no puedo hacer nada con El cartel de los sapos, eso ya está hecho. Yo no puedo agregarle una coma o decir: “Ay, hombre, a mí me hubiera gustado hacer esta escena de otra manera”, no puedo.

Si le entiendo bien, hasta cierto punto a usted le gusta esa sensación de no tener el control sobre el producto final.

Porque lo entendí desde un principio.

Pero le gusta esa sensación.

Claro, es muy bueno trabajar en cine o en televisión como empleado, además pagan mejor que el teatro. Y ahí tienes que hacer caso; entre nosotros decimos, “Haga caso, papá. Haga caso, recibe su cheque y ya”. Dago [García, productor y guionista colombiano], por ejemplo, una vez se nos arrimó y nos dijo, “A ustedes les pagan por esperar”.

Eso me cambió mucho, porque yo me desesperaba, y decía “Pero ¿por qué no hacemos?”, hasta que nos reunió a todos en Pecados capitales y nos dijo, “A ustedes les pagan por esperar, también les pagan por hacer sus escenas, pero les pagan por esperar. Entonces, no joda, haga las escenas cuando lo llamen, y ya”.

Voy a poner una comparación que puede parecer traída de los cabellos: cuando un músico empieza a tocar una canción en vivo es como si se tirara por un tobogán. Usted se suelta acá, y ya al otro lado va a salir. ¿El teatro es un poco así?

En televisión y en cine no.

Claro, es como no tener el control.

No es control, en teatro usted debe tener un freno, porque ya no puedo retomar. Como se fue, se fue. En principio, sí es un tobogán pero hay un control, nos estamos mirando, estamos evaluando para ir a un ritmo, bájele al flujo de agua para que el viaje sea disfrutable.

¿Qué criterios tiene usted en cuenta a la hora de aceptar un papel o de embarcarse en un proyecto como los que gestiona?

Yo he tenido mucha fortuna, me tocó una época muy buena de la televisión colombiana. Me tocó la época de muy buenos proyectos de televisión, antes de que existieran los canales privados. La televisión conectaba mucho con el público, y la gente quería ver su serie semanal.

Entonces, todo eso está amparado en esa pregunta, porque eso no es así, yo no soy Brad Pitt, yo no soy una persona que siempre escoja tal o cual proyecto, en este momento es muy difícil, porque la producción colombiana ha disminuido berracamente. Si yo me pongo con esas huevonadas de decir cómo escojo un personaje, estaría mintiéndole, eso es una grosería, eso no es así.

Yo fui actor exclusivo del Canal Caracol 20 años, y sí, tuve la fortuna también de que me dijeran, “¿Te interesa este proyecto? ¿Quieres hacerlo?”, y yo decía si me interesaba o no, porque había una gran bonanza. Hoy no, hoy eso cambió, estuve en unos que me ofrecían, había otros donde me decían, “Tienes que hacerlo, porque te estamos pagando”. Era un doble juego. Y yo entraba.

Cometí errores, me metí en proyectos de mierda, pero también le pegué duro, la reventé, he tenido mucho éxito, porque también he tenido gente que me ha visto, gente que ha ponderado mi trabajo y ha respondido a eso. Y también el capital, tanto de Caracol como de RCN; un actor sin capital es un tipo que solo tiene un proyecto, no tiene nada.

Yo cuando escojo o cuando me llaman a un proyecto de película o televisión, ya estoy agenciado con una mánager, entonces ella ya sabe cómo son mis gustos y más o menos qué me interesa. En este momento me interesan personajes que me digan cosas, que me interese representar, y que pueden conectar con el público. Esa es, digamos, la premisa fundamental. Hacer un personaje que me dé mucha gracia, que me dé curiosidad, que me interese, que lo vea de actualidad o que me parezca muy interesante. Obviamente, también que haya buena plata e impacto.

