Crítica Ted Lasso 4: el exitoso dramedy futbolero de Apple tiene dificultades para encontrar un rumbo realmente interesante

Más de tres años después de haber salido del aire, la serie regresa con el optimista estadounidense interpretado por Jason Sudeikis, quien ahora asume un nuevo cargo como entrenador principal del recién inaugurado equipo femenil del Richmond

Por ANGIE HAN |

agosto 6, 2026

9:09 am

APPLE TV

Sin duda, habría que ser un verdadero imbécil para tirarle odio a Ted Lasso de Apple. En su temporada más reciente —la cuarta, después de una tercera que mantuvo hasta el último momento la incertidumbre sobre si sería la última—, la serie sigue siendo quizá la producción más obstinadamente optimista y cálida de la televisión, llena de protagonistas bondadosos, de mente abierta y con una enorme generosidad hacia los demás.

Cada persona nueva es simplemente un amigo en potencia. Cada desafío representa una oportunidad emocionante para ofrecerse a uno mismo —o a alguien más— un poco de comprensión y empatía. En un mundo donde la crueldad parece ser, con demasiada frecuencia, el objetivo, Ted Lasso debería sentirse como un bálsamo para el alma: un recordatorio reconfortante de que la decencia y la bondad más básicas siguen importando y siempre lo harán.

Ted Lasso

Veredicto final: Dulce, pero vacía.
Estreno: Miércoles 5 de agosto (Apple)
Reparto: Jason Sudeikis, Hannah Waddingham, Juno Temple, Tanya Reynolds, Jeremy Swift, Brett Goldstein, Abbie Hern, Faye Marsay, Jude Mack, Aisling Sharkey y Rex Hayes.
Creadores: Jason Sudeikis, Bill Lawrence, Brendan Hunt y Joe Kelly.

Y, sin embargo, debo admitir que esta nueva entrega despertó en mí no mi lado más noble, sino mi cascarrabias interior, cada vez más impaciente con todo este proyecto. Aunque sus intenciones son incuestionablemente buenas, la nueva temporada —que tardó mucho en llegar— resulta frustrantemente vacía y, en gran medida, confirma que la forma de hacer las cosas en Richmond ya dio todo lo que tenía para ofrecer.

Quizá estoy siendo demasiado duro con una temporada que, para ser justos, no llegué a detestar. (Ya les advertí que podía ser un pesado). Si la tercera temporada desesperaba por su ritmo errático, su trama desordenada y esa tendencia a felicitarse a sí misma por su propia bondad, el nuevo showrunner, Jack Burditt (30 Rock, Modern Family), logra moderar varios de esos excesos.

Los cinco episodios (de un total de diez) que se enviaron a la prensa duran, en promedio, unos 45 minutos: todavía algo largos, pero dentro de lo razonable. Además, la personalidad de nuestro protagonista deja de sentirse casi como la de un santo para convertirse simplemente en la de un tipo muy buena onda. Y todos los jugadores del equipo masculino —con la excepción de Roy Kent, interpretado por Brett Goldstein, quien ahora es entrenador del Richmond— desaparecen de la serie, llevándose con ellos varias de las subtramas que nunca terminaron de cuajar.

El problema es que, una vez que Ted Lasso se deshace de sus elementos más caóticos, los sustituye por… bueno, en realidad por muy poco.

En esta temporada, Ted (Jason Sudeikis) toma las riendas del recién creado equipo femenil del Richmond. Sin embargo, hasta ahora ninguna de sus jugadoras ha tenido el tiempo en pantalla ni el desarrollo suficientes como para dejar una impresión duradera. (Aunque vale la pena poner atención a Boots, la portera alegremente impredecible interpretada por Jude Mack; a Lizzie, el personaje de Faye Marsay con un aire protector y maternal; y a Gemma, la áspera pero interesante jugadora encarnada por Abbie Hern).

La única incorporación que realmente acapara la atención es Alice, la nueva y malhumorada entrenadora asistente, interpretada de manera sobresaliente por Tanya Reynolds. Como es, por mucho, el personaje más interesante de esta nueva temporada —en buena medida porque es la única protagonista que todavía no sucumbe a esa especie de mentalidad colectiva de optimismo inquebrantable tan característica del estilo Ted Lasso—, resulta muy fácil interesarse por ella.

