En una buena historia de estafadores, las víctimas rara vez ocupan el centro de la historia, pero a menudo son igual de importantes.
Una víctima obscenamente rica suele indicar que los estafadores son los héroes del relato y que este tiene un trasfondo de crítica hacia los ricos, convirtiendo la estafa en el último refugio de una persona común desesperada.
Lucky
LA CONCLUSIÓN: Nunca termina de funcionar, pese a su sólido elenco.
Estreno: Miércoles 15 de julio (Apple TV+)
Reparto: Anya Taylor-Joy, Annette Bening, Timothy Olyphant y Aunjanue Ellis-Taylor
Creador: Jonathan Tropper
Una víctima excesivamente simpática suele indicar que los estafadores son los villanos o, al menos, antihéroes tan desesperados que sacrifican la solidaridad de clase por ganar dinero fácil.
Y si la víctima es solamente un MacGuffin, unas cuantas palabras vacías esparcidas aquí y allá sin nada tangible en lo que invertir el interés, el resto de la historia más vale que sea encantador. De lo contrario, dará la impresión de estar tan poco elaborada que terminará por carecer de sentido.
Que la principal estafa de Lucky de Apple TV+ ocurra antes de que comiencen los acontecimientos de la serie, no tenga sentido y, por lo tanto, no aporte nada a la historia principal no es necesariamente la única razón por la que esta miniserie de siete episodios nunca termina de funcionar. Pero sí es representativa de las decisiones tomadas en una adaptación que desecha prácticamente todo el libro en el que se basa y sustituye esos elementos por un conjunto de piezas dispersas que no consiguen construir un tono, un tema ni un ritmo coherentes. Es una serie sobre una protagonista que intercambia identidades, pero que carece de una identidad propia.
Tampoco es que la novela de Marissa Stapley sea particularmente buena. Es una lectura ligera de playa con una protagonista interesante. Más bien, la versión de Jonathan Tropper es mitad entretenimiento desenfadado y mitad comentario pretencioso, sin llegar a ser plenamente ninguna de las dos cosas, aunque Anya Taylor-Joy y el sólido elenco hacen un gran esfuerzo por sacar adelante un material que nunca termina de desarrollarse.
Taylor-Joy interpreta a Lucky, una joven estafadora que fue introducida, no del todo por voluntad propia, en ese mundo por su padre, John (Timothy Olyphant), también estafador y ahora encarcelado.
Lucky y su esposo Cary (Drew Starkey) disfrutan de una última noche de fiesta en Las Vegas antes de huir del país con un maletín que contiene casi 10 millones de dólares en efectivo, dinero que su padre desvió de una elaborada estafa perpetrada por la madre de este, Priscilla (Annette Bening), y un poderoso y turbio jefe, Whittaker (William Fichtner).
¿En qué consistía esa estafa? En alguna tontería relacionada con el petróleo. Ni siquiera estoy seguro de que sea la misma estafa a la que me referí antes, porque es demasiado difusa. ¿Quién es la víctima? ¿Somos nosotros? ¿Importa acaso? ¿Había algo que Tropper pudiera haber hecho en torno a la fijación de precios en la industria petrolera? Quizá. ¿Saca algún provecho de ese contexto aquí? Para nada.
En fin, después de esa noche de fiesta, Lucky despierta sola. ¿Le ocurrió algo a Cary o era Lucky la víctima de la estafa? Es completamente imposible que importe, pero las cosas comienzan a avanzar tan rápido que “preocuparse” por ello se vuelve irrelevante.
Casi de inmediato, Lucky huye de Priscilla y de su principal ejecutor, Dutch (Clifton Collins Jr.), así como de una tenaz agente del FBI (Aunjanue Ellis-Taylor) decidida a acabar con todos. Al igual que I Will Find You, la exitosa adaptación de Harlan Coben de Netflix, se trata de otra búsqueda desde tres frentes que permite —o exige— que cada fragmento de información se explique por triplicado, a costa del ritmo directo de “huir o morir” que la historia debería tener.
Quienes hayan leído el libro notarán que sus principales líneas argumentales giran en torno a la búsqueda de Lucky por encontrar a su madre biológica y al boleto de lotería ganador que tiene en su poder, pero que sabe que no puede cobrar porque es buscada por una estafa relacionada con el desfalco de los ingresos de inversión de adultos mayores. Todo eso ha sido eliminado, hasta el punto de que me pregunto por qué, si lo único que Apple, Tropper y los productores ejecutivos Reese Witherspoon y Hello Sunshine querían hacer era una serie sobre una estafadora reacia a seguir ese camino y cuyo padre también es un estafador, necesitaban siquiera algún material original en el que basarse. Esto es tanto una nueva versión de Paper Moon como una adaptación de Lucky y, definitivamente, tampoco es ninguna de las dos cosas.
Tropper y la serie parecen rechazar deliberadamente la ligereza del libro, esa idea de que es posible cometer estafas y aun así seguir siendo una heroína redimible, sin aportar la profundidad intelectual necesaria para complejizar ese planteamiento de forma significativa. Your Friends & Neighbors, también de Tropper, hace muchas de las mismas cosas —con todos sus defectos—, pero mucho mejor, y ninguna de las dos series se acerca a la ambigüedad moral capaz de desafiar al espectador que Tropper alcanzó en Banshee.