Igual, he hecho películas “huesos”, he tenido fracasos, he hecho favores a amigos; “Ay, hermano, haceme un cameo”, “Ay, hermano, haceme un papelito aquí”, “No tengo plata, no tengo presupuesto”… “Hagámosle, hermano”. Y he trabajado en fiascos, hace parte de esto, pero también he trabajado en cosas que ni me han pagado y han sido un puto éxito; he tenido proyectos de mucha plata que han sido un fracaso, o en proyectos muy buenos, que han sido impresionantes

Vecinos, por ejemplo, fue una novela que todavía la siguen pasando. A esa novela la pusieron siete enfrentados en su época. Hicimos 180 capítulos de televisión, ¿sabe qué es eso? Usted no se imagina eso qué es… más o menos un año y siete meses de trabajo diario; 35 escenas diarias a ritmo de 12, 13, 14 horas diarias. Estamos hablando de un volumen de trabajo para hacer contenido fuerte, y esa novela era un éxito el berraco, desde que me llamaron, yo leí los libretos y dije, “Esto es un hit”. Y conectó rápidamente con el público. Por eso le digo, las cosas son muy extrañas, hay muchas variables, puede haber el mayor presupuesto y ser un totazo, o al revés, ser un fracaso brutal. Pero yo, la premisa mía, repito, es que me guste mucho…

El personaje de Oscar, en Vecinos. Cortesía prensa Robinson Díaz

Más que la obligación, el vivir, porque yo necesito trabajar y pagar mis cosas, tengo mi familia, tengo que pagar los servicios, vivir, comer, lo que hacemos todos. Y me gusta mucho trabajar. Voy a cumplir 60 años en mayo, y no me veo sentadito en la casa. Voy a seguir dándole, porque como dice mi maestro de esgrima, “La pasión no se jubila”, uno sigue dándole. Picasso tenía 89 años y seguía pintando, Botero se murió pintando. Yo los entiendo, porque, ¿a qué me levanto? Me levanto a crear porque es una cosa implícita en uno. Yo necesito amasar, bien cansón que vengo siendo desde niño, bien curiosito, ¿ahorita me voy a aplastar porque llegaron?… No.

Rubén Blades no canta por necesidad económica.

No, no, Blades ya está al otro lado. Lastima que nos perdimos de Héctor Lavoe, pero mire cómo vive Santa Rosa, Tito Nieves… Lo que pasa es que el mundo de la salsa agarró el mercadeo distinto, pero otros aprendieron, como Richie Ray y Bobby Cruz.

Todos cayeron en los excesos; al pobre de Lavoe, o a Ismael Rivera, se los llevó el diablo. Pero Celia Cruz tenía una carrera berraquísima, porque supo mercadearse, porque tenía a Pedro Knight, tenía a sus agentes. Eso tiene mucho que ver también con el impacto, con la forma en que su cabeza recibe el éxito, cómo lo maneja.

¿Cómo le ha ido a usted con el éxito, con la fama, con el reconocimiento de la gente?

Muy bien, a mí la gente me quiere mucho.

¿Y cómo ha manejado eso?

Con belleza, con gratitud. Yo agradezco mucho, antes me daba como mucha pena, como vergüenza. Acomplejado, porque decía, “¿Será que tengo tantos méritos?” [risas], pero hoy en día siento que es una respuesta hermosísima de la gente.

Porque a uno le dan muchas crisis existenciales con esto, muchas: “¿Para qué? ¿Para hacer plata? ¿Para que me aplaudan? ¿Acaso soy un mico? ¿Un chango?”. Muchos artistas dicen, “Es que mi alimento es el aplauso”. Ay, compadre… De por sí es un acto narcisista, pararse en un escenario, que lo miren a uno…

Pero yo ya me deslindé de eso, ahora siento otra necesidad, como de conectar, llevarle a la gente un servicio. Como el médico, que lo cura a uno, nosotros tenemos la posibilidad de darle a una persona una hora, hora y media, dos horas para sacarlo de su realidad, en esa misma butaca, transportarlo. Es un intercambio muy sano, me das una plata por un servicio que te voy a dar. Te mando algo que no tienes en la casa, que no tienes en las pantallas. “Te voy a contar la historia de El exorcista”. Mierda, entonces te metes en ese viaje, y lo hago lo mejor que puedo, del resto se encarga Dios.

Me mantengo cavilando acerca de esto, porque a veces no me dan ganas de muchas cosas, y tengo mucho conflicto personal, como si se me hubieran quedado los personajes en el cuerpo. A veces pienso, “Jueputa, ¿será que tengo trastorno de personalidad?”. Bipolar no soy, aunque tengo estados de ánimos que van de aquí a allá, pero usted no va a encontrar que mañana que yo no lo salude, esos síntomas no, pero sí tengo estados de ánimo muy variables.

