Sergio Palau: El cuerpo en conflicto y la mirada que no se atreve a decirlo todo

El actor colombiano desentraña la complejidad de Salcedo y el cierre emocional de ‘La primera vez’

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

mayo 4, 2026

10:32 am

Cortesía @_omnia.x OMNIA

Hay actores que interpretan y hay otros que, sin proponérselo, se convierten en el territorio donde un personaje ocurre. Sergio Palau pertenece a esta segunda estirpe, la de los intérpretes que entienden que actuar no es decir, sino sostener una tensión invisible. Nacido en Montería y formado entre el rigor del teatro y la precisión de la cámara, su trayectoria, que comenzó prácticamente en la niñez, ha estado marcada por una búsqueda constante de verdad, esa palabra escurridiza que en el audiovisual se mide en milímetros de mirada.

En La primera vez, serie que ha logrado atravesar generaciones con su evocación de la juventud, la educación sentimental y las contradicciones del deseo, Palau encarna a Salcedo, un joven que parece construido desde la dureza, pero que en realidad se desmorona por dentro. En su última temporada, la serie no solo cierra una historia; también expone las grietas de una masculinidad que se aprende a golpes, a silencios y a ausencias.

Hay algo en la forma en que Sergio Palau habla de Salcedo que trasciende la anécdota de una serie juvenil. No se trata solo de un personaje, sino de una radiografía íntima de lo que implica crecer bajo la presión de ser alguien que uno aún no entiende del todo.

En ese gesto, en esa mirada que no termina de sostenerse, habita el verdadero núcleo de La primera vez. La certeza de que la adultez no llega como una revelación, sino como una herida que aprende a narrarse. Y Palau, con una mezcla de intuición y riesgo, decide no cerrarla del todo. Porque, como todo lo que importa, sigue abierta.

Esta conversación no gira en torno a respuestas fáciles. Es, más bien, un recorrido por los pliegues de un personaje que se debate entre la pertenencia y la negación, entre la fuerza impostada y la fragilidad que se filtra en los gestos.

Cortesía Netflix

En La primera vez, tu personaje se mueve entre la necesidad de pertenecer y la resistencia a su entorno. ¿Cómo construiste esa ambigüedad sin caer en el arquetipo del joven rebelde?

Cuando me dieron el personaje, pensé que iba a ser el típico bravucón, el bully de la clase. Pero al leer los guiones de Dago García me di cuenta de que había muchísimo más. Era un personaje lleno de contradicciones. Me interesó mucho esa doble cara: alguien que intenta demostrar todo el tiempo que es el más macho, el más fuerte, pero que en realidad está explorando cosas internas que no entiende.

A mí me ayudó mucho mi propia experiencia. Yo siempre he sido muy abierto con mi sexualidad, he sentido gusto por hombres y mujeres en distintos momentos, y he tenido amigos que también han vivido ese tipo de procesos, pero desde la represión. Eso me permitió entender esa tensión: hombres que se construyen desde una idea rígida de masculinidad, pero que internamente están en conflicto.

También me interesaba alejarme del arquetipo que muchas veces vemos en la televisión colombiana, donde estos personajes están ligados a una feminidad muy marcada. Aquí había otra posibilidad: alguien que no encaja en esa representación, que es contradictorio, incluso incómodo.

Hay algo muy particular en esa masculinidad que propones: una especie de exceso, de demostración constante. ¿Cómo la pensaste?

Total. Es un personaje que todo el tiempo está obligando a los demás a demostrar quién es más hombre. Pero al mismo tiempo es curioso, porque hay comportamientos que lo contradicen. Yo me preguntaba cosas como: ¿por qué alguien así vería porno con sus amigos? ¿por qué los llevaría a un cine pornográfico?

Ahí hay una necesidad de explorar, pero también de esconderse dentro del grupo. Y además es un personaje muy torpe con las mujeres. Los que parecen más seguros terminan siendo los más perdidos. Eso me parecía fascinante: que el supuesto “más macho” sea el que menos entiende lo que le pasa.

La serie trabaja la nostalgia, pero también conflictos muy actuales. ¿Cómo dialogas con ese cruce entre memoria y presente?

Es impresionante cómo conecta con todas las generaciones. A mis abuelos, a mis papás, a gente joven… porque aunque sea otra época, los conflictos son los mismos.

¿Quién no se ha enamorado? ¿Quién no ha experimentado con su sexualidad, con las drogas, con la amistad? Todo eso sigue pasando. Y además la serie tiene capas: el feminismo, la literatura, la inclusión. Cada capítulo está atravesado por referencias que enriquecen la historia. Nada está puesto al azar.

Cortesía @_omnia.x OMNIA

El cuerpo en la serie es clave: miradas, silencios y gestos. ¿Cómo construiste ese lenguaje no verbal de Salcedo?

