Crítica: Amarga Navidad: La elegante reflexión de Pedro Almodóvar sobre el arte y la ética es profundamente personal, pero emocionalmente distante

Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón y Bárbara Lennie protagonizan esta metaficción semiautobiográfica sobre un director de cine cuyo guión invade la privacidad de una amiga cercana

Por DAVID ROONEY |

mayo 20, 2026

3:26 pm

Bárbara Lennie y Victoria Luengo en Amarga Navidad. | Festival de Cine de Cannes

El drama de 2019 de Pedro Almodóvar,Dolor y gloria, es una obra magistral de su última etapa y una de las películas más introspectivas y emocionalmente honestas del gran iconoclasta español. Con un Antonio Banderas en uno de los mejores papeles de su carrera como alter ego del director, la cinta exploraba la creatividad, el sufrimiento físico, la adicción y la memoria con una vulnerabilidad y una melancolía profundamente conmovedoras.

En Amarga Navidad, Almodóvar vuelve a partir de un terreno muy personal, aunque esta vez diluye parte de esa carga emocional al dividir su figura sustituta en dos: un director lidiando con un guión y el cineasta ficticio que sirve como inspiración para esa historia.

De regreso al cine en español tras su primera película en inglés, The Room Next Door, la nueva cinta de Almodóvar es un ejercicio de elegancia característico de su filmografía. La historia está construida con una estructura intrincada que se mueve entre dos líneas temporales separadas por dos décadas y que encajan como un rompecabezas; cuenta con interpretaciones sobresalientes de un elenco que mezcla colaboradores habituales y nuevos rostros; rebosa estilo visual; y está atravesada por un melodrama intenso, envuelto en la suntuosa y turbulenta música de Alberto Iglesias, compositor imprescindible y colaborador de larga trayectoria del director.

Amarga Navidad

La conclusión: Más dolor, menos gloria.

Presentación: Festival de Cannes (Competencia)

Reparto: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit, Quim Gutiérrez, Rossy de Palma, Carmen Machi, Gloria Muñoz, Amaia Romero

Director y guionista: Pedro Almodóvar

Clasificación R, 1 hora 52 minutos

Quizá de manera apropiada, considerando la constante aparición en pantalla de textos escritos en letras rojas y en negritas —muchos de ellos destinados a ser borrados o reescritos—, gran parte del material se siente atrapado en la página. Surge la impresión de que, aunque probablemente resulte catártico para Almodóvar como artista reflexionando sobre su obra y el costo emocional que implica —para las personas más cercanas a él incluso más que para sí mismo—, la película mantiene cierta distancia con el público: es intrigante, pero pocas veces logra conmover realmente.

Para muchos, incluso el trabajo menos destacado de Almodóvar sigue estando por encima del mejor trabajo de muchos cineastas, así que siempre hay recompensas en sus películas. En este caso, una de las más grandes es el hipnótico diseño de producción de Antxón Gómez (no hay una sola casa en esta película en la que no quisiera vivir). Junto con el elegante vestuario de Paco Delgado, las explosiones de color y la decoración excéntrica sugieren facetas de los personajes que ellos mismos suelen mantener ocultas.

También hay un humor contenido e incluso una extensa exhibición de belleza masculina reluciente que funciona como una señal cómplice de un autor cuyo apetito por el placer no ha sido extinguido por las ansiedades que claramente lo atormentan. Pero, pese a esos momentos de diversión, Amarga Navidad es una película melancólica.

La cinta se siente confesional en su retrato de un director que teme haberse quedado sin ideas y que se cuestiona el derecho de un artista a alimentarse de los problemas de sus amigos, como una especie de vampiro del trauma. Sin embargo, ese conflicto interno no ofrece demasiado de qué aferrarse para el público, aunque eso no sea culpa de Leonardo Sbaraglia, el carismático actor argentino que interpreta al sustituto más directo de Almodóvar, Raúl.

Sbaraglia aporta calidez y empatía a un personaje de doble filo que proyecta una sensación de felicidad ensayada, pero que en realidad vive encerrado en su propia burbuja. Habita una luminosa villa acompañada de una piscina digna de una pintura de Hockney, donde su joven y devota pareja, Santi (Quim Gutiérrez), nada constantemente en la piscina, aunque su principal confidente es su amiga y asistente de toda la vida, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón). Ella suele enumerarle invitaciones para recibir premios honoríficos en festivales internacionales —a veces acompañados de jugosos honorarios—, propuestas que Raúl rechaza sistemáticamente. 

La protagonista de su guión, ambientado en 2004, es Elsa (Bárbara Lennie), quien pone los ojos en blanco cuando la llaman una “directora de culto” y rápidamente aclara que hizo dos películas fallidas con un pequeño pero apasionado grupo de admiradores, y que ahora dirige comerciales. Una escena temprana en la que Elsa y su devota pareja más joven, Beau (Patrick Criado), le explican a una curiosa doctora del hospital (la encantadora Carmen Machi) qué significa ser una directora de culto, aporta una bienvenida dosis de humor.