En estos días le pregunté a un señor, “¿Por qué cree que yo soy importante para la sociedad?”, y el man me dijo, “Hermano, yo voy a sus obras y usted me produce descanso, yo veo sus obras y descanso”. Yo me quedé bacano con eso. Valió la pena vivir, hermano. Te repito, yo estoy parado en un escenario no para que me aplaudan. Yo no tengo ese problema, sí tengo la autoestima bien bajita, pero tampoco para pararme en un escenario a que me aplaudan.

Mi maestro de esgrima, Germán Silva, dice, “Cuando uno se monta en un escenario es porque algo tiene que decir”. Por eso, el escenario es sagrado, usted de por sí se levanta del suelo, se está levantando por encima de la raza, encima de todo, pero ¿qué va a decir, hermano? Tiene algo que decir, si no, no se monte en el hijueputa escenario.

Mucha gente me dice, “Es que usted es muy cansón”; no, lo que pasa es que yo tengo otro miramiento acerca de esto, me aburro rapidísimo, veo espectáculos y digo, “¡Qué estafa, qué hijueputa estafa!”. Veo a la gente que hace el esfuerzo de conseguir la plata de la boleta, montarse en el carro, atravesar el trancón, llegar al teatro, buscar parqueadero… Todo este esfuerzo para encontrarse con una obra de mierda, la gente no vuelve. En este caso, busco lo mismo. Es el mismo principio de un restaurante, usted no vuelve si lo atienden mal en un restaurante, o si es carísimo.

Entonces, mi esfuerzo máximo es por brindarle a la gente bienestar. Porque esto se volvió un servicio, esto ya no es arte de aficionados. Esto produce mucho dinero; si usted viera los presupuestos que manejan estas plataformas haciendo producciones. Lo que pasa es que en Colombia, en estos países, el teatro y el arte es como para el payasito, para los desadaptados… No, nosotros le metemos al PIB. al producto interno bruto, una cantidad enorme, o si no, el Movistar Arena y todo eso, ¿por qué están metiendo tantos conciertos hoy en día?

¿Por qué? Por una razón, y es que nosotros necesitamos diversión, el hombre necesita recreación.  Usted puede estar pegado al celular, puede estar pegado a la computadora, pero necesita por lo menos tres o cuatro horas de algo que lo conecte con el espíritu, que le cuente otras cosas; la música, la danza, una pintura… Y en ese rango yo estoy en el teatro.

Ahora usted se preguntó, si los personajes se le habían quedado en el cuerpo. ¿Cuáles cree —entre todos los que ha interpretado— que se le han quedado más en el cuerpo?

Muchos, casi todos… se me salen, son derivaciones de uno.

Yo solamente tengo un hijo con Adriana Arango, mi esposa, que se llama Juan José, es el hijo biológico mío. Pero mis personajes son hijos, son creaciones, son construcciones de la mano de unos buenos libretos, de libretistas, directores… Hay muchos que se vuelven como hijos putativos. ‘El Cabo’, por ejemplo… Me volvieron a llamar de Telemundo para hacer la temporada 10 u 11. ¿Cómo voy a decir que no? ¿cómo no? Necesito la plata para estar tranquilo, porque para hacer arte hay que estar tranquilo. O sea, hacer arte aquí es un lujo; hacer arte, o sea, intentar hacer contenido artístico es un hijueputa lujo. Usted necesita tener los problemas digestivos resueltos.

Una vez leí una frase del Indio Solari [cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota], y me impactó muchísimo, me pareció muy fuerte porque siento que tiene tanto de antipático como de cierto. Y es que el tipo decía, algo así: “No me gustan los artistas pobres, porque son los más fáciles de comprar”

Sí, es real, es muy bacano. Pero yo le agregaría algo, el artista pobre está muy limitado, se queda en sueños, se queda mirando qué hacen los demás, y crea un resentimiento el hijueputa. Se queda uno mirando para allá, qué hicieron en Londres, qué hicieron en Nueva York. Por ejemplo, cuando empezamos a hacer La dama de negro y luego este salto cuantitativo con El exorcista, este montaje tiene una producción que costó más de cuatrocientos millones de pesos.

La escenografía es impresionante.