Desde la fuerza. Yo quería que el cuerpo hablara. La postura, la mirada, cómo ocupa el espacio. Me apoyé mucho en los ojos; un profesor me decía que los usara porque ahí había mucha información.

También trabajé mucho desde la energía. En la primera temporada me mantenía en personaje incluso fuera de cámara. Me gustaba generar incomodidad, que la gente sintiera que Salcedo era alguien peligroso. Eso ayudaba a que las reacciones fueran reales.

Pero al mismo tiempo quería mostrar que es un niño. Puede cambiar de emoción muy rápido. Puede pasar de ser agresivo a ser ingenuo en segundos. Ese contraste me parecía esencial.

La última temporada lleva al personaje hacia la adicción. ¿Cómo abordaste ese arco?

Para mí tenía todo el sentido. Es un personaje con muchas carencias: ausencia de padre, inseguridad, presión constante. La adicción no aparece de la nada. Leí sobre el tema, sobre masculinidades, sobre dependencia. Y también entendí algo importante: no todo el mundo tiene una red de apoyo como la que él tiene. En la serie hay cierta contención, pero en la vida real muchas personas no salen de ahí tan fácilmente. Es un proceso que puede repetirse.

También hay una dimensión musical en tu trabajo. ¿Cómo dialogan la música y la actuación en tu proceso?

La música es fundamental para mí. Siempre trabajo con playlists para los personajes, porque me ayudan a entrar en ciertas emociones. Y al mismo tiempo, la música es mi espacio más personal. Escribo, busco sonidos, construyo todo desde cero. Es un lugar donde puedo contar historias propias. Pero también se conecta con la actuación, sobre todo en lo audiovisual. Cada vez quiero que mis proyectos musicales tengan más narrativa, más cine.

Cortesía @_omnia.x OMNIA

Has pasado por teatro, televisión y formación internacional. ¿Cómo cambió tu forma de actuar en ese tránsito?

Muchísimo. Yo venía del teatro, empecé desde los 12 años. Y cuando llegué a España a estudiar actuación para cámara, fue un choque. En el teatro todo es más grande, más expresivo. En cámara, cualquier exceso se nota. Tuve que desaprender. Entender que el cine trabaja desde la verdad, desde lo mínimo. Pero también amo el teatro por la conexión con el público. Es otro tipo de energía. Ambas cosas me nutren.

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En realidad, durante mucho tiempo yo quería ser director de cine. Sentía que todo lo que estaba aprendiendo como actor era una forma de absorber información para algún día poder contar mis propias historias. Estaba obsesionado con el cine: quería hacer películas como las de Tarantino, Almodóvar, Scorsese, Von Trier. Me fascinaba la idea de escribir, dirigir y actuar, hacerlo todo.

Con el tiempo me di cuenta de que la parte técnica, lo que tiene que ver con cámaras y todo eso, no era lo que más disfrutaba. Lo que realmente me apasionaba era crear historias y, sobre todo, interpretarlas. Recuerdo que llegué a España pensando que era muy buen actor, pero venía con una energía muy exagerada, muy teatral. En teatro puedes ser cualquier cosa: un árbol, un avión, un anciano. Es un lenguaje mucho más amplio. En cambio, frente a la cámara todo se reduce, se vuelve más específico. Te preguntan: ¿desde quién eres tú?, ¿qué puedes ofrecer que sea real? Ahí aparece el tema de la verdad.

El cine exige una verdad mucho más precisa. Cada gesto se ve, cada mínima emoción cuenta. También implica aprender a manejar la energía: saber cuándo emocionarte, cuándo contenerte, cómo sostener un personaje durante jornadas de rodaje de 10 o 12 horas, que es muy distinto a la intensidad concentrada de una función de teatro.

Cortesía @_omnia.x OMNIA

Aun así, el teatro sigue siendo un espacio que amo profundamente. Siempre se dice que es el lugar del actor, y tiene sentido: aunque repitas la obra, cada función es distinta. La conexión con el público es inmediata, viva. Si algo falla, lo resuelves en el momento. Esa interacción no existe en el cine o la televisión, donde todo es más fragmentado y técnico.

Pero no siento que uno sea mejor que el otro. Son lenguajes distintos, con exigencias distintas. Y personalmente disfruto muchísimo ambos, porque cada uno tiene su complejidad y su forma particular de hacerte crecer como actor.

¿Actúas pensando en la cámara o intentas olvidarla?

Intento olvidarla completamente. Me gusta sentir que estoy dentro de la escena. Incluso a veces me dicen: “oye, la cámara está aquí”. No me gusta verme en el monitor. Prefiero confiar en el momento. Para mí actuar es jugar, es entrar en una realidad distinta y vivirla.

Para cerrar, ¿qué viene después de este final de ciclo?

Estamos en plena promoción, la serie sigue funcionando muy bien. Y se viene música nueva, proyectos personales… cosas que todavía no puedo contar. Pero sí, estoy en un momento de creación, de explorar nuevos caminos.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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