La doctora reconoce tanto a Elsa como al atractivo Beau, aunque a este último por su provocativa rutina en una despedida de soltera. Beau, cuyo verdadero nombre es Bonifacio, es bombero y trabaja también como stripper. Almodóvar nos regala una presentación completa en el club donde trabaja, llevando a un grupo de novias al borde de la histeria mientras se quita la ropa y baila al ritmo de ‘I’ve Seen That Face Before’ de Grace Jones. El número que sigue continúa con Beau desnudándose al compás del clásico disco ‘Run Baby Run’ de Amanda Lear, dejando claro que esta sigue siendo, sin duda, una película de Almodóvar. El melodrama a veces se desliza hacia la melancolía, pero es un placer ver que el director no ha abandonado su gusto por el camp retro.

Al igual que Raúl —y antes que él el propio Almodóvar— Elsa continúa lidiando con el duelo por la pérdida de su madre. Sufre migrañas severas y ataques de pánico, y Beau no podría ser más atento con ella. En un hermoso interludio la lleva a la lujosa casa de su amiga Gabriela, interpretada por Rossy de Palma, en un glorioso guiño al Almodóvar clásico. Como una especie de Auntie Mame madrileña, Gabriela está ocupada organizando lo que parece ser una interminable serie de fiestas fabulosas, aunque se detiene el tiempo suficiente para darle a Elsa la mitad de su reserva de analgésicos recetados e insistirle en que descanse en una habitación silenciosa mientras hacen efecto.

Una de las musas favoritas de Almodóvar es la legendaria cantante mexicana Chavela Vargas, cuyas rancheras cargadas de crudeza han sido utilizadas frecuentemente en su obra para intensificar las emociones (la película incluso toma su título de una de ellas). Eso ocurre en dos momentos aquí: primero, cuando una invitada a la fiesta (la popular cantante Amaia Romero) visita a Elsa en la habitación de Gabriela y canta ‘Las simples cosas’; y poco después, cuando Elsa visita a su amiga Patrizia (Victoria Luengo), quien pone en el estéreo una áspera interpretación de Chavela Vargas en sus últimos años cantando ‘La Llorona’.

Pero la melancolía arrebatadora de esas rancheras no encuentra un equivalente emocional igual de profundo en las narrativas. Un cambio de escenario, cuando Elsa lleva a Patrizia a hospedarse en una lujosa casa de renta en la isla volcánica de Lanzarote, aporta nuevas texturas visuales —el director de fotografía Pau Esteve Birba aprovecha al máximo los campos de lava negra moldeados por el viento—, aunque la estructura paralela de la película comienza a sentirse más mecánica a medida que Elsa también empieza a trabajar en un guión.

Una de las mejores escenas llega cuando Patrizia, convencida de que su esposo le es infiel, se molesta al sentirse utilizada como material para el guión de Elsa. Aún más cuando Elsa hace una evaluación devastadora de su matrimonio. La salida furiosa de Patrizia da paso a la llegada de Natalia (Milena Smit), otra amiga deprimida que regresó al pueblo de su infancia junto a su madre tras sufrir una pérdida devastadora.

Almodóvar y la editora Teresa Font manejan las transiciones entre ambas líneas temporales con una fluidez elegante. Sin embargo, el cruce entre la vida y el arte desemboca en un resultado decepcionantemente apagado. Eso a pesar de la energía que aporta Mónica cuando —tras irse para cuidar a su pareja enferma, Elena, llevándose consigo una versión del guión de Raúl para leerla— regresa furiosa por la insensibilidad del director.

Mónica lo confronta duramente por utilizar las circunstancias trágicas de Elena como combustible dramático. Él responde a la defensiva, insistiendo en que todo es pura ficción y que ella está exagerando, lo que provoca que Mónica lo destroce verbalmente por la pereza detrás de su crisis creativa. Incluso lo encara por la manera en que trata a Santi, de quien ella se siente protectora, mientras Raúl lo reduce —del mismo modo en que Elsa trata a Beau— a alguien cuya única identidad consiste en ser una pareja devota y admiradora.

Aitana Sánchez-Gijón (junto con Milena Smit, que destacó previamente en Madres Paralelas) está magnífica en estas escenas feroces, atravesadas por la honestidad brutal de un director que parece reevaluar parte de la obra que lo volvió famoso. Pero Amarga Navidad termina sintiéndose como una construcción analítica torturada, en la que Almodóvar —normalmente uno de los artistas más generosos— parece estar resolviendo sus propios conflictos internos más que invitando al público a compartir la experiencia.

DAVID ROONEY

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