Crítica Elle: Lo suficientemente encantadora, pero no tiene sentido como precuela de Legalmente Rubia

Reese Witherspoon es productora ejecutiva de la serie, que sigue a su protagonista durante una complicada etapa de su adolescencia, cuando deja el soleado Los Ángeles para mudarse al lluvioso Seattle

Por ANGIE HAN |

julio 6, 2026

10:24 am

Jessica Brooks/Prime Video

Si pensamos en Elle como un personaje único, aunque ficticio, que existe dentro de una sola continuidad narrativa, la nueva precuela de Legalmente Rubia de Amazon desafía toda lógica.

La premisa de la película original era que esta chica californiana llegaba a Harvard completamente ajena a cualquier cosa que no fueran los chicos, la moda y la vida en una hermandad universitaria. Por eso, la revelación de que en realidad pasó parte de su adolescencia entre rockeros grunge y activistas en Seattle resulta una inconsistencia tan grande del personaje que solo podría explicarse con una amnesia digna de una telenovela como Days of Our Lives.

Veredicto final: Se gana un diez por la intención, pero apenas un siete por la ejecución.
Estreno: Miércoles 1 de julio en Prime Video
Elenco: Lexi Minetree, June Diane Raphael, Tom Everett Scott, Jacob Moskovitz, Gabrielle Policano, Chandler Kinney y Zac Looker.
Desarrollada por: Laura Kittrell.

Pero si, en cambio, ves a Elle Woods como una franquicia susceptible de reinventarse una y otra vez, al estilo de James Bond o Superman, y esta nueva entrega como una reinterpretación libre de la novela original de Laura Brown, en lugar de una expansión de su historia, entonces Elle tiene todo el sentido desde una perspectiva comercial, aunque solo un poco desde la creativa.

La nueva serie es lo suficientemente agradable, pero está muy lejos de tener el encanto de su predecesora en el cine. Al final, hace tanto por evidenciar las limitaciones del concepto de Legalmente Rubia como por demostrar su capacidad de adaptarse a nuevas versiones.

Como era de esperarse, esta versión de Elle, interpretada por Lexi Minetree, comienza su historia como una chica privilegiada y sobreprotegida de Los Ángeles. Sin embargo, la decisión de convertirla en una estudiante que está por entrar al penúltimo año de preparatoria en 1995, en lugar de una universitaria a punto de graduarse en 2001, hace que se parezca tanto a Cher Horowitz de Clueless como a la Elle Woods original.

Al inicio, parece tenerlo todo. Dos padres cariñosos, Wyatt y Eva, interpretados por Tom Everett Scott y June Diane Raphael, una enorme mansión en Bel-Air, un grupo de amigas inseparables, un chico encantador que podría convertirse en algo más y hasta un plan de tres pasos para conquistar la jerarquía social en el próximo ciclo escolar.

Pero la noche de su cumpleaños número 16, Elle recibe una noticia devastadora. La familia Woods se mudará a Seattle. De pronto, todo aquello que la hacía tan admirada en Los Ángeles —su feminidad, su personalidad alegre y su gusto por los minivestidos rosa Barbie— la convierte en una extraña ante un alumnado tan uniformemente grunge que el clásico recorrido por las mesas de la cafetería se reduce a pasar de un grupo de estudiantes con camisas de franela grises y botas negras Doc Martens a otro prácticamente idéntico.

Por supuesto, esta no es una representación justa de la llamada Ciudad Esmeralda, y cualquiera que haya vivido esa época o haya pasado tiempo en Seattle seguramente pondrá los ojos en blanco ante lo exageradamente estereotípica que resulta. Sin embargo, el tono desenfadado y consciente de sí mismo de Elle, acompañado por canciones nostálgicas de bandas como Radiohead, Soundgarden y Garbage —esta última presente en la secuencia de apertura— evita que la serie se sienta como una visión condescendiente de la contracultura noventera y no como un insulto a la diversa población de Seattle, donde también hay gente a la que le gustan los deportes en equipo y no se viste exclusivamente con prendas de cuadros en tonos neutros.

El problema más importante es que la superficialidad del escenario contradice la propia premisa de la serie. Por un lado, Seattle es presentado como un lugar lleno de rebeldes y espíritus libres que marchan al ritmo de su propio tambor. Por otro, todos esos supuestos individualistas parecen seguir exactamente el mismo compás. La única que está fuera de sintonía es Elle, y precisamente por eso es juzgada por su “conformismo”.