El obstáculo que el equipo debe superar esta vez no es un villano maquinador ni un rival más talentoso, sino un concepto mucho más abstracto, aunque menos emocionante: un sistema injusto. Frente al machismo de muchos aficionados, el escepticismo de los directivos, la indiferencia de la prensa deportiva y una preocupante falta de recursos, ¿podrán Rebecca (Hannah Waddingham) y Keeley (Juno Temple) sacar adelante este nuevo proyecto deportivo?

Es una historia muy oportuna, considerando el reciente auge de ligas consolidadas como la WNBA y la NWSL, así como de competiciones más nuevas como la PWHL y la WPBL. Además, sus intenciones son indudablemente nobles. Ted Lasso lo deja claro al repartir varios discursos sobre la importancia de que no solo las niñas, sino también los niños, las mujeres mayores y, en realidad, personas de todas las edades y géneros vean que las mujeres también pueden competir al más alto nivel.

(Y si te parece extraño que una propuesta tan abiertamente feminista haya puesto a un hombre al frente del equipo, la serie dedica buena parte del segundo episodio a justificar esa decisión, aunque la explicación no termina de resultar del todo convincente).

Pero una cosa es decir que algo es importante. Otra muy distinta es lograr que resulte interesante. Ted Lasso cumple con lo primero, pero tropieza con lo segundo. Al mantener a las jugadoras y a la afición a cierta distancia —al menos por ahora—, la serie desperdicia la oportunidad de hacer que lo que está en juego se sienta personal: de mostrarnos por qué este deporte significa tanto para ellas, de explorar los caminos que las llevaron hasta aquí y de detenerse en sus aspiraciones más íntimas ahora que finalmente tienen esta oportunidad. Todavía podría hacerlo, y ojalá lo haga; por mi parte, lo que más disfruté de esta temporada fue ver a estas mujeres convivir, formar lazos y también chocar entre sí con la misma intensidad.

En cambio, la serie sigue centrando la mayor parte de su atención en el elenco principal. Pero, en lugar de aprovechar el salto temporal de tres años dentro de la historia para llevar a los personajes hacia una nueva etapa de sus vidas, simplemente los devuelve a un punto muy parecido al de siempre. El entrenador asistente Beard (Brendan Hunt) continúa atrapado en su desgastante relación intermitente con Jane (Phoebe Walsh), a pesar de que ambos se casaron al final de la temporada anterior. Keeley y Roy ahora son “muy, muy buenos amigos” que quieren volver a estar juntos, pero permanecen separados por obstáculos que parecen existir únicamente porque los guionistas necesitan alargar el clásico juego del “¿serán pareja o no?”. Y Rebecca sigue postergando cualquier compromiso serio con el atractivo piloto Matthijs (Matteo van der Grijn), una decisión que da la impresión de existir solo para estirar esa trama lo más posible.

En cuanto a Ted, Jason Sudeikis sigue brillando especialmente en esos momentos en los que la tristeza o la preocupación logran asomarse detrás de su fachada de optimismo inquebrantable. Sin embargo, el ritmo cansino de esta temporada —Ted tarda un episodio completo en siquiera empezar a considerar aceptar el puesto, lo que además parece servir para presumir una muy rentable colaboración con la oficina de turismo de Kansas City, y después necesita otros dos episodios para reunir a todo el cuerpo técnico y conformar el equipo— no consigue ocultar un problema mayor: la serie parece no saber qué hacer con su protagonista cuando no está pronunciando discursos motivacionales repletos de metáforas.

Porque, en realidad, ¿hacia dónde más puede avanzar Ted? En la primera temporada, sus poco convencionales métodos de entrenamiento, su desconocimiento del fútbol y su marcada identidad estadounidense encontraban resistencia por todos lados. Para el final de la tercera, sin embargo, ya había convencido prácticamente a todo el mundo de las virtudes de su estilo de liderazgo basado en la empatía. Incluso Trent Crimm (James Lance), quien alguna vez fue su crítico más severo en la prensa, termina escribiendo un libro en el que elogia su filosofía.

El Ted que toca a la puerta de Rebecca en esta temporada ya no es el pez fuera del agua de antes, sino un héroe legendario que regresa a un reino que él mismo transformó por completo a su imagen y semejanza. Claro, Ted jamás lo expresaría en esos términos; seguramente respondería con su habitual humildad, restándole importancia mediante alguna rebuscada referencia a una entrañable película de los años 80. Pero bien podría permitirse reconocer la realidad, porque ya no quedan detractores a quienes convencer ni obstáculos ideológicos que superar.

ANGIE HAN

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