Sumándose a la epidemia televisiva de que “todo tiene la duración equivocada”, Lucky, con sus siete episodios, tiene exactamente la duración incorrecta. Si fuera más corta, quizá avanzaría con la suficiente rapidez como para que pasara desapercibido lo poco desarrollados que están todos los personajes secundarios; si fuera más larga, tal vez la historia tendría tiempo de sentirse realmente habitada por personajes de carne y hueso, en lugar de simples catalizadores de la trama interpretados por actores con mucho más talento del que el material requiere.
La serie abre con un episodio piloto que es casi por completo una persecución al estilo de Run Lola Run, en la que Lucky, interpretada por Taylor-Joy, entra y sale de casinos mientras protagoniza toda clase de audaces escapes, cambiando constantemente de peinado y apariencia de una forma que no resulta del todo convincente, considerando lo inconfundible que es la actriz. Aun así, el resultado es entretenido, y Taylor-Joy parece divertirse enormemente interpretando a una mujer capaz de adoptar múltiples identidades mientras se escabulle por el laberinto de pasillos de un casino y salta de un camión a otro en una estación de descanso. Jonathan Van Tulleken, quien dirigió el primer episodio y los dos últimos de la serie, no destaca en los momentos más ligeros de la historia, pero al menos mantiene la acción en movimiento.
Después vienen un par de episodios en los que las piezas simplemente se desplazan por el tablero de ajedrez —vaya, Lucky no juega ni en la misma liga que la anterior miniserie de Taylor-Joy, Queen’s Gambit— entre repetidas dosis de exposición y nuevos cambios de vestuario y peinado. Finalmente, la serie cierra con dos episodios que conducen a un desenlace en el que cada giro resulta perfectamente predecible.
En medio de todo aparece un cuarto episodio, dirigido por Jet Wilkinson, que incluye una intensa persecución automovilística filmada en Long Beach, que en la serie se hace pasar por San Diego, además de numerosas escenas en las que los personajes se lanzan sermones unos a otros y recalcan una y otra vez la frase que da título al episodio: “¿Somos malas personas?”.
En teoría, la respuesta sería “sí”, y en teoría no tendría ningún problema con una serie en la que sus protagonistas se enfrentan constantemente a sus propias imperfecciones. ¡Eso es buen drama! Pero en Lucky los personajes, en su mayoría, apenas llegan a ser personajes, lo que hace difícil interesarse por si son “buenos” o “malos”.
Cuando Lucky y Cary se gritan el uno al otro, el enfrentamiento nunca está en igualdad de condiciones, porque una es la protagonista de la serie y está interpretada por una actriz de extraordinaria versatilidad, mientras que el otro es simplemente un tipo interpretado por otro tipo (Starkey ha estado bien en otros proyectos, pero Cary es un personaje completamente desaprovechado).
Los enfrentamientos verbales entre Priscilla y Whittaker se acercan más a un duelo en igualdad de condiciones, ya que Bening y Fichtner son actores de gran nivel que se mueven en un terreno que dominan. Aún así, él interpreta su papel con el piloto automático puesto, mientras que ella parece estar ahí principalmente para evocar el recuerdo de The Grifters, algo que no funciona cuando la ambigüedad moral del material está muy lejos del turbio pragmatismo que impulsaba el clásico de Stephen Frears. Gracias a Bening, es posible pasar los siete episodios sin preguntarse por qué Priscilla está definida únicamente por su amor por los caballos, por el cariño que siente hacia su aburridísimo hijo —aunque al menos sabe que es una pérdida de tiempo— y por nada más. Priscilla es la principal antagonista de la serie y no deja de ser un personaje vacío al que una gran actriz apenas consigue inyectar algo de vida.
Lo mismo ocurre con Ellis-Taylor: es una actriz tan sólida e intensa que apenas se nota que lo único que sabemos sobre la agente Rand es lo que otros personajes le dicen, de manera bastante torpe, acerca de ella misma. Ellis-Taylor y Olyphant fueron el corazón de la reciente continuación de Justified, por lo que resulta decepcionante que nadie en Lucky haya sabido aprovechar esa química durante más de una o dos escenas. Con mayor frecuencia, Ellis-Taylor comparte pantalla con el agente Gates (Mo McRae) y con su hosco jefe, interpretado por Eric Lange, pero McRae y Lange quedan atrapados en personajes que bien podrían llamarse “Compañero Genérico” y “Jefe Genérico”.
Taylor-Joy y Olyphant son, sin duda, lo mejor de la serie: ella, porque Lucky es un personaje entretenido y versátil, aunque eliminar gran parte de la estructura de flashbacks de la novela también elimina buena parte de la profundidad que explicaba la reticencia de su personaje; él, porque tanto Olyphant como Tropper tienen la inteligencia de enfatizar las imperfecciones del arquetipo del estafador encantador y de impecable labia.
Pero John tampoco llega a ser un personaje plenamente desarrollado, y cuesta tomarse en serio esta tibia reflexión sobre lo difícil que es ser hijo o hija de un delincuente o estafador profesional. O en clave de comedia. O como thriller. Sea lo que sea que Lucky pretende ser, o creyó que podía llegar a ser, nunca termina de cuajar y queda como un entretenimiento irregular con una excelente canción principal de Fiona Apple.