Y la producción es de mi esposa, Adriana, y de César Perrín. Esa producción es una apuesta, pero pudimos hacerla porque ‘El Cabo’ me lo pagó. Empecé a hacer un show con ‘El Cabo’, y le dije a mi mujer, “Voy a coger cada centavo que tenga, y lo metimos a una bolsita”. Y esa fue la base, porque dije, “Yo estoy cansado de esperar que me llamen, o de rogar por una puta beca, me mamé de eso, me voy a dedicar a hacer lo que yo quiero con mi plata”. Ese es un salto que le debo a la televisión, y yo me empecé a educar financieramente. Nosotros con Adriana, mi esposa, nos metimos en cine, hicimos Te amo Ana Elisa. A mí me gusta mucho la película, pero nos desangramos, porque hacer cine en el país, en Colombia, es putamente difícil.

La distribución…

Ahí es donde viene el cuello de botella. La gente no quiere ver cine colombiano. El cine colombiano se vuelve cine de festivales, y eso no alcanza a recaudar lo que costó la película. Entonces, plausible, factible hacer teatro, con números que sean manejables, pero con buena producción y factura. Y eso es uno de los trazos fundamentales que nos hicimos nosotros en La Tropa, en la compañía de Adriana, Juanjo y yo. Vamos a hacer cosas bonitas, vamos a hacer artesanía, filigrana de Cartago, filigrana de Mompox. No podemos ser el Teatro Nacional, ni estamos en la calle Corrientes en Buenos Aires, ni en Ciudad de México, pero vamos a hacer unas obras que podamos manejar, que podamos disfrutar nosotros, crear buenos contenidos, y darle trabajo a la gente.

Si, por ejemplo, usted ve económicamente hay más o menos 35 o 40 personas que dependen de estas dos obras, más el teatro, el alquiler que pagamos. O sea, estamos en una empresa, yo ya hace mucho tiempo dejé de ser un aficionado, ahora soy un profesional dedicado a esto.

Cuando usted se cansó de esperar a que lo llamaran, cuando se educó financieramente, fue el momento en el que dejó de ser “solo actor” y pasó a ser empresario, promotor, gestor y todo esto.

Sí, y eso se lo debo mucho a mi esposa, ella tenía esa visión de formalizarnos, nosotros pagamos retención en la fuente, pagamos IVA, reteICA, toda esa huevonada. Yo le puedo mostrar la cantidad de plata que declaramos a la DIAN, a los impuestos nacionales. Cuando empezamos a ver que nuestros recaudos tenían que declararse en Hacienda, nos dimos cuenta de que no estamos huevoneando, nosotros somos un renglón de la economía. Esparcimiento, diversión, entretenimiento.

Colombia vive muy atrasada con eso, porque la gente apenas llega al nivel adquisitivo, apenas sobrevive. La gente rica vive en Miami; la clase media vive de pronto en México; y los pobres viven oyendo reggaetón, porque los pelados de hoy en día están embebidos en unas diversiones que son absolutamente vacuas, pobres.

A mí me parece que la música que hoy está saliendo es muy pobre, y eso interfiere en el cerebro, la gente se vuelve berracamente pobre. Eso se repite en todo. Pobre en todo sentido. No se puede hablar de cosas más allá de las que la gente reconoce, es muy difícil hacer un Ionesco acá, un Brecht… La gente quiere stand-up comedy y reggaetón; para mí eso es lo más seco del mundo, lo más pobre.

¿Hasta qué punto, a esa búsqueda de la supervivencia de la gente y a las condiciones de un país como este, se les suma, esa tradición judeocristiana que nos sugiere que si algo da placer, es inútil o es pecado? Que lo que está hecho solo para el disfrute, para el placer…

Es pecaminoso.

Sí, y/o inútil.

Sí, todavía estamos en esa brecha. Yo soy un pecador y soy todavía un penitente, y me cuesta mucho disfrutar del placer. Le hablé antes de la vergüenza del éxito, yo sentía vergüenza. También siento que el placer del cuerpo es vedado. Nosotros tenemos muchos problemas de represión sexual.

Yo observo mucho a la gente que viene a las comedias; después del aplauso, hay gente con cara amargada. Y otra gente, más de la mitad del público está sonriendo, feliz. ¿Qué pasa con esa gente que viene a ver comedias y está amargada? O que no sonríe. ¿Sienten, como en El nombre de la rosa de Umberto Eco, que la risa es pecado? La risa es liberadora, no solamente a nivel muscular abdominal, es distracción, es, técnicamente hablando, una descarga biológica de placer endorfínico. Es un “vale mierda”, es un carnaval.