La manera en que está planteado este conflicto termina evocando, quizá sin proponérselo, esa postura defensiva según la cual las mujeres blancas, heterosexuales, femeninas y de clase acomodada son las verdaderas oprimidas. Afortunadamente, esa impresión se va suavizando conforme otros personajes adquieren mayor profundidad y dejan de ser simples estereotipos.

En cualquier caso, pese a los obstáculos que representan su cabello rubio, su guardarropa de diseñador y, sobre todo, el hecho de haberse ganado la enemistad de la chica más popular de la escuela, Kimberly, interpretada por Chandler Kinney, desde su primer día de clases, Elle poco a poco comienza a encontrar su lugar.

Primero, ayudando a recaudar fondos para el mal pagado personal de apoyo de la escuela. Después, encabezando una campaña para reinstalar a una de esas trabajadoras, una secretaria desordenada pero bien intencionada interpretada por Amy Pietz, que fue despedida injustamente. Y más adelante, investigando una conspiración más grande relacionada con estos acontecimientos que llega hasta las más altas esferas de la institución, es decir, hasta un director escolar tan encantador como oportunista, interpretado por Matt Oberg.

Gran parte del atractivo inicial de Elle descansa en la actuación de Lexi Minetree, cuya interpretación recuerda de manera sorprendente a la de Reese Witherspoon en la película original. No solo se parece más a Witherspoon que la propia hija de la actriz, quien además figura como productora ejecutiva, sino que reproduce con notable precisión cada inflexión de voz y cada gesto característico del personaje.

El resultado es una interpretación tan sólida en lo técnico y tan encantadora en lo emocional que uno termina deseando que Minetree hubiera tenido más libertad para apropiarse del personaje y darle un sello propio.

Sin embargo, como ocurre con cualquier serie de largo aliento, la verdadera prueba para Elle está en la fortaleza de su elenco. También ahí los resultados son prometedores, aunque todavía no extraordinarios. Tom Everett Scott tiene poco que hacer como el padre simpático y algo torpe que se adapta a Seattle con una facilidad envidiable, pero esa aparente inutilidad termina convirtiéndose primero en un chiste y luego en un elemento importante de la trama.

Por su parte, June Diane Raphael está muy bien elegida para interpretar a Eva, una mujer despistada que comienza como alivio cómico y que, poco a poco, emprende un agridulce proceso de autodescubrimiento que refleja el de su hija, especialmente después de entablar amistad con un político local interpretado por James Van Der Beek en el que fue su último papel en pantalla.

Entre los personajes jóvenes, Zac Looker resulta encantador como Dustin, el posible interés romántico de Elle, un skater, activista y consumidor ocasional de marihuana que reconoce en ella un alma afín tan improbable como inesperada.

Por su parte, Gabrielle Policano transmite una serenidad muy atractiva como Liz, una tímida músico por la que Elle se siente especialmente atraída. Aunque no en ese sentido, desafortunadamente.

Sin embargo, otros personajes, como Miles, el chico bueno que le gusta a Elle e interpretado por Jacob Moskovitz, parecen concebidos más por lo que representan para la protagonista que por tener una personalidad propia e interesante. En su caso, funciona como el contrapunto más convencional y deportista frente al mundo de activistas y artistas que caracteriza a Seattle, en lugar de ser un personaje con identidad propia.

Por otro lado, hay que reconocerle a la serie que no abusa de los guiños y referencias a Legalmente Rubia. Los que sí incluye van desde los realmente encantadores —nunca me voy a quejar de ver de nuevo a Bruiser, el chihuahua de Elle— hasta otros que provocan un suspiro de resignación, como cuando alguien le pregunta “Oye, Elle, ¿alguna vez has pensado en ser abogada?”.

Es difícil culpar a Elle por querer establecer esas conexiones, porque aprovechar el cariño que el público todavía siente por Legalmente Rubia es, al final de cuentas, la razón principal por la que esta serie existe.

Pero, al igual que su propia protagonista, la serie parece estar atrapada en un punto intermedio entre el programa que cree querer ser y el que realmente tiene el potencial de convertirse.

ANGIE HAN

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