Cuando uno ve una comedia y se caga de la risa, está desprovisto de cualquier miramiento ideológico o de concepto, uno se caga de la risa o no. Como cuando a uno le cuentan un chiste, uno no está pegado a una Biblia o a un tratado, a un dogma, espontáneamente el cuerpo reacciona. La comedia es liberadora, y por eso la prohibían. Yo siento que hoy en día, por ejemplo, estamos en otra Edad Media, impresionante.

Por ejemplo, en estos días salieron Matt Damon y Ben Affleck hablando, porque hay un patrón en las películas de acción y es una estructura que ya está probada en Hollywood; en los primeros cinco minutos hay una explosión, a los 25 hay otra explosión, y a los 55 minutos viene la gran explosión. El déficit de atención hoy en día es tan bravo, que ya están poniendo explosiones cada cinco o seis minutos, porque la gente, cuando se sienta a ver las plataformas, está chateando. Entonces, están recordando todo el tiempo: “Estamos en una película de acción” [hace sonidos de explosiones], es una repetidera narrativa. Eso mata el arte, se vuelve una perorata, un sirirí para bobos. Entonces, Kurosawa, Spielberg, Baz Luhrmann, Zemeckis, Scorsese, y los que se me escapan, ya no pueden contar nada… Ahora Forest Gump es una película ya vieja porque “no pasa nada”. La gente lo que quiere es impacto, impacto, porque el déficit de atención con las pantallas ha producido necesite estar continuamente motivada por un evento explosivo, un escándalo.

En estas semanas se viene hablando mucho de eso, la televisión y el cine se han rediseñado, teniendo en cuenta que la gente está haciendo scroll mientras ve las series o películas…

Sí, desde los productores. Hay una película nueva, totalmente hecha con inteligencia artificial, con actores en computador. Eso está tenaz. Pero la inteligencia artificial no puede hacer nada en el teatro, a no ser que pueda intervenir, digamos, escenográficamente, con hologramas o sistemas de iluminación. Pero en teatro no puede. Ni con un músico en vivo, no puede con un bailarín, no puede con una pintura. Bueno, elaborar una pintura tal vez, pero lograr un Caravaggio no creo, no creo que pueda lograr un Boticelli, no creo, yo me niego.

A mí sí me parece que es aterrador el panorama, porque las películas están pensadas desde el punto de vista de su atención. Ya es el productor el que ejerce, está viendo la curva de rating, la curva de cómo se comporta el que está viendo el contenido. ¿Cómo así? ¿Ya no puedo contar una historia porque tengo que meter una explosión a los 10 minutos, de lo contrario, la gente se duerme o cambia a TikTok? Uy no, ¿qué es esta pesadilla? Por eso el teatro parece una cosa de lujo, es como un oasis extraño…

Es un ritual.

Sí, es como un ritual extraño. Yo soy consciente del nicho donde estoy, una comunidad, una clientela; no pretendo competir con Karol G, ni con Bad Bunny, ellos tienen su mercado, pero mi mercado es este. Mucha gente viene aquí y dice, “Tengo 25 años, y es la primera vez que voy a teatro”, “Tengo 77 años, y es la primera vez que en mi vida vengo a teatro”.

Hay un muchacho que vio El exorcista nueve veces. Bacano, porque nosotros hacemos una relectura con todo el respeto a la maravilla que hizo William Friedkin en el 73. Usted se sumerge en el libro de William Peter Blatty, es una obra maravillosa que habla de otras cosas, no solamente de una niña que voltea la cabeza. Es una de las películas de terror más miedosas que he visto en mi vida.

La gente viene porque está buscando otros sabores; azafrán, vainilla, lavanda, otros olores que no sean de lo mismo. Y eso nos da un carácter exclusivo, más no excluyente, hay acceso. Pero no queremos ser artistas pobres, y ahí empato con lo que usted decía. Ya comí de ese lado, eso no sirve para nada, eso solo produce miseria y una actitud mendicante.

Cuando la gente me dice, “Vamos a ir a tu obra para apoyarla”,  a mí se me sale el demonio. “Es que hay que apoyar la cultura”. No, usted no va a ver a Bad Bunny para apoyarlo. ¿Usted va a ir a Karol G para apoyarla? ¿O va a pagar doce millones de pesos [más de tres mil dólares] por un palco para apoyar a Alejandro Fernández? Ese concepto mendicante, miserabilista, nos tiene podridos. Y yo ya me salí de eso, la gente que viene es porque sabe que hago un muy buen espectáculo, con una gran factura. Y sin vanidad lo digo, me gusta porque me gustan ver cosas buenas. “Jueputa, qué maravilla esto, ¿cómo lo hicieron?”. Usted ve el Circo del Sol, y son unos cánones impresionantes de calidad, y la boleta mínima vale 180 dólares, y ellos no le están diciendo, “Apoye a la cultura”.

En Bolívar soy yo, junto a Alejandra Borrero y Jairo Camargo. RTVC Play

Yendo a lo que usted decía de la comedia y el humor, tal vez ‘El Mago Kandú’ es el personaje suyo que llevó eso más lejos y que dejó más huella, ¿qué representó para usted? Esa fue una serie absolutamente disruptiva, arriesgada.

Luis Felipe Salamanca y Dago; a Dago se le ocurrió el cabezazo. Estaban comenzando los realities, Expedición Robinson y esas cosas, y a este man se le ocurrió hacer una novela reality. Impresionante, tuvo mucho éxito.

Los libretos eran muy divertidos, eran como pruebas, el director Juan Camilo Pinzón me daba mucha facilidad y yo podía improvisar, porque me gusta mucho “la morcilla”. En el argot de nosotros “meter morcilla” es meter cosas que no están en el libreto, ajustar cosas, decirlas de otras maneras, etcétera. Y me dieron mucha libertad, entonces, ese personaje no solamente lo disfruté mucho, sino que me sirvió para reconocer que podía expandir mucho mi conciencia cómica. Porque yo recién había hecho otros éxitos, pero de carácter dramático, y me moría ganas por hacer algo cómico. En teatro sí había hecho, porque mi rango es amplio, gracias a Dios bendito.

Entonces, fue como una prueba para mí; yo quería hacer una cosa muy cómica, y luego se me ocurrió la idea de hacer una derivación. Usted lo pide, y el universo se lo concede. Llegó Felipe Acero, un señor que tenía unas carpas y me ofreció: “Vamos a hacer un circo con ‘El Mago Kandú’”. Duramos 10 meses. Yo me cansé porque ya me empezaron a tratar como parte del mobiliario del circo. Entre ellos se tratan muy mal, porque el circo es una vida de mierda, es una vida que no tiene nada de fellinesco, y a mí me tocó vivirla.

Yo quería seguir, pero aquí uno no puede meterse en eso porque a usted lo etiquetan: “A este man le está yendo mal”. Eso no pasa en México, que cuando usted está con el circo Atayde o con el de los Fuentes Gasca, usted está cotizado. Aquí es al revés, usted se va para el circo, y es que ya viene para abajo. Usted está en teatro, y ya viene para abajo; aquí eso no se entiende. Allá, [Daniel] Giménez Cacho está en teatro, Joaquín Cosío está haciendo teatro, Jesús Ochoa, o Ana Claudia Talancón están haciendo teatro. Aquí no, hacer teatro es de pobres, es que se viene abajo su carrera.

Es como esas putas creencias de, “Apoye la cultura” o “Hay que apoyar a los artistas”. ¿Usted va a apoyar un cuadro de Botero? Una amiga tiene un cuadro de Botero de dos millones de dólares, y ella no está apoyando a Botero, ella estaba haciendo un negocio con un Botero. Entonces, es otro miramiento.

De todas las películas que ha hecho, ¿hay alguna que —entendiendo que todas son como hijos suyos— tenga un lugar más especial en su historia, en su ego?

No, van con sus épocas. Cuando hice Bolívar soy yo fue un momento muy interesante porque estaba Fanny Mikey viva y trabajamos con ese montón de estrellas; la historia que me planteó Jorge Alí Triana era una maravilla. Cuando hice La gente de La universal fue mi primera película, y verla en el festival de San Sebastián, con la gente cagada de la risa en la sala principal, fue impresionante. Tuve la fortuna de ver a Malkovich, a Woody Allen, en una gala… Yo estaba muy pollo.

Entonces, son determinados momentos, ciertas cosas que representan para uno. Como te digo, hay películas que he adorado. Por ejemplo, hice una con [Harold] Trompetero, Nadie sabe para quién trabaja, me gusta esa película y no le fue tan bien, pero tiene unas cosas que me gustaban, que me hacen cagar de risa.

Pero también está La pena máxima, una película que todavía siguen mostrando, la siguen viendo… Por ahí me encontré con un man de San Andresito que me dijo, “Oiga, usted me sacó a mí de pobre con la piratería de La pena máxima , yo vendía esa película a huevo. Me dio para pagarle la carrera a mi hija”. Y así me ha pasado, bacano.

Pero yo creo que la mejor película es la que viene. Estoy en pos de eso, con toda la humildad lo digo. Estoy preparándome para que aparezcan buenos personajes, para que vengan cosas buenas. Me capacito, estudio, y cada vez me siento con más pólvora para llegar a personajes más complejos, ya no tanto para agradar, impactar y decir, “Mire, yo soy muy buen actor”. Ya esa deuda la saldé con mi papá y mi mamá, ya les demostré que sí valió la pena que me tuvieran, y que perdonaran toda la friega. Ya con mi papá y mi mamá está pago, con mis hermanos, mi esposa y mi hijo. Entonces, ahora estoy con el pedo conmigo; a ver qué, estoy buscando una manufactura que a mí me guste. Algo que a mí me guste mucho, lo que hago en el teatro me gusta mucho.

Y me encanta vivir en Colombia, adoro Bogotá, amo a Bogotá, amo a mi país. Ya he pensado en irme, ya lo hice, ya probé, miré, olí, vi lo que pasaba en México, en España, qué pasaba en Estados Unidos, a ver cómo era Francia… No hay nada más hermoso que actuar en el idioma de uno.

En estos días me llegó una audición, me llamaron de Nueva York para una película y me tocó preparar una audición en inglés… ¡Qué cosa tan difícil! Me demoré dos días para preparar una escena de una página. Hice eso como ejercicio, qué cosa tan difícil, tan poco generosa. Admiro mucho a la gente que se va para allá, pero yo no. Agradezco mucho que estoy aquí, y creo que le he dado al país lo que me corresponde a mí como respuesta, honrar a mi país.

La gente de La universal fue su primera película, y levó su trabajo a múltiples festivales.

¿Cómo quisiera que lo recordara la gente?

Como una persona que dio alegría. Mi tarea en este mundo es servirle a la gente, darle alegría. Yo creo que es eso.

Cuando empecé en esto, iba por el parque de Envigado, mi mamá me mandó a hacer una cosa, y yo me quedé viendo un grupo de cómicos, y me cagué de la risa. Era el grupo del Teatro Matacandelas, y posteriormente entré a ese grupo porque un amigo, Jaime Rojas, me llevó. Me quedé, y fue como un shock nervioso, tenía como 14 años y empecé a reírme con esos cómicos haciendo payasadas en la calle. Me dieron alegría. Es lo mismo, el mismo contagio, el mismo principio, hago con la gente lo mismo, yo devuelvo y trato de que la gente viva alegría, viva otra cosa que no ha visto, que no ha percibido. Eso es lo que me gusta, como que les hago cosquillas, le hago caricias a la gente. Hago que su vida sea un poquito más, que sientan que valió la pena. O decirles, “Mire, hay otras posibilidades. Sea más tolerante, hay otras ideologías, hay otros cuentos”.

Destapo muertos. Permito que voces extrañas hablen, voces que se han quedado en los anaqueles de una biblioteca. Hacer una obra de de Sófocles hoy es como revivir y levantar a Sófocles, y decirle, “Venga, vamos a hacer Edipo, hermano”. Como que le dan a uno las gracias, “Vamos a contar esta historia”. O Calderón de la Barca, toda esa gente se murió, pero es bonito cuando usted los trae de vuelta, es una cosa muy rara. Lo más berraco es que, se vuelven vivos…

Hay gente que dice, “Ay, ¿usted no se cansa de hacer la misma obra de teatro todas las noches?”. No, porque es como una trucha, usted no la agarra, está viva, yo no sé qué va a pasar esta noche, no lo sé. Y es la misma partitura, pero no sé qué va a pasar, no sé con qué va a llegar Barrero, o Walter, no sé cuál es el estado de ánimo, cómo va a reaccionar el público, no sé. Minimizamos el azar, hacemos que las cosas estén, por lo menos, controladas; hay una entrada y una salida, vamos a ver qué pasa en la mitad. Pero es un viaje.

Un tobogán.

Un tobogán, como usted lo dijo. Y ¿cómo quiero que me recuerden? Como alguien que dio alegría, sobre todo así, hermano. Igual, vamos a ser el olvido que seremos…

RICARDO DURÁN

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